El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 6. Seokga
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6. Seokga

Seokga

K isa.

Se llama Kisa .

Y lo está mirando con la boca abierta y el pelo castaño rizado revuelto que se le escapa de una goma elástica.

A esta distancia de ella, puede contar el número exacto de pecas de su naricita y, mientras tanto, el corazón no para de golpearle con ganas las costillas.

La joven tiene una marquita con forma de corazón sobre la ceja izquierda.

No puede apartar la vista de ella, hipnotizado por algo que, para cualquier otra persona, no sería nada más que un detalle nimio, algo tan insignificante que ni lo habría visto.

Es como si Seokga existiera dentro de un sueño en el que los ojos castaño rojizo de Hani, bajo sus largas pestañas, lo mirasen como si el dios fuera una absoluta imposibilidad.

Treinta y tres años.

Treinta y tres años de búsqueda desesperada y, por fin, está aquí .

Hani. Su Hani, su gumiho, la de ingenio agudo y alma alegre, amante del chocolate.

No existe ninguna similitud visible, salvo por la herencia coreana y los ojos, pero es Hani.

Irrefutable e innegable; es ella. Lo siente en el alma y es algo tan poderoso que tiembla.

Y ella no lo conoce.

Ha encontrado a Hani, su mejor amiga, su alma gemela, y ella no lo conoce.

Lo nota por la forma en que lo toca, cuidadosa y profesional, incluso cuando le pasa los dedos por el pelo.

No ve ni rastro de reconocimiento en esos ojos tan bonitos, solo un desconcierto creciente y algo que se parece mucho a la curiosidad voraz.

«Ya lo sabías», se recuerda él. ¿Cuántas veces se ha preguntado quién sería Hani y lo había sobrecogido el temor de que fuera distinta, muy distinta a lo que era antes?

En los treinta y tres años que lleva esperándola, se la ha imaginado como cientos de miles de personas.

En una de sus pesadillas más desgarradoras, la reencarnación de Hani era un anciano con tendencia a tirarse ventosidades en su club de ganchillo del geriátrico.

Seokga se había despertado gritando y bañado en sudor, y las paredes de su palacio de Okhwang temblaron con la fuerza de sus gritos.

No sabe cómo, pero la explicación que le dio en voz baja al aterrado Hwanin (y al ejército de cincuenta guerreros que el emperador se había llevado consigo a la residencia de Seokga) acabó en el Cotilleos Divinos al día siguiente.

Humillante.

Así que, en lo más profundo de Seokga, hay un terrible sentido común que le dice que Kisa no lo conoce. Que, en realidad, él ni siquiera la conoce a ella. Pero el embaucador no puede reprimir la esperanza de que, cuando sus pequeñas manos le sujetan la cara, esté a punto de besarlo…

No. No, claro que no.

Se traga la decepción al ver que Kisa se limita a mirarlo, con las cejas fruncidas, mientras se muerde el labio inferior.

—Fascinante —murmura a la vez que gira la cabeza del dios a izquierda y derecha y mira el corte que pronto empezará a curarse solo—.

Me pregunto… Hajun —dice, de repente, al chico que le ha lanzado el pisapapeles.

En condiciones normales, Seok­ga haría que se arrepintiera de haber nacido (y sin duda lo hará, más tarde), pero está demasiado aturdido y solo logra dedicarle una mueca de absoluto desprecio.

Disfruta al ver que palidece. Un súbito pinchazo de envidia le atraviesa la piel.

Si son pareja…—. Podrías haberlo matado —dice Kisa, pasándole la gasa al chico, que cada vez parece más cerca de desmayarse.

—Bueno, es que ni siquiera me imaginaba que estuviese vivo —responde Hajun, incómodo.

Seokga contiene el aliento antes de que ella vuelva a mirarlo.

—Estás vivo de verdad —le dice Kisa en coreano con un acento raro. ¿Quizá británico?

—Y tú estás… estás muerta —dice él en voz baja antes de que la enormidad de la afirmación lo golpee de lleno.

De repente es incapaz de moverse y tiene que luchar contra el tsunami de tristeza que amenaza con consumirlo.

Muerta. Murió antes de que pudiera llegar hasta ella.

¿Cómo? ¿Cómo pasó? ¿Cómo…? Es vagamente consciente de que ella está diciendo algo, pero la corta antes de poder pensárselo mejor—.

¿Cuándo? —grazna, cogiéndole la mano derecha, la mano a la que está atado el hilo—. ¿Cuándo?

Kisa parpadea.

—El 24 de marzo de 2018, a las ocho y treinta de la tarde, en Seúl —informa sin emoción—. Causa de la muerte: caída mortal desde una azotea.

Seokga está a punto de ahogarse mientras por fin se pone en pie. El mismo día que apareció el hilo rojo. Ella estaba en Seúl. ¿Cómo se le pasó por alto? ¿Cómo es posible que no la encontrara? Es como si unos cuchillos lo despedazaran desde dentro.

Kisa también se pone de pie.

—A los vivos no se les suele permitir subir a bordo de este barco —dice, despacio—.

Me gustaría saber cómo lo has conseguido.

¿Puedes confirmar mi teoría de que el plano de existencia de Jeoseung no es más que un lugar de almacenamiento para los muertos, una especie de armario con una rampa de salida hacia la reencarnación, por así decirlo?

¿Has entrado por una puerta? ¿Puedes confirmar que este mundo es apto para organismos vivos? ¿Hay oxígeno?

Llegados a este punto, habla muy deprisa y Seokga apenas logra seguirle el ritmo. Lo único que sabe es que usa el jondaemal y es tan formal que le corta el aliento.

«Se ha ido de verdad», es lo único que puede pensar.

Todos los recuerdos, todo el amor y la amistad que había florecido entre Hani y él habían quedado borrados y sustituidos por el puto jondaemal.

El dolor le estremece el corazón y lo rompe en mil astillas amargas mientras Kisa sigue hablando, dirigiéndose a él como si fuera un desconocido.

Él se lleva una mano temblorosa al pecho en un intento desesperado y completamente fútil de evitar desmoronarse por completo.

—¿Es posible manipular la estructura física o metafísica de este mundo para albergar vida basada en el carbono, natural y biótica…?

Mientras sigue con el interrogatorio, Seokga toma aire como puede. «Ya lo sabías», se repite, pero empieza a pensar que no, que en realidad no lo había asumido.

—Jeoseung no es accesible para los mortales vivos corrientes, aunque sí para las criaturas, si saben dónde mirar —responde con voz ronca un largo momento después de que ella deje de hablar; todavía le da vueltas la cabeza, al borde de un monumental colapso nervioso.

Habla en automático, dejando salir las palabras que le envía a la lengua la pequeña parte de su cerebro que no está confusa por la conmoción, el anhelo y la pena—. Para el panteón, también. Soy un dios.

Hajun ahoga un grito y retrocede poco a poco hasta un cuarto trasero, pero Kisa no.

Kisa lo observa con atención, y a Seok­ga le da la impresión de que su cerebro funciona como un libro y, en estos momentos, hojea las páginas en busca de algo.

Es casi extraordinario ver esos ojos que tan bien conoce entornarse y abrirse, percibir el conocimiento que repasa tras ellos.

—Ojos verdes… ¡Ojos verdes ! Seokga —susurra por fin, y oírla decir su nombre… El dios lucha por permanecer erguido, en vez de caer de rodillas como un idiota balbuceante—. Sabía que me sonabas de algo.

El pobre corazón del dios pierde el ritmo, se detiene y se niega a arrancar de nuevo.

—Ah…, ¿sí? —tartamudea con poca elegancia—. ¿M-me conoces?

Pero la decepción es absoluta cuando Kisa no cae en sus brazos y se desmaya de deseo mientras les llueven encima pétalos de flores. Lo que hace es mirarlo como si fuera un insecto fascinante bajo una lupa. De nuevo, ese dolor horrendo del corazón haciéndose astillas.

—El dios del engaño, de las mentiras. Tema de estudio del libro La historia del engaño: Un análisis en profundidad del frágil ego del príncipe Seokga a lo largo de los años , escrito por la profesora Lee Mi-yeong.

Tengo varias pegas que ponerle a ese libro —reflexiona mientras se da toquecitos con los dedos en la barbilla—.

La profesora tenía un sesgo muy claro. A su hermano lo mató el eoduksini en los noventa…

Era un conflicto de intereses evidente. Por desgracia, la profesora Lee no se tomó demasiado bien mi crítica —añade Kisa, que niega con la cabeza y parece muy ofendida.

Seokga parpadea. Si Kisa ha tenido acceso a esa puñetera novela, a la profesora que la escribió, quiere decir que…

quiere decir que es una chamana. Pero ¿de qué dios?

Todo el panteón sabe desde hace años que buscaba a una chica con ojos de un color único.

¿Quién se lo ha ocultado? Apenas es capaz de respirar porque la ira sustituye el duelo por su corazón roto, aunque vacila cuando la joven se calla y mira el hilo rojo.

Él contiene el aliento, temiendo que lo considere poco digno. Que le dé la espalda.

Lo siguiente que dice Kisa vuelve a estar a punto de hacerlo caer de rodillas. Los puñeteros ojos vuelven a brillarle al mirarlo, y le asoma un leve rubor azulado a la piel.

—Esto es maravilloso —susurra, dando un paso hacia él—. Absolutamente maravilloso.

«No llores, coño», se advierte Seokga mientras ella junta las manos, sonriente. Las lágrimas de felicidad son para los idiotas.

—¿Te importa que te haga algunas preguntas? —añade Kisa, y él nota que se le arruga la nariz cuando sonríe.

Seokga todavía tiembla de pies a cabeza cuando se pone en la cola del Creature Café de la cubierta 8.

El CRS Traspalmántico zarpó hace tiempo y las ventanas de la cafetería dan a las relucientes aguas rojas del enorme río Seocheongang.

El familiar olor de los granos de café tostándose lo reconforta.

Sabe que no es real: la comida y la bebida son recuerdos (fantasmas, incluso) generados por Yeomra de la comida y la bebida de arriba.

No tiene ningún beneficio calórico beberse el enorme café helado con una pizca de leche y una de azúcar que pide en la barra, pero le da igual.

Sabe real y, si le diera hambre, Hwanin y la doctora Jang llevan una tienda de comida entera en el equipaje.