14. Kisa #4
—Veo que había pasado por alto esa trama secundaria —masculla la gumiho mientras su compañera sufre una crisis existencial allí mismo, en la escalera de caracol, bajo la descomunal lámpara de araña del barco.
Visto así, es un lugar encantador para sufrir una crisis de la mediana edad.
O una crisis de la otra vida, en el caso de Kisa—.
Pero, Ha… Kisa, no… no debería haberme enfadado tanto contigo, hace tantos años. Me diste el mayor regalo de todos.
Dioses.
Kisa es una fabricante de asesinas en serie.
A punto de desmayarse, sube tambaleándose las escaleras que quedan hasta la cubierta 7, donde Korain está entrando en un pasillo de suites.
—Tú me mostraste mi verdadera naturaleza —está diciendo Somi mientras desliza la mano por la espalda de Kisa y la acaricia en tranquilizadores círculos—. Me dijiste que no pasaba nada por ser quien soy de verdad…
Esa mano en la espalda es demasiado. Kisa se aparta de ella; odia sentirla ahí y desprecia el sudor que de repente le humedece el cuello.
Se vuelve para fingir que no ve la fugaz expresión dolida de Somi.
«No es personal», quiere decirle, pero eso no es cierto, ¿verdad?
Que sea incapaz de soportar que se pongan detrás de ella, que le toquen la espalda es muy personal; muchísimo .
Siente de corazón haber dejado que Somi le contara su historia común. Es, en pocas palabras, una cagada monumental.
—… y gracias a ti obtuve mi poder —sigue diciendo la gumiho, que solo vacila un instante—.
Alcancé mi… potencial. Cuando me enteré de que habías muerto en el almacén, lloré por ti.
Había regresado a Nueva Sinsi para… para disculparme —dice, y se le rompe la voz—.
Pero no estabas allí. Te busqué por todas partes.
Seúl, Itaewon, Jeju. Geoje —explica, con ojos vidriosos—.
Aeri, una yojeong de Daegeumsan, me dijo que te habías ido.
Que habías agotado tu perla de zorro para salvar Corea.
No, para salvar todo el mundo mortal. Lo que Eodum pretendía era convertir Iseung en el Mundo Oscuro.
Cuanto más oye Kisa sobre su vida pasada, más convencida está de que sufre alucinaciones auditivas.
—Gamangnara —consigue musitar, apoyada contra la pared, incapaz de seguir adelante, ni siquiera para seguir a Korain—.
El mundo sellado. —Sellado por Hwanin y el resto del panteón después del famoso (y, para ser sincera, lamentable) intento de Seokga de derrocarlo—.
¿Cómo iba a convertir Iseung en Gamangnara?
Somi vacila y la culpa le asoma al rostro, pero los engranajes de la aguda mente de Kisa ya se han puesto en movimiento para ensamblar una explicación.
Ha leído sobre Gamangnara, claro; en su apogeo, el mundo era tristemente célebre, un criadero de rebeldes, una cloaca de maldad y caos.
Después del golpe de Seokga, lo cerraron y expulsaron de él a sus criaturas.
Algunas, como el eoduksini, acabaron en Jeoseung.
Sin embargo, antaño, Gamangnara estaba vivo y rebosante de criaturas rebeldes…
Pero, antes de eso, si lo que Somi decía era cierto, quizá fuera un lugar como Iseung.
Hasta que llegaron los demonios de la oscuridad.
—Ah —dice Kisa con voz ronca—. Ah …
El mundo no sabe que esquivó esa bala por muy poco durante los Días Oscuros. Incluso ahora, tras enterarse ella, debe respirar hondo para calmarse.
Gamangnara siempre es motivo de debate en las comunidades de las criaturas.
La política que lo rodea es tan intrincada como una telaraña.
Algunas creen que deberían abrirlo (por…
imposible que sea) y que todas las criaturas rebeldes deberían meterse allí y dejar en paz los mundos mortales.
Otras están satisfechas tal como están las cosas, con el mundo sellado, ya que opinan que entregarles su propio reino a las rebeldes es una idea horrenda; las guerras serían continuas y su poder, excesivo.
Además, la magia negra de Gamangnara está impregnada de maldad centenaria.
Se dice que el dios loco, Mireuk, adoraba aquel lugar antes de que lo encerraran.
Y lo natural es recelar de cualquier cosa que le gustara al dios loco.
—¿Kisa? —pregunta Somi.
—Se me pasará en un momento —consigue decir entre resuellos mientras se despega de la pared y se limpia de la frente una película de sudor frío—. ¿Dónde se ha metido Korain?
Sabe que concentrarse de repente en el haetae es un mecanismo de defensa, el mismo que la impulsa a enterrarse en trabajo en vez de sentarse a solas con sus emociones.
Aun así, se han retrasado demasiado y han perdido de vista a Korain.
Somi hace una mueca y, tras prometerse en silencio que seguirán hablando después, las dos mujeres recorren a toda prisa el pasillo.
—¿Tiene una habitación aquí arriba? —pregunta Somi cuando pasan junto a la 7340. La puerta está entreabierta y hay un carrito de la limpieza a pocos metros, hasta arriba de toallas.
—No debería —responde Kisa, recelosa.
Todos los miembros del personal duermen en la cubierta 1, en pequeños camarotes sin ventanas como el que ella comparte con Hajun.
Kisa mira hacia delante, abre mucho los ojos y tira corriendo de Somi para esconderse con ella detrás del carrito.
Korain está saliendo de una suite que se encuentra un poco más adelante…
y no va solo. Con el corazón en la garganta, la joven cuenta las puertas y, cuando llega a la puerta por la que acaba de salir, se le enfría la sangre en las venas. Habitación 7346.
Es la que conecta con la 7345, la habitación de Seokga. Lo que significa que la 7346 es…
—¿Por qué está saliendo de la habitación de Hwanin?
—pregunta entre dientes y, aunque empiezan a dolerle las rodillas porque se ha agachado en una postura muy incómoda, se acuclilla aún más y se asoma por el lateral del carrito.
Korain no está solo. Una joven de pelo largo y negro como el carbón lo acompaña.
Lim Chaeyeon. La camarera de la fiesta en el invernadero.
—Vaya —susurra Somi—. De repente esto se ha vuelto sumamente interesante.