El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 9. Kisa #3
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9. Kisa #3

Hwanin lo fulmina con la mirada una vez más antes de dar me­dia vuelta y dirigirse a la salida. Kisa ve que la doctora Jang menea la cabeza.

—Me has decepcionado mucho, Seokga —susurra—. Como ya hemos hablado antes, intentar apuñalar a la gente no forma parte de tu plan de recuperación. Espero que mantengamos una conversación al respecto mañana por la mañana.

Con un último suspiro de disgusto, la doctora sigue a Hwanin, con Chaeyeon algo detrás, que mantiene en equilibrio la bandeja llena de cristales rotos y relucientes.

La multitud se queda paralizada mirando a Seokga, que sigue ahí, con un brillo muy desagradable en los ojos, como si se divirtiera. Kisa niega con la cabeza, entre las plumas. Él se vuelve hacia ella, y la disculpa que Kisa había estado preparando de camino al invernadero se transforma en ceniza.

—¿Te parece gracioso? —susurra.

Seokga se encoge como no lo hizo cuando su hermano lo amenazó con pegarle. De repente parece vacilar.

«Hecho… por ella… por qué… mira… así…».

—No —dice ella, sacudiendo la cabeza—. No.

No lo has hecho por mí . No recuerdo lo que Nam Somi me hizo en mi vida anterior.

No la recuerdo a ella. No te recuerdo a ti.

—Intenta no hacer caso de su mueca y sigue hablando—.

Para mí no supondría diferencia alguna que la hubieras dejado en paz.

Lo has hecho por ti. Pero no eres tú el que tendrá que pagar.

La multitud contiene el aliento cuando ella da unos pasos hacia Seokga. Enfrentarse cara a cara a un dios nunca es buena idea: Kisa ha perdido la cuenta de la cantidad de mitos o historias que advierten al respecto… Pero le da igual, aunque todos los relatos sean ciertos.

—Esto… esto ha sido de una desconsideración inconcebible.

—El hilo rojo tiembla cuando, en un acceso de rabia, Kisa se apoya una mano en la cadera y señala con la otra a la nariz puntiaguda de Seokga—.

Todos los miembros de la tripulación llevan mucho tiempo esperando reencarnarse.

Pero el director ejecutivo culpará de este fiasco a los trabajadores de esta noche. ¿Entiendes lo grave que es eso?

Ve que se le mueve la nuez. Una vez, dos veces. Se pone un poco bizco para mirarle el dedo que ella agita, cada vez más preocupado. A su alrededor, la multitud paralizada empieza a dispersarse mientras murmuran entre ellos. En algún lugar oculto, la banda en directo empieza a tocar de nuevo.

—¿Qué quieres que haga? —pregunta en voz baja Seokga, y lo peor es que ni siquiera parece saberlo.

Habla con palabras vacilantes, ablandadas por el estilo informal y esa familiaridad extraña y titubeante que percibió en la cafetería.

Por desgracia, la tentación de echar la mano atrás, cerrarla en un puño y estrellarla contra su nariz perfecta interfiere con la capacidad de Kisa para pensar racionalmente.

Entiende a la perfección lo que debe sentir el emperador Hwanin—. Sea lo que sea, lo haré —añade el dios.

Ella ha elaborado una lista pormenorizada.

—Uno, ¡por favor, no ataques a nadie en este barco!

Dos (que añadiré como cláusula por si, al final, atacas a alguien), limpia lo que ensucies y no te estrelles contra trabajadores que van cargados con bandejas llenas de vasos.

Tres, informa al director ejecutivo que los trabajadores que están aquí esta noche no han tenido nada que ver con tus…

con tus… —se esfuerza por dar con la palabra correcta, antes de decidirse por— correrías .

A Seokga se le arruga el rabillo del ojo. Kisa decide categóricamente no prestar atención a cómo ese pequeño detalle le cambia el gesto en un segundo: de duro a, para su sorpresa, tierno.

—¿Eso es todo? —pregunta, como si le hiciera gracia.

—Sí… Quiero decir, no —se corrige sin poder evitarlo. Clava la vista en la espada que Seokga ha recogido del suelo, en la extraña luminosidad del metal—. Cuatro, dime…, ¿es cierto que las armas de los dioses son de plata recolectada a la luz de la luna y se forjan en el fuego de los bulgae?

Es famoso el secretismo del panteón con respecto a sus reliquias. Se han dedicado campos enteros a analizar los pocos objetos a los que los chamanes han podido echarles mano, con la intención de descubrir de qué mineral se componen las hojas.

El dios la mira, boquiabierto.

Kisa frunce el ceño, impaciente.

—¿Y bien? —insiste, apuntando de nuevo hacia su nariz… y dándole en la punta por accidente.

Entre los presentes, alguien ahoga un grito, como si esperase que Seokga acabara con ella al instante. Pero no pasa nada, salvo por la cara rara que pone el dios durante un breve instante. No sabe cómo, pero parece tan mortalmente ofendido como increíblemente satisfecho.

—Fuego de dokkaebi —responde un momento después, y su expresión pasa a ser de… desconcierto, con un toque de cariño dubitativo—. El fuego de los bulgae es demasiado impredecible. Los armeros de Okhwang usan fuego de dokkaebi. En cuanto al resto…

Seokga vacila antes de agacharse y empezar a recoger las plumas.

Al cabo de un momento, Kisa se le une.