2. Seokga #2
Ahora está cansado. Deprimido. Triste.
La doctora Jang se alisa la discreta blusa negra y alarga la mano hacia el teléfono analógico que tiene al lado mientras lo mira con cara de «te lo dije», aunque sin perder la amabilidad.
Sin embargo, Seokga se pone rígido al ver que empieza a pulsar números.
—¿A quién…?
La terapeuta lo mira, seria.
—Voy a llamar a tu hermano. Como tu doctora, entra dentro de mi jurisdicción recetarte algo que necesitas con urgencia.
Seokga frunce el ceño y piensa en la medicación que ya toma: unas pastillas rosas que se traga con su café de última hora de la tarde, a las siete.
—¿El qué?
Las doctora Jang se lleva el teléfono a la oreja y responde:
—Unas vacaciones. dwepj wedpij wedpoij dèwij dewoij
Por la noche cena comida para llevar de Iseung, el mundo mortal: salchichas empanadas, espolvoreadas con azúcar, con una pizca de kétchup y mostaza.
En opinión de Seokga, se trata de una afrenta a sus sagrados ojos y papilas gustativas.
Le tocaba a Hwanung llevar la comida a la reunión mensual del panteón, en la que todos los dioses de Okhwang se sientan alrededor de una mesa demasiado grande en el palacio Cheonha y «estrechan lazos».
Seokga odia lo de estrechar lazos. Prefiere la logística que lo precede: programar el tiempo de Corea con sus respectivos dioses, debatir sobre las criaturas rebeldes y cómo llevan los haetae su lucha contra ellas, cómo le van las cosas a Yeomra en el inframundo, etcétera.
La conversación del día es un debate fascinante sobre los chamanes: linajes coreanos bendecidos con el patrocinio de una deidad, cuya tarea consiste en llevar a cabo las labores insignificantes a las que no pueden rebajarse los dioses (como la creación y el mantenimiento de los hechizos de glamour, la sanación de los enfermos y, al menos para los chamanes de Seokga, sembrar el caos cada vez que se presente la oportunidad).
Además de la obligación tácita de demostrar la superioridad de su deidad por encima de los demás dioses.
Los chamanes de Seokga han recibido instrucciones específicas de buscar a los de Hwanin y usar su magia cambiaformas (que tan generosamente les había otorgado Seokga) para transformarse en pájaros y cagarse en sus altaneras cabezas.
(Está claro que el chamanismo divino ha cambiado desde los días de antaño. Muchos siguen practicando las antiguas costumbres, pero Seokga prefiere con diferencia que sus chamanes practiquen las tradiciones modernas porque le parecen mucho más entretenidas).
Suspira, aburrido hasta la náusea; preferiría ver a sus chamanes sembrar el caos.
Ahora mismo, envidia a Yeomra. Como no puede salir de Jeoseung, se une a las reuniones mensuales mediante una extraña invención mortal que le permite proyectar su cara en la pantalla que preside el comedor.
Eso significa que no tiene que comerse nada de lo que han servido.
Aunque, ahora mismo, Yeomra observa la sala con un anhelo mal disimulado pintado en sus ojos negros.
Sentado al otro lado de la mesa baja, pinchando un asqueroso espécimen de salchicha empanada, está Hwanin.
Los ojos negro azulado y salpicados de estrellas del emperador de los dioses se encuentran con los de Seokga durante un breve instante antes de que el dios tuerza el gesto y, con aire sombrío, deje la salchicha en el plato.
A su lado, su hijo sigue masticando alegremente, con pinta de estar bastante orgulloso de sí mismo por su contribución a la cena de este mes.
Seokga pone cara de fastidio, pero debe reconocer que es mejor el entusiasmo culinario de Hwanung que las horrendas peleas que de un tiempo a esta parte sacudían Okhwang.
Es poco frecuente que Hwanung mantenga la boca (relativamente) cerrada, en vez de gritar improperios a su padre sobre todo y nada a la vez.
Que el dios esté tan concentrado en la comida también significa que deja en paz a Seokga, lo que resulta un cambio agradable.
Desde su regreso, Hwanung se debate entre tenerle miedo y estar furioso con él.
En más de una ocasión ha descubierto al dios de las leyes siguiéndolo en busca de cualquier indicio de ofensa para denunciarlo a su padre.
Como otros miembros del panteón (sobre todo Samsin Halmoni), Hwanung nunca ha perdonado del todo a Seokga por apuñalar a su padre por la espalda al conducir a miles de monstruos del Mundo Oscuro hasta Okhwang, para después tener la osadía de llamar al golpe fallido «divertirse un poco».
Está seguro de que, si le dieran la oportunidad, Hwanung lo enviaría de vuelta a Iseung de una patada.
Seokga formuló esa teoría después de que Hwanung le dijera explícitamente que, si le dieran la oportunidad, lo enviaría de vuelta a Iseung de una patada.
El peligroso brillo en los ojos del joven indicaba que lo decía en serio.
Siempre le ha gustado bailar con el peligro, desde salir con feroces osos cambiaformas hasta retar a los mejores guerreros de Okhwang a peleas en jaulas.
Ahora también parece peligroso: pendiente en el labio inferior, chaquetas de cuero y un pelo que ya no está decolorado de color platino, como el de su padre, sino teñido de un morado oscuro desgreñado.
—Delicioso —gruñe Dalnim mientras zampa. La diosa de la luna, normalmente tan refinada, ataca la comida como un león a su presa.
A su lado, su gemelo, Haemosu, contempla maravillado el queso mozzarella que se estira hasta alcanzar una longitud imposible al apartar la salchicha de su bello rostro.
Puede que Seokga y Hwanin sean como el día y la noche, pero la prueba de su relación familiar se encuentra en la forma en que ambas deidades apartan el plato.
Hwanin le da un trago a su copa (aunque dentro, como bien sabe Seokga, hay otra asquerosa creación humana: un refresco con gas) y se aclara la garganta.
La sala guarda silencio de inmediato. Habaek, el dios de los ríos, se calla a media risotada.
Jacheongbi, la diosa de la agricultura, se pone en posición de firmes.
Con el movimiento, unas cuantas flores de cosmos de color rosa que llevaba entretejidas en el pelo caen revoloteando a sus pies.
El trono de Hwanin no está aquí, pero es como si lo estuviera.
Aunque se ha sentado con las piernas cruzadas sobre un cojín, en vez de en su soberana poltrona, sigue siendo el emperador de Okhwang y la viva imagen de la realeza.
Su hanbok de seda en tonos azul oscuro y plata le hace juego con los ojos y el pelo, respectivamente; pelo que le llega hasta el pecho formando una cortina de hielo.
—Gracias, Hwanung, por esta comida tan agradable —dice, y le da unas palmaditas en la cabeza al dios de las leyes.
Hwanung frunce el ceño y se aparta. Está claro que su padre finge no verlo, pero a Seokga no se le escapa la expresión dolida de su hermano.
Últimamente se la ve a menudo—. Ahora que todos hemos tenido la, em, oportunidad de disfrutar de la comida —dice Hwanin, aunque está a punto de perder la compostura cuando mira a Seokga a los ojos y este mira a su vez hacia la salchicha intacta en el plato del emperador—, tenemos algunos asuntos que atender. En concreto, las vacaciones de Seokga.
El dios se alegra de no haber comido bocado porque, de haberlo hecho, se habría ahogado con él.
Ha pasado un día de su sesión con la doctora Jang, pero Hwanin no había mencionado hasta ahora la condenada idea.
Ante su expresión de pasmo, Hwanin sonríe y Seokga echa de menos la época en la que podía echársele al cuello sin que lo sujete esta inútil moralidad que parece haber desarrollado.
Hirviendo de furia, Seokga piensa que es una pena que, desde su regreso a Okhwang, su hermano mayor y él se hayan hecho algo así como amigos.
Y el «algo así» se debe a la participación de Hwanin en la muerte de Hani.
Por mucho que el hermano mayor intente acortar la distancia que los separa, Seokga vuelve a alejarse.
En cualquier caso, es una pena lo de ser algo así como amigos porque, en estos momentos, nada le gustaría más que estrangularlo.
La «receta» de la doctora Jang no es necesaria y solo servirá para retrasarlo en su búsqueda de Hani.
—Hermano —gruñe Seokga, y parte de su antigua vehemencia sale a la superficie.
Rodea con los dedos el bastón que tiene al lado, consciente de que puede blandir su hoja con tan solo girar con la fuerza adecuada el puño plateado de imugi.
No lo hará, por supuesto, pero el gesto lo consuela—.
Te excedes. Ni necesito ni quiero unas vacaciones.
—Ay, cielos —resopla Samsin Halmoni con desagrado—. ¿Es así como hablas a tus mayores, Seokga?
Seokga dirige su ira hacia ella.
—¿Es así como hablas tú a tus superiores ? —responde con los ojos entornados. La otra deidad palidece.
—Niño travieso… —susurra, y Seokga le dedica una mirada impasible que escalda más que cualquier palabra.
—¡Ja! —exclama Hasegyeong, el dios del ganado, antes de volverse hacia Jowangshin, diosa de la tierra—. Ya te dije que esta noche diría eso al menos una vez.
Jowangshin suspira y le pasa unos cuantos billetes mortales arrugados al satisfecho dios.
Hwanin no parece demasiado molesto cuando se vuelve hacia Yeomra, en la pantalla.
—Adelante, dile lo que hemos decidido —le dice al dios de la muerte.
Sintiéndose como si estuviesen a punto de condenarlo al paredón (o, peor todavía, a punto de echarlo de Okhwang…
otra vez ), Seokga presta atención a Yeomra.
El dios de la muerte parece estar sentado en su despacho, rodeado de los intensos tonos negros del papel de la pared, las ordenadas estanterías y el respaldo acolchado de su silla de cuero.
Tanta oscuridad resulta demasiado obvia para el gobernante de Jeoseung, aunque Yeomra no sea nada obvio, precisamente.