13. Seokga #4
—Tú y él —dice de repente, justo cuando Hwanin sorbe con unos ruiditos muy desagradables—. Entiendo que no estabais muy unidos.
Seokga suspira y contempla la masa rechoncha que tiene en los brazos.
—Primero sí y después no. Y ahora estábamos… volviendo a serlo. Hasta que fue y se dejó arrancar el corazón del pecho.
—Sí —responde ella, con cara de sentirse indispuesta—. Eso ha sido una pena. —Vacila—. No quiero, bueno, cansarte más todavía…
Él la mira y piensa que estaría encantado de cansarse por ella. Joder, si fue hasta la puñetera Antártida a buscarla entre los pingüinos y las focas gordas y gruñonas. Kisa se ruboriza, y él sabe que el hilo rojo le ha transmitido ese pensamiento.
—Es que… —empieza la joven, pero después se calla y frunce el ceño—. ¿Fuiste a la Antártida ?
—Sí —refunfuña él—. Hacía frío. —Demasiado frío, incluso para él—. Había pingüinos. —«¿Les pondrías nombres si los vieras?», le gustaría preguntarle, pero se contiene y agita con languidez la mano—. Sigue.
Kisa parpadea y se aclara la garganta.
—Solo quiero repasar lo que dije de que la mayoría de los asesinatos de líderes tienen motivaciones políticas.
Seokga la mira con cara de exasperación mientras Hwanin sigue babeándole encima.
—Sé que mi reputación me precede —dice, arrastrando las sílabas, sin prestar atención al pinchacito que siente en el pecho—, pero te prometo que, de haber querido matarlo, lo habría hecho de modo que no acabara convertido en su niñera. Jamás se me habría pasado por la cabeza algo así.
—No… —La joven no parece impresionada, aunque sí un pelín molesta—. No te iba a acusar de nada. Solo iba a preguntarte si Hwanin ha aprobado últimamente alguna legislación polémica. Eso podría darnos un punto de partida.
—Ah —responde él, intentando parecer impasible en vez de eufórico porque Kisa confía un poco en él—. Bueno…
Hace memoria. Casi todas las leyes recientes de Okhwang son resultado directo de su conducta.
Por ejemplo, cuentan con una ley que prohíbe que ciertos dioses timen a otros dioses usando estafas piramidales extremadamente elaboradas.
Y con otra que prohíbe «bromas de naturaleza maliciosa, en concreto las recreaciones teatrales de golpes de Estado, por muy “inocente” que sea su intención».
El último decreto prohíbe de forma explícita que Seokga se transforme en su hermano y obligue al panteón a preparar fiestas sorpresa para cierto dios embaucador. Lamentable.
Algunas deidades no saben divertirse.
Kisa lo observa, suspicaz.
«Está… ocultando… algo… seguro…».
Seokga frunce los labios y procura poner cara de estar pensándoselo mucho. Esas leyes recientes solo eran polémicas para él , claro, pero el consenso unánime entre las demás deidades era que habían sido necesarias.
—Pues la verdad es que no —dice—. Gran parte de las nuevas leyes tenían que ver con detallitos.
«Seguro que… quiere decir… que tenían que ver… con él ».
Intenta parecer mortalmente ofendido por lo que ha pensado Kisa, pero Hwanin eructa un instante después y Seokga deja el biberón. Mientras la joven inclina la cabeza, perdida en sus cavilaciones, él levanta a su hermano hasta poder mirarlo a los ojos.
—¿Qué voy a hacer contigo? —murmura—. En serio, hermano. Esto es bochornoso. Para ti —añade cuando Hwanin esboza una sonrisa desdentada y parpadea con inocencia. Seokga pone los ojos en blanco.
—Es la primera vez que resuelvo un misterio —masculla Kisa, casi para sí—. No sé si se me dará bien.
Se mordisquea el labio inferior, ansiosa. El dios se ablanda. Empieza a darle la impresión de que Kisa se exige más de lo que exige a los demás.
—Tienes razón, es tarde —dice, dejando a Hwanin en el asiento para limpiarse su baba con la manga (un sacrificio enorme y terrible).
—Claro. Sí. Ven a la enfermería por la mañana —le dice ella, y se levanta y se echa la bolsa de lona al hombro. Los frascos se revuelven dentro—. Seguiremos entonces.
Vacila y, cuando habla de nuevo, le tiembla un poco la voz.
«Creo que… debo… una explicación…».
—Llevo en este barco desde 2018. Cuando morí, estaba muy cansada y sigo cansada ahora… En realidad, lo único que quiero es descansar. Solo un poquito.
Él levanta la vista hacia ella, hacia esos ojos algo vidriosos por las lágrimas, hacia el rostro demacrado.
Con la garganta seca y tensa de repente, Seokga traga saliva.
El regusto del café se torna cenizas amargas y una tristeza inmensa agita algo en lo más profundo de su ser.
Tendrá que dejarla marchar. Y lo hará. Por los dioses, lo hará.
Por ella. Por Hani, por la mujer en la que se convirtió. Por Kisa.
En cuanto resuelvan el misterio, Kisa se marchará. Y quién sabe si podrá localizarla de nuevo.
Después de treinta y tres años, ¿la ha encontrado solo para dejarla marchar?
La vena cruel del destino nunca deja de hacerle daño.
Algunos de sus pensamientos deben de colarse en la mente de Kisa, porque parpadea deprisa.
—Buenas noches —susurra ella y, antes de que Seokga pueda alcanzarla, se marcha.
La puerta se cierra con un clic.
El dios contempla el fuego y aprieta al bebé contra su pecho.