El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2)
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1. Kisa
Kisa
E l reluciente mastodonte del Hospital Chamánico de Seúl se alza por encima de las calles de la ciudad y preside su vida nocturna con una petulancia solo al alcance de un edificio tan valorado.
Dentro de sus pilares de acero frío, hormigón inalterable y cristal resplandeciente hay todo un mundo bullicioso de enfermeros y doctores, y una sinfonía de pitidos mecánicos y suelos de baldosas blancas que, de algún modo, permanecen impolutos a pesar de las camillas con criaturas y mortales que recorren los sinuosos pasillos.
El hospital sube y sube, estirándose hacia la noche, donde unas nubes gris oscuro manchan el intenso cielo azul marino y donde una joven está sentada bajo las estrellas y le da una patada al aire con mucho cuidado, en el borde de la azotea.
Se ha recogido el pelo en un moño bajo, pero unos rizos de pelo oscuro, color moca, se le escapan de la goma y le rozan la mejilla, acompañados de un frío beso del viento.
La joven se pregunta, aunque con indiferencia (efecto secundario, sin duda alguna, de los turnos de veinticuatro horas en la Unidad de Maternidad Mágica), si bastaría con otra racha de viento para empujarla por el borde.
Si con eso saldría volando como una hoja de otoño al caer de un árbol hasta desplomarse en el suelo de abajo.
Suspira y apoya la mejilla en la rodilla de la pierna levantada mientras contempla el lento tráfico de abajo.
A Yu Kisa, la vida la tiene agotada. Está cansada de los largos turnos dedicados a atrapar la resbaladiza piel de un recién nacido, del sueño constante y la preocupante dependencia (adicción, en realidad) a las bebidas energéticas con sabores frutales y a los flat whites. Exhausta de ser una chamana.
Quizá, piensa con tedio, debería haberse especializado en algo que no fuera medicina mágica.
A sus antiguos compañeros de la Universidad de Nueva Sinsi (División Mágica, por supuesto) parecía irles bien, por lo que lograba descifrar de sus sonrientes publicaciones en las redes sociales.
Yuna, su antigua compañera de piso, es la glamurista más importante de la ciudad…
y le pagan cantidades exorbitantes por ello.
Jinny, la hermana de Yuna, ha logrado su sueño de convertirse en la ayudante de un dios y hace recados para nada menos que Yongwang, el dios del mar en persona, e incluso reside en Okhwang.
La rival de Kisa, Kim Dae, con la que siempre estaba compitiendo por sacar las mejores notas en su especialidad, ahora trabaja en el jardín de flores de Hallakkungi y forma parte de su prestigioso equipo de investigación botánica, famoso por sus contribuciones a la farmacología.
Ninguna cometió la estupidez de dedicarse a la medicina mágica.
Es, como mínimo, unas diez veces más difícil y peligroso que la medicina mortal; las diferencias anatómicas internas entre los dokkaebi y los imugi, las gumiho y los semidioses, no son más que un ejemplo de las muchas muchas diferencias.
Sí, aceptar el trabajo tan pronto había sido un error lamentable por su parte, una forma de alardear de su genialidad.
Yu Kisa, la primera de su clase en la División Mágica de la universidad.
Yu Kisa, doctora de prestigio, contratada en el hospital meros minutos después de graduarse.
Era algo casi inaudito que una chamana de veintidós años se saltara los cuatro años tradicionales de formación médica, pero así de buena era Kisa.
Una de sus profesoras se había referido a ella como el «alma» de la promoción del 2017. Una máquina.
Y es cierto.
La DM de la Universidad de Nueva Sinsi es famosa por llevar las palabras «prestigiosa» y «competitiva» a otro nivel.
En cualquier universidad mortal, se habría visto con malos ojos el sabotaje.
En la División Mágica, se los animaba a hacerlo.
Kisa perdió la cuenta de las veces que habían manipulado sus experimentos de laboratorio…
y la de las veces que había devuelto con creces el favor.
Tampoco se castigaban los altercados físicos.
Los chamanes siempre estaban compitiendo entre ellos, alentados por sus respectivas deidades.
Los dioses no pueden luchar entre sí ni hacer nada para alterar la armonía interna de Okhwang, pero ¿sus chamanes?
A través de estos, los dioses pueden ser tan desagradables como les plazca.
No obstante, a pesar de todo eso, Kisa no solo tuvo éxito, sino que destacó por encima de todos.
Era capaz de leer un libro de historia enorme en cuatro días y escribir una disertación sobre el tema en tres semanas.
Levantaba la mano en todas las clases y recibía las mejores notas un semestre tras otro.
Se le da de maravilla canalizar el poder de su diosa patrona, Samsin Halmoni.
Al fin y al cabo, una buena madre cura (sopa de pollo con fideos, tiritas, besos en la cabeza) y, a Kisa, que ha deseado ser obstetra desde que su propia madre muriera al dar a luz, le resulta fácil conectar con la diosa de los partos, al igual que canalizar la magia de Samsin Halmoni en su trabajo.
Con solo tocarla, Kisa consigue que la carne de una madre vuelva a unirse. Es capaz de revivir a un recién nacido a punto de morir y transformarlo en un bebé llorón, sonrosado y sano.
También es una de las principales expertas en cardiopatía congénita fetal; detecta lo que las máquinas a veces no llegan a ver y opera con unas manos hábiles que nunca vacilan ni fallan.
Sin embargo, hay una pega: no cura a los mortales.
Kisa solo oye a las criaturas, a aquellos que creen en el poder de los dioses coreanos.
Y esa restricción le duele . Sufre por ella… y por algo más . No sabe lo que es, solo que hoy siente dentro un vacío nuevo que la sorprende, un agujero oscuro que espera a que lo llene.
Quizá haya sido por saltarse su café de todas las mañanas con tal de dormir tres preciados minutos más. La falta de cafeína no le ha hecho ningún bien, eso está claro.
Inhala con ganas el aire nocturno, pero es incapaz de sacarse de los pulmones el sabor a antisépticos y quirófano.
Todavía le duele la cabeza por culpa de la cesárea de urgencia que ha tenido que hacerle a una pequeña haetae.
Las haetae siempre tienen problemas para dar a luz, ya que la naturaleza recelosa de las criaturas guardianas empieza en el vientre.
A veces, los bebés son tan precavidos que ni siquiera quieren salir a este mundo lleno de peligros. Kisa traga saliva con dificultad.
¿Cuánto hace que no sale del hospital? ¿Días?
¿Semanas? Desde que recortaron personal, ha estado trabajando hasta caer agotada y no le queda más remedio que levantarse y seguir.
Las lágrimas le emborronan la vista. No es que no le encante lo que hace, ni que ya no sienta el subidón del triunfo cuando trae al mundo a una criatura feliz y sana. Es que está muy cansada .
Nadie sabe que está aquí arriba.
Sería muy sencillo dejarse llevar…, descansar al fin…
Se muerde el labio inferior. Algo rojo se inmiscuye en su campo visual y Kisa hace una mueca; procura no mirar hacia el hilo rojo que se le ató al meñique izquierdo hace horas, envuelto en un intrincado patrón floral que casi le recuerda a una mugunghwa.
En realidad, no es de extrañar que vea cosas. Es el estrés, que afecta a su sistema nervioso y la hace más vulnerable a las alucinaciones. Porque es imposible que el hilo, que baja por la fachada del edificio y se pierde entre las calles de abajo, sea real.
Está teniendo visiones. Sintiendo cosas raras.
Ah, sí. No sabe cómo, pero siente la suave textura del cordón sobre la piel, como si fuera un hilo normal.
Sin embargo, a diferencia de los hilos normales, este no consigue sacárselo del dedo.
Apareció esta tarde, justo cuando estaba haciendo la primera incisión abdominal para la cesárea.
Casi da un respingo, pero recuperó el control, consciente de las repercusiones para su paciente de cualquier movimiento brusco.
—Vete —susurra ahora Kisa en inglés a ese punto rojo que todavía ve.
Evidentemente, no responde. Tampoco lo hace cuando se lo suplica en coreano con acento británico.
No obstante, se le eriza el vello de la nuca. Un escalofrío de expectación le recorre la espalda y, de repente, le pesan las extremidades. Percibe que se ha decidido algo. Que algo se ha grabado en piedra y ella no puede hacer nada para detenerlo. Algo capaz de cambiarle la vida, de alterarla…
De acabar con ella. Un cuchillo para partir veintidós años por la mitad.
Se le tensa la espalda. Cuando empieza, Kisa toma aliento y nota un sabor agridulce en el fondo de la garganta.
Le recuerda a la obsesión de su madrastra con las cremas antiedad.
Con el corazón acelerado, contempla la ciudad.
Todo sucede muy deprisa. Ni siquiera tiene tiempo de abrir la boca, ni de gritar una súplica a su diosa.
Porque, en cuestión de segundos, su cuerpo sale volando de la azotea y, por un breve y glorioso momento, flota, ingrávida, sobre Seúl.
Hasta que la gravedad la atrapa por el tobillo y tira de ella hacia abajo y deja atrás hilera tras hilera de ventanas, unas encima de otras, riéndose mientras la arrastra hacia el suelo con una perfecta zambullida de cabeza.
Kisa cierra los ojos.
Todo acaba bastante deprisa.