El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 13. Seokga #3
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13. Seokga #3

—Nos reuniremos por la mañana —dice Kisa mientras acaricia en círculos la espalda del bebé—.

Mañana, nos dividiremos. Buscaremos testigos y regresaremos al hueco de la escalera.

Daremos con un móvil. Preguntaremos por las coartadas.

Hajun y yo tenemos turno en la enfermería, podéis reuniros con nosotros allí.

—Vacila—. Hasta que no estemos seguros de que Hwanin era el único objetivo, debemos tener cuidado.

Hay un asesino a bordo de este barco. Alguien que ha matado a un dios.

No bajéis la guardia ni un momento. A  nosotros no pueden matarnos, pero tú…

—Mira a Seokga, que aprieta los dientes—. Tú tienes mucho que perder.

—Espero que el asesino venga a buscarme —dice él, medio rugiendo—. Nos ahorraría tiempo e investigación.

Somi se ríe mientras pasa junto a ellos, pasillo abajo.

—Con la mala suerte que tienes, seguro que no atacará de nuevo esta noche —le dice, volviendo la vista atrás—. Buenas noches —añade en un tono más amable y vacilante, puede que incluso tímido, dirigiéndose a Kisa.

Unos minutos después, tras despedirse en voz baja de Kisa, Hajun se va también. No tardan en quedarse los tres solos en el pasillo vacío, en el vientre del descomunal barco.

—Se te dan bien los niños —dice Seokga con cuidado mientras Kisa y él se demoran, con el hilo rojo entre ellos y el hermano bebé roncando sobre el hombro de la joven.

De nuevo, el mismo tono inquisitivo. Hay muchas cosas que no sabe de Yu Kisa.

Ella esboza una sonrisita casi triste.

—Cuando estaba viva, mi diosa era Samsin Halmoni.

En mi familia, por el lado paterno, hay chamanes desde hace siglos.

Mi madre no estaba relacionada de ninguna manera con el panteón coreano.

Aunque a veces me pregunto si existe otro panteón, si estaba conectada con el anglosajón… ¿Conoces a Woden, por casualidad? ¿O…?

—¿Samsin Halmoni? —pregunta entre dientes el dios—. ¿Has dicho Samsin Halmoni ?

Kisa parpadea.

—Sí —responde, balanceándose ligeramente para mecer a Hwanin—.

Gracias a su protección curaba a las madres y ayudaba a traer al mundo a sus bebés, siempre que fueran criaturas.

—Una expresión curiosa le asoma al rostro y se le entrecorta un poco la voz—.

Solo criaturas. Ojalá… Ojalá hubiera podido ayudar también a los humanos.

Mi madre, bueno, murió al darme a luz. Es irónico, ¿no?

—Lo siento mucho —dice Seokga en voz baja, olvidando la rabia contra la diosa al verla tan vulnerable. Conoce muy bien el dolor de perder a una madre. Aunque Mago siga viva, lleva casi una eternidad durmiendo, ajena a sus hijos.

Kisa se encoge de hombros, algo incómoda, y se aclara la garganta.

—Estaba muy harta. Del trabajo, me refiero.

Pero ahora, a veces, lo echo de menos. No, echo de menos mi vida .

Es como un… un anhelo que me atraviesa el pecho.

Un dolor que no desaparece. —Aparta el pelo del rostro dormido de Hwanin y frunce el ceño—.

Aunque…, en realidad, creo que se ha calmado un poco —murmura—.

Con todo lo que ha pasado, supongo que me cuesta más regodearme en mi desgracia…

Kisa deja la frase en el aire y esboza una media sonrisa algo irónica. Pero Seokga no se la devuelve.

Porque, durante su silencio, la ira contra Samsin Halmoni ha regresado y le corre por las venas como lava letal. Respira superficialmente por la boca e intenta no perder la compostura para no asustar a Kisa.

Pero…, joder .

Samsin Hamoni, la vieja bruja. Fue ella . Mantuvo a Kisa alejada de él durante años, y solo lo ha dejado encontrarla cuando ya era demasiado tarde, cuando está muerta. Una ira asesina le nubla la vista y se la tiñe de rojo. Llegados a este punto, controlar su furia es inútil.

«Parece… enfadado… por qué…».

—¿Seokga?

Va a subir directamente a Okhwang para cantarle las cuarenta a Samsin Halmoni. Va a enviar a sus chamanes a luchar contra los de ella. Va a estallar , porque la tensión le sube cada vez más y más …

El rostro de Kisa aparece en su borroso campo visual.

—Venga, te acompaño a tu habitación —murmura, preocupada, y él es muy consciente de que le rodea el brazo con la mano libre para guiarlo hacia la cubierta 7, después de que el dios haya conseguido mascullar el número de habitación en el que se aloja. La 7345.

Kisa hace una parada rápida en la enfermería para meter en una bolsa algunos frascos del botiquín y pasársela a Seokga.

Él supone que debería estar cargando con su hermano, pero se siente demasiado abrumado como para llevar un bebé.

¿Y si se le cae ? Sí, claro, Seokga ha tenido docenas de hijos en su larga vida, pero envejecían tan deprisa en comparación con él que no solía pasarse a visitarlos hasta que alcanzaban los veinticinco años, por lo menos (o los cuarenta y siete, puede que incluso los sesenta y dos).

Para él, los bebés son entidades extrañas.

Le da la impresión de que ni siquiera le gustan.

En absoluto.

De vuelta en la suite, Kisa deja a Hwanin en un diván de la habitación que sirve de unión entre las de los dos hermanos. Seokga se deja caer en un sillón, exhausto.

Kisa vuelve la vista con curiosidad para mirarlo, dejando de atender un segundo al niño.

—Algo ha crujido al sentarte.

—Ah —masculla, y se lleva la mano al bolsillo de los pantalones oscuros. Saca los caramelos que le ha dado Hajun y arruga la nariz—. Esto.

Ella arquea las cejas.

—¿Los has probado?

—No pienso hacerlo —responde, terco—. No me gustan los dulces.

—Pero parece gustarte el café —comenta ella; se sienta frente al fuego mientras se pone a rebuscar en su bolsa—. Esos sabrán como tu café americano.

Seokga suspira, pero desenvuelve el caramelo de todos modos. Lo olisquea, dubitativo, mientras ella lo observa con cara de guasa. A regañadientes, se lo mete en la boca.

—¿Ves? —pregunta ella, satisfecha, mientras Seokga experimenta un instante de euforia absoluta cuando el sabor del café le estalla en las papilas gustativas—. Te lo dije…

El dios decide que necesita encontrar de inmediato la tienda de golosinas del CRS Traspalmántico y arramblar con aquella invención mágica.

Nota que se le pasa el cansancio y la ira mientras juega con el envoltorio.

En la chimenea, el fuego crepita y chisporrotea, iluminando los mechones sueltos de pelo rizado que enmarcan el rostro de Kisa mientras saca los frascos de su bolsa de lona y lo mira desde el otro extremo del hilo.

A Seokga se le debe de notar el desconcierto en la cara.

—Pronto tendrá que comer —explica ella, y el dios se maldice.

Mierda. Sí. Se le había olvidado que los bebés tienen apetito y que, como Hwanin es ahora un bebé, necesita comer mucho más a menudo que cuando era dios. Kisa saca un mortero y añade los pétalos de flor seca al cuenco de barro.

—Salsarikkot —dice Seokga al reconocer el tono dorado pálido de las flores.

Es una de las muchas flores del jardín de Hallakkungi.

Sus propiedades son realmente impresionantes: con salsarikkot, la carne puede regenerarse.

Es la flor de la que se alimentan los dioses reencarnados, la que los ayuda a crecer.

Combinada con bbyeosarikkot, una flor que le devuelve la vida a los huesos, los dioses bebé crecerán fuertes y sanos de nuevo.

Las flores de la reencarnación son preciadas, así que observa con interés a Kisa, que las muele hasta convertirlas en una pasta fina.

—¿Cómo sabes todo esto?

Nunca ha conocido a un mortal que conozca tan bien los secretos de los dioses.

Ella lo mira como si le hiciera gracia la pregunta y echa un poco de agua en el cuenco para diluir la pasta, que se transforma en un líquido reluciente. Después coloca el mortero al lado del fuego para que se caliente mientras lo remueve en dirección contraria a las agujas del reloj.

—Samsin Halmoni —responde, y él aprieta los dientes—. Imagino que no piensas contarme por qué la odias tanto, ¿no?

—No —responde, malhumorado, porque no quiere pensar en ello. Se termina el primer caramelo y empieza el segundo—. Seguro que lo descubres sola.

Hwanin balbucea, así que Seokga se vuelve hacia su hermano, que se ha atrapado un pie diminuto con una mano diminuta y se lo está observando, pasmado.

Kisa vierte el líquido en un biberoncito que también ha sacado de su bolsa.

—No sabía si teníamos las flores —murmura, casi para sí—. Pero la enfermería está tan bien abastecida …

—Irónico —masculla el dios, y se pregunta si debería quitarle a Hwanin el pie de la boca.

—Es solo para las restauraciones —dice con un suspiro, y le pasa el biberón a Seokga—.

No es que no sea gratificante, pero, bueno, no puedes salvar a los muertos.

Ni siquiera estas flores cambiarían eso.

En realidad, las restauraciones son solo cosmética, llegados a este punto.

Tienes que cogerlo en brazos —le dice abruptamente al dios, que se ha quedado mirando el biberón con un desconcierto apenas velado—.

Para darle de comer. —Después arquea las cejas, impaciente—. En serio, Seokga.

«Se comporta como… si Hwanin… tuviera la rabia… o algo».

—Preferiría no hacerlo —dice el dios, y sufre el bombardeo de más pensamientos impacientes de Kisa mientras el hilo rojo tiembla entre ellos—.

Vale —gruñe y, con toda la indignidad del mundo, se coloca a Hwanin en el regazo y le administra la bebida, vigilado por Kisa.

Hwanin chupa, hambriento, y le babea encima.

Asqueroso—. Puaj. ¿Puedes volver a cogerlo tú, por favor?

—No —responde ella, que parece estar divirtiéndose.

Seokga pone cara de asco supremo cuando la baba de Hwanin le mancha el jersey de cachemira negra. Kisa se pone en cuclillas, como si estuviera viendo un programa muy entretenido.