2. Seokga
Seokga
L a única parte de las sesiones de Seokga con la venerada doctora Jang Heejin que de verdad odia es cuando, al llegar a la mitad, la chamana con aspecto de abuela convertida en psicóloga de las deidades le pregunta cómo se siente por no ser capaz de encontrar a Hani.
Cuando se lo preguntó por primera vez, más o menos dos días después de que apareciera el hilo rojo del destino, Seokga la miró fijamente con sus fríos ojos verdes, se inclinó hacia la anciana terapeuta y le dijo (con una voz tan agria como para cortar la leche): «¿Cómo crees que me siento, vieja urraca insoportable? ».
Desde que dejó que la doctora Jang entrara en su cabeza, Seokga ha descubierto que tiene un montón de problemas derivados de su padre, un estilo de apego evasivo-desdeñoso (con todo el mundo, salvo con Hani, por supuesto; parece que ella era la excepción para todo) y un cargamento de traumas por haber visto morir al amor de su vida delante de sus narices mientras él empuñaba la daga que acabó con ella.
Muy divertido. Y, desde que empezó a tratar a Seokga hace unos treinta y tres años, la doctora de los dioses tiene el pelo bastante más gris.
Aunque a él le gustaría atribuirse el mérito, los chamanes envejecen .
A un ritmo algo más lento que los mortales, sí (una bonificación ofrecida por su deidad patrona), pero también se marchitan, adquieren unas arrugas deprimentes y, al final, mueren.
Odia reconocerlo, pero, aparte del pelo gris como nube de tormenta, Jang parece bastante vivaracha para tener setenta y pico años.
—¿Seokga? —pregunta la doctora, expectante.
Ahora, siete años después de que apareciera por primera vez el hilo rojo, el dios se restriega los ojos, exhausto. Está cansado, agotado, y ni siquiera el café con hielo grande que en este instante se encuentra en la mesa, entre la doctora Jang y él, ayuda.
—Acabo de regresar de la Antártida —contesta con voz ronca. Siempre la tiene un poco rasposa, pero los vientos fríos no han ayudado. En absoluto.
—La Antártida —repite la doctora Jang. No se le ve emoción alguna en los ojos castaños rodeados de arrugas, salvo por una neutralidad tranquila que Seokga ha llegado a apreciar.
La mujer ladea la cabeza y el sol otoñal que entra por la ventana redonda que tiene detrás le ilumina la permanente gris—. ¿Creías que Hani estaría allí?
Seokga aprieta los dientes y mira con rabia el largo hilo rojo del destino unido a su meñique.
Nadie lo ve, salvo él. Está enredado y retorcido y, hasta ahora, ha llevado al embaucador de una punta a otra del mundo.
Durante un feliz puñado de horas después de su aparición, el hilo rojo parecía conducirlo a Hani siguiendo una línea clara y recta con giros limpios.
Imbuido de una ligereza y una alegría pura y resplandeciente que no había vuelto a sentir desde que la vida de Hani se apagara justo delante de él en aquel maldito almacén, Seokga había llamado a la doctora Jang casi de inmediato, deseoso de contarle a alguien que todo, absolutamente todo , iba a solucionarse.
«Seúl», le dijo sin aliento a la amable doctora mientras se apoyaba en el bastón.
Lo conducía a Seúl. Pero unas horas después de anochecer, fue como si el puñetero hilo dejara de funcionar.
Lo condujo en círculos hasta que se enredó sobre sí mismo, porque lo llevaba a un lugar y después retrocedía y se dirigía a otro; en general, se convirtió en un trozo de cuerda inservible.
En retrospectiva, su felicidad es humillante. Igual que su despreocupada llamada a Jang. ¿Cómo se atreve la doctora a haberlo visto contento ? Desde entonces intenta compensarlo mostrándose lo más abatido posible. No le cuesta nada.
Si Hani está en algún lugar de este mundo, debería ser capaz de encontrarla.
¿Por qué no puede?
—No dejaba de tirarme hacia abajo —le explica a la doctora Jang, que asiente, comprensiva—. La Antártida está… abajo. Pero allí no había nada más que pingüinos, peces y hielo.
Tuerce los labios. Odiaba a esos animalejos sucios y chillones, pero a Hani le habría encantado ver a los pingüinos.
Le habrían parecido adorables y seguramente les habría puesto nombres ridículos a todos.
Una punzada familiar le atraviesa el pecho, así que le da un trago apresurado a su vaso del Creature Café.
Se pregunta si la reencarnación de Hani (esté donde esté) también le pondría nombre a los pingüinos.
«No pasa nada si no», se dice. No pasa nada si se diferencia de quien era en el pasado, de su Hani, de su amor.
No pasa nada. No pasa nada. Seokga ni puede ni quiere esperar que Kim Hani lo esté esperando al final del hilo tal y como era antes.
«Pero es lo que deseas encontrar —le susurra una vocecilla fría—. A la mujer de los noventa. A la gumiho traviesa. No quieres a nadie más».
Seokga traga saliva y mira hacia el escritorio de Jang mientras deja a un lado esas dudas tan amargas. No se permitirá pensar en ello. No hasta que encuentre a Hani. No hasta que la encuentre. Lo único que quiere hacer es encontrarla …
La doctora Jang se inclina sobre la superficie de madera pulida, seria.
—Seokga —le dice, y él siente un momento de terror al pensar que intentará cogerle la mano o consolarlo de algún modo.
Ha desarrollado una seria aversión al consuelo . La única vez que Hwanin intentó abrazarlo después de un frustrante viaje a Australia que no dio ningún fruto, Seokga estuvo a punto de morirse del susto.
—¿Qué estás haciendo? —le había preguntado entre dientes a Hwanin.
Su hermano dejó escapar un ruidito de incredulidad.
—Iba a abrazarte…
—Pues hazlo más despacio la próxima vez —contestó Seokga, que retrocedió a toda prisa—. Creía que pensabas asesinarme.
—Eso tendría que decirlo yo, no tú, hermano —contestó Hwanin, sonriendo.
Seokga no quiere compasión. Solo quiere a Hani.
Pero la doctora no intenta tocarlo, solo lo mira con aire sombrío.
—Te estás consumiendo. Estás agotado y me preocupa de verdad lo que pueda sucederte si sigues forzándote así.
Él fija la vista en las fotos y diplomas de las paredes.
El hijo y la nuera de la doctora, sonrientes con su criatura de siete años en el parque, la viva imagen de una familia feliz y perfecta.
Un grado en psicología de la División Mágica de la Universidad de Nueva Sinsi y otro en chamanismo.
Un doctorado en psicología divina de la División Mágica de la misma universidad.
Recortes de periódicos de su despacho, un lugar acogedor situado a una distancia muy oportuna de un Creature Café, con titulares en los que se aplaude su trabajo de apoyo al panteón.
Ha hecho un trabajo fantástico reformando a Seokga, y ahora no es un dios…
excesivamente obsesionado con derrocar a su hermano.
Ojalá Jang hubiera estado presente cuando su padre, Mireuk, tuvo lo que la doctora ha llamado en sesiones previas un «brote psicótico» y creó todos los males de los mundos.
Quizá lo hubiera ayudado.
—Sé que echas de menos a Hani, Seokga —continúa la doctora—, pero un pequeño descanso no es nada comparado con la cantidad de tiempo que llevas buscándola.
Y… —dice, vacilando, y se rebulle en el asiento—.
Bueno, Hani también puede buscarte a ti, querido.
El hilo va en ambas direcciones, al fin y al cabo.
Seokga aparta la vista de los recortes.
—Puede que no sepa lo que es —responde, sin permitirse pensar en la otra explicación de por qué no se han encontrado todavía.
Sin considerar la posibilidad de que esté huyendo de él—.
Estadísticamente es más probable que sea humana que criatura.
Si es humana, puede que no conozca las historias sobre el hilo.
Traga saliva. Hani, o quienquiera que sea ahora, debe de sentir la misma atracción, el mismo anhelo que él.
El hilo rojo los ha convertido en imanes deseando conectarse.
Sin embargo, todavía no ha encontrado a nadie con los ojos castaño rojizo de su Hani, unos ojos que Hwanin le prometió que serían iguales en esta vida.
Treinta y tres años.
Treinta y tres años de pena y añoranza. Treinta y tres años desde 1992, aquel año dorado en el que una mujer de sonrisa astuta y risa de campanillas entró contoneándose en su vida y consiguió que se enamorara perdidamente de ella.
Treinta y tres años desde que se placaron en el bosque de bambú, desde que compartieron un beso tímido en la montaña de un hada, desde que Hani se llevó aperitivos a una misión de vigilancia, desde que acarició el pelo de Seokga cuando él amenazó con quemar el mundo hasta los cimientos, desde que la sostuvo entre sus brazos…
Treinta y tres años desde que murió el Zorro Escarlata.
Seokga se traga la punzada de emoción amarga, rabia y traición. La ahoga en otro trago de café helado.
La doctora Jang suspira.
—Voy a ser muy directa, Seokga. Te estás derrumbando. Si no paras ahora, no serás más que un cascarón vacío. Perdóname, pero ¿te has mirado últimamente en el espejo?
Sabe a qué se refiere. A las ojeras. A los ojos inyectados en sangre. Ha dedicado cada minuto que está despierto a buscar a Hani. ¡Ya ni siquiera usa acondicionador !
Y los cambios son aún más profundos. Aunque Seokga, ahora que es de nuevo una deidad, debería poseer todos sus poderes, es incapaz de hacer algo: echar un vistazo a la mente de las criaturas.
Por más que lo intenta, algo lo bloquea.
Cree que es la presión, la desesperación y la fatiga extrema lo que interfiere con sus habilidades.
Y sospecha que, si durmiera más de dos horas por noche, no tendría ningún problema.
Pero no puede parar. No puede .
Durante un tiempo estuvo mejor. Antes de que apareciera el hilo rojo del destino, se sentía emocionado.
Entusiasmado. Feliz. Hacía bromas inofensivas, deambulaba por las calles de Iseung y siempre deseaba aprovechar cada oportunidad que se le presentaba.
Estaba convencido de que vería a Hani en cualquier momento.