12.Kisa #3
»Cuando encuentres al asesino, me avisas y yo descenderé con mucho teatro, como si este fuera el plan desde el principio, e impartiré justicia divina.
Mientras tanto, guardaré silencio. —Es en ese momento cuando Yeomra parece ver a Kisa por primera vez desde que entró hecho una furia en la enfermería.
Y algo extraño le asoma al rostro cuando la mira por segunda vez.
Le mira los ojos, cada vez más desconcertado—. ¿Trabajas aquí?
Kisa aprieta los dientes.
—Llevo siete años trabajando aquí —informa a su empleador; se resiste al impulso de acercársele y dar un pisotón en el suelo, como una niña inmadura.
El dios de la muerte ladea la cabeza y la observa. Después mira a Seokga, y vuelta a empezar.
—¿Es…? —pregunta, señalándole los ojos.
—Sí —responde Seokga, apretando los dientes.
—Mierda —vacila Yeomra—. No lo sabía. Te habría llamado.
El dios del engaño deja escapar un ruido entre resoplido y rugido.
—Mira, Seokga —sigue diciendo el dios, rascándose la nuca con cierto pesar—.
Bueno…, añadiré algo bonito para ella. Una muestra de buena voluntad.
—Kisa lo observa con atención cuando Yeomra se vuelve para mirar al dios ceñudo—.
Si resuelves esto, la liberaré de su trabajo en el barco.
Escribiré su nombre en la cola de la reencarnación.
Kisa deja escapar un grito ahogado y se le acelera el pulso.
«La cola de la reencarnación». Lleva casi una década esperando oír esas palabras y, ahora que lo hace, la embarga un júbilo que la deja conmocionada.
Perdida en una bruma de emoción y esperanza, no ve que Seokga se tensa y le brillan los nudillos con los que aprieta la empuñadura del bastón.
—¿Y el nombre de Hajun? —suelta Kisa antes de poder contenerse.
Yeomra la mira, incrédulo.
—¿Qué?
Ella se obliga a mirarlo a los ojos y se niega a retroceder.
—Mi amigo —dice en voz baja—. Si resolvemos el misterio, me gustaría que también escribieran su nombre en la cola.
Yeomra la mira con desdén, frunciendo el labio superior.
—¿De verdad pretendes negociar ?
—Pues…, em…, sí —se obliga a decir con decisión—. Sí.
El director ejecutivo la mira largo y tendido. Kisa, cabezota, no aparta la vista. Es capaz de pasarse un buen rato sin parpadear y se niega a rendirse hasta que Yeomra lo haga.
Por fin, el dios de la muerte frunce el ceño.
—De acuerdo —cede, y vuelve a mirar a Seokga—. Pero, si fracasas, tengo a Hwanung en marcación rápida y te echaré a ti toda la culpa. ¿ Capisce ? Genial. —Retrocede hacia la puerta, esbozando una sonrisa nerviosa—. Usa tus poderes para leer la mente. Seguro que resuelves el misterio en un momento.
Kisa deja escapar un suspiro de alivio. Por supuesto.
Seokga, al ser la deidad del engaño, cuenta con una amplia variedad de poderes furtivos, lo que incluye teletransportarse, crear ilusiones, cambiar de forma y leerles la mente a las criaturas.
Siempre se ha preguntado cómo sería tener un patrón que no fuera Samsin Halmoni; no es que no amara a su diosa y los poderes curativos que recibía junto con su protección cuando estaba viva.
Sin embargo, ver a los chamanes de Seokga siempre había sido muy divertido.
Parecían sentir predilección por transformarse en pájaros y, bueno, cagarse en las cabezas de los chamanes de Hwanin.
Pero, al ver la mueca de Seokga, su alivio se transforma en ansiedad.
—¿Seokga? —le pregunta en voz baja—. Puedes leer mentes, ¿no?
—He estado teniendo problemas con eso —masculla.
Yeomra se queda paralizado al lado de la puerta.
—Perdona, ¿qué?
El embaucador resopla con desdén, pero no es por Kisa.
—Según la doctora Jang, he estado sufriendo de… estrés extremo —explica, torciendo el gesto—. Eso ha afectado a ese poder. No consigo acceder a él. Cierra la boca, Yeomra, que te van a entrar moscas.
Kisa ve que a la deidad de la muerte se le abre la boca antes de cerrarla de golpe.
—Me voy a ir antes de que sufra una crisis nerviosa —dice poco a poco—.
Cuando regrese, al final del crucero, será mejor que hayas encontrado al asesino.
Leyendo mentes o no. Y mantén a salvo a nuestro estimado emperador celestial, por favor.
Lo haría yo, pero es probable que sea incluso peor que tú con los bebés. Podría comérselo una demonio.
Yeomra desaparece envuelto en una nube de humo negro.
Las puertas se abren de repente y Hajun aparece en su lugar, apartándose el humo negro de la cara. Kisa hace una mueca cuando su amigo mira directamente al bebé antes de volver la cabeza hacia Seokga.
—Pero… ¿quién… cómo… dónde? —pregunta con voz entrecortada—. ¿Kisa? ¿El bebé? ¿Has…?
—Enhorabuena —ladra Seokga en tono mordaz—, eres el padrino.
Por el amor de los dioses… Hajun parece a punto de desmayarse.
—No, no he dado a luz desde la última vez que me viste —contesta Kisa con decisión mientras deja a Hwanin en una cuna cercana y le mete como puede la camiseta y los pantaloncitos diminutos.
Hwanin no deja de retorcerse, ya que, al parecer, prefiere no llevar más ropa que su gorro de gato y el pañal.
Cuando por fin consigue vestirlo, se vuelve hacia Hajun, deseando contarle la noticia.
Puede que se libren del Traspalmántico antes de lo que creían posible.
—¿Qué te parecería ayudarnos a atrapar a un asesino?