Epílogo
No sé en qué instante las calles de Puerto Dara se despojan de su bullicio, pero el mundo parece haberse congelado para nosotros, pues nos entrega un silencio ceremonioso.
Seren camina a mi lado con una cámara en la mano que apunta hacia cada rincón de la ciudad.
Su sonrisa, mitad tímida, mitad cómplice, se asoma y se esconde al compás de sus pasos.
El aroma a asfalto y café nocturno nos envuelve, se mezcla con la brisa marina que arrastra murmullos lejanos en la avenida.
Mis sentidos vibran con cada sombra que se estira en las fachadas de los edificios, con cada reflejo titilante en sus ventanas cerradas.
Avanzo junto a la luna, consciente de que la ciudad se convierte en un escenario privado, en un teatro donde mi pasado y mi presente por fin están contentos de enredarse.
Llevo mucho tiempo prometiéndole a Seren este paseo.
La misión es abrir una ventana a los rincones que guardo como secretos de mi propio laberinto.
La productora a la que pertenece le ha permitido grabar un documental sobre Ded Rossel frente al aniversario número veinte de mi carrera.
Y si bien nos costó mucho más tiempo del esperado que mi abuelo y mi madre aceptaran participar, el hecho de que estemos aquí significa que obtuvimos un sí.
¿Quién podría resistirse al magnetismo de Seren Montiel? Ellos, por supuesto que no.
—¿Queda mucho?
—Solo unas cuadras —respondo con una naturalidad que por fin he logrado adoptar.
Un viejo parque aparece ante nosotros como un escenario abandonado unas cuadras más arriba del mar.
Los focos lo bañan con una luz casi onírica.
El pasto brilla oscuro y húmedo, como si aún guardara memorias de lluvia.
Los juegos infantiles están vacíos, inmóviles, como esculturas de un pasado al que nadie regresa.
Y aquí estamos nosotros como dos figuras que no encajan en ningún molde, pero que de alguna manera se encontraron.
El recuerdo se me adhiere a la piel. Mi adorada Jillian anhelaba regresar antes de morir. Una tarde le prometí que jamás traería a alguien aquí sin estar seguro de que ella estaría encantada de haberle conocido y orgullosa de mí por haberle elegido.
Le muestro cada rincón a Seren, como un guía turístico auténtico, y me invade la dulzura irónica de querer compartir este momento con alguien que ya no puede estar aquí.
Sin embargo, el eco luminoso de su presencia me impulsa a vivir con plenitud.
No hay un solo día en que no le agradezca este regalo.
Hoy me aferro al brazo de Seren y me apoyo en este con infantilidad.
En mi otra mano, un vaso de té que compramos en un pequeño puesto de la avenida.
Observo su perfil, el filo de su mandíbula, sus pestañas que proyectan sombras finas sobre su piel.
Podría mirarlo eternamente y aun así sentir que el tiempo se me escapa, que cada segundo desperdiciado es un detalle de su rostro que jamás recuperaré.
A nuestro alrededor, la gente pasa como sombras apresuradas, absorta en sus pantallas y sus propios rituales de rutina. Ignoran los destellos de belleza que se despliegan ante ellos. Me pregunto si también han olvidado la exquisita lentitud de observar a alguien con verdadero interés.
—¿Qué es lo que ves, Dedrick Rossel?
Sonrío un poco torpe. Aunque hemos pasado tanto tiempo cuidándonos, confesar que lo amo sigue siendo una grieta donde mi vergüenza me hace tambalear. Desvío la mirada antes de contestar.
—A ti. Qué estrella más bonita y brillante eres, Seren Montiel.
Él se ríe bajo.
—Cuando te conocí, siempre me pregunté si algún día podría brillar así —añado—. Como tú. Como si no costara nada.
Nuestras miradas se encuentran por obra de sus dedos, que tiran de mi mentón. La distancia se acorta. Yo no tiemblo, pero siento mi corazón galopando. Y sé que va a pasar un tiempo hasta que esa sensación se detenga. Ojalá nunca lo haga.
Él acerca su frente a la mía, el contacto es simple y cálido. Las máscaras que arrastré durante tantos años se han roto, han caído en pedazos invisibles alrededor de nosotros. Seren suspira, y me habla en voz baja, lo dice solo para mí. Sus palabras se transforman en un decreto tallado en la noche.
—Pues yo veo a un hombre que siempre ha sido impresionante. Y que día tras día luchó hasta que aprendió a brillar por sí mismo. —Cierro los ojos un instante. La piel de las mejillas me arde—. Ahora, mi amor, brillas más que nada en este planeta.
Dejo que eso se me clave en la piel, en los huesos. Nunca nadie lo ha dicho así. Nunca nadie me ha devuelto mi reflejo sin deformarlo.
En casa, Boomie siempre nos espera en el sofá.
Abro una lata de comida y ella corre de inmediato, su rencor disuelto en segundos.
Seren deja las llaves sobre la mesa y se sienta en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá.
No dice nada, pero me basta con verlo así, en confianza, en lo simple.
Pronto me siento a su lado. Boomie se instala entre nosotros y ronronea como si quisiera sellar esa calma.
Hay algo en este silencio que me conmueve más que cualquier aplauso.
Un silencio que no duele, que no es soledad.
Es un silencio de hogar. Aún me sorprendo de cómo el roce con Seren se vuelve ceremonia.
El toque de nuestros dedos, su cabeza apoyada en mi hombro, mi respiración que se ajusta a la suya. Nada extraordinario. Y lo es todo.
El pensamiento de que solo podría brillar bajo reflectores se ha ido de a poco. Aquí, en este rincón diminuto, brillo sin cámaras ni testigos. Brillo porque alguien me ve incluso cuando no pienso en ello.
Hoy miramos juntos hacia adelante y lo que se abre es un horizonte.
Seren ha encontrado un nuevo camino, lejos de las cámaras.
Ahora observa el mundo a través de un lente, capturando la belleza de lo imperfecto, la sombra en los pliegues de la luz.
Forma parte de un equipo que valora más la creación que el ruido.
En su reinvención, la fragilidad deja de ser quiebre y se vuelve origen de algo sólido.
Para mí, el futuro se dibuja con promesas que no me asfixian.
Con mi nueva representante todo avanza con una intensidad menos corrosiva, más humana.
El futuro me da vértigo, como siempre, aunque esta vez no me aplasta.
Acepto papeles nuevos, analizo proyectos inciertos y aprendo a habitar cada escenario que tengo la fortuna de pisar.
He dejado atrás todo lo que me ha traído hasta aquí.
Los años en que me sentí una sombra sin contorno, las audiciones que parecían túneles sin salida, las noches de hotel en las que sabía que solo Boomie me esperaba en casa.
Incluso los recuerdos de Hellen y Josh al despedirse de mí con los ojos brillantes y cargados de cuestionamientos sobre si estábamos haciendo lo correcto.
Los focos siguen ardiendo en las calles. El aire aquí dentro huele a té caliente y al perfume amaderado de Seren Montiel. Y, en algún rincón del cielo, los seres inertes que me vieron suplicar por un poco de luz tantas veces parecen sonreír, orgullosos.
Y aunque a veces sigo perdiéndome en la periferia y el rincón de las habitaciones, ya no soy el actor que interpreta la calma.
La calma es mía.
Puedo mirarme de frente sin huir, y existir sin pedir permiso.