15. Seokga
Seokga
S eokga odia reconocer que Hajun le resulta vagamente familiar y que quizá sepa muy bien a qué famosa boy band pertenece e incluso conozca algunas de sus canciones.
Puede que hasta haya intentado ejecutar algunas de sus complicadas coreografías (con desastrosos resultados).
Y es porque Seokga ha decidido, por uno de sus muchos caprichos, que no le cae bien Hajun, decisión que solo se refuerza cuando el joven menciona que Kisa y él… comparten camarote.
Comparten camarote .
—Para subir la moral —le dice el joven, haciéndose oír por encima de la cháchara que los rodea, y esboza una sonrisa amable que al dios le arranca una mueca.
Está deseando que la amabilidad del cantante le resulte tan repugnante como le gustaría , pero lo cierto es que, después de todos los horrores del día anterior, no es capaz de reunir su espectacular rencor de siempre.
—Gracias —masculla a regañadientes el dios embaucador, y le da un largo trago al café con una de leche y una de azúcar.
Hajun sonríe, se pide un matcha con hielo, y Seokga, cada vez de peor humor, lo ve charlar amigablemente con la cajera antes de pagar en monedas de Jeoseung: negras con un Yeomra sonriente en ellas, guiñando un ojo.
No se sabe cómo, el joven consigue sostener a Hwanin, dormido, en una mano, y su bebida pequeña en la otra.
La segunda mañana en el CRS Traspalmántico es tan frenética como la primera.
Los pasillos pulidos retumban con el ruido de los huéspedes emocionados que corren a disfrutar de las distintas atracciones del día, alegres a pesar de estar muy muy muertos.
Sin embargo, curiosamente, hay pocos fantasmas que muestren las cicatrices de su fallecimiento, aunque sean jóvenes (lo que significa, concluye Seokga, que su final tuvo que ser violento y desagradable).
Hajun lo pilla observando a un niño sonriente de no más de diez años que carga con un enorme oso de peluche, seguramente ganado en el ruidoso casino y salón recreativo de la cubierta de abajo.
—Es un huésped reincidente —le explica en voz baja Hajun—.
El niño todavía no está listo para reencarnarse, así que el director ejecutivo deja que se quede otro crucero o dos.
Kisa lo arregló con su restauración cuando llegó.
Ni siquiera se le nota que estuvo en un accidente de tráfico.
Estar aquí y parecer entero es una ayuda. Con el tiempo, podrá pasar página.
Seokga mira de reojo a Hajun. El ídolo tampoco tiene ni rastro de ninguna herida, aunque, por lo que recuerda haber leído en la prensa sobre el querido maknae de ST 4 RL 1 GHT , Kim Hajun… El dios le mira las muñecas.
—A mí también me arregló —dice Hajun, y Seokga siente una punzada de culpa muy peculiar al darse cuenta de que, al fin y al cabo, su sutil escrutinio no ha sido tan sutil.
El ídolo sonríe como si recordara algo agradable, en vez de horrible, mientras caminan entre la multitud—.
Kisa es maravillosa. Estaba muerto de miedo cuando llegué, pero me ha ayudado en muchos aspectos distintos.
—Se encoge de hombros y se recoloca a Hwanin—.
Creo que, si la hubiera conocido cuando estábamos vivos, quizá nuestras historias hubieran sido distintas.
Puede que no hubieran acabado tan pronto. Es una buena amiga.
Seokga le da un traguito al café para calmar el estómago.
—Kisa me dijo que se cayó de una azotea… —consigue decir al cabo de un momento.
Hajun pierde la sonrisa.
—¿Solo te dijo eso? —pregunta en voz baja.
Un escalofrío de mal agüero recorre la espalda de Seokga, que se aferra al bastón.
—Sí —logra responder, y ve la tristeza en los ojos de Hajun—. ¿Por qué? —le espeta, y siente que el miedo le comprime el corazón. No querrá decir…
El ídolo vacila, y entonces llegan al caos de la cubierta 9.
Ya no están bajo techo; la cubierta es al aire libre y la recorre un embrollo de piscinas resplandecientes y toboganes en espiral.
Una banda en directo toca música festiva en una esquina, y el aire huele a una extraña mezcla de río Seocheongang y limonada.
Los huéspedes chapotean en las piscinas, se sumergen en sus profundidades y salen volando por los aires tras deslizarse por los toboganes.
Con un asco supremo, Seokga esquiva a unas mujeres que, entre risitas, lo miran con un interés más que evidente.
Bajo ellos, el río Seocheongang, rojo sangre, sigue su agitado curso.
—Puede que Kisa y yo tengamos más en común de lo que crees —dice por fin Hajun, que se dirige hacia una de las escaleras que llevan a la cubierta 10; de hecho, la escalera en la que Seokga encontró el cadáver de su hermano.
Ya habrá desaparecido, incapaz de permanecer en un mundo en el que también existe su forma de bebé.
—¿Te lo contó ella? —pregunta, porque le cuesta aceptarlo. No lo hará. No puede. No aceptará que Kisa se sentía tan sola que…
—No tuvo que hacerlo —contesta el joven al tirar de la puerta del hueco de la escalera, apartándose para dejar salir a un grupo de hombres medio calvos en bañador y chanclas—.
Algunas heridas son más profundas que la piel.
Y… —Niega con la cabeza, con cara de culpabilidad, mientras especula sobre su amiga—.
No sé, es que… es raro que alguien se caiga sin más de un rascacielos.
¿Qué hacía en la azotea, para empezar? No es una persona imprudente.
Siempre se piensa todo muy bien. —Cuando el último Speedo sale alegremente por la puerta, Hajun y Seokga entran.
El primero se vuelve y bloquea al dios un momento con los ojos color avellana entornados, normalmente tan cálidos—.
Te lo digo para que seas amable con ella —le advierte, y de esos mismos ojos emana una feroz luz protectora—.
Ya se siente nerviosa contigo, pero el hilo rojo sigue ahí.
Puede pasar cualquier cosa. No quiero que reúna el valor suficiente para lanzarse y al final acabe haciéndose daño. ¿Vale?
Suena casi aterrado por ella, y Seokga cierra los ojos y se prepara.
—Creo —se oye decir— que deberías advertirle a ella que sea amable conmigo .
El otro hombre se ríe y Hwanin bosteza al despertarse de su siesta.
—Los dos os tenéis miedo. Para que conste…
—Cuando Seokga abre los ojos, ve que Hajun le sonríe y señala el hilo rojo atado al meñique del dios como un anillo floral.
Es invisible para todos, salvo para Seokga y Kisa, pero ella debe de habérselo contado—.
No sé mucho de mitología, pero sí que eso está ahí por un motivo.
—Claro —masculla el dios, incómodo por lo bueno que está siendo Hajun con él.
Odia a la gente agradable, pero, a pesar de todo, añade un torpe y ronco «gracias» antes de tragar más café e intentar (en vano) encontrar un pasadizo oculto durante lo que solo pueden ser unos quince minutos, aunque parezcan horas, hasta que una mano arrugada lo sujeta por el hombro.
Seokga se tensa, le da la espalda a la pared a la que llamaba con los nudillos (espera que los pasadizos ocultos le hagan un favor, aunque sea, y suenen a hueco)…
y hace contacto visual con una Jang Heejin que parece muy malhumorada.
Ya no lleva el vestido de patitos de goma, y Seokga se descubre mascullando en voz alta:
—Gracias al cielo por los pequeños favores.
Unos pasos más adelante, Hajun se queda paralizado, con cara de indecisión y el bebé Hwanin en brazos.
Por suerte, la doctora Jang no parece ver al bebé. A pesar de esconderse detrás de unas gigantescas gafas de sol de color rosa chicle, le da la impresión de que fulmina a Seokga con la mirada, de tal modo que lo atraviesa hasta lo más profundo de su alma.
—Seokga —lo reprende la anciana terapeuta—. Me estás evitando.
—Bueno… —responde él, intentando enviarle un mensaje a Hajun tan solo con los ojos: «Vete.
Corre». Si la doctora Jang le echa un vistazo a ese bebé con los ojos tan sospechosamente parecidos a los de Hwanin, se descubre el pastel.
La terapeuta ha jurado ponerse en contacto con Okhwang en caso de emergencia relacionada con Seokga, y esto sin duda cuenta como emergencia.
En favor de Hajun, hay que decir que comprende la súplica silenciosa y se larga con Hwanin.
Sin prestar atención al pinchazo de ansiedad que siente al perder de vista a su hermano, intenta esbozar una sonrisa relajada que no parece engañar en absoluto a la buena doctora—.
Se me olvidó nuestra sesión —le asegura.
Y es cierto. Se le había olvidado por completo que la doctora Jang le había exigido mantener una sesión por la mañana.
Ella suspira y se sube las gafas de sol.
—Bueno, pues vamos ahora —refunfuña y, con una mano en la pared, sigue bajando la escalera.
Seokga se fija en que se mueve con cautela, palpando la pared o el pasamanos antes de cada paso, y se siente un poco culpable.
La doctora Jang es una anciana, y recorrer todo el barco en su busca no puede haber sido bueno para sus huesos; de camino a Jeoseung, se había quejado de lo mucho que la aquejaba la artritis.
La culpa se esfuma al sentarse frente a ella en el cómodo sillón del camarote de la doctora y ver que saca un cuaderno.
Se pregunta si debería comentarle que todavía lleva las gafas de sol puestas, pero decide no hacerlo.
Van a juego con su camisa hawaiana y forman un conjunto muy gracioso.
—Bueno —dice la doctora Janh Heejin.
—Bueno —repite él, cruzando las piernas, decidido a parecer lo más relajado posible. Aquí no hay nada que ver. Ni asesinatos ni hermanos mayores bebés.
—El desastre del invernadero —le da pie ella, y Seokga está a punto de resoplar de risa. Con todo lo que está pasando, su peleílla con Somi la noche anterior es la menor de sus preocupaciones—. Estabas enfadado.