5. Kisa
Kisa
K isa se pregunta cómo se supone que debe esperar a su alma gemela.
Por unos segundos, contempla a fondo la posibilidad de posar en una de las camas de la enfermería, con la cabeza apoyada en una mano y la otra mano sobre la cadera.
Tras un breve intento, entre los chirridos incómodos del colchón, abandona la idea y decide apoyarse con elegancia en el mostrador de granito pulido de la clínica y esbozar una amplia sonrisa.
Aunque tiene el corazón desbocado, ha llegado a la sensata conclusión de que no tiene sentido huir de quien intenta encontrarla.
Están unidos por un hilo rojo, por amor de los dioses; no puede huir, no puede esconderse.
Así que, en realidad, lo más razonable es causar una buena impresión.
En estos momentos está esbozando la sonrisa que le ha procurado becas y trabajos.
Muy profesional, pero también muy calculada.
—¿Qué estás haciendo ?
Su compañero, Kim Hajun, la mira, horrorizado, desde donde está, reabasteciendo uno de los armarios blancos de las medicinas. La antigua estrella de K -pop no sabe si debería reírse de ella o acercarse para sacudirle los hombros.
Hajun es uno de los pocos amigos de Kisa en el CRS Traspalmántico, a pesar de haberse conocido hace tan solo seis meses.
Es uno de los miembros más nuevos de la tripulación del barco, ya que murió en abril.
Kisa fue la encargada de restaurarlo, le unió con cuidado sus muñecas abiertas y solucionó la pérdida de sangre del delgado cantante.
Sin embargo, el verdadero tratamiento debería haberse concentrado en su mente.
Dentro de él había una oscuridad que nadie se esperaría de un chico con una sonrisa tan dulce y unos ojos tan brillantes.
Está claro que ni siquiera el jeoseung saja a cargo del reclutamiento para el CRS , que le echó un vistazo a su ficha, vio «estrella del K -pop» escrito con enormes letras rojas y lo puso a servir sin que le importase el estrés que Hajun debía de haber sufrido cuando estaba vivo.
Kisa se esforzó por aprender todo lo posible sobre psicología usando las pocas revistas médicas a bordo, pero no estaba en su elemento.
Es una doctora de la carne y de los huesos, y teme dañar el frágil sistema de la psique con su torpeza.
Por ahora solo puede ofrecerle una cosa a Hajun: su amistad.
Y es muy fácil ser su amiga. Hajun es un alma amable y buena que le ha facilitado mucho las cosas a bordo.
Aprende rápido medicina. Bajo la tutela de Kisa, se está convirtiendo en un sanitario muy capaz.
Le gusta pensar que él también se está curando, lejos de la presión de la industria del entretenimiento. Está claro que últimamente se ríe más.
—¿Kisa? —repite, ansioso.
—Hajun —responde ella; procura no perder su muy ensayada sonrisa—. Me encuentro perfectamente bien.
—Pareces… estreñida —dice él, que cierra el armario antes de volverse hacia ella; tiene las cejas muy arqueadas en su delicado rostro—. Y tienes un tic en el ojo izquierdo.
—Eso es por ti —responde ella, dejando la pose.
Cambia el peso de un pie a otro, nerviosa, mientras mira hacia las puertas batientes del centro médico, que todavía no se han abierto.
El hilo rojo se tensa más, se acorta. Sin duda, eso significa que la persona que está al otro lado se acerca a la cubierta 3—.
Pues, para que lo sepas, resulta que estoy esperando a mi alma gemela —le dice, con un suspiro, a Hajun.
Él ahoga un grito. Es la única persona a la que Kisa le ha confiado lo del hilo y, aunque él no lo ve, se queda mirando el meñique.
—¿Ahora mismo? ¿El hilo?
—Sí. La cuerda se acorta a un ritmo de, calculo, veinticinco centímetros cada treinta segundos. Si eso representa el espacio recorrido…
—Ay, por favor, no empieces con los cálculos —murmura Hajun, aunque sonríe un poco.
Ella lo fulmina con la mirada, aunque el joven no parece darse cuenta. De repente se ha dado cuenta de algo y corre hacia ella.
—Kisa, ¿y si es horrible? —le susurra con urgencia.
—Gracias, Hajun, es justo lo que necesitaba oír ahora mismo.
—No, en serio —insiste su amigo, agarrándola por los hombros mientras la mira con ojos muy abiertos y preocupados—. ¿Y si es uno de los dokkaebi? ¿O un imugi? Kisa, ¿y si se transforma en una serpiente gigante y te come? O peor… ¿y si es uno de los demonios de los que me hablaste? ¿Un eoduksini?
—No se tiene noticia de ningún eoduksini desde la primavera de 1992 —responde ella, objetiva, aunque nota que empieza a sudarle la nuca y se le moja el moño de rizos.
Al fin y al cabo, están en el inframundo. Aunque tienen a los eoduksini encerrados a cal y canto en el Departamento de Torturas, es posible que uno de ellos escape…
No. No debería dejar que su amigo la asuste. Hajun se ha lanzado a la curva de aprendizaje de la existencia de las criaturas supuestamente mitológicas con la elegancia de una ballena varada. Kisa es una chamana respetada… o lo era. En cualquier caso, es muy capaz de apañárselas.
—¿Y si es una inmyeonjo ? —gime Hajun, que estuvo a punto de cagarse encima la primera vez que se encontró con una de las criaturas aladas a bordo, a pesar de que no existen inmyeonjo rebeldes—. ¿O una gumiho? ¿Y si te roba el alma?
Kisa es muy consciente de que se oye a alguien andar por el pasillo, de que el hilo rojo casi le estrangula el dedo y de que quizá esté a punto de experimentar algo que apenas se documenta en las publicaciones académicas.
Algo que la convertirá en experta en un fenómeno poco usual y que es posible que le suponga incluso premios y elogios si consigue compartir tan valiosos conocimientos. Y Hajun se lo está fastidiando.
—Calla, por favor —le murmura—. Estás interrumpiendo un momento crucial en la experiencia del mito…
Su amigo no le hace caso. Con la respiración alterada, Hajun mira a su alrededor como loco y, antes de que Kisa pueda detenerlo, se abalanza sobre el mostrador y agarra un pisapapeles.
—No pasa nada, Kisa, yo te protegeré…
Es como si la voz de Hajun se sumergiera bajo agua, convertida en un murmullo ahogado e ininteligible, mientras algo (algo muy importante) cambia .
Solo ha experimentado esto en una ocasión anterior, esta sensación de que un cambio enorme y terrible está a punto de producirse… Fue justo antes de caer.
Es como si el mundo se ralentizara de nuevo, como si las puertas no se abrieran de golpe, como hacen, sino poco a poco, y una figura alta sale de entre las sombras; cada uno de sus pasos es un montaje a cámara lenta que deja a Kisa sin aliento.
El cabello negro como el carbón se agita suavemente con el aire de las puertas al cerrarse, lo que deja al descubierto la tensa frente en la que unas cejas gruesas y oscuras se juntan.
El hilo rojo que los une empieza a brillar con una luz escarlata y, por un breve instante, Kisa se pregunta si su material es de naturaleza bioluminiscente antes de que el cerebro deje de funcionarle al ver los intensos ojos verdes del recién llegado; es como si contemplara un bosque de emoción absoluta.
Nunca había visto ojos de ese tono. Un color tan puro y sin diluir no debería ser posible.
Hay algo en él que le resulta familiar, piensa al tiempo que un sentimiento peculiar se apodera de su pecho.
Es un tirón insistente que la deja sin aliento, una especie de movimiento mecánico de piezas y engranajes que se colocan en su sitio, que encajan para producir una extraña sensación de… ¿plenitud?
«Puede que sea ardor de estómago», piensa vagamente, todavía cautivada por esos ojos. El hombre abre la boca.
Y el tiempo ya no se arrastra, eterno. Detrás de Kisa, Hajun ruge un grito de batalla y lanza el pisapapeles por los aires, un pesado orbe de cristal que se estrella en la sien del hombre antes de que ninguno de ellos pueda reaccionar.
Kisa deja escapar un grito ahogado cuando el hombre trastabilla hacia atrás, resbala en las baldosas pulidas y se estrella contra los cristales rotos del suelo.
Durante un largo momento, la enfermería guarda silencio.
El hilo rojo, como si estuviera avergonzado, deja de brillar y se queda balanceándose en el aire, incómodo.
—Arrrrjjjj —gruñe el guapo hombre del suelo.
Kisa sale de su ensoñación y se vuelve para lanzar una mirada asesina a Hajun.
—¿Acaso te parecía que iba a atacarme? De verdad, Hajun…
El ídolo se pasa una mano por el pelo castaño ceniza alborotado.
—Bueno… —responde, con cara de sentirse muy culpable—. Es que… ¿me entró el pánico?
Con los dientes apretados, ella obliga a su cerebro a entrar en modo doctora.
Ha intentado formular muchas teorías que expliquen por qué los muertos pueden sentir dolor y sufrir heridas (¿adaptación rápida del alma a un entorno hostil?), pero parece que es simplemente porque están acostumbrados a ello y esperan sentir dolor cuando los golpean.
Si lograran apagar esa expectativa… Aparta la idea.
Por lo que sea, el caso es que este hombre impresionante está herido.
Después de obligar a sus extremidades a moverse, la doctora Yu Kisa corre a su lado y se inclina sobre él.
Le sangra la sien derecha y tiene el pelo espolvoreado de cristales, como si fuera nieve.
Hay algo que no encaja en la escena, pero está demasiado cansada para analizarlo.
—Hajun, gasa, ahora —le suelta.
Mientras el chico corre hacia el armario de suministros, Kisa levanta con delicadeza la cabeza del hombre.
Sorprendida, comprueba que él se lo permite; no sabe por qué, pero esperaba resistencia.
Puede que sea por la intensidad de su mirada o por la curva exacta de los labios, como si estuvieran acostumbrados a una mueca burlona perpetua.
Pero el hombre parece pasmado y silencioso cuando ella lo levanta y le sacude los cristales del pelo, en busca de fragmentos que pudieran habérsele clavado. Nada.
—¿Te puedes sentar? —susurra con voz apenas audible.
Kisa se pone en cuclillas e intenta ser profesional, aunque él no deja de mirarla mientras obedece.
Lo hace de tal forma que a ella se le ruborizan las mejillas, que pasan a ser de un añil pálido.
De repente es consciente del color y se aparta.
Es lo único que parece haber cambiado con respecto a su vida en la superficie: aquí abajo, los muertos siempre tienen la sangre azul.
Quizá sea la forma en que Yeomra se lo recuerda, un modo de asegurarse de que sea imposible negarlo.
O puede que Jeoseung no tenga oxígeno y respiren otra cosa distinta.
Da igual. Aunque es probable que se deba a la vanidad, Kisa lo odia.
Para ocultar su repentino desconcierto, vuelve a prestar atención al pelo del hombre, que cierra los ojos un momento cuando ella se lo vuelve a recorrer para asegurarse de que no hay cortes.
Solo entonces se da cuenta Kisa de que el desconocido tiembla como una cría de pájaro.
Cuando vuelve a abrir los ojos, ella descubre que no puede apartar la mirada.
Es como si fueran polos opuestos y él la atrajera por mucho que Kisa se esforzara en evitarlo.
El hilo rojo se alza entre ellos, revoloteando alegremente, formando…
¿corazoncitos? Eso basta para que Kisa parpadee y aparte la vista de la mirada amable pero intensa del hombre.
—¿Kisa? Toma —dice Hajun, que ha regresado con la gasa, y el hilo rojo se endereza a toda prisa cuando ella coge la tela, la aprieta contra la cabeza del desconocido para absorber la sangre roja…
Sangre roja.
Sangre. Roja.
—¿Viviré? —pregunta el hombre con voz grave y ronca. Después la mira con ojos grandes y chispeantes.
A Kisa se le cae la gasa de la mano. No se había fijado antes, pero ahora sí… y eso significa… Eso significa…
Que está vivo .