El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 4. Seokga
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4. Seokga

Seokga

S util —dice Seokga, que mira a través de los cristales el mamut que es el CRS Traspalmántico.

Se baja las gafas de sol y prácticamente pega la nariz a la ventana.

No es que las gafas sean necesarias, ni de lejos, en Jeoseung, donde el cielo adopta una escala de tonos entre el negro y el gris, y es tan temprano que el ardiente sol rojo todavía sigue escondido.

Con las gafas desea conseguir un efecto dramático y siniestro.

Al fin y al cabo, estar allí le fastidia.

—Lo de «traspalmántico» es lo que Yeomra entiende por un chiste —dice Hwanin, suspirando, a su lado en la pasarela cubierta que conduce a la boca del barco. Detrás de ellos avanza un chorro continuo de gwisin parlanchines, encantados de iniciar su viaje—. Está orgulloso de él.

Seokga no dice nada, sino que sigue examinando con intenciones aviesas y labios apretados la monstruosidad de diez cubiertas, observando su color negro brillante que refleja las aguas carmesíes del Seocheongang.

De hecho, está tan concentrado en contemplar el barco con admiración reacia que no se fija en que el hilo rojo del destino se ondula poco a poco en el aire y se desenreda hasta que por fin, por fin (después de siete años de desorientación), percibe un camino claro hacia ella .

—No es tan ingenioso como cree —masculla Seokga, aunque ha estirado el cuello para pasear la vista por la luz que brota de las docenas de ventanas hasta detenerla en la cubierta número nueve (la penúltima por arriba), donde parece haber varias piscinas.

—Estoy de acuerdo con Seokga —dice la doctora Jang, que está a su lado, sujetando con aire nervioso su bolso de tela entre las arrugadas manos.

Por primera vez, Seokga la ve vestida con algo que no sean sus blusas de siempre: se ha puesto una alegre camisa hawaiana para la ocasión, e incluso calza chanclas con un estampado de pequeños flamencos—. Es un poco vulgar.

—Sin duda —masculla el dios, mirándole los flamencos.

Tres billetes. Uno para Seokga. Otro para su insufrible hermano, que ha dejado a su hijo encargado de gobernar Okhwang durante su ausencia.

Y otro para su psicóloga . Al parecer, las «vacaciones» de Seokga no incluyen un descanso de las sesiones con la doctora Jang.

En palabras de Hwanin, «es demasiado arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta tus travesuras pasadas, hermano.

¿Recuerdas la vez que condujiste a esos monstruos de Gamangnara hasta Okhwang? ».

Pues menos mal que eran algo así como amigos.

Hwanin niega con la cabeza. A diferencia de la doctora Jang, viste su ropa de siempre, así que los fantasmas que suben a bordo lo miran con extrañeza.

Seokga pone cara de fastidio. Por mucho que su hermano lo niegue, está seguro de que le gusta que lo miren; que absorbe la atención como una esponja en un lavavajillas.

No se sorprende. Al fin y al cabo, son hermanos. Es inevitable que haya similitudes entre ellos.

La doctora Jang rebusca en su bolso hasta que encuentra una pastillita de menta; la mujer está algo verde.

Para las criaturas vivas, la teletransportación a Jeoseung resulta bastante desagradable, y la doctora no es más que una chamana.

Seokga la mira con compasión antes de que Hwanin dé una palmada y sonría para calmar a sus dos compañeros de viaje.

—¿Vamos?

—Vale —murmura Seokga. La doctora Jang lo mira con más pena de la que le demostraba en sus sesiones—. Puedes sacar a la terapeuta de su despacho —le suelta mientras sigue a Hwanin al interior del barco—, pero no deberías sacar el despacho de la terapeuta.

Ella lo mira, dolida, y el dios embaucador se siente por un momento como un montón de mierda monumental, pero entonces se lo traga el CRS Traspalmántico y la culpa desaparece.

Se sorprende al ver que el vestíbulo del trasatlántico le recuerda mucho al glamour y la pompa sin reparos de los años veinte.

El suelo está hecho de relucientes baldosas de cuarcita negra, como tentáculos ahumados que se alargan por el amplio espacio.

Como están bien pulidos, reflejan la lámpara de araña más grande que Seokga ha visto en su larguísima vida, y la luz se derrama sobre los lujosos sillones de terciopelo dispuestos con elegancia bajo ella.

Una escalera gigantesca sube en espiral y rodea el vestíbulo para conducir a lo que, sin duda, es un interior igual de exuberante.

Los estresados miembros de la tripulación corren de un lado a otro por las plantas superiores, aunque solo se les ve del torso para arriba.

—Por las tetas de Hwanin —exclama Seokga, quitándose las gafas.

Los otros pasajeros parecen pensar lo mismo. Ve a un hombre anciano contemplando la lámpara con una mano sobre el pecho, como si estuviera a punto de sufrir un ataque al corazón.

La doctora Jang, a pesar de tener unos setenta y tantos años, se ríe sin disimular su alegría, como una colegiala.

—Y tanto —coincide, olvidado su malestar anterior ante tanta grandeza.

Hwanin los mira con cara de decepción.

—Ojalá no te refirieses así a mis te…, a mi pecho.

Seokga abre la boca para contestar que fue Hani la que le enseñó ese eufemismo en concreto, así que no pensaba dejar de decirlo nunca, pero primero ocurre algo muy peculiar, y un sonido muy poco digno, bochornosamente parecido a un chillido, le brota de los labios antes de poder evitarlo.

—¿Hermano? —dice Hwanin, mirándolo sin saber si reírse o ponerle una mano en el hombro, preocupado. Al final hace ambas cosas. Seokga está tan pasmado que ni siquiera se zafa de él—. ¿Estás…?

No oye el resto de las palabras. El hilo rojo del destino se ha tensado como una boa constrictor alrededor del meñique del dios, tanto que le ha cortado la circulación y se le ha hinchado el pobre dedo.

Pero eso da igual. Eso no importa, porque el hilo rojo del destino ya no está enredado ni retorcido, como durante los últimos siete años.

No, está… Lo conduce a las escaleras de caracol, siguiendo una línea perfecta que dobla una esquina tras otra hasta perderse.

Es como si el corazón se le congelara en el pecho en un momento de conmoción absoluta, antes de que el hielo que lo rodea se raje y el órgano de repente le lata tan fuerte que está seguro de que le atravesará las costillas, que desgarrará carne y hueso…

—Hani —susurra, y siente débiles las piernas, pero siempre lo bastante fuertes para llevarlo hasta la mujer que ama, hasta la mujer que perdió, hasta la alegre gumiho con los ojos castaño rojizo rebosantes de humor y picardía; hasta el sol de su noche más profunda, hasta la felicidad de su tristeza inmortal—.

Mi Hani —repite con voz ronca, y la vista se le emborrona cuando echa a correr tras el hilo rojo del destino hacia su amor perdido.

Lo siente, al final del hilo.

Alguien lo espera.

Alguien lo está esperando.