3. Kisa
Kisa
H ubo un momento en el que Yu Kisa creyó saber lo que era el sufrimiento.
Pero eso fue antes de su primer día de transición.
La muerte no es lo que se esperaba. En absoluto.
Lo que ha visto hasta ahora de Jeoseung le recuerda más a cualquier ciudad congestionada: edificios altísimos, cafeterías abarrotadas, calles estrechas repletas de recortes de periódico y un parque central.
La única diferencia estriba en que los edificios de oficinas tienen carteles de neón en los que se publicitan el Departamento de Reencarnación en la Otra Vida (el DROV , del que se cuenta que se forman unas colas atroces), los Tribunales de Condenas al Infierno y una amalgama de otros nombres igual de aterradores, aunque fascinantes.
Los recortes de periódico no tienen una columna de necrológicas, sino que rebosan anuncios de quién se ha reencarnado en qué («¡Nuestra enhorabuena a Shim Himchan por reencarnarse en perrito!
») y cotilleos que se regodean contando quién ha sido condenado al infierno y por qué.
Los árboles del parque central son retorcidos y esqueléticos, algunos blancos como la cal y otros negros como el carbón.
Y, por supuesto, los habitantes de la ciudad que visitan las cafeterías y pasean por las calles están también muy muertos. Fantasmas. Gwisin.
Ahora, ella también es un gwisin. Parte de Kisa sigue fascinada con ello, a pesar de haber pasado ya siete años; está deseando investigar, descubrir el porqué .
¿Por qué, por ejemplo, ha conservado su forma corpórea?
No es su forma original, pero bien podría serlo, porque los ojos de color castaño rojizo y la marca de nacimiento con forma de corazón encima de la ceja izquierda son exactos.
¿Acaso está el alma unida de forma inextricable a la carne?
¿Y por qué sigue respirando? No lo necesita , pero su cuerpo inhala inconscientemente el aire del inframundo.
En el pecho todavía le late un corazón, a pesar de que está muerta del todo.
La teoría con la que trabaja: existe en el inframundo como recuerda existir en el mundo de los vivos.
Y recuerda que le latía el corazón y le funcionaban los pulmones.
Ay, si tuviera acceso a un laboratorio, podría hacer tantas pruebas…
—¡Kisa! —suena una voz detrás de ella y, al volverse (tras apartar la vista de la triste silueta negra de los edificios de Jeoseung y los jeoseung saja que trabajan en el puerto), se encuentra con la directora del crucero, Lee Su-min.
Su-min, con una mano en la cadera, está en medio del I-95, lo que obliga a los otros miembros de la tripulación a pegarse a las paredes para pasar junto a ella.
En vida, Su-min era la heredera de una empresa tecnológica antes de su muerte prematura a manos de su avaricioso prometido. Al menos eso es lo que se rumorea en el barco, porque ella sostiene que murió salvando a un gatito de un incendio en Itaewon.
Es poco probable. Su-min es una samjokgu, un perro cambiaformas de tres patas.
Y es por todos sabido que los samjokgu odian a los gatos.
Además, meterse de cabeza en un incendio seguro que va en contra de la rutina facial diaria de catorce pasos de Su-min, cuyos detalles Kisa ha tenido la desgracia de oír en las reuniones de personal.
Al margen de las circunstancias de su muerte, el caso es que no resulta exagerado afirmar que quizá sea la más mimada de todos: de ahí su cargo como directora de crucero, una de las ocupaciones más agotadoras del barco.
Esa es la idea: huéspedes que trabajaron demasiado cuando vivían suben a bordo del CRS Traspalmántico para que los sirva una tripulación que apenas trabajó un día entero en toda su vida.
Kisa ha solicitado una y otra vez al director ejecutivo de Jeoseung que revoque su condena como miembro de la tripulación, aunque sin éxito.
—Eras una holgazana —le había dicho un jeoseung saja con cara de aburrimiento y una tablilla sujetapapeles, al que habían enviado a informarla de la decisión del director.
—¿Perdona? —le soltó ella, creyendo que había oído mal. Había estado agotada todos y cada uno de los días de su vida, casi se mata de trabajar en el hospital. Era simplemente imposible que la hubieran etiquetado de «holgazana».
El jeoseung saja puso los ojos en blanco.
—Yu Kisa. Hija de Volkov, Natalia y Yu, David. Ingresos anuales a los veintidós años…
Abrió los ojos de una manera muy significativa.
—¡Un momento! —exclamó Kisa, que se levantó, se enderezó (a pesar de que su estatura no resultaba demasiado impresionante, apenas un metro sesenta) y se apoyó las manos en las caderas—.
Me maté a trabajar por ese dinero. ¿Alguna vez has conocido a un chamán que se haya pasado la vida cabriolando por ahí sin una sola responsabilidad?
Si decidís quién ha sido un holgazán y quién no, os sugiero muy en serio que repenséis vuestro sistema de evaluación.
De hecho, os propondría una nueva métrica que se centrara en los atributos dimensionales del nepotismo y…
—No había terminado. Aquí dice —añadió el jeoseung saja, arrastrando las palabras mientras consultaba su tabla— que tienes karma acumulado de tu vida anterior .
Al parecer, eras (y cito) «una de las mujeres más vagas y vividoras que han existido» y «con una habilidad excepcional para robar cajeros automáticos».
Debido a una anomalía, la última vez tuviste suerte, pero todas las deudas deben saldarse tarde o temprano.
Alégrate de no haber acabado en uno de los siete infiernos —le sugirió a una boquiabierta Kisa—.
Servirás en este barco hasta que el DROV decida que estás lista para reencarnarte.
—¿Que será cuándo? —balbuceó ella.
—Cuando se acabe tu castigo kármico —respondió con una sonrisa desagradable.
Kisa es consciente de las vidas pasadas, claro, pero es incapaz de imaginarse como alguien que, al parecer, robaba dinero de los cajeros.
Cree que las reglas son lo único que evita que la sociedad se suma en el caos, así que las cumple con una adoración casi sagrada.
La idea de que esto sea un castigo kármico por su vida anterior le parece una tontería absoluta.
¿De verdad era tan mala? Le parece una sandez.
Lo mismo que le parecen las siguientes palabras de Su-min, que la urgen a dejar de perder el tiempo y regresar al trabajo. Kisa aprieta la mandíbula, pero obedece. Para poder jubilarse algún día del CRS Traspalmántico tendrá que ser un modelo de comportamiento.
Durante las horas siguientes trabaja hasta la extenuación, como lleva años haciendo.
Sin embargo, no obtiene la satisfacción de un parto que ha llegado a buen término, ni la alegría de oír el llanto de un bebé.
No hay nada más que una pila de trabajo que no deja de crecer…
y esa sensación de vacío en el pecho que no desaparece nunca, una especie de punzada de anhelo por algo que sigue sin ser capaz de ubicar .
¿Su antigua vida, quizá? Antes del hospital, antes de que todo se desmoronase…
Las mañanas de bruma y lluvia en la universidad, estudiando en la cavernosa biblioteca mientras mordisqueaba el extremo del boli y hojeaba las páginas amarillas y finas, casi traslúcidas, de sus preciados libros de texto.
La cafetería cercana al campus, donde se reunían las criaturas para charlar entre tazas de macchiato y frappés. ¿Sería eso?
No obstante, una voz en lo más profundo de su interior le pregunta si no añora algo más.
Algo completamente distinto de sus libros de texto y las cafeterías del campus.
Le susurra, con palabras medio olvidadas, que si se sentara y empleara su brillante mente en resolver el puzle psicológico, lo resolvería en un pispás.
Pero tiempo es justo lo que le falta a Kisa.
Así que este anhelo… Bueno, sigue siendo un misterio, igual que el día que murió.
Decide considerarlo el anhelo de algo perdido y lo deja estar.
No tiene tiempo para otra cosa.
Después de terminar de descargar el resto de los equipajes, pasa con desgana a la siguiente tarea: cambiar las sábanas de los camarotes de la cubierta 6, junto con otras chicas que suelen trabajar de camareras.
Da igual cuáles sean sus trabajos habituales: el día de transición todo el mundo hace de todo.
Lo que Kisa daría por estar en su turno normal en la enfermería… Los miembros de la tripulación que han sufrido muertes especialmente violentas (como, por ejemplo, caerse de un rascacielos) reciben tratamiento en cuanto los asignan al Traspalmántico, para no asustar a los huéspedes.
Como es evidente, ninguno corre riesgo de morir; los tratamientos son por motivos psicológicos, en realidad.
Cuando un alma muerta ve que la curan como si estuvieran en el mundo de arriba, su identidad se desvincula un poco de las heridas que la han conducido a la muerte.
Por tanto, su forma puede regresar a como se recordaba antes del disparo, el accidente de coche, la caída, la enfermedad, etcétera. Lo llaman «restauración».
Es un trabajo aburrido y agotador; pero, hasta cierto punto, reviste cierto interés .
Mientras mete las sábanas sucias en el cesto con ruedas, Kisa da un respingo de dolor, y algo entre un chillido y una palabrota se le escapa entre los labios.
El hilo rojo enredado para siempre en su meñique se tensa tanto que le hace daño. Ahoga otro grito y retrocede un par de pasos, tambaleante. Una de las chicas le pregunta, preocupada, si se encuentra bien.
—Sí —murmura ella, intentando sonreír, antes de empujar a toda prisa el cesto lleno hacia el pasillo; tiene el corazón acelerado y el dedo le palpita.
Mientras espera en el pasillo a que el ascensor la lleve a la cubierta 3, donde está la lavandería, hace todo lo que puede por no mirar el nudo rojo con aspecto de flor que le aprieta el meñique.
En los siete años transcurridos desde su muerte, Kisa ha llegado a la desafortunada conclusión de que no es en absoluto una alucinación inducida por el estrés.
Es otra la hipótesis que considera: que experimenta una parte extremadamente rara del canon mitológico, una manifestación física del destino que, en teoría, debería conducirla hasta su alma gemela.
Tardó un tiempo en desarrollar esta hipótesis; hasta los chamanes creen que el hilo rojo es poco más que una leyenda. Sin embargo, ahí está, atado a su dedo.
Mientras le echa otro vistazo, el hilo se mueve un poco. Como una oruga ansiosa intentando saludar.
Kisa está bastante segura de que su hilo rojo del destino está averiado. Teniendo en cuenta que, uno, está muerta (¿alguien ha encontrado a su alma gemela después de morir?) y dos, se ha enredado de mala manera. Puede que Gameunjang Aegi, la diosa de la suerte, cometiera un error.
Aun así, es un error fascinante.
El hilo escarlata no tiene fin, parece alargarse hasta el infinito formando líneas apelmazadas, nudos y bultos enmarañados que rodean esquinas, atraviesan pasillos y se enredan sobre sí mismos antes de seguir por el río Seocheongang y perderse en el horizonte.
Ha intentado, sin éxito, analizar el material.
No sabe de qué está compuesto, pero el hilo es intocable y del todo irrompible.
No es hilo normal: no hay nada que indique que sea algodón ni rayón.
Ambos materiales se pueden cortar bien con tijeras, en vez de atravesarlas como un fantasma.
Además, el hilo rojo no lo ve nadie más que ella.
¿Por qué de repente le aprieta el dedo? En todos sus años de existencia, el hilo nunca se ha tensado de ese modo.
Desconcertada, vuelca la ropa sucia en la lavandería, donde un dokkaebi de rostro regordete y orejas puntiagudas se pone de inmediato a prepararla para la siguiente carga de lavado.
La enorme habitación de maquinaria huele como los litros de detergente que usan todas las semanas: a abedul y lavanda.
Kisa se queda ahí un momento y deja que el movimiento rítmico de las lavadoras de tamaño industrial la calme.
Todavía parece que el hilo le va a cercenar el meñique en cualquier momento, pero no deja que se le note.
Ha aprendido bastante bien a ocultar el dolor, a enterrarlo mientras recita mentalmente pasajes de sus libros favoritos, que van desde novelas rosas picantes de bolsillo hasta pesados volúmenes sobre el sistema cardiovascular de los dokkaebi.
Se sabe que los dokkaebi tienen dos corazones y que ambos bombean sangre por el cuerpo.
El corazón derecho es el responsable de la circulación sanguínea de la parte superior del cuerpo, mientras que el izquierdo se encarga de la inferior.
Resulta tentador comparar el número de corazones con el de algunos cefalópodos.
Sin embargo, los de los dokkaebi no son branquiales y constan de más de una cámara.
Cuando se lleva a cabo una intervención con la técnica de Maze en un paciente dokkaebi, es esencial tener en cuenta que…
A medida que el día de transición llega a su culmen y los nuevos huéspedes suben a bordo, la inquietud de Kisa aumenta.
El hilo ha empezado a vibrar y, pasmada, ve que empieza a desenredarse y a estirarse para formar una línea roja recta.
Un instante después se sacude con violencia… como para advertirla.
Como si se acercara algo.
Como si algo fuera a por ella .
«Qué interesante», piensa, encantada, antes de darse cuenta de que quizá debiera asustarse.