El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 11. Seokga
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11. Seokga

Seokga

S u hermano, con el que se había reído y contra el que había luchado.

Su hermano de sangre y también, antaño, de armas, antes del favoritismo de su padre y los celos de Seokga, antes del golpe.

Hwanin, al que Seokga había admirado, al que había idolatrado en los primeros años de su vida.

Seokga caminaba porque Hwanin podía, y si Hwanin podía, él también.

Aprendió sus palabrotas favoritas de su hermano mayor, durante las horas que se pasaban riéndose juntos detrás del trono de su padre.

Fue Hwanin el que le enseñó a acariciar a los bulgae salvajes, los perros de polvo de estrellas y rayos de sol.

«Primero tienes que dejar que te huelan —le susurró el chico mayor para darle ánimos—. Vamos, alarga la mano».

Su hermano, que lo quería incluso en los años de amarga envidia, que seguía tendiéndole la mano al que se la mordía, una y otra vez.

—¿Por qué? —le había preguntado una noche a Hwanin, cuando este se había presentado en su habitación del palacio Cheonha.

Fue justo después de que Seokga le afeitara las cejas con la esperanza de que su hermano diera tanta risa que su padre dejara de prestarle atención y se dedicara más a Seokga.

Aunque antes de que Hwanin lograra convertir en tendencia las cejas afeitadas por todo Okhwang.

Sabía que su hermano estaba dolido y enfadado, pero ahí lo tenía, en su puerta, cargado con una bandeja de comida de la cocina.

Arroz blanco esponjoso y sokkoritang. Seokga se había saltado la cena porque prefería hacerse un ovillo en la cama, embargado por una humillante mezcla de emociones: vergüenza, odio, desprecio por sí mismo y, sobre todo, unos celos terribles—. ¿Por qué sigues perdonándome ?

Su voz sonaba fría por la rabia, aunque débil porque odiaba no lograr encontrar en Hwanin un defecto grave al que poder aferrarse.

El príncipe heredero intentó adoptar una expresión sabia. Sin cejas, no funcionaba. En realidad, resultaba bastante perturbadora y aparecería en las pesadillas de Seokga durante muchos años.

—Porque eres mi hermano —contestó en voz baja—. Si no nos tenemos el uno al otro, Seokga, ¿a quién tenemos?

Ahora, el dios conoce la respuesta.

A nadie. No tienen a nadie .

—Lo siento, Hwanin —le dice entre sollozos—. Lo siento mucho…

Algo cambia en el aire. Una fuerza oculta que se arremolina en el pequeño rellano, roza las paredes y lleva consigo el indescriptible aroma del cambio .

Un segundo después, los cielos suspiran y un bebé desnudo cae en brazos de Seokga.

El bebé tiene los ojos azul oscuro salpicados de estrellas, una mata de pelo negro que todavía no se ha teñido de plata, y mira a Seokga con una sonrisa satisfecha y babeante.

El dios deja de llorar de golpe.

Mira al bebé.

El bebé le devuelve la mirada.

—Ay, mierda —dice el embaucador—. Esto tiene que ser una broma.

—Gggrrrmurgrrrmur —balbucea el bebé sin dientes, acomodándose en los brazos de Seokga para poder agarrarse mejor el diminuto pie y contemplarlo con asombro—. ¡Brrrbrrrnmbrrrm!

La puta reencarnación de las deidades. Seokga parpadea para espantar las lágrimas y suspira, muy irritado.

—Seokga…

Al volverse, ve a Kisa, que todavía mira el cuerpo de Hwanin con los ojos llenos de lágrimas. El dios lanza una mirada rabiosa al cadáver mientras la mano regordeta del bebé le da una torta en la mejilla.

—Toma —le dice a Kisa, pasándole al crío.

Ella se queda boquiabierta, pero maneja al bebé como la experta que es mientras Seokga, sin prestar atención a la punzada de dolor de la pierna derecha, se agacha junto a su hermano.

—Serás idiota —le suelta, olvidada toda su pena—. Tenías que dejarte matar, ¿eh? Tenías que convertirme en niñera para el resto de la eternidad, ¿verdad? Te odio. Te odio a rabiar .

El bebé hace ruiditos tontos de bebé mientras Kisa, que lo abraza contra el pecho, deja escapar un gritito ahogado.

Al volverse hacia ella, el dios ve que la expresión de horror de la joven pasa a ser de curiosidad voraz, después de comprensión y, por fin, casi de placer.

Se desvanece un instante después para volver a la tristeza, aunque con cierto aire de culpabilidad.

En cualquier otra circunstancia, Seokga se reiría.

—Reencarnación divina —susurra ella, como si recitara de un libro de texto—.

Solo un eoduksini puede matar de verdad a un dios.

Si se asesina a un dios por cualquier otro medio o si ha envejecido lo bastante como para requerir un cuerpo nuevo, su alma encontrará el camino a jeolmeojineunsaemmul, la fuente de la eterna juventud.

El dios se reencarnará en su forma de bebé…

—… y regresará al último lugar en el que estuvo en vida —masculla Seokga, que se avergüenza de haber dado el espec­táculo solo para que le recuerden que nunca se librará del todo de su hermano.

La sensación que nota en el pecho no es de alivio, se dice, severo.

En absoluto—. Tienes en brazos al bebé Hwanin, Kisa.

El bebé Hwanin eructa y, encantado, junta las manitas.

—¿Quién iba a querer matarlo? —le susurra Kisa a Seokga, que está en cuclillas junto al cadáver de su hermano mientras examina el hueco sangriento del pecho.

La joven calma al crío haciéndolo rebotar sobre una cadera con tal destreza que Seokga sospecha (celoso) que quizá tenga un hijo. El bebé Hwanin, esa bolita de cólicos, se acurruca contra su pecho y da un bostezo gigantesco.

—Mmmahhh —suspira el bebé que es su hermano pero no, ya que ha perdido todos sus recuerdos y el poco intelecto que tuviera en un principio.

—Hwanin tenía un don único para cabrear a la gente —masculla Seokga.

Hace años que no ejerce de policía de ningún tipo, pero siente que vuelve a meterse en el papel. Empieza a pasársele el enfado con Hwanin, y ahora solo le queda una ira que se cuece a fuego lento.

Una de las personas a bordo del barco ha matado a su hermano y le ha encasquetado a él el trabajo de niñera.

No está contento. En absoluto.

—Lo han movido —dice mientras se levanta con la ayuda del bastón—.

Alguien lo ha dejado aquí para que yo lo encontrara.

No hay señales de forcejeo y el suelo está relativamente limpio.

Debería haber mucha más sangre de la que hay.

—Seokga observa el agujero, la carne destrozada.

Hwanin era poderoso y físicamente fuerte.

Haría falta una bestia para derribarlo—.

Sin un perito ni un patólogo forense —añade, pensando en Lee Dok-hyeon con la punzada de culpabilidad de siempre—, no puedo precisar la hora de la muerte…

—… pero resulta bastante evidente que fue, aproximadamente, entre las siete y media y las ocho cuarenta y cinco —termina por él Kisa, que entorna los ojos con cara pensativa mientras mira el reloj de plata que lleva en la muñeca—.

Después de que abandonara la fiesta en el invernadero y antes de ahora. Es una ventana de poco más de una hora…

—… en un barco extremadamente grande con un número de huéspedes extremadamente grande —resopla Seokga—. Pero da igual. Tengo sospechas fundadas sobre el culpable.

Tras una última mirada al cadáver de su hermano, sigue bajando la escalera.

—Espera… —le dice Kisa—. No vas a dejarlo ahí, sin más, ¿no? ¿No deberíamos hacer algo? ¿Un… un funeral? ¿Un… algo ?

«Su hermano… no debería… su cuerpo… toda esa sangre…».

—Lo llevas en brazos —responde Seokga entre dientes—.

Hwanin está bien. Es un bebé, pero está bien.

Que ahora sea un crío quizá nos venga bien a todos.

Para empezar, se acabó lo de ir por ahí haciéndose el santurrón, porque no puede hablar.

Y su cuerpo se desintegrará en cuestión de minutos.

Para convertirse en un puto puñado de purpurina, seguramente —masculla.

—Gnggblahberp —dice el bebé (en tono burlón, le parece a su hermano).

—Calla —le suelta.

El bebé Hwanin saca la lengua y hace una feliz pedorreta.

—Me parece que no te estás tomando esto con la debida seriedad —insiste Kisa—. Alguien ha asesinado al emperador de los dioses. Eso es… es lo peor que se puede hacer. Es sacrilegio.

—Yo mismo lo he intentado más de una vez —responde él al llegar al rellano de la cubierta 8, donde abre la puerta y sale por ella—. Es un pasatiempo exquisito. Sentía una predilección natural por él.

Kisa deja escapar un ruidito ahogado. Seokga está seguro al cuarenta por ciento de que es otro intento de ocultar una carcajada. El sesenta por ciento restante está seguro de que se trata de horror. Puede que esté seguro al cien por cien de que la chica siente una mezcla de ambas cosas.

—Unas garras le han abierto el pecho —sigue diciendo el dios, que se apoya más en el bastón para acelerar el paso—.

Distingo bien las heridas dejadas por las putas criaturas rebeldes porque he visto unas cuantas.

A las garras les falta la precisión de un cuchillo.

Los bordes eran demasiado irregulares. ¿Y qué criatura tiene garras?

«Nueve colas… zorros…».

—Crees que ha sido Nam Somi —dice Kisa, que se apresura a alcanzarlo, con el bebé Hwanin bien sujeto—. La gumiho.

«Qué rápido… la acusa».

—¿Quién coño va a ser, si no? —ruge el dios, pero, al ver que ella se encoge, hace una mueca. No debería haberle saltado así. Tiene que controlarse. Ahora mismo.

—No —dice ella en tono resuelto; al parecer, ha oído lo que pensaba—. No, no pasa nada. Acaban de, em, convertir a tu hermano en un bebé. De asesinarlo. Pero ¿cuál es el móvil?

—Nam Somi es una asesina —responde Seokga entre dientes—. Conozco sus terribles fechorías…

Somi es la única gumiho que ha averiguado una forma más rápida de robar almas, la única en convertirse en una asesina en serie en tan poco tiempo, durante los Días Oscuros.

—No estoy diciendo que no sea cierto —reconoce Kisa, y la cabeza de Seokga se llena de sus rápidas reflexiones, tan rápidas que apenas puede seguirles el ritmo.

Por suerte, la joven reúne esos veloces fragmentos y los ordena de forma coherente en su siguiente frase—.

Se pasó antes por la enfermería y, literalmente, reconoció ser una asesina en serie, pero con quien quería ajustar cuentas era, bueno, contigo .

Además…, históricamente, los asesinatos de líderes suelen tener motivaciones políticas.

Lincoln. Doumer. Rabin. Incluso si nos retrotraemos hasta Rimush de Acad. Debemos tenerlo muy en cuenta.

Seokga no tiene ni idea de quién es toda esa gente. Y, la verdad, no le importa mucho.

Kisa lo sigue cuando deja atrás el invernadero, donde la fiesta ha empezado de nuevo, aunque sin mucho ímpetu. El agente Korain está junto a la ventana, observando al dios del engaño con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Kisa lo saluda con la mano, nerviosa.

—Seokga, creo que deberíamos contárselo a los de seguridad. Tenemos que mirar las grabaciones de seguridad y descubrir dónde tuvo lugar el asesinato (y quién lo hizo) antes de sacar conclusiones apresuradas.

—¿Y dejar que el panteón sepa que Hwanin ha sido asesinado en un barco en el que, oh, coincidencia, yo también estaba?

No —rechaza sin titubear antes de meterse en el pasillo de las suites—.

En cuanto se sepa la noticia de la muerte de Hwanin, su hijo, Hwanung, ascenderá oficialmente al trono como emperador provisional hasta que su padre alcance la madurez.

A Hwanung no le gusto nada y seguro que me echa de nuevo de Okhwang.

Yo sería el sospechoso número uno para el panteón.

Así que de ninguna manera vamos a contárselo hasta que encontremos al culpable —concluye y se para delante de una puerta.

—¿Es la habitación de Somi? —sisea Kisa—. Seokga…

—No, pero pienso echar abajo todas las puertas hasta encontrarla.

Echa la mano atrás, preparado para armar un escándalo hasta que aparezca la gumiho.

—No es necesario —lo interrumpe una voz familiar—. Estoy detrás de ti.