El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 12.Kisa #2
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12.Kisa #2

El director ejecutivo es despiadado. Es famoso por ello. Kisa no lo conocía en persona, pero ha oído las historias de terror que cuentan otros empleados. Es un titán de los negocios en Jeoseung, un logro que solo palidece ante el hecho de ser el dios de la muerte en persona.

Retrocede, presa del pánico, y abraza a Hwanin contra su pecho, mientras que Seokga se coloca delante de ella para protegerla y Somi… no parece demasiado impresionada. Kisa nota que le caen gotas de sudor por la nuca y Yeomra le lanza algo a Seokga.

Una bolsa de regalo azul celeste. Kisa se asoma con precaución y ve que Seokga saca con desdén de la bolsa un conjunto de ropa de bebé.

Yeomra cruza los brazos. La joven se obliga a calmarse, a guardar su pánico en una caja y meter la caja en un rincón oscuro.

No ha ido para lanzarla a los siete infiernos.

Kisa es una ciudadana modelo, por mucho dinero que robara de los cajeros en su vida anterior.

—¿Qué coño es esto, Seokga? —suelta por fin el director ejecutivo—.

No puedo creérmelo, literalmente. Primero, me envías un mensaje sobre lo que sea que hicieras en el invernadero, y ahora…

—añade, señalando con un dedo pálido a Hwanin, que se revuelve alegre en los brazos de Kisa— has conseguido que conviertan en bebé a nuestro emperador sagrado y celestial en mi barco de diez cubiertas y última generación.

—Saca un Samsung negro muy elegante—. Sí, estoy seguro de que al panteón le va a encantar enterarse de tu colosal cagada.

¿Cuánto crees que tardará tu sobrino en volver a enviarte de una patada a Iseung? Yo digo que cinco minutos…

Somi ha cogido la ropa de bebé y vuelve de un lado a otro las prendas diminutas.

—Mira qué monada —le dice a Kisa, sin prestar atención a la pelea de los dioses. Pero Kisa no puede fijarse en nada más.

En un abrir y cerrar de ojos, Seokga suelta la ropa de bebé, se abalanza sobre Yeomra y le quita el móvil de la mano. Después lo tira al suelo y lo aplasta con el pie. Con una voz que a Kisa le recuerda al gruñido de un lobo, le dice:

—Si fueras a llamarlos, ya lo habrías hecho. ¿Por qué estás aquí, cadáver ? Deja que lo adivine. Si se corre la voz sobre esto, es malo para el negocio. Tus inversores, el resto del panteón, se quitarán de en medio. Nadie quiere que lo relacionen con el mundo en el que asesinaron al emperador.

Somi intenta ponerle a Hwanin un diminuto gorro gris con orejas de gato. Kisa reprime un escalofrío; los gatos siempre la hacen estornudar sin poder contenerse.

—Ayyy, mira qué sonrisilla más traviesa tiene —canturrea mientras Kisa le da la espalda para seguir observando a los dos dioses, cada vez más recelosa.

El dios del engaño contra el dios de la muerte. Es fascinante, aunque no le gusta que los ojos de Yeomra hayan empezado a arder como ascuas.

—¿Quién lo ha matado? —le pregunta Seokga en voz baja—.

Sabes que no he sido yo. Si has visto que ahora Hwanin es…

—Kisa lo mira a los ojos cuando él vuelve la vista atrás y señala con la cabeza al alegre bebé—.

Que ahora es muy pequeño, seguro que has visto quién lo asesinaba, ¿no?

—Un escalofrío recorre la espalda de la joven.

Se da cuenta de que el embaucador habla a todo el mundo con palabras tan frías como témpanos, menos a ella—.

¿O se trata de otro caso de «no lo sé»? ¿Como cuando hace treinta y tres años, no sé cómo, se te escapó que un eoduksini se había metido dentro de la piel de un jeoseung saja?

Yeomra esboza una mueca y empuja a Seokga para apartarlo.

A Kisa le da la sensación de que Seokga se ha dejado empujar.

Es mucho más alto que el dios de la muerte y, a pesar de estar delgado, tiene los hombros más anchos, brazos musculosos, piernas que intuye fuertes bajo los pantalones y un aura de violencia palpable.

No es que ella apoye la violencia, pero…

Se le seca la boca y se ruboriza de vergüenza al darse cuenta de que le está mirando el culo.

Ha estudiado anatomía durante muchos años y debe reconocer que el trasero del dios tiene una forma espectacular.

«Deja de mirarle el culo —se dice—. Para. Están pasando cosas importantes y, además, acabas de conocerlo».

—Je —dice Yeomra—. Je. Bueno. Tiene gracia que lo menciones.

—Por las tetas de Hwanin, Yeomra —le suelta Seokga, aunque después hace una mueca—. Quiero decir…

—Ya no puedes usar esa expresión. —Se ríe Somi mientras le hace cosquillas en la tripa a Hwanin, que chilla de alegría y agita las piernas.

Yeomra suspira y mira a Hwanin. Kisa da un paso atrás, protectora, y el director ejecutivo pone cara de fastidio.

—Bueno, vale. Sí. Estaba distraído. Normalmente veo todos los acontecimientos preocupantes que suceden en mi reino (lo del eoduksini fue de chiripa , Seokga), pero estaba distraído. Con una demonio preciosa, cabría añadir.

—Mira qué gracia —se burla Seokga, y a Kisa le chirría lo amable que ha sido con ella esta noche y lo increíblemente grosero que es con todos los demás—. Esa fue la excusa que pusiste la última vez.

«Puto… inepto… para un trabajo… que tiene… quiero… pegarle».

La joven hace una mueca al recibir el aluvión de pensamientos encendidos de Seokga, que son como víboras furiosas.

—Es muy exigente —responde Yeomra, rascándose la nuca—. Esto tiene mala pinta. Para mí, concretamente. Es la segunda vez que algo así sucede bajo mi supervisión. Así que, em, este es el trato.

—Ah, genial, otro puñetero trato. Así empieza siempre, ¿no?

La otra deidad no le hace caso.

—Vamos a ocultarlo. Quiero decir… —El dios se encoge ante los ojos de Seokga. Kisa se asombra del poder que el embaucador ejerce con tan solo una de sus letales miradas. ¿Es que todos los dioses lo temen?—. Encuentra al asesino. Deprisa, antes de que acabe el crucero. Que no se entere el personal.

Debe de haberlo oído mal.

—¿Por qué? —exige saber Kisa, que, no sabe cómo, ha conseguido encontrar la voz a pesar de tanta tontería—. ¿Acaso no tienen… tenemos que rendir cuentas ante nuestro director ejecutivo?

Yeomra ni siquiera se digna a mirarla, pero ella se estremece igualmente al verlo fruncir el ceño y lamenta haberle saltado así.

—Porque —dice, despacio, como si la joven fuera un niño con muy poco intelecto (y eso le escuece; Kisa es capaz de aguantar muchos insultos, pero los que atañen a su inteligencia le duelen en lo más profundo)— aquí no se aplica el protocolo habitual.

Han asesinado al emperador. ¿Crees que me llamarán a mí cuando existe un botón de emergencia para ponerse en contacto directamente con Okhwang?

Putas estipulaciones… Yo no quería ese botón. Pero Hwanin insistió.