14. Kisa #3
—Em…, tenemos que concentrarnos en Korain —consigue decir Kisa, que aparta la vista de Seokga como puede—. Alguien debería venir conmigo para sacarle con sutileza una coartada y confirmarla en las grabaciones de seguridad.
—Voy yo —se ofrece Somi a la vez que Seokga.
Los dos se miran con rabia.
—Estamos conectados por el hilo —dice con desdén el dios.
—Yo era su mejor amiga —le suelta Somi.
—Hasta que la traicionaste —sisea el dios, y está claro que da donde más duele, porque Somi retrocede.
Tras intercambiar una mirada cansada con Hajun, Kisa niega con la cabeza, dividida entre sentirse halagada a su pesar, la irritación y una curiosidad apremiante a la que prefiere no prestar atención, por el momento.
—De verdad que no importa quién me acompañe —los interrumpe, aunque parte de ella, en secreto, desea elegir a Somi y poner toda la distancia posible entre Seokga (con sus sonrisas alentadoras y sus ojos resplandecientes) y ella—.
Pero hay más cosas que hacer. —Baja la vista hacia los planos de la colosal embarcación, dibujados con concisas líneas blancas.
Da unos toquecitos en la cubierta 10 antes de pasar a la escalera en la que encontraron el cadáver—.
Este hueco de escalera no tiene cámara —murmura, recordándoles lo que descubrieron la noche anterior—. Si está conectado con un pasadizo…
Sin embargo, no hay nada que lo indique en los planos. Se le cae el alma a los pies.
—Siempre se puede comprobar en persona —se ofrece Seokga, que cambia de postura a Hwanin, incómodo.
Kisa suspira y recoloca con cuidado al bebé emperador en los tensos brazos de su hermano.
—Se supone que no debes coger en brazos a los bebés como si temieras que te vayan a morder. Ni siquiera le han salido los dientes todavía, Seokga.
La verdad es que resulta tronchante ver lo asustado que está del dios diminuto. Eso debería ayudarla a aplastar todo lo aplastable, pero, por desgracia, parece tener el efecto contrario. Porras.
—¡Griiih! —coincide Hwanin, cuyos ojos azules rebosan alegría.
Seokga mueve los labios de forma indeterminada, aunque ella espera que sea porque le hace gracia.
—Entonces ¿nos encargamos de Korain? —pregunta el dios, pero, un segundo después, Somi se acerca como si nada a Kisa, se engancha de su brazo y la saca a rastras de la enfermería.
— Nosotras nos encargamos de Korain —dice, volviendo la vista atrás—. Los chicos podéis echar un vistazo por el hueco de la escalera. ¡Chao!
Cuando están las dos solas, es como si la máscara de Somi se resquebrajara.
Kisa observa con interés cómo la gumiho, tan estridente y segura, se retrae y se limita a lanzarle de vez en cuando miradas de culpa.
Es como si, de repente, Somi fuera muy joven e insegura.
Mientras descienden la escalera que lleva a la cubierta 2, de repente agarra la estrecha muñeca de Kisa y la detiene.
Recelosa, Kisa espera las palabras que parecen estar dando tumbos por la boca de la gumiho.
—¿De verdad que no recuerdas nada? —susurra al fin, sin soltarla.
—No —contesta ella en voz baja, zafándose de Somi—. Lo único que conozco es esta vida, la que viví como Yu Kisa.
Los recuerdos son lo que conforman a una persona. Es lo que dicen los estudios sobre naturaleza frente a crianza, lo que dice la pregunta del barco de Teseo.
Kisa cree que no es el mismo barco.
Es físicamente incapaz de ser el mismo barco.
Las dos embarcaciones son distintas. Y si eso molesta a los marineros, pues que rebajen sus puñeteras expectativas sobre el nuevo barco.
Los de roble son tan buenos como los de pino, e incluso puede argumentarse que los barcos de roble son más duraderos que los de pino, que se pudren fácilmente.
Además, los de roble jamás de los jamases robarían un cajero…
Kisa quiere alzar los brazos al cielo, exasperada. Lo que daría algunas veces por tener la mente en silencio, en serio. «¿Qué importancia tiene eso? —se reprende—. Ninguna. Para».
Tiene que haber un modo de arrancar un enamoramiento antes de que eche raíces, algún… brebaje para que ese sentimiento tan poco oportuno se marchite y muera.
—No recuerdo nada de la vida de Hani —sigue diciéndole a la gumiho, y un dolor le palpita en la sien derecha cuando intenta con todas sus fuerzas no seguir cavilando sobre su dilema.
Algo que parece alivio pasa por el rostro de Somi antes de que lo reemplace la tristeza.
—Supongo que ya te has enterado de parte de lo que sucedió.
Kisa no logra reprimir una sonrisa que le tira de la comisura de los labios.
—Por lo que Seokga y tú os habéis echado en cara, sé que, como mínimo, éramos amigas. Que me llamaba Hani y que la traicionaste (me traicionaste) durante los Días Oscuros.
Somi se muerde el labio inferior.
—Diría que, en general, es cierto… —Pero no la sigue cuando Kisa da unos cuantos pasos adelante—. Podría contártelo, si quieres saberlo. Lo de nosotras. Lo de Seokga y tú.
Con la oferta de Somi flotando en el aire, a Kisa le entra un tic imperceptible en los dedos, como si deseara agarrarla. Por alguna razón desconocida, piensa en los ojos verdes del dios y en cómo se le encenderían si recordara… Si los dos barcos no tuvieran que ser tan distintos, al fin y al cabo…
Se vuelve poco a poco.
—Puedes contármelo todo sobre tú y Han…, sobre nosotras —dice con dificultad—, pero preferiría no saber nada sobre Seokga y yo.
Le provoca miedo y ansiedad pensar en lo que el dios esperaría de ella si la informa sobre su pasado común.
En lo que ella … sentiría por él.
Y una parte diminuta de Kisa ha decidido que si, en algún momento, por razones que ahora mismo ni siquiera se imaginaba, quisiera escuchar esa historia (por motivos puramente científicos, por supuesto, nada más), prefiere que se la cuenta Seokga .
Si la gumiho se siente desconcertada por su negativa a saber más sobre su pareja de hilo, no lo demuestra.
Es algo que empieza a apreciar de Somi: a pesar de haber sido una gumiho rebelde y asesina en masa (Kisa debe reconocer que todavía se intenta hacer a la idea de que una mujer tan menuda con un bob francés y uñas de manicura pueda ser una asesina en serie), es, bueno, bastante educada. Hasta cierto punto.
Es educada con Kisa, al menos, se corrige. Al fin y al cabo, intentó arrancarle un buen pedazo de carne a un huésped.
Mientras las dos mujeres se dirigen a la sala de control, Somi empieza a contarle en voz baja una historia.
Trata sobre dos gumiho que trabajaban juntas en una cafetería: Somi y Hani.
El retrato que pinta de la gumiho de más edad es vibrante.
Una mujer llena de vida y picardía y, en muchos sentidos, una hermana mayor para la joven Somi.
Mientras siguen con sigilo a Korain desde la sala de control hacia las cubiertas superiores, Somi le cuenta en un susurro que Hani mató a dos estudiantes de la Universidad de Nueva Sinsi y le llevó a ella sus hígados.
A partir de ahí, Somi perdió el control, empezó a sufrir los temblores y a sentirse mal en cuerpo y mente. Estaba muy asustada.
Procuran mezclarse entre la multitud de la mañana, sin dejar de seguir al haetae, con la esperanza de que se dirija a una cafetería u otro sitio igual de frecuentado en el que Somi pueda (en sus propias palabras) sacarle una coartada con su encanto.
Procurando que no las vea ni perderlo, Kisa mantiene la vista fija en la espalda del agente mientras Somi sigue hablando.
Hyeon-tae era el nombre del jeoseung saja poseído.
Tal y como habla de él, percibe en Somi una tristeza real; la primera vez que lo vio, en la cafetería, era él mismo y quizá estuviera un poco enamoriscado de ella, incluso.
Al día siguiente, Eodum, el eoduksini, se introdujo en su cuerpo.
Lo que ocurrió a continuación es una saga de manipulación en la que Somi parece un títere…
Aunque la gumiho no lo describe así. Lo que hace es narrar con gran pesar el inicio de los Días Oscuros y su ola de asesinatos.
A Kisa le da la impresión de que no está demasiado preocupada por los asesinatos en sí, sino por la decisión de enfrentarse a Hani.
—Me dejaste marchar —susurra Somi, avergonzada, mientras suben detrás de Korain por una escalera de caracol, unos tres metros por detrás de él y ocultas por la masa de huéspedes deseando desayunar—.
Hui de ti, y me lo permitiste. Habría perdido esa pelea —añade, esbozando una sonrisa amarga—. Tú eras el Zorro Escarlata.
Kisa casi se ahoga con su propia saliva.
—¿ Qué ?
—Tienes los mismos ojos, ¿lo sabías? —susurra Somi—. Los mismos ojos que Hani. Siempre me parecieron muy bonitos…
Ya era bastante traumático descubrir que había sido una gumiho… rebelde.
Enterarse de que, encima, en su vida anterior, la recta Yu Kisa había sido, como Somi, una infame asesina en serie de varios siglos de edad (una aterradora leyenda urbana que le provocaba escalofríos de niña), basta para que las piernas se le vuelvan de gelatina.
Está claro que los dos barcos no son en absoluto el mismo.
Llegados a este punto, Kisa ni siquiera es un barco. Es un avión pero que muy respetable.
En la academia de chamanes habían estudiado al Zorro Escarlata, y después también, en la División Mágica de la universidad.
La parte dedicada a las autopsias de su clase de anatomía de último año se centraba bastante en los asesinatos de las criaturas rebeldes, y habían sacado de los archivos los diagramas de las víctimas del Zorro Escarlata.
Era una asesina brutal.
Kisa… fue una asesina brutal .
Se le nubla la vista. Somi hace una mueca y la agarra por el hombro antes de que se caiga.