11
No alcanzo a leer bien los labios de Ivanka, pero ya me he deslizado demasiado hacia adelante; un paso más y me delataría.
No estoy seguro de que estén hablando sobre lo de anoche, porque ella se ve demasiado sonriente.
No puedo evitar preguntarme de qué hablan cuando están a solas, si tienen tan buena relación como Josh y yo.
—En serio, Dedrick. Llevamos diez minutos esperándote, me dijiste que solo ibas al baño.
Hellen interrumpe la conversación con sus pisadas y ese llamado de atención. Ocurre lo que estaba evitando, Seren e Ivanka se marchan de la sala y se pierden en el pasillo.
—Me distraje —digo.
—Al menos, ¿entendiste de qué hablaban?
La miro con incredulidad. Ella se ríe.
—Como mínimo, haz bien el trabajo. —Da media vuelta—. Vamos, el señor Norland nos está esperando.
Apoyado contra la mesa, con un par de hojas en la mano, Norland conversa con uno de los asistentes de producción. En cuanto entramos, levanta la vista y hace un gesto breve con la cabeza.
Me siento entre Josh y Hellen mientras el director explica que, cuando regresemos de Puente Aurora, comenzará el circuito de promoción de El último andén .
El asistente despliega un calendario de anotaciones y fechas tentativas, con un puntero señala los pocos espacios disponibles donde podrían encajar grabaciones y encuentros con periodistas.
Cada hueco es una oportunidad que no conviene desaprovechar.
Hugo y Valeria, miembros del reparto de El último andén , se encuentran frente a mí.
Es el hombre quien interviene con expresión molesta diciendo que prefiere no mover su agenda para acomodarse a la mía.
Lo dice en tono casi humorístico, pero habla desde el lugar de alguien acostumbrado a no ceder terreno.
Valeria, en cambio, levanta la mano y dice que su calendario está bastante despejado y puede adaptarse sin complicaciones. El equipo de producción toma nota.
Hace no tanto tiempo yo habría estado sentado al fondo de la sala, esperando que alguien me preguntara si podía asistir a tal o cual entrevista, sabiendo de antemano que la respuesta correcta era siempre sí.
Ahora, en cambio, los huecos se dibujan alrededor de mi nombre y la conversación gira un poco más cerca de donde estoy sentado.
Me remuevo en la silla mientras el equipo ignora la molestia de Hugo y continúa ajustando todo.
Por la tarde, cuando regreso a mi apartamento, tomo mi vehículo para buscar a Seren.
Le prometí que tendríamos una cita hoy para ayudarlo a distraerse de todo lo que está pasando en su vida, sobre todo porque se supone que hoy hablaría con Ivanka.
Se desliza en el asiento del copiloto, me besa la mejilla y me extiende un ramo de flores que me recuerda al que me regaló por primera vez.
Nos llevo hacia el centro de Saras, donde decidimos que es mejor caminar.
Si hay algo que he disfrutado con él desde siempre son los paseos por la ciudad.
Caminamos sin prisa cuando una pareja que pasa frente a nosotros vuelve la cabeza.
Sus ojos se desplazan desde Seren hacia mí por un momento.
No dicen nada, apenas un susurro, pero alcanzo a escuchar mi nombre entre sus risas.
Sigo caminando como si no hubiera notado nada, aunque por dentro algo en mí se estremece un poco.
—Ded Rossel —Seren imita la voz de las chicas.
—Ya. —Lo empujo suavemente para que entremos a un café—. Déjalo.
Nos sentamos en una mesa en el rincón más cómodo del lugar, donde tengo al menos una pequeña certeza de que podremos conversar tranquilos si somos discretos con nuestras palabras.
Seren me extiende su mano con un puchero, pero después de que miro hacia los lados para tomar una decisión, ya la ha retirado.
—Perdón —murmuro.
Seren se encoje de hombros.
—Hablé con Ivanka ayer —dice—. Me costó convencerla, pero…, bueno, la temporada tres de Ritmos de ruina será mi despedida, o descanso, o algo así.
—¿De verdad está de acuerdo? —Mi incredulidad le hace sonreír.
—No. Pero es mi decisión, y no quiere presionarme. Su condición fue que debemos aceptar todo el trabajo posible hasta el final de las grabaciones de la serie.
Debería sentir alivio. Sería lo lógico, pues Seren dejará de ser un contrincante constante para mí.
Pero no siento nada parecido. En su lugar hay una inquietud extraña que me toma por sorpresa, porque ya no lo tendré en el mismo lugar ni habitaremos el mismo mundo.
Imaginar una agencia sin Seren me afecta más de lo que alguna vez me afectó la idea de perder frente a él.
—¿Estás seguro de que es lo que quieres?
Asiente con calma. Nos quedamos en silencio mientras el mesero acomoda nuestras tazas.
—¿Seguro seguro? —insisto.
—Sí —responde entre risas—. Más seguro que nunca. Daré el examen de admisión otra vez y me inscribiré en la universidad. En un futuro quiero postularme al equipo de producción de Lunaris. ¿No te parece buena idea? Pienso que nosotros podríamos…
Llena mi imaginación de ideas vagas pero que a la vez se sienten reales.
Aún trabajamos juntos; lo veo siguiéndome a los rodajes, acompañándome a todos lados con su presencia.
En mi mente somos inseparables. Podríamos eliminar todas esas semanas de trabajo en las que somos forzados a estar lejos del otro.
—Podrías hacerlo sin quedarte en la misma agencia —comento.
—¿Y eso a qué viene?
—Quiero decir que siempre es bueno ver otras opciones, ¿no? —Se oye extraño en mi propia voz, como si al decirlo abriera una puerta que prefiero mantener cerrada—. No lo sé. A veces uno piensa cosas así.
El tiempo se vuelve casi eterno en un par de minutos en que decido beber mi té. Hay un instante en que solo escucho mi respiración entrecortada, hasta que me pongo de pie en el momento en que creo ver a Montalbán detenerse en la barra del café.
—¿Me das un segundo? —pregunto.
—¿Qué pasa?
No alcanzo a responderle, porque me muevo rápido. Montalbán bate sus pestañas al percatarse de mi presencia.
—Hola, Dedrick.
Estrecha mi mano apenas se la extiendo. No luce animado como en ocasiones anteriores, apenas me mira y tiene los labios apretados.
—¿Cómo has estado? —pregunto—. Te he estado llamando.
Se me enredan los pensamientos y me agobio debido a todo lo que hay alrededor. Seren atento a nosotros desde nuestra mesa, nuestra cita interrumpida, desconocidos que alzan la mirada hacia mí, Montalbán serio a comparación con mis recuerdos.
—¿Tienes tiempo? —cuestiona Montalbán.
—Más o menos… —Señalo a Seren—. Si quieres, puedes unirte.
—No, no. —Montalbán mueve sus manos—. No te preocupes, no quiero interrumpir. ¿Podrías ir mañana al Teatro Valmora?
—¿A las diez? Tengo una reunión temprano.
—Te estaré esperando.
El dedo de Seren se presiona en mi entrecejo cuando regreso a la mesa.
—¿Todo bien? —Inclina su cabeza hacia un costado.
Asiento. Le explico lo que ha sucedido con Montalbán durante estas semanas, aunque prefiero que volvamos a hablar sobre nosotros.
El resto de la tarde nos dedicamos a reacomodar nuestro mundo para ese futuro cercano que nos prometemos cumplir juntos, pese a lo inseguro que estoy sobre el futuro en este momento.
Hellen me espera fuera del Teatro Valmora al día siguiente.
El lugar huele igual que siempre. A madera vieja, a polvo acumulado en los telones y a esa mezcla indefinible de maquillaje, sudor y electricidad.
Montalbán está de pie cerca del escenario, con las manos en los bolsillos de su abrigo, observando cómo los técnicos montan parte del decorado de escena.
Su postura firme se vuelve tensa cuando nota que estoy a su lado.
—Pensé que ya no te interesaba este lugar. —Su voz llega antes de que se vuelva hacia mí. No suena enfadado, pero tampoco es la calidez que recuerdo.
—¿De qué hablas? —pregunto frunciendo el ceño.
Montalbán me observa unos segundos más, como si intentase decidir si vale la pena continuar esta conversación. La idea de que acepte que no lo vale hace que me tiemblen los muslos.
—De las tres propuestas que enviaron mis colegas.
—Hace un gesto vago con la mano, como si señalara algo invisible entre nosotros—, dos montajes inéditos y una obra clásica.
Pensé que al menos tendrías la cortesía de responder una.
Sé que tu trabajo es más importante, Dedrick, pero te recomendé por todas partes y me dejaste en vergüenza con mis colegas.
Sus palabras tardan un momento en asentarse en mi cabeza, algo en ellas no encuentra dónde apoyarse dentro de mí.
Siento que deberían despertar algún recuerdo —un correo leído con prisa, una llamada ignorada, alguna conversación incómoda que decidí aplazar—, pero no aparece nada.
Es ese espacio en blanco que queda cuando alguien te habla de una decisión que estás seguro de no haber tomado y que no puedes responder con más que una mueca de desconcierto.
Intento ordenar la información, repaso en mi mente los últimos meses y busco el momento exacto en que alguien podría haber puesto esos proyectos frente a mí.
—No recibí nada —digo.
Montalbán entrecierra los ojos.
—Dedrick, ya estás bastante viejo para eso.
—Lo digo en serio.
El silencio que sigue es incómodo pero distinto al de hace un momento.
Ahora hay una sospecha que empieza a moverse lentamente entre los dos.
Montalbán se pasa una mano por el mentón.
No necesito pensar demasiado para saber quién tiene acceso suficiente a mi agenda como para tomar decisiones en mi nombre.
Sin embargo, me niego a creer que esto sea más que un malentendido.
He tenido tantas cosas en agenda que, con la bandeja del correo llena de ofertas, es probable que haya pasado más de uno por alto.
—Montalbán, llevo semanas llamándote para saber cómo estás. Sabes bien que nunca dejaría ofertas de lado. ¿No crees que de haberlas ignorado tendría cara para llamarte?
Por la forma en que sus hombros se sueltan, no hay necesidad de que repita una sola palabra.
—Es tu representante el que maneja tu correo, ¿no?
Asiento. Se hace un silencio largo. Desde el escenario llega el ruido de una estructura metálica que se desplaza sobre el suelo. Me quedo mirando las tablas vacías y la presión incómoda de la vergüenza se acumula sobre mi cuerpo.
—Debe haber algún malentendido. Hemos estado muy ocupados, seguro se mezclaron con otros correos y no los vieron.
Cada palabra me acalora más que la anterior. No tengo más que un centenar de disculpas para él durante el tiempo que me resta en este encuentro. Su mirada acaba suavizándose, su mandíbula deja de verse tensa y sonríe casi aliviado.