12
Mi mente se enreda en lo que parece otra vida, en las conversaciones con Josh en la entrada del viejo edificio de Lunaris & Co.
, en el eco de nuestras carcajadas durante las pausas de café.
Vuelve también esa forma en que soñábamos en grande, al caminar por las calles de Saras después de mi entrenamiento.
Josh me hace sentir que no estoy solo cuando Jillian declina mi destino con su ausencia.
Él siempre ha sido capaz de visualizar mi carrera como un camino largo que recorrer, pero con un destino claro.
Nunca me promete cosas grandiosas, más bien señala pequeños objetivos, uno detrás de otro, como si supiera que yo necesito avanzar paso a paso para no perderme en el intento.
Hay incluso una época de prudencia en la que solo me pide ser constante con mi entrenamiento y tomarme el teatro como un apoyo hasta consolidar mi carrera en la pantalla.
Me da la paz de que alguien observe el panorama completo, mientras yo me concentro en aprender a sostener una escena, en no olvidar las líneas, en sobrevivir a la incertidumbre.
No sé cómo iniciar esta conversación sin que Josh crea que desconfío de él.
No seré capaz de asentir y solucionarlo sin pedirle pruebas que me ayuden a entender el por qué.
No se trata solo de una decisión que alguien ha tomado sin preguntarme, se trata de todo lo que se rompe debido a eso.
Las horas de trabajo compartido, la confianza que he depositado en sus manos, la sensación de que mis pasos están acompañados por alguien que entiende hacia dónde quiero llegar incluso cuando no lo tengo del todo claro.
Me prometo en voz baja que no voy a dejar que esta situación me consuma, pero la verdad es que no sé si tengo fuerzas para sobrellevarlo.
A través del vidrio puedo verlo inclinado sobre su escritorio, revisando papeles con la misma concentración de siempre.
Durante un segundo me pregunto si la conversación que voy a iniciar cambiará algo de lo que hemos construido durante todos estos años.
A veces, las aclaraciones más necesarias son también las que más duelen, porque obligan a mirar con otros ojos.
—¿Qué pasa? —pregunta Hellen. Esta vez busca mi mirada.
—Quiero un té. ¿Me traerías uno?
—¿Chai latte?
—Sí, por favor.
Empujo la puerta de la oficina, Josh alza la mirada y me sonríe al saludar.
Hago lo mismo y me siento un poco falso.
En el sofá a un costado de la ventana, busco la forma de tocar el tema sin trabarme o quedarme sin palabras.
Respiro, espero. Espero, respiro. Un vaivén mecánico que no alivia nada.
Estoy atrapado en un instante que se dilata como un cristal a punto de quebrarse.
No tardo en arrinconarme, supongo que de esta forma puedo llevarlo mejor. Estoy incluso agradecido de ello.
—¿Cómo te fue en tu reunión? —pregunta. Tiene la atención puesta en sus carpetas.
—No muy bien —digo tajante—. Supongo que te haces una idea de por qué.
Estoy un poco cansado de fingir que puedo contenerme solo porque mi terapeuta me ha explicado la forma correcta de hacerlo.
—No tuve opción, Dedrick —dice. Deja las carpetas a un costado y sus gafas encima de estas—. No me dejaste opción.
—¿Puedes ser claro? —El aire entra tan entrecortado en mis pulmones, que me sorprende aún sentir mis manos cuando las empuño—. No tengo ánimo para adivinanzas.
Estoy a una evasiva más de levantarme y estamparle el puño en la cara, solo para desquitar la rabia que arrastro.
Pero Hellen entra en la oficina. Por la forma en que avanza con cautela hacia mí, sé que entiende lo que está pasando.
Me entrega el té y, luego, acomoda la silla frente al escritorio para mirarnos a ambos.
—Lo siento, Dedrick. Debí decírtelo antes de que Montalbán te amedrentara.
—Se levanta para apoyarse en el escritorio, con los brazos cruzados en su pecho—.
Pero no quisiste entender que tu contrato con la agencia no considera otros proyectos, a menos que tu agenda esté estancada.
Te apoyé cuando podías aceptar todo ese trabajo en el teatro, pero ahora terminaría siendo una carga, y estabas dispuesto a asumirla a costa de lo importante.
—Tú sabes lo mucho que me apasiona el teatro.
—¿Desde cuándo volvió el interés? No te vi triste cuando tomaste la decisión de enfocarte en el cine después de que Jillian… —Desvía la mirada.
—¿Qué?
—Solo quiero entender por qué ahora…
—No, ¡ termina lo que estabas diciendo !
—Escucha, Dedrick, lo que…
—Puedes irte muy a la mierda. —Me levanto de golpe.
—No, Dedrick. —Pone una mano en su frente—.
Lo siento, de verdad, lo siento. Fue un golpe bajo.
—Exhala un suspiro—. Escúchame. Quiero que entiendas que hice esto por el bien de tu carrera.
Si continuabas dejando de lado tus actividades para enfocarte también en el teatro, no estarías donde estás ahora, ¿lo entiendes?
—¿Tú estabas de acuerdo con esto? —cuestiono a Hellen.
—Por un momento… —Baja la mirada—. Por un momento creí que sería una buena idea… Yo… después ya no pude hacer nada.
Durante años he escuchado a Josh hablar de mi carrera con seguridad, y tal vez ahora tenga razón. Si hubiera obedecido cada impulso que tuve de regresar al escenario, ahora no estaría aquí con un calendario imposible y mi nombre pegado en anuncios publicitarios.
Pero, aun así…
—No estoy diciendo que no me haya beneficiado —mi voz es un eco—. Sé perfectamente dónde estoy parado ahora. Sería absurdo fingir que no veo todo lo que construimos.
Josh me observa con atención. No parece enfadado, pero sí alerta, como alguien que intenta adivinar hacia dónde se inclinará una balanza que todavía no termina de moverse.
—Entonces explícame por qué estás tan enojado —dice—. Porque te conozco, Dedrick. Esto no se trata solo de tres obras perdidas. Dime, ¿dónde están tus prioridades?
Responder es algo más que simple y demasiado difícil a la vez.
Pienso en los sets de filmación, en los focos calientes, en los horarios que se multiplican hasta ocupar cada rincón del día.
Pienso también en los escenarios vacíos antes de que se levante el telón, en el silencio particular que existe justo antes de que empiece una función.
No es que no quiera estar aquí. Es solo que hay una diferencia que no sé cómo explicar a alguien que quizá jamás la ha sentido.
En el cine todo ocurre en fragmentos, es cómodo, sí.
Una escena hoy, otra dentro de tres días, una emoción que hay que reconstruir desde cero cada vez que alguien grita « ¡ acción !
». Así funciona, es estable como método y perfecto como resultado.
Pero en teatro todo sucede de una sola vez.
Hay algo único en el hecho de que no haya cortes ni segundas tomas y el desafío que implica me llena de energía.
Salgo al escenario y lo que ocurre entre el público y yo no se puede repetir nunca de la misma forma.
No pienso en mi carrera, ni en la promoción, ni en los contratos.
Solo estoy vivo dentro de una historia, y cuando cae el telón vuelvo a ser yo mismo.
Me exijo por un momento y regreso mis pies a tierra.
Luego vienen las flores, sonrisas, abrazos.
Josh baja la mirada hacia el suelo durante un momento. No parece sorprendido ni decepcionado, solo pensativo.
—Eso suena muy bonito —dice—. Pero no responde a mi pregunta.
—Sí lo hace.
Me inclino hacia adelante. Me tiembla el mentón y se me nubla la mente al intentar recordar por qué empecé todo esto, la imagen que vuelve no es ni la de un estreno ni la de fiesta llena con celebridades.
Eso no es más que un espejismo. Lo que me recuerda este impulso es la quietud de un escenario antes de que se levante el telón, ese instante en el que el silencio de una sala entera parece comprimirse en un solo punto y uno tiene la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir.
Esa energía extraña que solo aparece cuando el público respira contigo.
—No estoy diciendo que quiera abandonar Lunaris y tirar todo por la borda.
Hellen levanta la vista por primera vez desde que comenzó la conversación. Josh exhala lentamente. Ambos se miran entre sí por un largo rato, discuten en silencio.
—¿Entonces qué quieres? —La pregunta de Hellen no llega con dureza. Más bien con cansancio.
Y por primera vez desde que entré en la oficina siento que la rabia se afloja dentro de mi pecho.
—Quiero que dejen de tomar decisiones por mí sin preguntarme —respondo con calma—. Y quiero volver al teatro.
Josh camina hasta la ventana y se queda un momento observando la ciudad. El silencio se alarga lo suficiente como para dar la impresión de que está midiendo cada palabra antes de decirla. No lo interrumpo.
—Es el teatro o el cine, Dedrick.
Se vuelve hacia mí con una expresión que reconozco bien. Es la cara de alguien que tomó una decisión que no le gusta, pero que considera necesaria, y ahora solo viene a explicarme el resultado.
—Aceptaré la decisión que tomes —continúa—, pero tienes que elegir. El teatro no entra en los planes que tengo para ti, así que también tendrás que buscarte otro representante.
Durante años he visto a Josh negociar contratos, rechazar proyectos con una seguridad que a mí siempre me pareció cercana a la arrogancia.
Sé que ha defendido mi nombre en mi ausencia, que ha tomado decisiones que yo no habría sabido tomar.
Por eso, me pregunto si lo que consideré amistad no era más que un acuerdo que se sostenía mientras nuestras direcciones coincidían.
Todo lo que me parecía lealtad empieza a verse distinto.
Me deja con la sensación de que, de algún modo, esa caída difícil de amortiguar ya estaba ocurriendo desde antes de que lo dijese en voz alta.
—No te estoy echando —añade con calma—. Estoy siendo realista.
Llevo años construyendo tu carrera con una dirección clara: cine, exposición, crecer en esta industria a la que entraste pidiendo una oportunidad.
Sí, me tomó tiempo, pero cumplí mi promesa, Dedrick.
Y si ahora quieres otra cosa… —Se encoge de hombros—, entonces necesitas a alguien que crea en ese camino tanto como tú.
Bajo la mirada al suelo. Me incomoda que lo diga así, pero su honestidad me obliga a detenerme en una idea que llevo tiempo esquivando. Hemos caminado juntos durante años, siguiendo una dirección que parecía clara. Sin embargo, ahora no estoy seguro de que haya sido mía.
Sé que nadie me obligó a adaptarme a esta industria ni a convencerme de que el siguiente proyecto sería el que finalmente haría que todo encajara, eso lo hice yo.
Me aferré a la idea de que, si construía algo sólido, tarde o temprano cada sacrificio encontraría su justificación.
He entregado mi vida entera a una meta que, cuando se cumple, no logra llenarme.
Todo llega, pero nada se queda. Hay un segundo, apenas uno, en el que podría sentir que es suficiente, y enseguida algo en mí lo minimiza y lo vuelve insuficiente otra vez.
Y en ese intento constante por hacer todo perfecto, he terminado por vaciar cada logro antes de poder reconocerlo.
Por eso me duele admitirlo. No es Josh quien ha desviado nuestro camino, he sido yo.
¿He confundido el éxito con el sentido? ¿O he transformado mis sueños hasta encontrar el punto en donde ambos se unan?