El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 2. Seokga #3
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2. Seokga #3

Si Seokga lo viera en la calle (lo que, por suerte, es imposible, ya que el imbécil del dios está atrapado en Jeoseung), lo tomaría por un director ejecutivo joven y engreído.

Quizá de un chaebol. Yeomra gandulea en su silla con los botones de la camisa oscura desabrochados para enseñar un poco de pecho y una sonrisa de vendedor lisonjero pintada en la cara.

Se supone que el pelo debe parecer alborotado, pero Seokga se ha peinado de la misma forma las veces suficientes para saber que se tarda una barbaridad de tiempo en lograr que dé esa impresión.

—Seokga —dice Yeomra, que levanta una mano y lo saluda con pereza, de modo que los anillos de plata reflejan la luz—, encantado de verte.

Le guiña un ojo y Seokga ve que lleva los párpados pintados con un polvo oscuro. No se deja impresionar, y parte de él sospecha que es a Yeomra a quien mira el joven Hwanung en busca de inspiración para su estilo.

—No —responde con una voz tan helada como los vientos de la Antártida que ha soportado hace poco—. No lo estás. Como bien sabes, Yeomra, no me caes bien. En absoluto.

El dios entorna los ojos en la pantalla.

—Hemos decidido que…

—No me interesa la propuesta que tu lamentable cerebrito haya pergeñado, sea cual sea.

—¡Seokga! —exclama Samsin Halmoni, que se lleva las manos al vientre preñado como si pudiera evitar que el feto oiga sus afiladas palabras.

Él no se disculpa. Odia al dios de la muerte desde que, no se sabe cómo, permitió que un eoduksini escapara de su mundo dentro del cuerpo de uno de sus jeoseung saja y dejó a Seokga con la carga de ocuparse de él… y de las consecuencias. Hani . De nuevo, el mismo dolor de siempre.

Yeomra entorna los ojos.

—Vale. Bueno. Tu hermano me habló de tu situación. Si necesitas un sitio en el que relajarte…

—No lo necesito —lo corta él de malos modos mientras medita sobre las ramificaciones de lanzar una salchicha empanada a la proyección—. Ocúpate de tus asuntos, cadáver.

—¡Seokga! —lo regaña Hwanung entre dientes, con la boca llena. Su sobrino clava en él una mirada de odio—. Recuerda cuál es tu sitio.

—Te chorrea la comida por la barbilla —le responde con frialdad.

Hwanung se ruboriza, se le hunden los hombros y casi ( casi ) se hace un ovillo.

Pero Seokga decide no sentirse nada mal porque su sobrino pone cara de fastidio un segundo después, al parecer intentando dar con una bravuconada desde algún lugar que parece estar muy muy muy al fondo de su pequeña alma marchita.

—No le hagas caso —le dice Hwanin a su hijo antes de dedicarle una mirada reprobatoria a su hermano—. Sigue, Yeomra.

Yeomra se rebulle en su asiento; al parecer, siente el peso de la mirada asesina de Seokga, a pesar de estar en el inframundo. El cuero cruje.

—Seguro que has oído hablar de mi obra maestra, CRS .

Hace una pausa, como esperando elogios y aplausos.

Seokga disfruta mucho mirándolo sin expresión en el rostro, aunque conoce muy bien el proyecto favorito de Yeomra. Ha salido en la Cotilleos Divinos en innumerables ocasiones.

No es que él la lea, claro. Por desgracia, en la sala de espera de la consulta de la doctora Jang hay millones de ejemplares.

Y saben muy bien cómo escribir un titular con gancho.

CRS . Cruceros Río Seocheongang. Trasatlánticos que navegan por el río del inframundo y ofrecen un último adiós festivo a sus huéspedes muertos antes de pasar a la reencarnación.

Es una idea ingeniosa, supone Seokga. Y lucrativa.

Tal como funciona Jeoseung, Yeomra se las da más de director ejecutivo que de emperador.

Con un mundo entero a su disposición y nadie salvo los muertos para compartirlo, se aburre.

Mientras que el papel de un emperador se limita a dejarse servir, el objetivo de un director ejecutivo es expandirse.

Conseguir que su empresa sea más grande y mejor.

Hace miles de años, la primera decisión de Yeomra como «director ejecutivo» fue emplear a los jeoseung saja, unas criaturas que guían a las almas hasta la tierra de los muertos.

A Seokga se le revuelve el estómago al recordar el momento en el que el alma de Hani se metió en el coche fúnebre y lo dejó atrás, mientras el sol de la mañana asomaba y se desparramaba sobre Nueva Sinsi.

«Te juro por Hwanung, dios de las leyes y las promesas cumplidas, que el sol volverá a brillar sobre nosotros».

Qué broma más cruel.

Hwanin suspira, lo que saca a Seokga de su ensoñación; el emperador mira su cara de póquer, exasperado.

—No estás siendo muy maduro —masculla sin abrir del todo la boca.

—Cualquier cosa con tal de sacudir un poco su frágil ego —contesta Seokga en voz baja y helada.

Yeomra parece estar apretando los dientes; Seokga no piensa reconocer que conoce su proyecto.

—Te estoy ofreciendo un pasaje en mi mejor barco durante su próximo crucero —le escupe, como si se viera obligado a hacerlo. De hecho, mira brevemente a Hwanin, sin ocultar su renuencia—. El CRS Traspalmántico.

—Estoy encantado de rechazar tu oferta —responde el dios embaucador—. No podría estar menos interesado en viajar en tu barquito.

—No es un barquito. Tiene diez cubiertas…

—Me da igual.

Yeomra toma aire, echando chispas por los ojos, aunque cada vez se hunde más en su asiento.

A Seokga le agrada comprobar que su sonrisa, que dice a las claras que no juegue con él, tiene un efecto universal, tanto en mortales como en deidades de la muerte.

Satisfecho, se endereza el cuello de la gabardina negra, que está algo arrugada, y se felicita por un trabajo bien hecho.

Sin embargo, frente a él, Hwanin lo mira a los ojos, y su expresión hace que a Seokga se le caiga el alma a los pies antes incluso de oír lo que dice.

—Una pena —anuncia su hermano mayor sin una pizca de compasión—, porque ya he comprado tres billetes. Partimos mañana.

—Preferiría que me arrancaran la piel a tiras —sisea Seokga por instinto; entonces se calla un instante y frunce el ceño—. Espera. ¿ Tres ?