El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 14. Kisa
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14. Kisa

Kisa

A currucada en su cama, en el diminuto camarote sin ventanas que comparte con Hajun, que ahora duerme, Kisa usa una débil linterna para escribir en el cuaderno que ha birlado de la sala de control.

Su texto es un lío de garabatos. Está, por supuesto, la lista de sospechosos.

Sin embargo, por el momento, el único nombre escrito con la tinta azul es el de Hwanung.

No está trabajando en eso ahora, sino en otra página.

Kisa escribe a toda prisa en inglés: es su idioma materno, el que hablaba de niña en Inglaterra, tras la muerte de su madre y la pena de su padre.

El hombre lloró su pérdida y se quedó en el Londres natal de su mujer hasta que su recuerdo se emborronó lo bastante como para regresar con su hija a Nueva Sinsi, su lugar de origen, sin sentir una culpa demoledora. Su nueva esposa también ayudó con eso.

Kisa se pregunta si la echarán de menos… o si su padre habrá calmado su dolor mimando a las hijas que comparte con su madrastra. Si la habrá sustituido, como hizo con su madre.

Por mucho que trabajara, por muchos logros que alcanzara, su madrastra nunca la miraba ni de reojo.

Kisa deseaba de corazón quererla, intentó que le cayera bien y, al final, se conformó con tolerar a la mujer de nariz aguileña.

No era que ella le cayera mal a Eunjeong, exactamente, sino que no estaba nada interesada en la hija de su marido.

No es la primera vez que le da vueltas a lo que se diría en su funeral. ¿Lloraría su padre? ¿Sentirían pena sus hermanastras por la hermana que siempre estaba metida en una academia o en el hospital? Taciturna, piensa en que le habría gustado estar allí para verlo.

Respira por la nariz. Se ha distraído.

Sigue escribiendo notas en inglés sobre el hilo rojo y cómo se comporta.

Observaciones sobre la transferencia mental.

A veces, el hilo rojo incluso parece tener algún tipo de consciencia.

Detalla cómo se retorció para formar corazoncitos entre Seok­ga y ella.

Y que, en algunas ocasiones, se sacude como si se riera.

La tinta le mancha las manos cuando escribe sobre el desequilibrio de emociones entre ellos: que Seokga parece estar muy enamorado de ella por quien era Kisa en su vida pasada, una mujer que no puede recordar.

Escribe, dubitativa, sobre su atracción por él, por pequeña y vacilante que sea, antes de tacharla a toda prisa.

Es absurdo. Acaban de conocerse. Kisa se ha pasado veintidós años sin establecer ningún tipo de vínculo romántico.

Si fuera a sentir un… crush , seguro que no sería tan repentino.

Yu Kisa no es una persona espontánea, ni tampoco un personaje de una de sus novelas románticas favoritas. Por mucho que a veces desee serlo.

Seokga es atractivo, por supuesto, y existe una especie de…

familiaridad residual. Una que al principio no sentía, pero que quizá ahora sí.

Él es capaz de hacerla reír, algo que no muchos logran (aparte de Hajun).

En esas novelas tan excitantes en las que aparecen dos personas abrazándose en la cubierta, esa familiaridad es la que lleva a los protagonistas a decir: «Es como si nos conociéramos de toda la vida, aunque nos hayamos encontrado hoy por primera vez».

Hace una mueca cuando nota un pinchazo en el corazón y se lo restriega, distraída.

«¿Y a qué crees que se debe esa familiaridad?», le pregunta una vocecita sarcástica dentro de su cabeza.

Kisa no le presta atención. No va a dejar que la distraigan. Y de ningún modo piensa enamorarse.

Tienen un trato con Yeomra. Si encuentran al asesino, ella abandonará el barco para siempre. Vivirá de nuevo. Kisa está hasta el gorro de la muerte.

Después de apuntar todo lo que ha observado hasta el momento, pasa a otra página y escribe con diligencia todos los detalles que conocen sobre la muerte del emperador celestial.

Esta forma tan frenética de escribir es un vestigio de sus días en la DM de la Universidad de Nueva Sinsi; allí, su mente acelerada y estresada solo se calmaba cuando se enfrascaba en sus montañas de deberes.

Hace una lista con todos los huéspedes que vio marcharse después de que Hwanin abandonara la fiesta.

Tras ver la grabación por primera vez, siguieron los pasos del emperador por el barco.

Había ido derecho al pasillo I-95 desde la fiesta, lo que significa que es posible que lo siguieran desde el desastre del invernadero.

Sin embargo, las cámaras no habían grabado a nadie tras sus pasos.

Estaba la terapeuta. Kisa, pensativa, escribe el nombre de la doctora Jang, al recordar a la mujer del vestido de patitos de goma. Después estaba Lim Chaeyeon, cargada con la bandeja de cristales rotos. Kisa mordisquea el boli mientras Hajun ronca un poco y se pone de lado.

—No me toques el pelo —murmura su amigo, dormido.

Si Seokga hubiera sido el atacado, quizá hubiera considerado más en serio a Chaeyeon.

Pero, hasta donde sabe, Hwanin no había hecho nada para ganarse la furia de la camarera.

¿De verdad mataría al emperador para enfurecer a su hermano?

Seguramente no. Aun así, merecía la pena investigarlo.

Quizá Chaeyeon sea una criatura, y de las que tienen garras.

La directora del crucero, Su-min, también estaba allí…

y muy enfadada con el giro de los acontecimientos, aunque se había marchado más tarde que Hwanin.

Su-min también es una samjokgu con cuatro uñas en cada una de sus tres patas en su forma de perro.

Sin embargo, por más que lo intenta, es literalmente incapaz de imaginarse a la irritable directora del crucero reuniendo el valor necesario para matar a un dios.

Cada vez más frustrada, Kisa escribe otra lista: esta vez, de criaturas con la capacidad de invocar apéndices afilados. Gumiho. Yong. Inmyeonjo (aunque no hay pruebas de que alguna vez haya existido una inmyeonjo rebelde). Samjokgu. Bulgae…

Haetae.

Kisa mueve el bolígrafo hacia la lista de sospechosos de la fiesta del invernadero y, vacilante, escribe el nombre de Shin Korain tras recordar el pequeño altercado entre los dos hombres.

Korain había intentado meterse entre Seokga y Somi, y Hwanin lo había sujetado.

Había visto resentimiento en el rostro del haetae.

Pero ¿es eso motivo suficiente para matar? No.

—No en la sala de ensayo —refunfuña Hajun—. No quiero Yakult en la sala de ensayo… pegajoso…

A no ser que Hwanung, quien, por lo que ella sabe, no tiene garras, decidiera contratar a alguien del barco para acabar con su padre.

Al fin y al cabo, si Hwanin muere (o, mejor dicho, si regresa a su forma de bebé), Hwanung sube al trono durante un tiempo considerable.

En vez de ser el dios de las leyes, sería el emperador celestial durante muchos años.

No es lo mismo que «el dios del sexo, las drogas y el rock and roll», pero se parece lo bastante como para subrayar su nombre una vez más y añadir un signo de exclamación.

Aun así, algo no le encaja . Kisa no es Sherlock Holmes ni Hercule Poirot, y el desastre de garabatos del cuaderno se lo recuerda, para su desgracia.

Reconocer que se encuentra del todo fuera de su elemento casi le revuelve el estómago, pero los mejores estudiosos no temen admitir que no saben algo. Y ella no sabe nada de nada.

Deben investigar todos los nombres, por supuesto, pero tiene la desagradable sensación de que no está llegando a ninguna parte.

Esa sensación continúa por la mañana, cuando se pone el pijama azul claro y se mete el cuaderno en la bolsa, con el bolígrafo. Mientras Hajun y ella, agotados, inician su turno en la enfermería, Kisa sigue dándole vueltas al misterio.

¿Cómo es posible que no haya aparecido nadie en las grabaciones siguiendo a Hwanin y después trasladando el cuerpo? Apunta la teletransportación en su cuaderno, aunque hay muy pocas criaturas con garras y la habilidad de moverse a través de los confines del espacio… Prácticamente no existen.

—¿Va a venir Somi? —pregunta Hajun, nervioso, mientras ella escribe.

Kisa, que está de pie detrás del mostrador de recepción de la enfermería, lo mira con cara de guasa.

—La verdad es que no sé si volver a verla te emociona o te aterra.

El ídolo esboza una mueca y se restriega la nuca. Se le han puesto azules las orejas.

—En realidad, yo tampoco estoy seguro —reconoce con pesar—. Pero podría decir lo mismo de ti y Seokga.

Kisa da un respingo y el bolígrafo se le cae al suelo de baldosas.

Con la cara ardiendo, se agacha para recogerlo.

Cuando se endereza poco a poco, ve que Hajun le ha quitado el cuaderno y lo está hojeando.

La joven se siente humillada al ver que su amigo entorna los ojos para intentar leer una página emborronada.

—Kisa —dice, como si se esforzara mucho por no reírse—, no se me da tan bien leer en inglés como en coreano, pero… ¿has escrito «tiene un buen culo» antes de tacharlo?

Ella cierra los ojos y desea que se la trague la tierra.

—No —responde en un tono de voz terminante, o eso espera, aunque al final se le escapa una nota aguda.

—¿Estás segura?

—Sin la menor duda. —Abre los ojos y cruza los brazos, sin hacer caso de la sonrisa de Hajun—. Y si, hipotéticamente hablando, hubiera escrito algo sobre su… trasero…, daría igual. Vamos a salir de este barco, Hajun, y me-me niego a dejarme distraer por… culos .

Además, nunca ha sido de las que se quedan mirando a los hombres, así que está bastante segura de que se ha vuelto un poco loca. En realidad, no hay razón alguna para que admirase el trasero de Seokga mientras él hablaba con Yeomra, ni mientras iban desde la enfermería al I-95. Es absurdo.

Hajun pierde la sonrisa y le devuelve el cuaderno.

—No pasa nada si te gusta —le dice, despacio—. Quiero decir que… sé que no lo recuerdas, pero estabas enamorada de él en una vida anterior. Y está bastante claro que él te quería. Eso tiene que significar algo, ¿no?