14. Kisa #2
Kisa traga saliva como puede y, al hablar, se le tensa la voz y parece frágil, a punto de romperse.
—No estoy hecha de pino, sino de roble —dice, mirando el maltrecho cuaderno mientras su amigo deja escapar un ruidito para expresar su absoluto desconcierto que la pone de los nervios.
¿Es que no lo entiende? ¿Es que nadie lo entiende?
Nunca se ha sentido tan ignorada, tan… invisible—.
Y quiero… vivir de nuevo. Quiero leer mi libro favorito en casa durante una tormenta y sentir el sol en la piel y hacer todas las cosas que estaba demasiado ocupada para hacer esta última vez…
—¡Has sentido algo! —exclama él, mirándola, entre triunfal y preocupado—. Ya lo has sentido. Has sentido algo por él y ahora tienes miedo, Kisa, y te apartas porque… ¿Qué? ¿Crees que no saldrás del Traspalmántico si sigues mirándole el trasero?
—Sí —responde, dejando por fin de fingir—. Sí. Sí, Hajun, eso es justo lo que temo. Pero qué listo que eres.
—Vale, Kisa —responde él, resopla y se lleva una mano a la sien como si le doliera la cabeza. Quizá le duela. A Kisa le duele—. Nunca te había visto así. Tan hecha polvo por culpa del trasero de alguien.
—Es un gran culo —susurra con tristeza, y la rabia parpadea y se apaga, dejando paso a un lamentable anhelo. Se masajea el punto sobre el corazón en el que se le ha escondido y palpita, desconsolado.
—Kisa, por favor, por mi cordura… —Hajun se pasa la mano por la cara y, al hacerlo, se tira del ojo, de modo que su expresión de tristeza resulta grotesca—. Diviértete con él mientras esperas a reencarnarte. Lo necesitas, y creo que te gustaría…
Ella niega con la cabeza.
—No sé cómo —lo interrumpe, mascullando. Es la cruda realidad.
—No hace falta que sepas «cómo» —responde él, frunciendo el ceño con preocupación—. La diversión no es como la medicina, donde necesitas un libro de texto gigante y tiempo para estudiarlo. No hace falta que hagas nada más que estar en el momento.
—Da igual —dice Kisa, que niega con la cabeza, empecinada, y evita mirarlo a los ojos—. Hemos hecho un trato con el director ejecutivo y no tiene sentido que me distraiga con… con nada.
Y no se dejará distraer por cierto dios embaucador de ojos verdes.
Su amigo vacila, como si quisiera decir algo más, pero está claro que se lo ha pensado mejor. Durante la siguiente media hora esperan a los demás mientras siguen su rutina diaria. El segundo día del crucero apenas hay pacientes, porque ya han atendido a muchos por los mareos.
La rutina de limpiar la enfermería y comprobar las existencias de medicamentos solo se altera cuando Kisa, que estaba encorvada frente a un estante, levanta la cabeza de golpe y, de un humor mucho mejor, exclama:
—¡Los planos !
—Esto, ¿qué? —pregunta Hajun, desconcertado.
Kisa se vuelve hacia él, y unos rizos se le escapan de la goma y le revolotean alrededor de la cara.
—Ahora mismo vuelvo —dice, emocionada, antes de salir pitando por la puerta y correr por el pasillo hacia la escalera que la conducirá a la sala de control, que se encuentra una cubierta por debajo.
La puerta está entreabierta y Kisa se asoma al interior, aunque retrocede a toda prisa al ver a Korain inclinado sobre la mesa, bebiendo con aire cansado una taza de café caliente.
Ella se lleva la mano a los bolsillos del pijama, donde está el cuadernito con el nombre de Korain apuntado.
En silencio, se asoma para observar al haetae, que le da otro largo trago al café.
Se fija en que está exhausto. Unas arrugas de agotamiento le enmarcan la boca y lleva la camisa blanca arrugada. Kisa entorna los ojos cuando Korain deja el café y se saca un móvil del bolsillo. Marca un número y espera.
—Hola —saluda por fin con una voz como la grava, ronca por falta de uso. Sea quien sea su interlocutor, usa el habla informal. Kisa hace una mueca; no oye nada de lo que se dice al otro lado de la línea—. Sí. Ya me he encargado.
«¿Que se ha encargado de qué?». Kisa vacila antes de acercarse más. Aunque está solo en la habitación, Korain baja la voz.
—No quedará ni rastro… Sí. Como acordamos.
Retrocede a toda prisa cuando ve que él se dirige a la puerta, y se pega contra la pared de la esquina. Cuando Korain se acerca y empieza a susurrar, Kisa se esfuerza por oírlo.
—Me prometiste que intercederías por mí… Ajá. Genial. Gracias. Adiós.
Los pasos se pierden pasillo abajo. Dándole vueltas a lo que acaba de oír, Kisa no pierde ni un segundo y se cuela en la sala de control, donde, con dedos algo temblorosos, saca lo que necesita de uno de los archivos que no están cerrados con llave.
Cuando regresa a la enfermería, Hwanin, balbuceante, la saluda desde los brazos de Seokga. El dios parece muy contrariado con la cosita revoltosa con la que carga, aunque se le ablandan los ojos al ver a Kisa.
—Buenos días —le dice, casi con temor.
«Está… tan guapa… deseo… duele…».
Kisa parpadea y se ruboriza. «No. No. Para». Sin distracciones.
—Buenos días —consigue decir, aunque le cuesta enfrentarse a su mirada, que es oro fundido, cálido y resplandeciente. Traga saliva como puede y sostiene en alto los planos del barco robados—. Bueno, um, tengo algunas novedades.
A Seokga se le ensombrece el rostro y ella nota una punzada de arrepentimiento, pero se blinda enseguida.
Roble, no pino. Kisa, no Hani. Al fin y al cabo, no es a ella a la que desea.
Les está haciendo un favor a los dos, en realidad, al aplastar ese posible romance antes de que florezca.
Lo está salvando de la inevitable decepción y, a ella, de perderse la oportunidad de escapar de ese horrible barco.
Es lo mejor.
—Vamos a oírlas —dice una voz nueva detrás de ella, y entonces entra Somi, como una rosa.
Avanza hasta colocarse junto a Hajun, que ha torcido los labios en algo que puede ser tanto una sonrisa como una mueca. Kisa no está segura.
Tras respirar hondo, Kisa despliega sobre el mostrador los planos robados y va pasando las páginas de su cuaderno mientras enumera a los sospechosos. Explica brevemente por qué ha elegido los nombres y se vuelve hacia los planos.
—Me he pasado la noche pensando en cómo el asesino pudo evitar las cámaras de seguridad del barco para dejar el cadáver donde lo pudiera encontrar Seokga —dice—.
No le encontraba sentido. La teletransportación era una posibilidad, pero no hay ninguna criatura con garras que también posea esa habilidad, que yo sepa.
Es algo reservado a las deidades. Se me ocurrió que podría haber logrado evitar las cámaras de un modo más mundano, sin magia.
Y la única forma que se me ha ocurrido es, bueno…
—Vacila, de repente consciente de que quizá les parezca absurdo.
Seokga la mira a los ojos y, por lo que sea, su mirada la tranquiliza—.
Pasadizos ocultos —concluye, y aparta la vista a toda prisa—.
Suena ridículo, pero algunos barcos los tienen, para que los trabajadores se muevan más rápido de un punto a otro.
Como el I-95, pero por todo el barco. Así que me colé en la sala de control para buscar unos planos, por ver si es una posibilidad real. Shin Korain estaba allí.
Somi deja escapar un ruidito reflexivo y le da unos toquecitos con la uña pintada al nombre del agente escrito en el cuaderno.
—Es un haetae.
—Y estaba en la fiesta de anoche. Hwanin y él tuvieron un breve altercado mientras Seokga y tú…
—Nos molíamos a palos —concluye la gumiho.
Seokga pone los ojos en blanco. Hwanin suelta una risita mientras lo mira.
—Eso. Bueno, el caso es que Korain aceptó una llamada en su móvil privado.
—Vacila, porque algo la inquieta. Algo que explica por qué una simple llamada de teléfono le ha parecido tan importante—.
Ninguno de nosotros tiene móvil. De los miembros de la tripulación, me refiero.
Solo se nos permite estar en contacto con la gente que ya está en el barco.
—Entonces ¿cómo es que Korain tiene móvil? —murmura Hajun—. ¿Con quién hablaba?
Kisa explica rápidamente la conversación.
—No pude oír a su interlocutor, pero Korain se comportaba de un modo tan furtivo que me pareció interesante.
Anoche se me ocurrió… —Deja escapar un resoplido de frustración—.
Tenemos poco a lo que aferrarnos, muy pocas pistas, y sé que las hipótesis necesitan de alguna base observacional sólida como mínimo, pero, bueno, es la primera vez que hago esto y no se me ocurría…
Pensé que quizá… o si es demasiado pronto y es mejor ir a ciegas, no…
—Kisa —le dice con amabilidad Seokga—, no pasa nada. Cuéntanos tu idea.
Ella deja en el aire su divagación nerviosa y se le enciende dentro una reconfortante chispa de esperanza al ver que Seokga la mira con expectación. No le apetece mucho pararse a pensar en el porqué.
—¿Y si Hwanung hubiera contratado a alguien para acabar con Hwanin?
Por lo que nos has contado, podría tener un móvil.
Mientras Hwanin sea un bebé, Hwanung se sentará en el trono y descansará un tiempo de su trabajo como dios de las leyes.
Quizá contratara a alguien del barco para matarlo sin dejar un rastro que condujera hasta él.
Las garras nos dicen que se trata de una criatura.
Pero Hwanung no estuvo aquí en persona, sino que distrajo a su padre con una llamada, de modo que el asesino contara con el factor sorpresa.
El dios embaucador guarda silencio y piensa.
—Es una buena idea —dice, despacio—. Es una idea muy buena —añade, y esboza una sonrisa malvada—. Si se me hubiera ocurrido a mí en su día…
Exasperada, y antes de poder reprimirse, Kisa le lanza una mirada que dice: «Eso no tiene gracia, y lo sabes».
Él sigue sonriendo, satisfecho, y ella hace una mueca y se sorprende (no por primera vez) de lo natural que le resulta hablar con él.
«Para ahora mismo, aplasta ese pensamiento», se regaña, y, como recompensa (o castigo, en realidad), ve que una expresión de desconcierto asoma al rostro del dios del engaño.