13. Seokga
Seokga
—¡Iiigriiik! —gorjea el bebé Hwanin en brazos de Kisa.
Seokga está deseando que recupere tanto su cuerpo adulto como sus recuerdos para poder tumbarlo de un puñetazo.
¿Cómo? ¿ Cómo consigue un emperador todopoderoso que alguien se lo cargue?
Salvo por uno, sus poderes naturales eran incluso más impresionantes que los de Seokga: control sobre los cielos (a Hwanin le gustaba acabar con el buen humor de su hermano al cambiar un cielo de tormenta por otro soleado), la generación de una luz celestial que insistía en usar para sus entradas dramáticas, la capacidad de volar y, lo más desconcertante, la de transformarse en nube o estrella.
Y, como todos los dioses, también podía teletransportarse.
Pero el verdadero poder de Hwanin residía en el trono en el que se sentaba.
El trono del palacio Cheonha le otorgaba habilidades que ningún otro dios compartía y una influencia infame sobre las demás deidades.
La pega, por supuesto, era que Hwanin tenía que estar sentado en el trono o cerca de él para hacer cosas como entrometerse en la jurisdicción de otro dios (como cuando reencarnó a Hani la primera vez), jugar con el tiempo, conceder la inmortalidad, la proyección astral… La lista sigue, sigue y sigue .
La puerta de hierro de la sala de control aparece ante ellos cuando doblan la esquina, aunque no se ve nada por la ventanita cuadrada.
La iluminación de la cubierta 2 no tiene nada que ver con el brillo cálido que lo domina todo arriba: es fría y perfila sin piedad a quien tenga la mala suerte de encontrarse bajo ella.
Tras volver la vista atrás hacia sus compañeros, Seokga inicia una serie de señales rápidas y silenciosas con las manos.
Lo hace con gran destreza, cree él, y seguro que impresiona a Kisa con esos movimientos tan veloces y capaces aprendidos durante sus días de cazador de rebeldes.
Ella asiente con expresión sabia, como si supiera exactamente lo que quiere decir, pero, un instante después, sus pensamientos la traicionan.
«Por qué… agita las manos… como… palomas».
El hilo rojo, que pasa junto a Hajun, se sacude como si se partiera de risa. Seokga pone cara de sentirse entre ofendido y divertido, y a Kisa le sube el rubor azul a las mejillas.
—Espera —susurra Somi al final de la cola—, crearé una distracción. Cuando salgan corriendo, entráis.
Seokga entorna los ojos. La gumiho ha progresado mucho desde que era una joven asustadiza… y, a pesar de todo lo que afirma, sigue sin confiar en ella.
Somi llama con el dedo a Hajun.
—Voy a tener que tomarte prestado —susurra.
El chico abre mucho los ojos.
—¿A mí? —pregunta, y las mejillas se le encienden de un tono azul claro que parece indicar que se siente encantado y asustado a partes iguales.
—Sí, a ti. —Somi lo agarra de la camisa, arrugándosela entre los dedos—. A no ser que tengas miedo .
—Pues… pues… no… —Hajun se endereza y le devuelve la mirada a Somi, que sonríe—. No tengo nada de miedo.
Seokga, que percibe que lo mejor para Kisa y él será quitarse de en medio, retrocede por la esquina y tira de la joven para que se aleje con él.
El corazón se le acelera al tocarla y al sentirla tan cerca de él, con la espalda casi pegada al dios.
Seokga oye que a ella se le corta el aliento y, un segundo después, se vuelve para mirarlo a la cara.
Al dios se le cae el alma a los pies al ver que Kisa ha palidecido un poco.
¿Es que no quiere que la toque? No lo hará, si es así, pero le duele de todos modos.
—No es… —murmura mientras, al otro lado de la esquina, Somi le susurra algo a Hajun—. No es… eso. Es que prefiero no tener a nadie justo detrás, si puedo evitarlo. Es una manía rara, supongo.
Seokga apartaría la vista, avergonzado, pero ella se mordisquea el labio inferior y no puede dejar de mirarla.
El inconfundible sonido de una puerta al abrirse le golpea de lleno. Se oyen unos cuantos gruñidos de sorpresa y, después, la voz de Somi, que arrastra un poco las sílabas.
—Ayyy, lo sieeentooo —canturrea—. ¡Creía que era nuestra habitacióóón!
Después, otro sonido inconfundible: un beso baboso.
Kisa abre mucho los ojos y también la boca.
Seokga es incapaz de reprimir una risita disimulada cuando ella se echa a reír en voz baja.
Hwanin sonríe al embaucador cuando lo ve reír y Seokga, a regañadientes, le ofrece al bebé una expresión que no llega a ser un ceño fruncido.
Su hermano está encantado, se agarra el pie y se lo sacude con alegría, y el dios del engaño pone los ojos en blanco.
La sonrisa de Kisa se ensancha mientras se recoloca al bebé.
La verdad es que se le da muy bien y Seokga, de nuevo, se pregunta por qué.
—Ah —dice Hajun, ronco. Suena increíblemente aturdido y, por lo tanto, también borracho del todo—. Ah, vaya… Eso ha sido… Nunca he… Em…
—Siempre he querido haceeerlo en público —responde Somi, y Kisa ya no puede aguantarse más.
Seokga se queda casi sin aliento cuando la joven se tapa la boca con las manos y se ríe, esforzándose tanto por reprimir las suaves carcajadas que se le arruga el rabillo de los ojos.
Y, a pesar de la mano que ahoga las alegres campanillas, descubre que su risa es la risa de Hani , tanto como lo era su cara de fastidio—.
¿Podeeemos llevarnos tu silla, por favooor? ¿Por favooor?
—¡No! ¡Fuera!
Se produce un forcejeo y, menos de treinta segundos después, alguien sale de la sala de control y corre por el pasillo casi vacío.
—Vamos —susurra Seokga (aunque a parte de él le gustaría quedarse en el pasillo para siempre, escuchando a Kisa reírse) y, juntos, se cuelan en la habitación, ahora vacía, cierran la puerta y echan el pestillo.
Es un cuarto grande y sencillo, salvo por el hecho de que está lleno de docenas de monitores que muestran las grabaciones de docenas de puntos repartidos por todo el Traspalmántico.
Seokga contempla, desconcertado, la enorme cantidad de teclados distribuidos por los largos escritorios blancos y ordenados.
Lo más que ha conseguido hacer con la tecnología es, uno, manejar un móvil (que ya no tienen los suficientes botones; se le resbalan los dedos por las pantallas, cada vez más grandes) y dos, haber usado antaño la tecnología de los noventa de Nueva Sinsi con una habilidad medio pasable (pero esos días quedaron muy lejos, y se supone que los teclados no deberían ser tan…
planos ). ¿Dónde están los cables? ¿Dónde están las consolas abultadas y las pantallas borrosas?
En los treinta y tres años transcurridos desde que abandonó la comisaría haetae de Nueva Sinsi, la tecnología se ha transformado en algo que no tiene ni idea de manejar.
Consciente de que Kisa espera a su lado, expectante, intenta ocultar su pasmo absoluto poniendo cara de inteligencia y dominio de la situación. Con suerte, se lo creerá y él logrará averiguar cómo reproducir las grabaciones anteriores sin que se le note demasiado la torpeza.
—Te he oído —lo avisa ella, medio riéndose. A Seokga le arden las mejillas. Kisa se acomoda en una de las sillas con ruedas, sienta a Hwanin con cuidado en su regazo y flexiona los dedos—. Creo que puedo hacerlo. ¿Puedes vigilar la puerta?
—Supongo —rezonga él, deseando haber sido capaz de impresionarla al hackear el ordenador central o como coño se llame.
A regañadientes y sintiéndose derrotado, se vuelve hacia la puerta.
Los dedos de Kisa bailan sobre el teclado antes de hacer clic en algo con el ratón y maldecir en voz baja.
—El sistema de seguridad me pide una contraseña —dice, volviéndose hacia el dios—. Por desgracia, no tengo ni idea de cuál es.
Sigue sin haber ni rastro de Somi, Hajun y los vigilantes, pero Seokga no se confía. Sabe que no tienen mucho tiempo. ¿Qué contraseña elegiría un capullo como Yeomra para su sistema de seguridad?
—Prueba con Y-e-o-m-r-a —dice—. O m-u-e-r-t-e.
No lo estima lo suficiente como para suponerlo capaz de inventar contraseñas imaginativas.
—No funciona. —Seokga esboza una mueca—. ¿No se lo puedes preguntar?
Personalmente, preferiría evitar interactuar con el dios siempre que fuera posible, pero, como Kisa lo mira con intención, se saca el móvil del bolsillo.
—Seokga —le susurra ella con impaciencia un instante después, haciendo rebotar la pierna en el suelo—. ¿Qué te ha dicho?
—Todavía estoy escribiendo —masculla él.
Es casi como si la oyera hacer una mueca, así que se vuelve para fulminarla con la mirada antes de poder contenerse. Ella lo sorprende al responderle con la misma expresión, aunque con las mejillas azules de rubor y pánico.
—Tú date prisa, por favor —sisea Kisa, lanzando una mirada nerviosa hacia la puerta.
—Voy lo más deprisa que puedo —responde entre dientes.
Cuáls la contrapena no abia terminazo
Después, con una lentitud muy concienzuda:
Cual es la contraseeña del sistema de seguridaz? responde y a
Un segundo después le vibra el móvil y está a punto de dejarlo caer al suelo.
—Losmejorescrucerosturisticos2235 —lee antes de volver a guardarse el puñetero cacharro en el bolsillo.
Kisa asiente y, más deprisa de lo que él habría creído posible, introduce la contraseña.
—Botón para retroceder —masculla mientras observa el monitor, concentrada—. Botón para retroceder… Aquí.
Se oye un clic rápido y las pantallas cambian, de modo que la gente que pasea por ellas se mueve hacia atrás. Un segundo después, alguien llama a la puerta.
—Somos nosotros —avisa Hajun, sin aliento.
Seokga los deja entrar, aunque a regañadientes. Somi sonríe.
—Los hemos conducido de un sitio a otro —dice; lleva su impecable bob despeinado y le brillan los ojos—.
Están en algún lugar de las cubiertas superiores, convencidos de que nos escondemos tras una esquina.
¿Verdad, cielito ? —añade, batiendo las pestañas en dirección al ídolo, que se ruboriza y sonríe mientras se restriega la nuca, avergonzado.
—Bien hecho —reconoce Seokga, reacio.