9. Kisa #2
—Mírala a los ojos —le escupe el dios a Somi, lo que saca a Kisa de sus reflexiones. El invernadero ha guardado silencio—. Son iguales, ¿verdad?
Kisa comprueba, sorprendida, que ahora es Somi la que tiembla al enfrentarse a sus ojos curiosos de color castaño rojizo.
—Por las tetas de Hwanin —susurra Somi, dando un paso atrás. Vuelve a asomarle al rostro la expresión que le vio por la mañana, en la enfermería: desconcierto e incredulidad. De repente parece muy joven e insegura—. ¿Ha-hani?
Kisa parpadea. Hani . Sí, ese era el nombre de la gumiho, la que todavía aparece en los titulares de la Cotilleos Divinos . «¡El dios solitario continúa con la búsqueda de Kim Hani!» y «Seokga deja inconsciente a una supuesta Hani: ¡No se puede timar al timador!».
Cuando Somi pronuncia su nombre, Kisa recibe un chorro de pensamientos de Seokga.
«Hani… la echo de menos… perdida… para siempre… distinta… Kisa».
Kisa traga saliva. Fuera quien fuera Hani, sabe que ella no es… ella. Ya no. Tiene su propia respuesta al problema del barco de Teseo, y eso significa que Seokga deseará siempre que Kisa sea alguien que no es.
Antes de que ella pruebe el amargo sabor de la decepción, Somi se lleva una mano a la boca.
—Por los dioses —susurra—. ¿Hani, unnie? ¿De verdad eres tú?
Completamente perdida, Kisa cambia el peso de un pie a otro.
—Bueno… —dice, muy tiesa—, nací en 1995. Creo que eres mayor que yo.
Es lo único que se le ocurre decir, corregirle el uso incorrecto de unnie . La gumiho parece tener veintimuchos o treinta y pocos, pero, gracias a la inmortalidad de las gumiho, podría ser incluso mayor.
—Claro, claro —susurra Somi, sin dejar de mirarla.
—¡Seokga! —dice la anciana del vestido de patitos de goma—. ¿Qué te dije? La próxima vez que…
—La próxima vez que sienta el impulso de atacar a alguien debo cerrar los ojos y contar hasta diez —dice el dios, arrastrando las palabras mientras observa a Somi y Kisa—. No ha funcionado, doctora Jang.
—Ni siquiera lo has intentado .
La voz del emperador Hwanin se une al pandemonio, pero Kisa no se da cuenta. Observa a Somi, que retrocede con los ojos brillantes de… ¿lágrimas?
—Espera —le susurra Kisa, que tiene docenas de preguntas en la punta de la lengua.
Sin embargo, la otra mujer no la escucha. Un segundo después se mete entre los horrorizados huéspedes y desaparece.
—… vergüenza —está diciendo entre dientes Hwanin, y Kisa parpadea y se vuelve para concentrarse en la nueva conversación—. Ni siquiera sé qué hacer contigo ahora mismo.
El emperador apenas mira a Kisa y concentra toda su rabia en Seokga, al que no parece afectarle demasiado.
—Era algo kármico —contesta el embaucador—. ¿Te molesta que imparta justicia kármica? Es un deber divino que me tomo muy en serio.
—No, me molesta que lo hagas en público … —lo corrige su hermano en voz baja.
—Venga ya, si te encanta la atención. ¿Recuerdas esas exclusivas para la Cotilleos Divinos sobre nuestra trágica relación rota?
Los ojos verdes de Seokga se vuelven un momento hacia Kisa, y ella intuye en los labios del dios una sonrisita traviesa.
Ella no se la devuelve, sino que mira hacia los cristales rotos del suelo, las flores aplastadas y el revuelo de plumas y rizos negros donde el cuervo Seokga atacó a Somi.
La camarera a la que tiró al suelo (una joven de aspecto cansado y larga melena negra) ya está a cuatro patas, recogiendo los fragmentos.
Cerca de ella, Korain intenta sin éxito arreglar las flores con Su-min, que, en un gesto poco propio de ella, sacrifica su camisa de planchado impecable para arrodillarse en el mantillo, al lado del haetae.
Afligida, Kisa se une a la chica y se agacha para ayudarla a recoger los cristales, mojándose los dedos con el champán derramado.
—Gracias —le susurra ella por encima de la retahíla de reproches que dirige Hwanin a su hermano, a la que de vez en cuando se une la mujer llamada doctora Jang.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Kisa, mirando a la camarera—. Trabajo en la enfermería. Si necesitas algo para los moratones o…
Ella niega con la cabeza.
—Estoy bien. Solo algo triste. El director ejecutivo se enterará de esto.
—Deja escapar un leve suspiro—. Estoy muy cansada de trabajar aquí.
Pero, por culpa de lo de esta noche, me descontarán todos mis puntos por buen comportamiento.
Yeomra verá mi nombre en la lista de trabajadores del invernadero.
Kisa es muy consciente de la mirada de Seokga en la espalda.
—Podemos presentar nuestro propio informe…
El departamento de recursos humanos de Jeoseung y, sobre todo, del CRS Traspalmántico es de risa, en el mejor de los casos, pero menos da una piedra.
—No —responde la camarera con una risa amarga—.
Hwanin y Seokga son dioses. No podemos ir por ahí echándoles la culpa.
—Esboza una sonrisa triste y niega con la cabeza mientras terminan de recoger los cristales y los dejan en la bandeja metálica—.
Gracias, de todos modos. Soy Chaeyeon. Lim Chaeyeon.
—Yu Kisa —responde ella, y las dos intercambian sonrisas medio desganadas mientras se ponen de pie.
—Es que no puedo ni mirarte —concluye Hwanin, mirando con rabia a Seokga—. Es que… —El emperador se pellizca el puente de la nariz—. Me voy. No me sigas, por favor. Si lo haces, puede que recurra a la violencia física y te pegue el puñetazo en la cara que tanto te mereces .
Seokga esboza una sonrisa afilada como una navaja.
—Oh, no, qué miedo me das, hermano.