El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 9. Kisa
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9. Kisa

Kisa

F ue pura ansiedad y desesperación lo que llevó a Kisa a la fiesta del invernadero.

No dejaba de dar vueltas por la enfermería, para desgracia de Hajun, que intentaba echarse una siesta en uno de los catres antes de la siguiente oleada de pacientes mareados.

Siempre empeoraba después de la cena. Pero, en el momento de calma, no tenía nada que la distrajera de lo que Seokga estaría pensando de ella y se ahogaba en un bochorno horrendo y la necesidad visceral de redimirse.

—Pues ve a verlo de una vez —gimió Hajun con la boca pegada a la almohada—. Cuantas más vueltas le das, más me preocupo por ti, y cuanto más me preocupo por ti, más me duele la cabeza…

Ella vaciló y se mordisqueó la uña, una costumbre nerviosa que no lograba superar.

—No sé qué decir.

Hajun se puso boca arriba y la miró con sus ojos oscuros.

—Tú dile que sientes… —Kisa negó con la cabeza— haber hablado con tu enorme cerebro en vez de con el corazón…

Hajun se sentó en la cama y Kisa le lanzó un boli. Él se rio, y la risa le llegó a los ojos, pero no se reía de ella. No, Hajun siempre se reía con ella. Era una de las cosas que más le gustaban de él.

—¿De verdad crees que debería ir? —preguntó Kisa, retorciéndose un rizo—. ¿Estarás aquí bien sin mí? ¿Recordarás usar los cubos y…?

Hajun arrugó la nariz.

—Es de sentido común usar un cubo si alguien vomita, Kisa —se burló.

—Claro…

Después de vacilar un poco más, Kisa asintió y salió corriendo de la enfermería, siguiendo el hilo hasta la cubierta 6. Había logrado a duras penas esquivar a Su-min, que estaba en la puerta del invernadero. Calculaba que el interior tenía, más o menos, el tamaño de un campo de fútbol.

Había encontrado a Seokga apuntando con una espada a la garganta de una asustada Nam Somi.

No era la escena a la que esperaba enfrentarse.

Se había imaginado cogiendo una copa de champán de una de las bandejas, abriéndose camino entre las dulces plantas y los huéspedes con una agradable sonrisa de disculpa hasta dar con él.

«Siento haber sido tan insensible», le habría dicho, con la suficiente educación como para no parecer desesperada, pero lo bastante empática como para no parecer demasiado educada.

Él la habría perdonado y habrían empezado de cero.

Sin embargo, ahora lo ve soltar la espada, una espada con la que apuntaba a la garganta de Somi, y ella oye…

Ella oye la voz de Seokga en la cabeza.

Oye… ¿Es posible que esté oyendo lo que piensa ?

«Kisa… Kisa… Kisa…».

Kisa levanta la vista para mirarlo y, poco a poco, se da cuenta de que ambos experimentan una especie de… transferencia de actividad mental. Al menos, razona, es lo único que se le ocurre para explicar los pensamientos ajenos que le resuenan en la cabeza en fragmentos cortos y sueltos:

«Kisa… aquí… pensamientos… ella… también… oye».

Los pensamientos de Seokga son como serpientes: resbaladizos, fuertes y veloces .

Kisa baja la vista lentamente hacia el hilo, el hilo que debe de estar haciendo de cable conductor de sus mensajes de mente a mente.

¿De qué material estará hecho? Está completamente fascinada y le supone un esfuerzo extremo volver a concentrarse en lo que sucede a su alrededor.

En algún momento, un hombre de pelo plateado ha sujetado a Seokga, mientras una mujer mayor con un interesante vestido de patitos de goma le da toda una lección sobre gestión de la ira.

Kisa observa al hombre de pelo plateado y se percata (con un nuevo subidón de entusiasmo) de que su descripción encaja (hanbok tradicional y regio azul oscuro incluido) a la perfección con la del emperador Hwanin de Okhwang.

—¿Qué te tengo dicho sobre asesinar inocentes ? —pregunta el emperador.

«No es inocente… asesinó… Escarlata… cómo puedes… haberlo olvidado».

Todo se sume en el caos y Kisa no sabe qué hacer. Somi grita algo, apunta a Seokga con el dedo, y los otros huéspedes del invernadero contemplan la escena, sorprendidos y fascinados. Kisa se tambalea cuando Su-min, que ha llegado corriendo presa del pánico, la empuja a un lado.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclama la directora del crucero, con el agente Shin Korain pisándole los talones.

El joven haetae tiene los ojos muy abiertos, pero se queda atrás, como si no supiera si es buena idea inmiscuirse en una pelea entre dos dioses, una gumiho y una anciana amante de los patitos de goma—. ¡Paren de una vez! ¡Todos!

—Hola, Kisa —la saluda Korain, entre jadeos, con las manos apoyadas en las caderas. Un mechón de pelo negro le cae sobre los ojos dorados.

—Hola, Korain —contesta ella, distraída.

Los dos se conocen como tan solo los que llevan tiempo sufriendo como trabajadores del CRS Traspalmántico pueden conocerse; se muestran solidarios en su aflicción, además de compartir la amarga ironía de encontrarse en esa situación tan poco ideal.

Aunque Hajun es el único amigo de verdad de Kisa, Korain siempre ha sido amable con ella, y a veces Kisa desearía que lo hubieran asignado también a la clínica, en lugar de al personal de seguridad.

Apenas se ven, salvo en las pocas ocasiones que se cruzan por los pasillos o cuando hay una reunión de personal.

Pero siempre es agradable, que es más de lo que puede decir de miembros de la tripulación como Su-min, que no le quita el ojo de encima en todo el día.

—Vaya día de transición más loco, ¿eh?

—Sí —responde ella con un hilo de voz mientras Hwanin le hace una llave de cabeza a su hermano, cuyos ojos parecen a punto de salírsele de las órbitas—. Sí, es una buena forma de describirlo.

Seokga se zafa de los brazos de su hermano con ademán victorioso y, cuando Hwanin intenta placarlo de nuevo, el dios, envuelto en niebla esmeralda, se transforma en un pequeño cuervo negro y sale volando en dirección al techo de cristal.

El emperador da con los huesos en el suelo soltando improperios y el cuervo cae en picado sobre Somi.

La gumiho grita, desesperada, e intenta espantar al dios convertido en pájaro, que le tira del pelo con el pico.

La mujer cae entre las flores y el cuervo deja escapar un ruidito de satisfacción que bien pudiera ser una risa.

—¡¡Están arruinando la fiesta!! —gime Su-min, retorciéndose las manos. Su voz, ya de por sí aguda y estirada, alcanza un volumen que hace daño en los oídos—. ¡¡Paren!! ¡¡Paren todos!!

Somi se pone de pie y, en un golpe de suerte, lanza a Seokga el pájaro hacia una camarera. El dios adopta de nuevo su forma habitual en el último segundo y la camarera cae y desparrama las copas de champán por el suelo.

Kisa hace una mueca cuando se rompen las copas e intenta correr hacia la chica caída, pero Korain tira de ella.

—Mejor no te metas en ese lío —le advierte—. Es mi trabajo, y al menos a mí me pagan por hacerlo.

Todos los miembros de la tripulación reciben una pequeña remuneración mensual en forma de monedas para gastar en las cafeterías y tiendas del barco.

—Supongo que tienes razón —murmura ella, aunque él no contesta.

Korain tiene la mirada fija en la camarera, que ha apartado a Seokga de un empujón. Cuando la chica hace una clara mueca de dolor, Korain parece encontrar el valor que necesitaba para sumergirse en el caos.

Pero el emperador celestial lo detiene de forma abrupta.

—Esto es un asunto de familia —le suelta, y Kisa ve que a Korain se le ensombrece el rostro—. No te metas —añade el emperador, a modo de advertencia, mientras se vuelve hacia su hermano, que intenta desenredarse de la pálida camarera que lanza miradas asesinas a los dioses.

—Esa gumiho tiene prohibido el acceso al invernadero —ruge Korain—. Ni siquiera debería estar aquí. Creo que tengo jurisdicción en ese tema…

La mirada de Hwanin es tan devastadora que Kisa, por fin, ve el parecido familiar entre los dos hermanos.

Seokga se sacude los cristales rotos del traje y se arregla el pelo antes de que Somi (que chilla algo ininteligible) se abalance sobre él. Eso da lugar a otra pelea, una en la que los dos se mueven en círculo, con el odio pintado en la cara.

Kisa frunce el ceño, observándolos. Está claro que se conocen y se desprecian. Pero ¿cómo?

—Me da igual que sea un asunto de familia —espeta Korain al emperador e intenta apartarlo, pero Hwanin no cede—.

Están perturbando el orden de la fiesta, abusando de los cubiertos…

—Efectivamente, Somi le ha quitado un tenedor a un camarero que andaba cerca e intenta apuñalar con él a Seokga.

Kisa abre la boca, cada vez más alarmada.

En serio. Los tenedores no están hechos para usarse de armas— y, si usted no los controla, ¡hará que nuestras reencarnaciones se retrasen varios años! Nos considerarán responsables de este…

Las palabras del haetae le recuerdan a Kisa lo que está en juego, y eso la enfurece.

Korain tiene toda la razón del mundo. Yeomra considerará responsable del fiasco a la tripulación .

Bueno, piensa, si Korain no es capaz de esquivar al emperador, ella sí.

El haetae está distraído, así que, esta vez, no tirará de ella.

Decidida, marcha hacia Seokga, se coloca entre Somi y él (evitando por poco el tenedor) y alarga los brazos para separarlos.

—¡Parad! —les exige.

Somi jadea y entorna los ojos al mirarla, convertida en una bola de energía.

—Como no te apartes de mi camino, te…

—¿Te qué? —ruge Seokga—. ¿La vas a traicionar otra vez? ¿La vas a vender a un demonio demente?

La perplejidad sustituye a la indignación. Kisa flaquea y mira el rostro desencajado de Seokga antes de volverse hacia Somi, que parpadea muy deprisa. Con el cerebro dolorido, niega con la cabeza.

—Si la he conocido esta mañana… —dice… como una estúpida, piensa un momento después, al percatarse de lo que insinúa Seokga.

Se queda mirando a Somi, que está pasmada. ¿Se conocían? ¿En su vida anterior, cuando era una ladrona de cajeros? ¿Está refiriéndose Seokga a Eodum, el demonio que instigó los Días Oscuros de 1992? Madre mía, qué interesante…