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—Puedo encargarme de todo. —Es la voz de Hellen—. No es tan difícil acomodarnos, solo hay que ser claros con él.
—No es tu labor. —Ese es Josh. Su voz suena más dura de lo habitual—. Dedícate a lo que te corresponde.
No tengo la mala costumbre de escuchar conversaciones ajenas, pero que Hellen y Josh discutan no es algo que suceda a diario.
—¿Qué vas a hacer cuando…? —Hellen se interrumpe al verme.
Me acerco a Josh y le doy una palmada en la espalda a modo de saludo. La tensión que tenía hace un momento aparenta irse cuando sonríe.
—¿Cómo te has sentido? —pregunta.
Llevo una semana grabando El Último Andén , un drama escrito por Latorre y dirigido por Elías Norland para AquilaTV.
Interpreto a Agust, un periodista obsesivo que vuelve a su ciudad natal para cubrir la desaparición de un pescador, pero descubre que más personas han desaparecido en el mismo lago durante décadas.
Dentro de unas semanas, cuando terminemos la grabación en set, viajaremos a Puente Aurora, una ciudad cercana a Saras.
En ella se encuentra el lago Aura, donde grabaremos las escenas más importantes.
—Muy bien —aseguro.
—¿Mañana podrías pasar por mi oficina antes de ir al set? —pregunta Josh—. Tenemos que hablar sobre la entrevista para Variety .
—Claro. Temprano, como siempre.
En el vehículo de Hellen, acomodo el asiento hacia atrás y me cruzo de brazos. Estoy tan cansado que no tengo ánimo de conversar.
—El viernes hay una función única de Romeo y Julieta en el Teatro Central —dice ella cuando nos detenemos en un semáforo y ríe cuando abro solo un ojo para prestarle atención—. Voy con unas amigas, ¿te quieres unir?
El eco del Teatro Central me lleva directo a Montalbán.
Hace tiempo que no recibo noticias de él.
No es que hayamos hablado mucho, pero, si lo pienso, su silencio empieza a sentirse extraño.
La última vez que le envié un mensaje, mencionó de pasada un proyecto que tenía en mente y podría interesarme más adelante, pero ha estado callado desde entonces.
Mañana lo llamaré, solo para saber cómo está, preguntarle cuándo regresa y, si la conversación lo permite, tantear si hay algo en camino donde pueda tener un lugar.
—¿Tú, yo y tus amigas? —me burlo—. Prefiero que no. Suena raro hasta que lo propongas.
—Es que te veo un poco solo…
—No te preocupes. —Desvío la mirada hacia la ventanilla—. No es como si antes tuviera muchos amigos, ¿no? Además, prefiero descansar.
No sé por qué me siento tan irritado. Supongo que la ausencia de Seren se me ha hecho más dura de lo que esperaba.
Han pasado dos semanas y por mi carga laboral no he tenido tiempo para hablar con él como me gustaría.
Me la vivo cansado de set en set, en el vehículo de Hellen, en la agencia y en la consulta de Renata.
Nuestra última conversación real fue hace tres días, y apenas logré mantenerme despierto por más de diez minutos.
Si bien contesta mis mensajes durante el día, para mí es complejo pasar tiempo en el celular cuando ni siquiera en el vehículo con Hellen puedo desconectarme del trabajo.
Con eso en mente, apenas me despido de ella cuando bajo de su vehículo.
Caigo de bruces a mi cama y no despierto hasta el día siguiente.
Mientras me preparo una taza de té, intento comunicarme con Montalbán.
Mi cerebro asume que algo ocurre. Llamo una vez, luego otra, hasta que me obligo a esperar antes de volver a insistir.
El teléfono suena lo suficiente como para darme esperanza antes de caer en el buzón de voz.
No devuelve la llamada en ningún momento.
Tampoco lo hace durante el día. Intento invocarlo al mirar mi celular cada media hora.
Por eso, mi pulso se altera cuando recibo una notificación. Me salta un breve mensaje en la pantalla que, aunque no se trata de Montalbán, soy incapaz de ignorar.
Seren: avísame a qué hora te desocupas.
Le he pedido que me llame a las diez. Así que aquí estoy, sentado en el sofá de mi apartamento, con la mirada fija en la pantalla de mi celular mientras agito la pierna, a la espera de su llamada.
La hora avanza. Diez. Diez con cinco. Diez con quince.
Diez con treinta. El celular suena a las once de la noche.
No es una videollamada, por lo que me tiemblan las manos al contestar.
—Hola —habla Seren con suavidad—. ¿Estás en casa? —Afirmo con un pequeño sonido de mi garganta—. ¿Me abres? Estoy afuera.
Me levanto de un salto. El suelo se ríe de mí, casi caigo de bruces y dejo un zapato atrás mientras avanzo hacia la puerta.
Mi respiración se acelera y el torbellino de pensamientos que se arremolina se congela en cuanto abro.
Seren está quieto del otro lado, sus manos se hunden en los bolsillos y la capucha de su sudadera esconde su rostro.
Me sorprende verlo, pero me dice que ha decidido regresar a Saras esta mañana.
Por más que lo anhele, ya no puede detener su agenda por más tiempo.
Entiendo lo que significa para él; es tan injusto recordar que yo obtuve un mes de receso y a él solo le han permitido tomarse unas semanas.
Lunaris ahora empiezo a sospechar que tal vez el problema es la idea rígida que tengo de lo que debería ser mi vida.
—Se necesita ser más valiente de lo que crees para aceptar que algo no es para ti, sin importar las expectativas que tengan las personas.
—¿Entonces?
—Déjalo. —Me encojo de hombros—. Grabemos Ritmos de ruina y déjalo.
—¿De verdad?
—Creo que te debo eso. Hacer algo por ti, de forma honesta en esta industria, al menos una vez.
Eso amplía una sonrisa en su rostro. Me toma por las mejillas y me besa, solo para después explicarme que tiene algunas ideas para lograr que la temporada tres no sea un fiasco de aburrimiento como la segunda.
Seren siempre ha tenido la capacidad extraña de encontrar caminos donde yo solo veo bifurcaciones imposibles.
Mientras lo escucho, me doy cuenta de que para él sus sueños nunca han sido un punto fijo al que debe llegar, sino un territorio amplio donde puede moverse sin sentir que está abandonando algo de sí mismo.
Hay algo en esa forma de pensar que me resulta profundamente honesto, algo que me obliga a preguntarme por qué sigo creyendo que solo existe una forma correcta de perseguir lo que uno ama.