El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 13. Seokga #2
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13. Seokga #2

—Aprendí de la mejor —dice Somi, mirando a Kisa, aunque le flaquea la sonrisa cuando ve que ella ni la mira ni le devuelve el gesto. Kisa observa las pantallas.

—Hemos corrido por todo el barco —añade Hajun entre jadeos, y se le nota la risa en la voz—. Y quiero decir por to-do. Hemos encontrado un bar de karaoke… Ni siquiera sabía que tuviéramos uno.

—Y una tienda de golosinas —dice Somi, que le da un codazo conspirador.

El chico resopla de risa, se mete la mano en el bolsillo del pijama de enfermero y saca un puñado de caramelos envueltos. La fuente blanca sobre fondo rojo dice: kopiko .

—Toma —dice Hajun, y se los lanza a Seokga—. Ella dice que te van a gustar.

El dios cierra la mano con la que los ha cogido.

—Lo dudo —responde, desdeñoso, porque odia los dulces mortales. Se prepara para tirarlos a la papelera.

—Son de café —le dice Hajun con una sonrisa cómplice antes de colocarse detrás de Kisa y ponerle una mano amable en el hombro; pero se da cuenta de que se tensa y, con un gesto de disculpa evidente, corre a ponerse a su lado.

Seokga se guarda los caramelos y también se acerca a Kisa.

Los monitores reproducen la grabación marcha atrás a toda velocidad, tan deprisa que casi se lo pierde, pero el ojo atento de la joven capta el estallido blanco en la pantalla superior izquierda.

Pausa al instante las otras, rebobina y pulsa unos cuantos botones que parecen servir para que la grabación se reproduzca de forma normal, a velocidad neutra.

Hwanin, en toda su irritable y alta persona adulta, camina por un pasillo con el móvil pegado a la oreja. Mueve los labios en silencio, quizá casi con irritación. Seokga se inclina hacia delante, recordando no colocarse justo detrás de Kisa, sino a su lado.

—Sé dónde es eso —dice ella, despacio—. Forma parte del I-95, en la cubierta 0.

—¿Parte de? —pregunta el dios con cuidado.

—Debido a su longitud, el resto del pasillo no sale en cámara. Hwanin está cerca del centro.

Kisa está tan concentrada que habla como distraída y sin emoción. Seokga desearía tener tiempo para admirar cómo frunce el ceño y los labios cuando piensa, pero, por desgracia, su hermano está a punto de ser asesinado en pantalla.

Durante un breve y amargo instante, se pregunta si de verdad quiere resolver este misterio. Si resolverlo significa dejar ir a Kisa demasiado pronto, quizá ni siquiera merezca la pena. Quizá preferiría que Hwanung perdiera la cabeza y le arrebatara su divinidad de nuevo con tal de tenerla cerca…

Pero Kisa no es una mariposa que pueda tener atrapada en un tarro para divertirse con ella.

Intenta recordárselo. A una parte de él le da asco que haya considerado la posibilidad de sabotear el trato.

Si no tuviera el engaño tan arraigado en su naturaleza, puede que no se le ocurrieran esas cosas.

La doctora Jang ha intentado arreglarlo, pero forma parte de él tanto como su ADN . Lo conforma.

Y, por más que quiera negarlo, está furioso con quien le ha hecho daño a su hermano. Nadie tiene permiso para eso, salvo él. Da igual que lo hayan cargado con un bebé baboso de mejillas rechonchas y naricita respingona. Alguien le ha hecho daño a su hermano mayor. Y no ha sido él.

Alguien ha matado a un dios.

Y eso hay que castigarlo.

Seokga se acerca más a la pantalla y observa los labios apretados de Hwanin, la forma en la que se pasa una mano por la cara, como hace él cuando está cansado e irritado.

—Está hablando con Hwanung —se percata.

Su hermano y su sobrino se pelean a menudo.

Cada mes, Seok­ga se despierta en su palacio por los gritos de enfado que sacuden, literalmente, los cielos y lo tiran de la cama.

Más de una vez se ha dado de cabeza contra el suelo de madera.

Qué poco digno. Y, unas horas antes de que Hwanin y Hwanung estallaran, la expresión de su hermano era parecida a la del vídeo.

Tensa, con cierto aire de «¿Por qué se me ocurriría tener un hijo? ».

El bebé Hanin gorjea medio dormido, como si le diera la razón.

—Están discutiendo —masculla Kisa, analítica—. Hwanin está preocupado. Está completamente concentrado en lo que se dice en la llamada. ¿Cómo era su relación?

—Hwanung es un mierda —responde Seokga, que pone cara de asco infinito—.

Aunque lo hizo durante un tiempo, ahora se niega a aceptar que su ocupación es ser el dios de las leyes y las promesas cumplidas.

—En otras palabras, es el equivalente divino a un adolescente angustiado.

Le desconcierta que ese delincuente fuera capaz de fundar la Sinsi original en el monte Taebaek o de ser el alcalde de Nueva Sinsi, cuando apenas recuerda hacer la colada—.

Quiere ser el dios del sexo, las drogas y el rock and roll.

La única vez que Hwanung parece actuar como el dios de las leyes es, convenientemente, cuando persigue a Seokga para pillarlo en alguna ofensa.

Lejos quedan los tiempos en los que copiaba a su padre hasta en lo de lucir hanboks preciosos incluso en las ocasiones más sencillas.

Ahora el dios prefiere (para consternación de su padre y de su tío) las camisetas desteñidas de bandas mortales que hacen poco más que gritar por el micrófono.

Es horrendo.

Hajun parece sorprendido.

—¿Pueden cambiar de ocupación los dioses? —pregunta.

—No —resoplan Seokga y Kisa a la vez.

Hay una excepción, claro, pero cualquiera no puede convertirse en emperador celestial.

Aunque lo intente con muchas ganas, por ejemplo, instigando un golpe.

Kisa vacila y, mientras la grabación sigue mostrando a Hwanin hablando enfadado por teléfono, coge un cuaderno que está sobre la mesa.

Seokga la ve agarrar un bolígrafo, buscar una página vacía y garabatear «Hwanung» con las letras emborronadas, seguido de un signo de interrogación frenético cuyo punto casi perfora el papel.

Recuerda brevemente la letra curva de Hani cuando garabateaba notas en el sofá de Seokga mientras le daba vueltas a la frustrante pista de Suk Aeri en su excursión a Daegeumsan.

Con una punzada de culpa y decepción, se fija en que la letra de Kisa es más desordenada.

Como si su mano tratara en vano de seguirle el ritmo a las aguas bravas de su mente.

—Interesante —vacila Somi, lo que aparta la atención de Seok­ga de los garabatos de Kisa—. ¿Crees que ha sido el príncipe heredero?

Seokga frunce el ceño, pero algo en pantalla atrae de nuevo su mirada.

Hwanin se ha guardado el móvil entre los pliegues de su hanbok; tiene el ceño muy fruncido y respira hondo.

El dios del engaño contiene el aliento mientras ve a su hermano mirar hacia un punto del pasillo…

y abrir mucho los ojos azules, aterrados y salpicados de estrellas.

Rara vez ha visto a su hermano presa del pánico.

En el monitor, Hwanin abre mucho los brazos. El reloj marca las 8.32 pm.

«Oh, no». Seokga sabe bien lo que ocurre después de una pose tan teatral y maldice a su hermano cuando, un instante después, una luz blanca cegadora se traga la pantalla.

Hace una mueca, retrocede y se pregunta por qué, exactamente, Hwanin decidió protegerse con un inofensivo despliegue de luz.

«Pánico», piensa, furioso. Hwanin, el muy idiota, se dejó llevar por el pánico .

Y, con un reflejo involuntario, dejó escapar una vistosa luz divina en vez de recurrir a otros poderes más útiles .

¿Qué podría aterrar así a un emperador divino como Hwanin?

—La hostia —susurra Hajun.

La luz se apaga poco a poco y no hay… nada.

Nadie en el suelo. Ningún indicio de forcejeo. Ningún asesino jadeante salpicado de sangre.

Simplemente… nada.

La cámara vuelve al blanco y negro antes de fundirse en negro por completo.

—Como antigua asesina en masa, si matas a un hombre bastante alto con poderes divinos y no quieres que te vean arrastrando su cadáver por un barco, ¿cómo lo harías?

—le pregunta Kisa a Somi—. Hipotéticamente, por supuesto —añade tras echarle un vistazo apresurado a Seokga, que echa humo—. Es todo… hipotético .

Los cinco se encuentran en el húmedo I-95, en la parte inferior del barco, tras haberse dejado los ojos buscando pistas que se les pudieran haber escapado en los otros monitores.

A pesar de haber revisado las demás grabaciones, no apareció ninguna más de Hwanin.

Sin embargo, debían de haberlo arrastrado por el barco, pasado por debajo de las docenas de cámaras de seguridad. No tiene sentido.

Nada tiene sentido.

Somi parece reprimir un bostezo. La gumiho está apoyada en el costado de Hajun. Él se muestra tan receloso como encantado, aunque con timidez. Somi parece considerarlo una jamba cómoda en la que descansar.

—Lo haría pedacitos y me lo metería en el bolsillo —contesta.

—Por el amor de los dioses —ruge Seokga, que no está de humor para tonterías—. Responde a la pregunta.

Kisa empieza a pasearse. La luz es tan fría que le resalta el ceño fruncido en la carita de corazón y le acentúa las sutiles pecas que le salpican la nariz arrugada.

—Se hace tarde —dice Hajun, que frunce el ceño y tiene una especie de tic en el brazo, como si quisiera envolver con él a Somi para protegerla, pero no hubiera reunido el valor suficiente—. Todos estamos cansados.

Con un nudo en el pecho, Seokga estrella el bastón contra el suelo. El eco se oye por todo el pasillo.

—No hemos terminado.

No lo harán hasta que encuentren al asesino. A ser posible, antes del alba.

—Hajun tiene razón —le rebate Kisa al cabo de un momento—. Hwanin tiene que acostarse. Y creo que tú también. No vamos a resolver nada si estamos exhaustos.

Seokga le echa un vistazo rápido a su hermanito. Está acurrucado contra Kisa, con la cara pegada a su cuello; duerme y deja escapar suaves gemiditos. Siente una punzada de culpa. «Ay, hermano —piensa, de repente hundido por el cansancio—, la vida no nos da tregua».