13
Es absurdo que algo tan simple como la luz del foco de la calle pueda ser tan agobiante.
Cierro las cortinas de golpe. La oscuridad apaga el exterior, pero los fantasmas que esperan una respuesta siguen ahí.
«He construido tu carrera», dijo Josh, y la frase gira en mi cabeza como una línea mal colocada en un guion.
—Qué estupidez —murmuro.
No sé exactamente a quién se lo digo. A Josh, quizá. A mí mismo.
La rabia es una oleada breve y violenta que me atraviesa el pecho antes de que pueda detenerla.
Me molesta la forma en que las personas hablan de carreras como si fueran edificios que alguien puede diseñar desde afuera.
Me molesta haber seguido esa lógica sin cuestionarla.
Me molesta incluso recordar las veces en que defendí ese mismo discurso frente a otros, como si repetirlo fuera suficiente para volverlo verdad. Me molesta incluso pensar en Jillian.
Me obligo a dormir. Mis ojeras al día siguiente evidencian que no lo logré.
La agencia mantiene su movimiento constante y natural.
Teléfonos que suenan, asistentes que cruzan el pasillo con carpetas apretadas contra el pecho, conversaciones que son interrumpidas apenas alguien nuevo entra en la sala.
Latorre nos ha citado en la sala de reuniones. Josh me sonríe y me señala el asiento junto a Hellen, quien me toma la mano apenas llego, como ya es costumbre. Hoy ese gesto representa la certeza de que esta reunión es una cuenta regresiva.
Poner en palabras mi decisión ha sido lo más difícil que he hecho en mucho tiempo. La razón por la cual los tres llevamos los párpados irritados, yo sobre todo.
Me duele marcharme, porque sé a quiénes estoy dejando atrás.
Hellen y Josh estuvieron cuando mi nombre no significaba nada y aun así lo defendían como si ya importara.
Se quedaron pese a la incertidumbre de cada intento que no terminaba de cuajar, sin hacerme sentir nunca que era una carga.
Convirtieron esta carrera en algo posible cuando para mí no lo era.
Duele reconocer que me alejo de la certeza de que, pase lo que pase, no caeré solo.
Pero ya no logro esconder el cansancio de vivir así, dejando mi cuerpo cada vez que algo se desajusta, sosteniendo versiones que no alcanzo a habitar del todo.
Un lugar lleno de sueños me ha ido dejando cada vez con menos espacio propio. No es una huida limpia, sé que mi vida no será un cuento de hadas apenas ponga un pie fuera de Lunaris sin embargo, sé que parte de esa presión se queda aquí.
—No te sientas culpable —me dice Hellen al finalizar la reunión—. Sé que lo haces por ti. Me enoja no poder convencerte, pero… está bien.
—Me duele dejarlos.
—Te llevas a ti, eso debe importarte más.
Me llevo conmigo. Pocos conocen la calma que pueden provocar esas palabras.
Frente a cualquier decisión importante, uno siempre termina cargando consigo mismo: con la versión del pasado que debe aprender a convivir con lo que viene después, con las consecuencias de lo elegido, incluso con aquello que duele dejar atrás.
Despedirme de esta agencia y de mi equipo no es sencillo, por más que intente aparentar tranquilidad cada vez que alguien lamenta mi partida. Pero merezco recorrer en paz el camino que me queda y rodearme de personas que entiendan el éxito de la misma forma que yo.
Con la mirada puesta en el cielo de mi habitación, me pregunto si Jillian estaría de acuerdo conmigo; si verme regresar a los escenarios le arrancaría una sonrisa.
Se lo pregunto cuando la visito, unos meses más tarde.
Y, en mi necesidad absurda de encontrar respuestas donde no las hay, incluso la suave brisa es un sí.
Misma afirmación que recibo de Renata, cuando cierra su libreta con una expresión de silenciosa complacencia al terminar cada sesión.
Con el inicio del nuevo año, el final de esta etapa se vuelve real.
Hellen aún no decide qué camino tomará cuando me marche, así que aprovecha nuestros últimos meses juntos para acompañarme más tiempo del habitual.
Saber que todo tiene fecha de término resulta agotador.
Latorre también lo sabe. Ella interpreta esta despedida como una exigencia de perfección para Ritmos de ruina , como si una despedida impecable hiciera más sencillo dejar algo atrás
Hemos cerrado mi agenda. He salido de la agencia con una sensación extraña, como si sostuviera entre las manos una pequeña antorcha titilante que apenas ilumina el contorno de mi futuro.
—Deja de pensar —me dice Seren. Tiene el dedo entre mis cejas—. Tomaste una buena decisión.
Se acomoda en el sofá y me toma la mano. El roce tibio de sus labios sobre mi piel consigue tranquilizarme un poco.
—¿No dijo Montalbán que te ayudaría a encontrar un representante?
—Me dio esto. —Alcanzo la tarjeta sobre la mesa de centro. He revisado los datos al reverso una y otra vez. A diario. Han pasado un par de semanas desde entonces—. Todavía no me atrevo a contactarla.
—¿Y qué esperas? —cuestiona Seren—. Creo que es mejor hacerlo ahora. Si sigues retrasándolo, solo vas a ponerte más nervioso, Dedrick.
Le lanzo una mirada, como fingiendo desconcierto ante semejante sabiduría, solo para molestarlo. Seren me empuja con el hombro y me obliga a tomar el teléfono.
La reunión con Katarina Serrano se siente como un ritual.
Me cita en una cafetería. Ella ya se encuentra allí, cuando llego.
Irradia una energía que parece ocupar la habitación incluso antes de que se note su presencia.
Es más joven que yo, el cabello negro le toca los hombros y su traje verde oscuro resalta entre la multitud.
—Montalbán me ha hablado muy bien de usted —dice—. Entiendo que está pasando por una etapa de transición. Me interesa impulsar la carrera de artistas que están en busca de un cambio. Le agradezco que haya considerado reunirse conmigo.
Mientras acomoda las gafas sobre el puente de su nariz, me explica que trabaja como agente independiente.
Habla de contratos, tiempos y posibilidades futuras.
Es directa, pero el matiz de complicidad en su voz me hace sentir que esta reunión es la puerta a algo que he estado esperando durante demasiado tiempo.
Acepto su propuesta con gratitud silenciosa y una mano extendida.
Hay partes de mí que todavía no saben cómo habitar esta nueva calma.
A veces, me despierto esperando encontrar un peso sobre mis hombros, como si en cualquier momento alguien fuera a recordarme hacia dónde debo correr.
Tardaré en comprender que no necesito sostenerme con tanta fuerza para no derrumbarme.
Paso tardes enteras viendo a Seren leer en el sofá mientras preparo su café o reviso un guion. El departamento que compartimos no queda en las alturas de Saras, es más pequeño pero también más cálido. Boomie ha hecho suyo el desorden de cámaras y guiones abiertos que dejamos por todas partes.
Los contratos enormes dejaron de llegar, igual que las campañas publicitarias, que ahora pertenecen a otros rostros. Aun así, el dinero dejó de sentirse como una compensación por el desgaste, es más bien el verdadero fruto de nuestro esfuerzo. Vivo bien. Más simple, quizá, pero bien.
El teatro queda en silencio apenas termina el ensayo.
Un silencio compuesto de pequeños ruidos que sobreviven al movimiento.
Se arrastra una escalera, alguien deja caer un manojo de cables, las voces lejanas de dos técnicos discuten algo que no alcanzo a entender.
Sentado en el borde del escenario, dejo que mis piernas cuelguen mientras observo las butacas vacías frente a mí.
Desde aquí, sin luces apuntándome al rostro y sin una multitud esperando, el lugar parece más pequeño de lo que imaginaba cuando lo extrañaba. Más humano.
Hay una escena al final del segundo acto donde debo permanecer inmóvil mientras el resto del elenco discute a mi alrededor.
Antes odiaba este tipo de escenas. Me recordaban a las pausas interminables entre tomas.
El silencio me hacía sentir transparente y me invadía el impulso desesperante de presionarme las uñas en la palma de la mano para demostrarme que seguía anclado a la realidad.
Ahora solo respiro. Permanezco quieto en tanto las voces de mis compañeros se mezclan unas con otras.
Y sigo aquí. Es extraño, no abandono mi cuerpo ni me convierto en una versión artificial de mí mismo.
No me observo desde afuera para corregir mi actuación.
Permanezco presente, habitando mi propio cuerpo.
Cuando la función termina, no tengo que recoger mis pedazos ni recorrer una y otra vez mis errores hasta desgastarlos dentro de mi cabeza.
El teléfono vibra entre mis manos. Una notificación tras otra ilumina la pantalla.
Promociones pregrabadas de Ritmos de ruina .
Fotografías en revistas. Fragmentos de escenas acompañadas de miles de comentarios.
Mi nombre todavía aparece atrapado en una etapa de mi vida que apenas comienza a sentirse ajena.
—¿Piensas quedarte ahí toda la noche?
La voz de Montalbán llega desde las primeras filas. Tiene una chaqueta sobre el hombro y un termo en la mano. Lo observo caminar entre las butacas vacías hasta detenerse frente al escenario.
—No lo sé —admito. Decirlo en voz alta no se siente como una tragedia.
Hace unas semanas, una mujer me esperó a la salida del teatro para pedirme un autógrafo.
Me contó que me seguía desde hacía años y pasó varios minutos hablándome de lo que la función le hizo sentir.
Añadió que era la primera vez que me veía tan feliz y que esperaba que siguiera así.
No supe qué responderle. Solo sonreí al darle las gracias, porque yo también me siento de esa manera.
Puedo imaginar una vida como actor sin sentir que debo sacrificarme para merecerlo.
Cada vez que me reúno con Katarina siento que por primera vez tengo espacio para decidir sobre mi propia vida sin que alguien intente moldearla antes que yo.
Hablar con ella vuelve inevitables ciertas conversaciones que llevaba demasiado tiempo evitando.
Parte de todo este proceso ha sido aceptar que ya no quiero seguir escondiendo mi relación con Seren de la mirada pública.
Sin importar lo que otros puedan pensar, Seren y yo merecemos caminar tomados de la mano cuando queramos, sin miedo a lo que podamos perder por ello.
Ni Seren ni yo estábamos preparados para lo que viene después.
No hacemos ningún anuncio, solo dejamos de escondernos.
Y esa libertad que nos concedemos termina convertida en una noticia que recorre el país, levanta cejas y opiniones, aleja fanáticos y atrae otros nuevos.
Hay días en que todo eso nos sobrepasa. Días en que terminamos llorando de angustia y otros en los que no podemos evitar reírnos de lo absurdo que resulta vivir algo tan simple como si fuera un acontecimiento extraordinario.
No puedo dejar de preguntarme cuándo llegará el día en que ver a dos hombres enamorados deje de ser motivo de admiración o extrañeza.
—Tienes demasiados fanáticos, Dedrick —me dice Montalbán—. Créeme que tu vida personal es lo de menos hoy. Allá afuera las butacas están llenas y vienen a ver a Ded Rossel actuar, no al novio de Seren Montiel.
Aun así, me tranquiliza saber que Seren Montiel puede entrar al teatro, ser el novio de Ded Rossel y abrazarme frente al mundo, incluso con murmullos a nuestras espaldas.
También, la palmada en el hombro que Montalbán me da antes de cada función y el apoyo silencioso de Hellen, quien se queda conmigo detrás del escenario antes de que abran las puertas del teatro.
Ella sigue acompañándome, aunque todo haya cambiado.
Lejos de Lunaris & Co., trabajar juntos es distinto, aun si a veces todavía me encuentra observando el vacío antes de una función y me obliga a comer algo.
Que eligiera abandonar la agencia para quedarse conmigo nos permitió encontrarnos fuera del agotamiento.
Nuestra relación dejó de existir entre crisis para volverse algo más simple: té tibio, el murmullo del público detrás del telón, caminar de regreso después de una función sin sentir que algo terrible está a punto de ocurrir.
El teatro es un lugar donde la exigencia no me arranca de raíz.
El escenario no me empuja a convertirme en otra cosa para sobrevivir, me permite quedarme incluso cuando todo tiembla.
También es una forma de cerrar una búsqueda que ya no tiene sentido seguir alimentando, de soltar aquello que alguna vez creí que iba a darme una respuesta y aceptar que no está ahí.
Volver es elegir un lugar donde el peso es distinto, donde el trabajo no me deja vacío al final del día, donde incluso el agotamiento tiene algo de paz.
La idea de seguir adelante se siente como una decisión que puedo tomar sin temor a perderme en el intento.
Los aplausos y la euforia que el público me entrega son un abrazo cálido en un día nevado.
Mientras me aferro a las manos de mis compañeros y hago la reverencia de agradecimiento más profunda de todas, una función tras otra, comprendo que el mundo se vuelve menos hostil cuando dejamos de mirarlo a través del miedo.
Que el temblor en mis muslos puede convivir con la emoción.
Que he pasado demasiado tiempo mirando al cielo, olvidando dónde tengo puestos los pies.
Mi sentido no está en perseguir un destello lejano, sino en atreverme a bajar la mirada y enfrentar el camino que me pertenece. Dejar de confundir un brillo efímero en medio de la vastedad con el destino.