7. Kisa
Kisa
P ara cuando regresa a la enfermería, el café de Kisa hace tiempo que se ha enfriado.
Mantiene la cabeza gacha para evitar que Hajun vea su decepción.
«He metido la pata», piensa con amargura, intentando no mirar el hilo rojo.
Ese es su problema, ¿no? Se entusiasma demasiado, se pierde en los engranajes de su cerebro y se le olvida frenar.
Nota un nudo de vergüenza en la garganta mientras huye de la curiosidad de Hajun y se mete en el baño para tener unos minutos de intimidad.
Era evidente que Seokga estaba muy afectado.
Por supuesto. «¿Por qué he tenido que decirlo así?
», se regaña, y se echa el jabón de olor dulce en las manos para restregárselas bajo el chorro de agua tibia.
En teoría, tanta limpieza no es necesaria cuando ya se está en el inframundo, pero las viejas costumbres nunca mueren, literalmente.
¿Una investigación conjunta? ¿Trabajar con él en este nuevo descubrimiento?
Es cierto que está encantada de experimentar algo así, claro. La falta de estudios sobre el tema resulta asombrosa; si consigue escribir algo, tendría un valor incalculable . Pero debería haber tenido más tacto. Lo ha ahuyentado.
Lo correcto habría sido decirle al dios que estaba deseando llegar a conocerlo.
Es lo que habría hecho una mujer normal justo después de sentirse encantada ( eufórica , incluso) al descubrir que estaba unida a un dios …
y a uno tan guapo y poderoso como Seokga.
No se habría puesto a desvariar sobre investigaciones ni bibliotecas, ni habría tartamudeado torpemente para llenar el incómodo silencio. Pero era todo tan emocionante…
—¿Kisa? —pregunta Hajun, que llama a la puerta justo cuando ella se seca ya las manos—. ¿Estás bien?
No. Qué va. Está hecha un lío. Respira hondo unas cuantas veces, se recoge bien el pelo y regresa a la clínica.
—Oh, no —dice el joven mirándola con esos ojos grandes de pestañas largas que ella a menudo envidia.
No es raro que una tristeza profunda se revuelva en sus profundidades, pero, ahora mismo, solo asoma una preocupación muy tierna—.
La has fastidiado, ¿verdad? —pregunta en un tono que no es acusatorio, sino bastante empático, pero que, de todos modos, le arranca una mueca a Kisa.
—¿Tan evidente era que lo haría? —pregunta, sintiendo cada vez más vergüenza. ¿Por qué no puede ser normal ?
Los ojos de su amigo se ablandan aún más.
—Creo que cualquiera la habría fastidiado. Que no gritaras y salieras corriendo me parece impresionante, vamos. Ya me has visto a mí. Le lancé un pisapapeles .
Kisa no logra reprimir la sonrisa de camino al mostrador, donde se pone a repasar unas cuantas historias médicas. En su ausencia, Hajun ha tratado el mareo de unos cuantos huéspedes. Habrá más en las horas siguientes.
—Además —sigue diciendo Hajun, apoyado en el otro lado del mostrador—, si de verdad sois almas gemelas, te perdonará lo que le hayas dicho. —Sus labios rosados esbozan una sonrisa vacilante y apoya la barbilla en una mano—. Y te prometo que llegará a enamorarse de ese cerebro rarito que tienes…
—Hajun —lo reprende ella, a punto de reírse.
—Nunca entenderé cómo te caben tantas cosas ahí dentro.
Despacio, gracias a las bromas amables del joven, el humor de Kisa empieza a mejorar.
Para cuando la clínica está llena de gwisin (que, a pesar de estar muertos, siguen siendo capaces de vomitar por el mareo), ha conseguido que las tareas la absorban y quitarse de la cabeza su desastroso encuentro con el dios.
Es lo que ha hecho siempre: enterrar las emociones en el trabajo.
Gracias a eso es una chamana tan buena y la razón por la que la Unidad de Maternidad Mágica del hospital de Seúl tenía una tasa de mortalidad de menos de 0,02 por ciento.
Dioses, cómo echa de menos ser chamana. Samsin Halmoni dejó de ser su patrona y regalarle poderes en cuanto murió.
Los chamanes muertos no le sirven de nada a la diosa.
Perder ese poder la debilitó, al principio. Fue como aprender a caminar de nuevo, pero con una sola pierna. Kisa ha aprendido a tambalearse y saltar, aunque dentro de ella hay un pozo seco y vacío que antes ocupaba su creciente magia chamánica.
Metida hasta las orejas entre gwisin mareados y decidida a compartimentar sus emociones en cajitas alineadas en una estantería, apenas se fija en la mujer que entra en la enfermería prácticamente contoneándose y sonriendo con dientes manchados de sangre azul.
No le presta atención hasta que Hajun, que se ha acercado a ella con la cantidad correcta de temor, le pregunta educado en qué puede ayudarla, y entonces Kisa sale a toda prisa del cuartito en el que tratan a los pacientes (donde un hombre tiene arcadas sobre un cubo, sin echar nada) y llega al vestíbulo de la clínica.
—Bueno, em, ¿qué le ha pasado? —le pregunta con elocuencia Hajun, que, a pesar de esbozar una sonrisa aterrada, consigue que también resulte dulce y atenta.
Kisa entorna los ojos.
—¿A quién ha intentado comerse? —pregunta en tono severo, porque ya se ha fijado en los colmillitos blancos de la mujer y en sus ojos trastornados.
Gumiho. Es un problema a bordo: las gumiho rebeldes que son miembros de la tripulación (asignadas al Traspalmántico como castigo por asesinato) no intentan robar almas a través de besos, su método habitual.
No tardan en darse cuenta de que no es posible.
Aquí, todos son almas. Tras percatarse del asunto, adoptan su forma de zorro e intentan comerse a sus víctimas, directamente.
Pero la mujer no lleva uniforme. Lleva un chaquetón de marinero de color negro, vintage , el pelo rizado negro cortado en un bob francés y calzado de Jimmy Choo. ¿Una gumiho rebelde… que no es miembro de la tripulación? Recelosa, observa a la huésped, que sonríe.
—A un viejo banquero —responde poniendo una mueca y llevándose una mano al estómago—. Se escapó. Es probable que os visite pronto un paciente con una gran marca de mordisco. Ahora no me siento demasiado bien, por desgracia. ¿Tenéis algún antiácido?
—Por favor, no me comas —le dice Hajun, dando un paso atrás.
La mujer ladea la cabeza y lo mira.
—Eres demasiado guapo para comerte —responde y, para sorpresa de Kisa, Hajun se ruboriza antes de correr a atender a uno de los pacientes mareados.
—No puedes comerte a nadie a bordo —dice Kisa, cruzando los brazos—.
No solo no está permitido, sino que, como estás comprobando, resulta muy incómodo.
Básicamente, has absorbido parte de la esencia en bruto de otra persona…
Lo que resulta fascinante, pero no viene al caso…
—Deja atrás a la gumiho y rebusca en los armarios de medicinas hasta que da con lo que busca y echa unas cuantas pastillas verdes en la mano de la mujer—.
Aquí, en realidad, no existe la carne. Somos todos almas, energía pura oculta bajo la ilusión de forma física porque estamos acostumbrados a existir en cuerpos.
Pero no es lo mismo que en el mundo de los vivos.
Si absorbes parte del alma de otra persona, sufrirás síntomas como…
—Retortijones —la interrumpe la mujer después de tragarse las pastillas—. Mareo. El impulso irreprimible de hacer gárgaras con lavavajillas.
Se estremece.
—Y sudores fríos. Esos empezarán pronto, pero las pastillas expulsarán la esencia ajena. —Kisa suspira y coge un sujetapapeles—. ¿Nombre?
—Nam Somi —dice ella, poniendo morritos sarcásticos—. Trabajé mucho cuando estaba viva. La verdad es que ser una asesina en serie es muy difícil.
Aunque la asuste reconocerlo, Kisa no cree que Somi mienta. Se queda mirando a la gumiho, que le devuelve la mirada, aunque vacila durante un instante.
—¿Te… te conozco?
—Me temo que no —responde Kisa sin mucho entusiasmo—. Ahora, si no te importa que te lo pregunte…
—Sé lo que estás pensando —la interrumpe la gumiho, astuta, mientras borra del rostro cualquier rastro de la confusión que se lo había nublado hace un instante—.
Que no me merezco ser un huésped a bordo.
Ahí es donde viene bien tener asuntos ilícitos con los jeoseung saja.
—Se sorbe los mocos. Aunque las dos mujeres son de altura similar, los tacones de Somi le dan una ventaja de unos trece centímetros sobre Kisa—.
Supongo que dejaré de intentar comerme gente.
Aunque solo si esto sucede todas las veces.
Es peor que los temblores y el antojo que tenía antes.
Temblores. Antojo. Kisa arquea una ceja. La hipersensibilidad de las gumiho a la absorción de almas e hígados es poco frecuente, aunque también lo son las gumiho. Muchos de los zorros de nueve colas procuran no comer hombres en absoluto; es un tabú moderno.
—Si vuelves a hacerlo, obtendrás el mismo resultado —confirma Kisa, a la que no le hace gracia la broma, mientras termina de tomar nota de todo—. También tendré que informar sobre esto a los haetae de a bordo.
El agente Shin Korain es el jefe de la unidad de seguridad del barco y quiere que se le informe de inmediato de cualquier delito.
Somi se encoge de hombros.
—Lo sabe. Lo hice delante de él —afirma, limpiándose la boca—.
Le dije que me había resbalado y caído. Fue mala suerte que mis dientes perforasen al banquero.
Creo que me creyó. Aunque ahora no se me permite subir a la cubierta 6, lo que es una pena.
El invernadero es muy bonito. Gracias por las pastillas.
Hajun se une a Kisa en cuanto Somi se larga, contoneándose de nuevo.
—Esa nos va a dar problemas —dice, aunque sonríe un poco.
Kisa tiene los labios bien apretados.
—Sí, eso creo.