El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 12.Kisa
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12.Kisa

Kisa

N am Somi parece aburrida mientras mira primero a Kisa, después a Seokga y luego al balbuceante Hwanin.

—Bueno, veo que os habéis metido en faena muy deprisa —comenta, y da un paso hacia Kisa, con la vista fija en el bebé—. Ay, qué monada . Tiene tu nariz —le dice a Seokga— y tu sonrisa —añade, mirando a Kisa.

Kisa traga saliva. A pesar de estar tan convencida de que el zorro no tiene ningún móvil, debe reconocer que existe la posibilidad de que Somi matara a Hwanin. Da un paso atrás y abraza con ademán protector al niño mientras Seokga se coloca a su lado.

—Yo no lo he matado —dice Somi un instante después, sin flaquear ante la mirada asesina del embaucador.

La intensidad de dicha mirada asusta a Kisa; a ella nunca la ha mirado así y espera que nunca lo haga—.

Pero, vale, os he estado siguiendo desde que subisteis a la cubierta 10, donde estaba…

—Hace una mueca—. Donde estaba, em… Donde estaba.

—¿Y se supone que tenemos que confiar en tu palabra? —pregunta Seokga entre dientes mientras gira la muñeca y transforma el bastón en espada—. Creo que no.

—Seokga, espera. Me parece que la vi —interviene Kisa a toda velocidad, ya que ahora recuerda lo que había visto por encima del hombro de Seokga. Era una mujer hecha un ovillo en una de las tumbonas, llorando—. ¿En qué parte de la cubierta estabas, exactamente?

—En una de las tumbonas de la piscina —masculla Somi—. En la esquina de la cubierta.

—¿Y qué hacías? —tantea.

—Sentarme.

Kisa espera.

Somi suspira.

—Estaba llorando —reconoce—. Así.

Tras una mirada airada a Seokga, se sienta en el suelo, se lleva las rodillas a la barbilla, agacha la cabeza y empieza a sorberse los mocos. La precisión es absoluta, hasta en el movimiento de los hombros.

Kisa se vuelve hacia Seokga, que no parece estar disfrutando de la actuación.

—Dice la verdad —le informa, mientras Hwanin se le agarra a la camisa, medio dormido—. Vi a una mujer detrás de ti, oculta en las sombras. Encaja con esto. Pero ¿por qué nos seguías? —le pregunta a Somi, suspicaz.

La gumiho se levanta con toda la dignidad que se puede reunir después de fingir llorar en el suelo para evitar ser sospechosa de asesinato.

Kisa la examina con atención por si se le hinchan las aletas de la nariz, se muerde el labio o suda por los nervios.

Está bien documentado que hay detalles que delatan incluso a los mejores mentirosos, por sutiles que sean.

Observa a Somi, que la está mirando, y toma nota de que se le arruga la cara durante un instante.

¿Es pena? ¿Culpa? ¿Una combinación de ambas mezclada con algo, quizá un amor echado a perder?

—Subí a la cubierta 10 después de lo del invernadero para estar a solas —explica.

Kisa cataloga mentalmente su voz: firme pero con un toque vacilante que parece deberse más a la emoción que a otra cosa—.

No me gusta que me vean llorar. Cuando subí, os seguí porque quería hablar contigo…

a solas —añade, fulminando a Seokga con la mirada—.

Te conocía en tu vida anterior, cosa que ya sabrás a estas alturas.

Éramos… Trabajábamos en… Eras mi… Eso da igual.

El caso es que no sé bien cuánto recuerdas, pero hay, em, cosas por las que quería pedirte perdón.

—Se le empañan los ojos—. Evidentemente, no tuve la oportunidad de hacerlo por el cadáver al que yo no asesiné .

Además… —Cruza los brazos—. No te recomiendo que te metas en esta investigación con Seokga.

Para empezar, es un detective de mierda.

La última vez ni siquiera sospechó de mí ni de Hyeon-tae hasta que empezaron los Días Oscuros.

—¿De quién? —pregunta Kisa, frunciendo el ceño.

¿Era Hyeon-tae el nombre del cuerpo anfitrión del eoduksini? Su anonimato se ha mantenido durante años. ¿Qué papel tuvo Nam Somi en los Días Oscuros? Pero la gumiho sigue hablando.

—En segundo lugar, la última vez que te involucraste en un caso con él, acabaste muerta.

—Ya… ya estoy muerta.

—Y, por cierto… —Somi se aclara la garganta sin hacer caso a la afirmación de Kisa. Quizá si lo dice las suficientes veces, deje de perturbarla—. No puedo haber sido yo porque no tengo garras —dice en voz muy baja—. No lo bastante largas para asesinar a nadie.

Aparta la vista y levanta las manos. Clic. A Kisa se le cae el alma a los pies cuando unos muñones oscuros con los bordes irregulares salen de los nudillos de la gumiho, como si alguien hubiera usado un cuchillo para…

Se hace el silencio.

Seokga baja poco a poco la espada y la convierte de nuevo en bastón. Cuando Kisa lo mira, en su rostro no se ve nada, pero oye su lástima, aunque reacia, en sus pensamientos.

«Parece… doloroso… no… sacar… corazón… no puede… ser… sospechosa… cómo… murió… no debería haber dicho… en el invernadero… todavía… la odio…».

Kisa da un paso cauteloso hacia la gumiho, después de dejar a Hwanin en brazos de un Seokga muy poco dispuesto. La exaspera ver que al dios no parece gustarle sostenerlo y procura mantenerlo apartado de su cuerpo.

—¿Puedo verlas? —pregunta en voz baja—. Soy doctora —le recuerda a Somi cuando ve que duda. Tras una larga pausa, la gumiho le da las manos a Kisa, avergonzada—. ¿Cómo pasó?

Somi niega con la cabeza.

—No quiero hablar del tema.

Kisa lo entiende y lo respeta.

—Vale —masculla, y se acerca más a las garras destrozadas. Anatomía de las gumiho. Rebusca entre los estantes de su mente hasta dar con la información que necesita, guardada en el espacio correspondiente a su primer semestre en la División Mágica de la Universidad de Nueva Sinsi.

Las garras de las gumiho difieren ligeramente de las de los zorros normales, tanto en longitud como en lo afilado del borde.

No obstante, como los Vulpes vulpes típicos, las garras de gumiho son modificaciones queratinizadas de la epidermis y, en caso de rotura o extracción traumática, requieren de mucho tiempo para crecer de nuevo.

En el caso de una gumiho con las garras rotas, un médico puede administrar un ungüento suavizante que redondeará los bordes irregulares y reducirá la posibilidad de hacerse daño por accidente con sus propios apéndices.

No se puede hacer mucho más, salvo esperar a que se curen solas…

A Somi le tiemblan las manos cuando Kisa la mira.

—Puedo preparar un ungüento —se ofrece la joven al soltárselas—. Sirve para redondear los bordes y evitar que te hagas daño.

—¿Qué más da? Aquí estamos todos muertos.

—Las garras desaparecen y Somi niega con la cabeza mientras Kisa intenta explicarle que sí, que están muertos, pero que se ha llevado sus heridas a la otra vida y es imperativo que se las trate por el bien de su alma—.

Os ayudaré a encontrar a quien ha asesinado a Hwanin —la interrumpe Somi—.

Como he dicho, Seokga es un detective lamentable .

Y… —Mira a Kisa a los ojos y aparta la vista rápidamente—. Es lo menos que puedo hacer.

—De ninguna manera —resopla Seokga, pero Kisa se vuelve hacia él con el ceño fruncido, deseando que el embaucador entienda (como lo hace ella) lo increíblemente beneficioso que sería.

Al fin y al cabo, Somi es una antigua asesina en serie.

¿Qué mejor asesora para el caso? Satisfecha, ve que el dios se calla un momento, observa durante un buen rato su expresión incisiva y suspira—.

Vale —consigue decir, aunque se le ensanchan las fosas nasales—.

Pero un solo movimiento en falso, Somi, y te…

Se corta en seco porque Kisa entorna los ojos para aumentar la intensidad de su advertencia.

Satisfecha con el silencio del dios, se gira hacia Somi. Kisa no sabe bien qué le hizo la gumiho en su otra vida, pero, por lo que ha logrado descifrar, hubo una amistad… y después una traición que, de algún modo, tuvo que ver con los Días Oscuros.

Cuando era pequeña, en la academia, Kisa sentía una fascinación morbosa por los Días Oscuros de 1992 y se pasaba horas en la biblioteca encantada leyendo los artículos y las voluminosas novelas escritas desde entonces, mientras los gwisin residentes leían por encima de su hombro.

Dioses , lo que daría por ser un fantasma de biblioteca.

La población general no sabía demasiado sobre lo que había sucedido exactamente.

Seokga era conocido por negarse a dar entrevistas a diestra y siniestra.

Lo único que se sabe es que él y su compañera gumiho derrotaron a un eoduksini.

A Nam Somi no se la menciona por ninguna parte.

Quizá Somi espere que Kisa la desprecie.

Seokga lo hace, está claro. Pero la traición es un sentimiento íntimamente ligado a la memoria…

Y, cuando Kisa busca a Somi en sus ordenados archivos mentales…

, no hay nada. Una notable ausencia de todo.

Intentar odiarla le parece como intentar asir el viento: un aleteo débil y frío de nada en absoluto.

Kisa no conoce a Somi, salvo por lo que ha visto hoy, a bordo del CRS Traspalmántico. No está segura de lo que diría Hani, pero Kisa no es Hani, algo que cada vez decepciona más a Seok­ga, según sospecha.

Nota una sensación rara en el estómago, aunque, sin prestarle atención, sonríe a la gumiho.

—Gracias —le dice, y Somi traga saliva antes de asentir.

Un cambio de pañal después (por suerte, en la enfermería, donde ya no queda nadie, están bien abastecidos), Kisa está más que lista para seguir el taimado plan de Seokga de colarse en la sala de control de la cubierta 2 y echarles un vistazo a las grabaciones (los asesinatos misteriosos pueden ser bastante divertidos si ya estás muerta y no te pueden asesinar de nuevo).

—¿Vamos? —empieza a preguntar, pero, con un estallido, las puertas de la clínica se abren y por ellas entra el director ejecutivo de Jeoseung. Sus ojos negros como el carbón arden de furia al mirar de Seokga a Hwanin y después a Kisa.