6. Seokga #2
—¿Y para ti? —le pregunta la camarera a Kisa mientras teclea el pedido de Seokga con cara de aburrimiento.
El dios siente una punzada de nostalgia al recordar cuando era Hani la que estaba detrás de la barra y se equivocaba adrede con su café.
—Chocolate caliente —contesta antes de poder reprimirse. Le sale solo.
—En realidad, un flat white pequeño, por favor —lo corrige Kisa, negando con la cabeza.
Seokga traga saliva y se agarra con fuerza al bastón. Hani odiaba el café. Lo aborrecía .
«Pero no es Hani —se recuerda—. Se llama Kisa. No pasa nada si le gusta el café. No va a ser la misma persona que en su vida anterior. Lo sabes.
Al menos no es un anciano.
Al menos no es un anciano.
A menos no es…».
—¿Estás bien? —le pregunta Kisa, muy educada, y Seokga se percata de que lo mira con el ceño fruncido.
El dios se apresura a cambiar su gesto de horror absoluto por otra cosa cuando la camarera le da su café y el… flat white de la joven.
—Perfectamente —logra resollar—. Estoy perfectamente.
Ella no parece demasiado convencida, pero lo conduce hasta una mesa circular y se sienta con mucho recato en una de las sillas.
—Tengo que estar de vuelta en la enfermería dentro de veinte minutos —dice mientras bebe.
Seokga se siente un poco decepcionado al ver que no pone una mueca de asco, como habría hecho Hani—.
Muchos gwisin se quejan de mareo el primer día del crucero.
Nuestra mentora terminó su penitencia en el barco hace unos meses, así que ahora mismo solo trabajamos ahí Hajun y yo.
Deja la bebida en la mesa y se inclina hacia delante. Seokga se muere por apartarle un rizo de los ojos, pero se reprime con un esfuerzo notable.
Es su amante y una desconocida, todo a la vez.
Y él está dividido entre unos sentimientos muy intensos de distancia y familiaridad.
—Doy por sentado que somos almas gemelas —dice ella, sin más—. Almas gemelas unidas por un hilo.
Seokga está a punto de escupir el largo trago de café que acaba de meterse en la boca.
—Bueno…, pues…, sí —balbucea, medio ahogado.
«Buen trabajo —piensa—. Muy elegante. Incluso mejor que caerse al suelo y decir “arrrjjj”».
—Hum —responde ella, bebiendo con calma—. ¿Por qué?
El bullicio de la cafetería continúa a su alrededor y una alegre música de jazz suena por los altavoces. Mientras tanto, el dios se lanza a secarse el traje con una servilleta, frenético, intentando no hiperventilar.
—¿Que por qué ?
—Sí. Me refiero a que, estadísticamente, las apariciones del hilo rojo del destino son minúsculas.
Calculo que de menos del uno por ciento.
Se rumorea que la última pareja unida por uno vivió hace siglos e, incluso entonces, se supone que ambos eran dioses.
Imagino que sabes a quiénes me refiero, ¿no?
—Haemosu y Yuhwa —masculla Seokga, recordaba aquel fiasco. La relación entre Haemosu y el padre de Yuhwa, Habaek, sigue siendo bastante gélida, por decirlo con suavidad.
—Tiene que haber un motivo para que el hilo nos una —sigue diciendo Kisa mientras escribe palabras invisibles con el índice en la mesa, como si redactara un párrafo entero—. Por ahora se me ocurren unas cuantas hipótesis, aunque me he quedado con la que tiene más sentido.
—¿Y es?
Ella lo mira a los ojos y ladea la cabeza, frunciendo un poco el ceño.
—Me conocías en una vida anterior —dice, dejando de escribir—.
Nos enamoramos, morí. Me estabas buscando.
El hilo rojo del destino se manifestó el 24 de marzo de 2018, que, curiosamente, fue el día que morí en esta vida.
De acuerdo con lo que sé sobre el hilo rojo, puede manifestarse en un momento emocionalmente tenso.
Por ejemplo, el de Yuhwa y Haemosu apareció cuando ella huía de su padre, Habaek.
Por eso se manifestó el día de mi muerte. Porque percibía… algo.
Kisa le da un trago al café, tan tranquila, y Seokga se echa hacia delante en el asiento.
¿Se acuerda? ¿Se…?
—Antes de que me lo preguntas —dice Kisa con delicadeza—, no, no recuerdo nada.
Pero he descubierto algunas cosas sobre mi vida anterior.
Pareces la clase de persona que se enamoraría de una mujer a la que se le da muy bien robar dinero de los cajeros automáticos.
Baso mi teoría en eso. Aunque siento decirte que yo nunca he robado nada.
—Vacila—. Además, una vez leí un número de la Cotilleos Divinos .
Cuando estaba enferma. No es que no me resultara académicamente estimulante a su manera, pero…
—Se aclara la garganta—. Estabas enamorado de una gumiho, ¿verdad? ¿Durante los Días Oscuros?
Seokga es consciente de que deja escapar una especie de resuello y hace todo lo que puede por parar. Por desgracia, le resulta imposible.
—Sí —consigue susurrar.
Kisa asiente, pensativa.
—Así que supongo que yo era ella. ¿O que ella es yo? La filosofía del renacimiento es un campo muy enrevesado. Imagino que no habrás oído hablar del problema del barco de Teseo…
Él niega con la cabeza mientras intenta calmarse. Mientras intenta respirar.
No funciona.
—Es un experimento mental. ¿Es el barco de madera de Teseo, al que le han ido cambiando poco a poco todas sus piezas por otras de madera más resistentes, el mismo barco?
—Kisa se muerde el labio inferior—. Algunos filósofos dicen que no.
¿Cómo va a serlo? Un barco de pino no es lo mismo que un barco de, digamos, roble.
Una gumiho no es lo mismo que una chamana…
Es como si el suelo se hundiera bajo los pies de Seokga, así que se agarra a los bordes de la mesa mientras Kisa sigue hablando. «Recupera la compostura. La chica tiene razón».
—Sin embargo, otros filósofos dicen que hay dos barcos de Teseo. Uno de roble y otro de pino. Ambos el mismo, aunque su composición sea distinta. Es fascinante, la verdad. ¿Tú qué opinas?
—Opino que necesitaría beber algo más fuerte para responder a esa pregunta —responde con voz ronca el dios.
Es muy distinta de Hani. No hace bromas ingeniosas ni esboza sonrisas traviesas ni hay panecillos de huevo con fresa delante de ellos.
Hani siempre fue rápida, pero la mente de Kisa trabaja a tal velocidad que le parece imposible llegar a seguirle el ritmo.
Y ese experimento mental… está a punto de provocarle un ataque de pánico.
¿Al final ha perdido a Hani por completo?
«Para —se ordena para detener la batidora de su cabeza; la mirada de Kisa revolotea por encima del rostro de Seokga—. Para…».
Pero es demasiado tarde. La joven ha visto las esquinas de su decepción y desconcierto asomar por debajo de la fachada. Se le entristece el rostro y vuelve el rubor azul.
—Lo siento —dice, aclarándose la garganta—.
No me he dado cuenta… —Él la observa un momento, paralizado, mientras ella rasca la mesa, incómoda, incapaz de dar con las palabras adecuadas—.
Usas el banmal conmigo —añade al fin, y Seokga siente que el calor de la vergüenza le sube por el cuerpo.
Ha estado usando el habla informal con ella y, aunque no es algo poco habitual en él (suele usarlo con todo el mundo, debido a su avanzada edad y superioridad general), le resulta humillante que su motivo para ello sea tan evidente para Kisa: una amistad y un amor que para ella no existen —. No debería haber mencionado el barco.
—No —responde él después de volver a recomponerse pedazo a pedazo, poco a poco—. Gracias por contármelo. Es… —Horroroso. Deprimente. Una idea que le provocará insomnio— relevante. No conocía la historia.
«Puedes usar el banmal conmigo, si quieres», desea decirle, pero no logra reunir el valor suficiente.
Kisa asiente, pierde parte del rubor y vuelve al grano.
—Puede que logremos resolverlo —le propone, alisándose el uniforme azul claro—. Me emociona mucho trabajar contigo en este nuevo descubrimiento. Creo que nuestra colaboración será muy beneficiosa para muchas personas.
Seokga se queda paralizado y después da un respingo.
La voz de Kisa es tan… profesional… Entusiasta, pero de un modo científico y voraz, que resulta todavía más estirado porque sigue con el jondaemal.
Le duele más que cualquier arma que pudiera usar contra él.
«Mierda». Cualquier cosa, incluso el anciano tirándose ventosidades en su club de ganchillo, sería mejor que esta frialdad médica.
Como si el hilo que los une no fuera más que un fenómeno científico que estudiar, en vez de algo tan puro, mágico y vivo .
—Las manifestaciones del hilo rojo son tan poco comunes que sería una estupidez no…
, bueno, no investigarlo por completo. Una…
, bueno, investigación conjunta beneficiaría a un gran número de miembros de las comunidades mágicas…
Si dejamos constancia de nuestros hallazgos, podría resultar fundamental para entender el funcionamiento del hilo que une almas gemelas.
Verás, existen pocos libros al respecto, a no ser que los guarden en la Biblioteca Celestial de Okhwang, sobre la que siempre he querido saber más, por cierto…
Sus palabras se convierten en un rugido sordo porque la mente de Seokga recibe una oleada tras otra de dolor profundo y amargo. Sabe lo que pasa. Para él, ella es su mejor amiga, su amante, reencarnada. Para ella, se trata de un experimento. De una in vestigación .
Para él, es amor.
Es como si lo hiciesen pedazos, pero, no sabe cómo, consigue levantarse. Si se queda, sabe que se derrumbará por completo y no quedará de él más que huesos y polvo. Y, entonces, ¿qué pensará Kisa de él? Se asustará y se alejará antes de que logre recomponerse.
—Lo siento —se oye decir en un tono de voz que, por suerte, suena lo bastante tranquilo y sereno, en vez de reflejar el tembloroso desastre de su interior—, tengo que irme.
—Oh —vacila ella, indecisa—, vale.
Seokga abre la boca para decir algo, lo que sea, pero sabe que, si vuelve a hablar, se le escapará un sollozo desgarrador. Así que, con el corazón rompiéndosele dentro del pecho, le da la espalda a toda prisa y se marcha.
El hilo rojo se estira más con cada paso que da.