8. Seokga
Seokga
C uando Seokga entra dando tumbos en la suite que va a compartir con Hwanin, su hermano se levanta de un salto del lujoso sillón en el que estaba sentado.
La suite es tan fastuosa como la de cualquier hotel mortal, con dos dormitorios unidos por una zona de estar que da a un ventanal desde el que se ve el río Seocheongang.
Es la suite más grande, la Real. Solo lo mejor para el emperador de Okhwang.
El arte que la adorna es lo que Yeomra seguramente insistiría en llamar «interpretativo», pero en realidad no son más que feas salpicaduras de pintura que cuelgan con orgullo de las paredes, por encima del suelo de moqueta negra por el que camina ahora mismo Hwanin hacia él.
Un fuego arde alegre en la chimenea; demasiado alegre.
Seokga desearía apagarlo con violencia. Puede que lo haga.
—Seokga —le dice su hermano cuando él apoya todo su peso en el marco de la puerta—, voy a suponer, por tu expresión, que estás ebrio de felicidad. Si no, es que te has mareado con el bamboleo del barco. —Vacila—. ¿La has encontrado?
Con las piernas débiles, el dios consigue llegar hasta otro sillón, se deja caer en la suave tela y se pasa una mano temblorosa por el pelo.
—La he encontrado —confirma con un susurro.
Hwanin frunce el ceño.
—No es la felicidad que llevo años esperando —le dice a Seokga—. Pareces indispuesto. ¿Qué ha pasado?
Con la garganta seca, se lo cuenta con todo lujo de detalles, desde el pisapapeles hasta la cafetería. Hwanin lo observa, cada vez más sombrío.
—Sabía que no debía esperar a Hani —susurra Seokga—. Llevo años diciéndomelo. Pero, aun así…
—La esperabas —termina su hermano por él, pero el estado de ánimo del dios embaucador ya está cambiando.
—Esto no habría pasado si no hubieras cerrado ese trato —dice entre jadeos, ya que, de repente, la rabia ardiente sustituye al dolor—.
¿Te lo pasaste bien? —Se levanta de golpe del sillón y mira con rabia al emperador—.
¿Viendo cómo se desarrollaba todo? ¿Viéndome enamorarme de la mujer que debía cazar?
Dicen que yo he heredado la vena cruel de nuestro padre, Hwanin, pero la tuya… La tuya no tiene parangón .
Hwanin lo fulmina con la mirada.
—No me compares con nuestro padre —responde su hermano.
Mireuk. El dios original de la creación.
El padre de Hwanin y Seokga, que se volvió loco y dio forma a los sufrimientos del mundo.
Como Mireuk seguía su descenso al mal, sus dos hijos no tuvieron más remedio que encerrarlo en lo más profundo de Jeoseung, bajo el río por el que navega el CRS Traspalmántico.
—Es culpa tuya —insiste Seokga—. Tú…
—Hice ese trato por ti —lo interrumpe Hwanin en un tono engañosamente tranquilo—. Para restablecerte como dios. Y, después, lo modifiqué por ti, para salvarte la vida. ¡Todo por ti! ¿Cómo iba a saber que te enamorarías de ella?
—No —le espeta Seokga, respirando con dificultad—. Deja de mentir. Sabes tan bien como yo que lo hiciste para traicionarme igual que te traicioné yo…
Es una vieja disputa entre ellos. Una que interrumpe una y otra vez su reciente amistad.
— Basta —dice Hwanin, al que le palpita una vena de la sien al levantarse—.
Si quieres jugar a esto, permíteme mi turno.
Hani no habría muerto si tú no hubieses intentado derrocarme, si no hubieses conseguido que te desterráramos.
Si no se hubiera inmiscuido en tus asuntos.
Si fueras mejor inspector y hubieras desenmascarado antes a Eodum.
Si no hubiese agotado su perla de zorro.
Si, si, si. En su muerte había muchas variables, hermano.
Muchas piezas en movimiento y, aun así, en tu ira, solo me culpas a mí.
Pero ¿quién dispuso su reencarnación? —Niega con la cabeza con los labios apretados—.
Así que no es lo que te esperabas o deseabas, en el fondo.
Vale. No va a ser Hani, Seokga. Va a ser Kisa.
Sé que, por lógica, eres consciente de ello.
Así que no tengas expectativas poco realistas sobre la chica.
No te conoce . Hay un desequilibrio, ¿no te parece?
—Se le ablanda el gesto cuando Seokga hace una mueca y el duro muro de su furia empieza a desmoronarse—.
Tiempo, hermano. Dale tiempo. Satisface su curiosidad.
No la alejes de ti antes de conocerla de verdad . Y deja que ella te conozca.
Cansado. Seokga se siente exhausto allí de pie, con los hombros hundidos. El agotamiento que le pesa en los huesos es antiguo e intenso.
—La echo de menos —susurra—. Echo de menos a Hani.
Se queda mirando el hilo rojo y siente el dolor de la peor de las pérdidas. «El barco de Teseo —piensa—. ¿Sigue siendo el mismo barco? ¿Sigue siendo la mujer que amaba?».
—Lo sé.
—Quemaría el mundo hasta los cimientos con tal de verla de nuevo.
—Por desgracia, sé que lo dices literalmente —dice Hwanin, suspirando—.
Mira, hermano, voy a llamar a la doctora Jang para una sesión de emergencia.
Pero te conozco, Seokga, y sé que seguro que has decidido andar por ahí como alma en pena, a pesar de la intervención profesional. Así que, esta noche, salimos.
Seokga se traga la pastilla rosa que debe tomarse todos los días justo a las siete en punto. Es un antidepresivo recetado por la doctora Jang. Aunque no le parece que haga mucho. Básicamente, se ahoga en su miseria.
—¿Estás listo? —le pregunta Hwanin, que espera junto a la puerta de la suite. Seokga fulmina a su hermano con la mirada—. Seguro que nos divertimos —añade el emperador con falso júbilo.
—Lo dudo mucho —contesta Seokga, frío, aunque sigue a Hwanin al pasillo, donde los espera la doctora.
La terapeuta se ha arreglado para la ocasión y ha cambiado la camisa hawaiana por un vestido de lo más desaliñado con estampado de patitos de goma. Seokga está deseando reírse de él, pero Hwanin le da un codazo en las costillas antes de que se le escape la risita.
—¿Vamos? —pregunta Hwanin, que le ofrece el brazo a la doctora Jang.
La anciana sonríe, exuda entusiasmo. Seokga acaba caminando detrás de la pareja mientras bajan la reluciente escalera de caracol con incrustaciones de diamantes hasta la cubierta 6, donde se les unen un puñado de huéspedes, todos rebosantes de emoción.
La última vez que Seokga estuvo en un barco fue durante un desafortunado viaje con un grupo de piratas, todos ellos dokkaebi rebeldes a los que tuvo que matar. Aquella embarcación era pequeña y sucia; sin duda, ni lo bastante grande ni lo bastante resistente como para contener un invernadero .
Se trata de un edificio gigantesco de limpias vigas blancas y cristal pulido en cuyo interior se ve un mar de vibrantes tonos verdes.
—Emperador Hwanin —dice la directora del crucero, una mujer llamada Su-min (según indica en la plaquita dorada del uniforme) que Seokga ya ha decidido odiar sin más razón que ser un dios gruñón con una desconfianza de serie por la gente que sonríe— y príncipe Seokga.
Bienvenidos a la fiesta del jardín de esta noche.
—Se queda mirando un instante a la doctora Jang y su ridículo vestido—. Em… ¿Va con ustedes?
—Evidentemente —le suelta Seokga, que, al ver que la doctora pierde la sonrisa, siente la necesidad de protegerla. Ahora que se le ha pasado un poco la impresión con el CRS Traspalmántico, lo incomoda haberle hablado mal por la mañana—. Claro que va con nosotros.
—Por supuesto —responde Su-min, mirándole el vestido—. Bueno, disfruten de la noche.
—Es de mala educación quedarse mirando a alguien —le susurra Seokga al pasar junto a ella.
La directora da un respingo y él sonríe.
—Bu —añade, casi entre risas, antes de seguir a sus acompañantes al invernadero.
Por dentro es aún más grande. Le llega el agradable rumor de un enorme estanque artificial de piedras en el que los nenúfares flotan sobre unas aguas de color tierra.
Es todo un bosque; se oye el taconeo de los presentes sobre los adoquines resbaladizos de humedad.
Varias plantas exóticas se alargan hacia el techo, que es muy alto: helechos, limoneros arqueados e incluso palmeras que se elevan por encima de los grupos de flores de colores intensos.
Es como si estuvieran en tierra, dentro de un jardín bastante grande.
Lo único que indica su verdadera ubicación son las paredes de cristal, que deben sobresalir del barco. Se ve el río rojo bajo ellos.
Los camareros cargan con bandejas de aperitivos por los serpenteantes caminos.
Ninguno de ellos es Kisa. El hilo rojo se estira hasta salir del invernadero; seguramente sigue trabajando en la enfermería del barco.
Sin saber si sentirse decepcionado o aliviado, Seokga acepta una copa de champán, se la bebe de golpe, hace una mueca de asco (aparte del agua y el café, el resto de las bebidas le resultan apenas tolerables) y deja la copa de vuelta en la bandeja, mientras una banda en directo (oculta entre la vegetación) empieza a tocar música clásica suave.
La doctora Jang está charlando con una pareja de ancianos que parecen alabar su vestido y que se ríen cuando ella fuerza la voz para ofrecer una imitación sorprendentemente buena de la presentadora de un programa matinal muy famoso de la tele.
Sin apartar la vista de los patitos de goma, Seokga espera que perder el buen gusto para vestirse no sea una enfermedad incurable de la vejez.
Al fin y al cabo, él es un carcamal. Hwanin intenta, sin éxito, que Seokga se una a la conversación con otros huéspedes; todos ellos mascullan una excusa y se marchan cuando el dios clava en ellos su penetrante mirada verde.
—Seokga —le dice Hwanin—, los estás ahuyentando. Para de una vez.
Pero no lo oye. No, porque está mirando por encima del hombro de su hermano y siente que la sangre le empieza a hervir al ver algo, a alguien , a quien lleva ya bastante tiempo deseando estrangular.