El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 8. Seokga #2
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8. Seokga #2

El último deseo de Hani fue que Nam Somi quedara en libertad. De haber sido por él, habría colgado el pellejo de la gumiho en su palacio hace pero que mucho tiempo. Treinta y tres años, para ser exactos.

Ahora parece distinta. Los años la han endurecido.

Se da cuenta, con asco creciente, que su ropa es como la que llevaba Hani.

Perfecta, refinada, de moda en los noventa, aunque quizá un poco anticuada ahora, fuera de lugar entre los atuendos más modernos de la fiesta.

Su forma de coquetear y reírse… Somi está imitando a Hani.

Está imitando a su antigua amiga, a su mentora, a la gumiho más infame de todos los tiempos.

Se le revuelve el estómago.

Sin embargo, ay, palidece en comparación con Hani.

Este aire de júbilo y seguridad está muy calculado.

Es plástico y falso. Durante años, Somi ha aterrorizado un país tras otro, se ha comido a su población masculina por el camino, casi como si siguiera los pasos del Zorro Escarlata.

Pero algunas patas son demasiado cortas para estar a la altura del Zorro Escarlata.

Es una copia barata.

Seokga lamenta profundamente no haber sido el que pusiera fin a su vida y la metiera en este barco.

Pero ahora que está muerta…

Una sonrisa malvada le asoma a los labios.

Es la misma que esbozó unos momentos antes de liberar una horda de monstruos de Gamangnara en Okhwang.

La misma sonrisa torcida que vio Hwanin cuando Seokga entró a lomos de un jangsan beom rebelde en la sala del trono y el gigantesco tigre cambiaformas se abalanzó sobre el emperador.

Ahora que está muerta puede empezar a atormentarla de verdad .

Cómo le gustan los vacíos legales.

—Perdonadme —dice, sin perder esa misma sonrisa desagradable, y se acerca a Somi.

La gumiho abre mucho los ojos al levantar la vista y ver al dios embaucador de metro noventa abrirse paso entre la gente para alcanzarla.

Y listo . Se queda paralizada, como un ciervo ante los faros de un coche, como una presa que se encoge ante su depredador.

Casi huele el terror que emana en oleadas mientras abre aún más los grandes ojos castaños.

Somi intenta sonreír, pero, ay, a Seokga no lo engaña.

Es tan cobarde como siempre. La camarera nerviosa y temblequeante no está muy lejos de la superficie.

Una adolescente torpe bajo la piel de una mujer.

—Hola, Somi —la saluda con una mueca de desdén tras apartar a sus acompañantes.

Ella prueba con una bravata. Da risa.

—Seokga —lo saluda, echando los hombros atrás.

A él le da la sensación de que pretende hablarle con desdén, pero lo único que oye es temor. Bien.

—Espero que tu muerte fuera dolorosa y sangrienta —dice, arrastrando las palabras.

Somi traga saliva y se encoge de miedo, de modo que él disfruta de su triunfo. Diría que ha acertado. Le da igual. Quizá un hombre más decente lo hubiera dejado ahí, pero Seokga nunca lo ha sido. Desde siempre, no es más que un dios muy malo.

—Y espero —susurra, ladeando la cabeza— que no sea nada comparado con esto.

Con un chasquido rápido, Seokga ha transformado su bastón en la larga espada de plata que lleva consigo desde hace miles de años.

Los asistentes a la fiesta chillan y él resopla, indignado.

Nunca ha entendido del todo bien cómo funciona Jeoseung, ni tampoco se ha molestado en hacerlo, la verdad, pero sí que sabe una cosa.

Aunque no pueda matar a los que ya están muertos, sí que puede hacerles daño .

—¡Seokga! —exclama su terapeuta, que corre hacia ellos a la máxima velocidad que le permite su anciano cuerpo, con el vestido de patitos de goma ondeándole detrás—. Seokga, por favor, no puedes traerte la espada a una fiesta, no puedes apuñalar a alguien…

—¡¡¿Qué estás haciendo?!! —aúlla su hermano, empleando los muy celestiales pulmones al máximo.

La música para de golpe.

Somi tiene los ojos muy abiertos. A Seokga le hierve la sangre, que cada vez está más caliente.

Todas las frustraciones y todo el dolor del último día han alcanzado su punto culminante.

Sabe lo que dirá la doctora Jang. Está proyectando el odio que siente por sí mismo en Somi, cuyo papel en los Días Oscuros fue, la verdad, poco importante.

Está perdiendo el control de sus problemas de gestión de la ira y entregándose a las partes más oscuras de su naturaleza; está imitando subconscientemente la ira que demostró su padre cuando empezó su enfermedad.

Está intentando compensar su absoluta falta de control controlando por completo el dolor de otro.

Le vale.

Sonríe de un modo que hace palidecer a la paralizada gu­miho…

—¿Seokga?

El dios embaucador se queda quieto. Despacio, muy despacio, vuelve la vista atrás.

Kisa está detrás de él, respirando con dificultad, con los rizos alborotados.

Sus ojos brillantes van de la espada a Somi y vuelta a la espada.

Tiene el rostro desencajado de horror… y decepción.

Entre ellos, el hilo rojo se tensa y, de nuevo, por un instante, brilla con una luz escarlata.

Los pensamientos que aparecen en la mente de Seokga no son suyos.

«Dolería… no pretendía… comerse al banquero… es por eso…».

La sorpresa basta para que suelte la espada, que cae con estrépito al suelo.

Es vagamente consciente de que Somi le dice algo entre dientes, de que la doctora Jang le pone una mano en el hombro y de que Hwanin lo sermonea, furioso…

Pero nada de eso importa. Entre el caos, Seokga y Kisa se miran el uno al otro, y el destino resplandece entre ellos.

Puede oír sus pensamientos.

Puede oír los pensamientos de Kisa .

Y, a juzgar por el tamaño que están adquiriendo los ojos de la joven, ella también oye los de Seokga.