El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 10. Seokga
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10. Seokga

Seokga

T iene que ser una especie de conducto que permite la transferencia mental —masculla Kisa con las manos alrededor de su café con leche nocturno y las rodillas contra el pecho, sentada frente a Seokga en el Creature Café, que ahora es una cadena abierta todo el día, todos los días de la semana; prácticamente un sueño hecho realidad.

En la cafetería no hay nadie más que ellos y la trabajadora agotada del otro lado de la barra—.

Es emocionante, ¿verdad? Aunque creo que, de ser constante, los dos nos volveríamos locos.

Los pensamientos parecen transferirse de manera aleatoria.

Me pregunto qué función tendrán. ¿Y tú oyes los míos en coreano?

—Sí —confirma Seokga, lo que desata una larga reflexión sobre la traducción de la transferencia mental de inglés a coreano.

Kisa lleva los últimos quince minutos pensando en voz alta en el hilo rojo y en esta novedad de oírse los pensamientos.

Seok­ga, que ha seguido a regañadientes el consejo de Hwanin, la ha dejado hablar, sin más.

Y, esta vez, ha descubierto que Yu Kisa es tan inteligente que da miedo; que tiene una mente que trabaja al doble de velocidad que la suya, como mínimo.

Sus pensamientos, que ahora oye entrecortados, le aparecen tan deprisa en el cerebro que apenas logra encontrarles sentido.

Son como garabatos frenéticos que le manchan de tinta los surcos del cerebro.

El «fiasco» del invernadero, como lo ha llamado ella, ocurrió hace menos de una hora, pero Kisa ya parece habérselo perdonado. Otra cosa que ha descubierto: Kisa no guarda rencor durante mucho tiempo.

—Intimidad —sugiere Seokga antes de darle un buen trago a su café con hielo y saborear su frialdad. Cuando lo mira Kisa, siente un calor incómodo. Son los ojos de Hani.

La joven parpadea y se le tiñen las mejillas de azul.

—Em…, ¿qué?

—Su función —le explica, y le sorprende que verla ruborizarse le haga gracia.

Es una reacción muy distinta a la de Hani (ella habría esbozado una sonrisa coqueta y soltado una broma dulce con su sarcasmo), pero le resulta…

adorable—. La de oírnos los pensamientos.

Nos ofrece cierta intimidad, ¿no te parece?

—No puede evitar esbozar una sonrisa algo traviesa y disfrutar, al menos un poquito, de la incomodidad de Kisa, que sigue ruborizada—.

El hilo rojo conecta a las almas gemelas —sigue explicando mientras ella esconde la nariz en su taza—.

Puede que, al principio, sean extraños. Pero ¿qué mejor forma de conocer a alguien íntimamente que oír sus pensamientos?

«Ojalá pudiera… dejar de ruborizarme… intimidad… intimidad… tengo las mejillas azules… fea».

—Tus mejillas no son feas cuando se ponen azules —le dice Seokga, que frunce el ceño para ocultar la sonrisa.

Es la primera vez que los pensamientos de Kisa no son revoltijos de cálculos rápidos, y eso hace que una pequeña fisura de esperanza lo recorra.

La joven no es tan fría e insensible como había creído.

Por primera vez se le ocurre que Kisa está tan nerviosa como él.

Su segundo encuentro en esta cafetería ya va mucho mejor que el primero, esa misma tarde.

Aunque ella todavía lo vea como un proyecto de investigación emocionante, quizá puedan hacerse… amigos. Seokga aceptará de ella todo lo que quiera darle, ya sea mucho o poco. Después de treinta y tres años de búsqueda, por fin la ha encontrado.

«Pero está muerta», recuerda, y algo se le tensa dentro del estómago.

No. No va a pensar en eso ahora mismo.

Kisa lo está mirando por encima del borde de la taza.

—Gracias —masculla—. Es muy amable por tu parte, la verdad.

Se lleva con timidez la mano a las mejillas teñidas de añil antes de apartarla a toda prisa.

Él se encoge de hombros, aunque por dentro se hincha como un pavo.

—Sí —contesta mientras recorre con el dedo la tapa de su vaso de café—, soy muy amable.

Es importante para él que ella lo sepa. Tan importante que se arriesga a sonar como un idiota integral. Que es como suena. Aprieta los dientes y le da un trago larguísimo a su bebida.

Kisa arquea la ceja izquierda, que está a punto de tocar el corazoncito que tiene justo encima.

—Cientos de libros de historia y los acontecimientos de esta noche quizá indiquen lo contrario —responde—. Eres famoso por ser, bueno, una persona un tanto desagradable.

—Soy muy amable con la gente que me cae bien —se corrige.

—¿Y con la que no? —pregunta Kisa, que quizá, solo quizá, oculte una sonrisa—. ¿Sueles transformarte en cuervo para atacarla?

—Suelo preferir transformarme en pantera y destrozarlos —responde sin cambiar de tono—. Pero el invernadero estaba demasiado lleno.

Un momento después se arrepiente. Puede que Hani comprendiese su humor negro, pero Kisa…

Kisa lo mira y Seokga cierra la boca de golpe; siente una vergüenza que un dios no debería sentir, sin duda. Seokga, el gran embaucador, el príncipe de Okhwang, se siente incómodo . Es una emoción horrible y desea arrancársela de la piel y prenderle fuego.

Sin embargo, entonces ocurre algo peculiar.

Los ojos de Kisa se arrugan por los extremos, y se le escapa una risita tensa.

Seok­ga se queda paralizado. Ella se lleva la mano a la boca, pero es demasiado tarde.

El dios se siente victorioso y no puede evitar sonreír mientras ella se tapa la cara con las dos manos.

—Eso es horrible —susurra Kisa, muerta de vergüenza— y no debería reírme. No sé por qué lo hago, la verdad.

«Y lo dice… de verdad… una pantera».

Seokga se acomoda de nuevo en la silla y su sonrisita pasa a ser una amplia sonrisa que le ocupa toda la cara.

—Aparte de ser muy amable, también soy supergracioso.

Puede que te interese tenerlo en cuenta —dice, y señala con indolencia el hilo rojo del destino—.

Me cuentan que también tengo otros rasgos agradables.

Puedo organizarlos en una lista, si quieres —añade, porque le parece que es la clase de detalle que Yu Kisa agradecería.

—Está claro que la humildad no es uno de ellos —contesta ella antes de abrir mucho los ojos y llevarse a toda prisa la taza a los labios con la astuta intención de taparse la cara, que está de un azul rabioso.

«No puedo creer… lo que he dicho… es como si… lo conociese… no debería sentirme cómoda…».

A Seokga se le escapa una carcajada de sorpresa. La camarera cansada de la barra casi se queda boquiabierta al verlo reírse con una mano sobre la barriga. Pero es que la frase era tan Hani …

—Por favor, no me aniquiles —murmura Kisa sin apartar los labios de la taza, aunque sonríe de nuevo.

—Aniquilar requiere demasiada energía.

«Aniquilar… eso me recuerda… tengo que preguntar… no puedo preguntar…».

—Hablando de aniquilar —empieza, y él reconoce ya que la curiosidad que le asoma a la voz es una insaciable sed de conocimientos—, ¿recuerdas el número exacto de criaturas rebeldes que mataste durante tu penitencia en Iseung? Hay mucha es­pecu­la­ción…

—Perdí la cuenta al llegar a unos treinta mil —responde Seok­ga, que cruza los brazos y hace todo lo posible por parecer muy guay y extremadamente merecedor de que el hilo rojo esté ahora temblando (como si se riera de él) alrededor del meñique de ambos.

Ella frunce el ceño.

—Creía que tu castigo era solo de veinte mil.

Mierda.

Seokga desea ahora encontrar una salida rápida para poder sufrir su humillación en paz.

Se encoge de hombros con cierta torpeza y se termina su café.

Kisa guarda silencio, pensativa, mientras escribe palabras con los dedos en la madera de la mesa.

Todavía se le intuye una sonrisa en la cara, aunque esta vez es irónica.

—¿Te veré mañana? —pregunta el dios al levantarse, sin querer presionarla ni parecer un acosador obsesionado, aunque, la verdad, así se siente.

Kisa vacila.

—Pero vas a hablar con el director ejecutivo, ¿verdad?

—Sí. —Una punzada de culpa—. Hablaré con él. Lo juro por Hwanung. Lo haré ahora mismo…

Saca el móvil y, no sin dificultad (se le da pero que muy mal escribir en las pantallas táctiles), le envía un mensaje rápido al dios.

Ella también se levanta.

—Entonces, em, si quieres… —Kisa vacila y desvía la vista hacia el hilo—.

Por las noches, en las cubiertas 9 y 10, si miras al río ves a las ineo nadando junto al barco.

Bueno —se corrige—, ineo muertas. Ineo gwisin.

Pero me gusta subir por la noche para mirarlas.

Si quieres venir conmigo, no me importaría.

Seokga arquea las cejas. Las ineo, las sirenas, son muy escasas en el mundo de arriba, ya que los marineros las cazaban para quitarles las escamas.

Tiene sentido que haya más en el inframundo…

Pero no es la perspectiva de verlas lo que le hace reprimir la sonrisa. Kisa quiere pasar más tiempo con él.

—Me encantaría —responde con total sinceridad y, cuando a la joven se le iluminan los ojos, está a punto de caer de rodillas.

La cubierta 10 es el punto más alto del barco, una terraza enorme justo encima de las piscinas de la cubierta 9.

Cuando se inclina sobre la baranda metálica con Kisa, el viento nocturno le azota la cara y le lleva el olor agridulce del río Seocheongang, que fluye con energía.

Ahora mismo lo bordean unas montañas grandes y oscuras y, de vez en cuando, se oye el batir de unas alas más arriba.

A Seokga no le preocupa. Aunque haya demonios merodeando por este mundo, saben que no deben despertar la ira de Yeomra si no quieren que sus tierras acaben llenas de edificios de oficinas, contaminadas por la densa niebla invisible de las miserias de los trabajadores de sus corporaciones.

Los rizos de Kisa se agitan con la brisa, y ella sonríe; esboza una sonrisa tan ancha y alegre que a Seokga le da un vuelco el corazón, y señala algo en el agua.

—¡Ahí! —exclama, y le tira de la manga, lo que hace inusitadamente feliz a Seokga. De repente, el jondaemal no le parece tan frío. No cuando ella está a punto de ponerse a dar saltitos, con los rizos botando de la emoción—. ¿La ves?

«Siempre quise… aprender… sobre ellas… casi extintas… los esfuerzos por conservarlas no…».

Él no se molesta en mirar hacia el agua. La mira a ella, que se convierte en una bolita de energía cuando aprende algo nuevo.

«Espero que… se dé cuenta… de lo maravilloso… que es…».

Kisa lo mira y frunce un poco el ceño. Arruga la nariz.

—Seokga —dice, sin aliento—, tienes que mirar … Es maravillosa…

Entonces ve algo por encima del hombro del dios y le asoma una expresión de pena antes de volver a mirar al río. Seokga apenas se da cuenta por la urgencia con la que Kisa le exige que se incline sobre la barandilla y observe la corriente.

Con un temblor en la comisura de los labios, le hace caso y contempla las profundidades escarlata, donde una ineo nada a la par que el CRS Traspalmántico.

Es larga y esbelta, y su cola oscura azota el aire cada vez que se sumerge y vuelve a salir a la superficie.

La melena negro carbón tiene percebes incrustados.

Como si percibiera sus miradas, alza la vista hacia ellos durante una fracción de segundo y les muestra su cara pálida y sus brillantes ojos negros.

Al estirar los labios, le ven los dientes de lucio antes de que vuelva a sumergirse.

Seokga se agarra más fuerte al bastón y siente un extraño recelo. Si deja a un lado su ego descomunal y es sincero, debe reconocer que esa sonrisa le ha resultado aterradora.

Kisa tiene la boca abierta.

—Es la primera vez que me miran —susurra—. Ha sido…

—… asqueroso —propone Seokga. Cuando las ineo abundaban en Iseung, no eran tan aterradoras. Debe ser cosa de las aguas del inframundo.

—… mágico —dice Kisa, fulminándolo con la mirada.

—Tenía una higiene dental bastante deficiente —masculla Seok­ga.

Kisa pone cara de fastidio… y él enmudece. Esa expresión también es muy Hani, idéntica hasta en el movimiento exacto de las pestañas. Casi se muere de la impresión. «Quizá el barco no sea un barco completamente distinto», piensa.

Kisa se aparta de la baranda y lo mira con curiosidad, momento en el que él se da cuenta de que lo ha oído.

Se le seca la garganta.

—No te planteé esa pregunta para torturarte —dice la joven, vacilante, cuando entran en el hueco de la escalera y los pies se les hunden en la moqueta de terciopelo—. De verdad que no quería… No pensaba con claridad…

Un instante después se calla de repente, retrocede hasta chocarse contra él y deja escapar un grito ahogado tan brusco que Seokga la agarra, le da la vuelta y examina con desespero su cuerpecito en busca de cualquier herida, de cualquier cosa…

«Sucede tan deprisa que no tiene tiempo de procesar que se trata de la empuñadura de una daga, de una daga escarlata, antes de que ella le coja la mano entre las suyas y empuje para clavarse la punta en el pecho.

Y Hani guía el arma que ambos sostienen hasta que le atraviesa el corazón».

—Hani —susurra, sintiendo náuseas, sin poder contenerse—. Hani…

Kisa da un respingo, pero él apenas se fija porque por fin le observa la cara. Está muy pálida, con los ojos rebosantes de lágrimas y pánico.

—Seokga —dice con voz temblorosa—. Seokga, es-estoy bien, pero él está… está …

El dios, helado, asimila poco a poco lo que ve. Con un nudo en el pecho, aparta con cuidado a Kisa, sin saber si de verdad quiere mirar, sabiendo que esto lo cambiará todo …

En la escalera, bajo ellos, el cuerpo del emperador Hwanin está tirado boca abajo.

Su caro hanbok está empapado de sangre, sangre espesa y caliente cuyo horrible olor impregna todo el hueco de la escalera.

Oye un lamento, un gemido grave, y ni siquiera es consciente de que procede de él mismo hasta que corre hacia su hermano, le da la vuelta…

Y se aparta, entre arcadas, con las mejillas surcadas de lágrimas.

Alguien le ha arrancado el corazón del pecho a Hwanin.

Su hermano está muerto.