9
Solo entiendo a los espectadores cuando me convierto en uno. Cuando estoy en las butacas con la mirada brillante de admiración fija en el escenario y mis palmas chocan entre sí, llenas de euforia después de que cae el telón.
Es una sensación que permanece, incluso si el trabajo no va mal ahora mismo. Tengo una agenda llena de trabajo enfocado en mi imagen y me siento orgulloso. Pero, de igual manera, extraño el equilibrio de apagar la cámara y transformarme en el actor de teatro espontáneo.
Hellen me pregunta si he llegado a salvo a casa cuando voy a medio camino, pero ignoro su mensaje para responder la llamada de Seren y así aprovechar el trayecto para escuchar su voz.
Extraño llegar a mi apartamento junto a él y nuestros fines de semana en la periferia.
Sin embargo, no lo culpo por pasar tiempo con su familia.
Lo que no esperaba es que del otro lado escucharía una voz apagada.
—Esta mañana perdí a mi abuela, Dedrick.
La agencia se convierte en un pequeño caos al día siguiente.
Los tacones de Ivanka jamás hicieron tanto ruido.
Hay cámaras fuera del edificio que esperan desde temprano a que Seren salga, como si se tratase de cualquier títere.
Sí, Lunaris es por el ladrillo envejecido, las sillas mecedoras en la entrada y el tejado oscuro que combina con los marcos de las ventanas.
Ya no son detalles ajenos, sino piezas de algo que aprendí a imaginar gracias a las historias de Seren.
Camino por el corto sendero empedrado de la entrada, entre jadeos y murmullos, sin pedir permiso para pasar.
Encuentro en la puerta de la casa a la madre de Seren, cuyos ojos redondos y oscuros se abren al enfocarse en mí.
Es dura la realidad, pues el brillo que retratan las fotografías de Seren se ha opacado hoy.
—Ded Rossel —dice.
—Dedrick, señora Montiel —pido con calma—. Por favor.
Es difícil darle mis condolencias, pero me atrevo a estrechar su mano.
Jamás en mi vida he visto a estas personas, todas de alguna forma tienen la misma mirada que amo.
El único que no lleva esos ojos es un hombre de mediana edad, quien me mira desde arriba con expresión seria, luego señala hacia donde está Seren.
Apenas nuestras miradas se encuentran, sus hombros se hunden como si la gravedad hubiese decidido concentrarse sobre ellos.
Sus ojos buscan algo en el suelo, en las paredes, en cualquier punto que no sea yo.
Entonces entiendo que lo que acaba de perder no es solo una persona, es ese lugar donde uno siempre puede regresar cuando el resto del mundo se vuelve insoportable.
Algo en mi garganta se contrae porque sé lo que eso significa.
Se lleva una mano al rostro y presiona sus ojos con fuerza. Me siento extraño, porque lo primero que noto no es el dolor, es lo natural que le resulta mostrarlo. Seren no intenta esconderse, no se endurece, él se permite estar roto.
Me pregunto si alguna vez me he visto así.
Si alguien me vio con la misma atención cuando Jillian murió.
Intento recordar si dije algo que tuviera sentido, si mi rostro también se deformó con la incredulidad y tristeza que ahora veo en él.
Pero lo único que encuentro al mirar hacia atrás es un espacio vacío, como si mi mente hubiese decidido borrar el momento exacto en que el mundo se partió.
Me siento a su lado y lo abrazo con fuerza.
Seren solloza y me agradece por estar aquí.
Lleva todo el día y toda la noche en vela a un lado del ataúd porque no quiere dejar a su abuela sola.
Su madre me lee los pensamientos y le pide que se dé una ducha, que descanse.
Nos toma un buen rato convencerlo, pero lo logramos.
La habitación parece haberse detenido en algún punto indefinido de su adolescencia.
No está intacta como un museo de infancia, tampoco ha cambiado lo suficiente para ser el cuarto de un adulto.
Es más bien un espacio que creció con él de forma desordenada, acumulando capas de tiempo sin borrar las anteriores.
Deslizo mis dedos por las cámaras viejas que están sobre el inclinado escritorio; por las marcas diminutas en las paredes, donde alguna vez hubo posters o fotografías.
Me conmueve el contraste que de este lugar con su casa en Saras.
Es un lugar donde su vida no se volvió pública, donde Seren sigue siendo simplemente Seren.
El Seren que se deja caer de espaldas en la cama, con el cabello húmedo y los ojos inflamados. Me quedo tenso por un momento, pero pronto me recuesto a su lado y él me abraza por la cintura.
—Gracias por venir —susurra.
Su respiración se vuelve lenta durante un rato, pesada, como si el cuerpo hubiese decidido rendirse antes que su mente.
Pero el descanso no dura. En algún punto de la noche se agita y despierta de golpe, con el pecho temblando y un sollozo que parece arrancársele desde muy adentro.
Lo aferro a mí, porque parece desorientado.
Entiendo lo que es sentir que el dolor regresa para recordarte que la realidad sigue ahí incluso después de cerrar los ojos.
—Debería haberla llamado más —murmura con una voz tan baja que casi se pierde en la habitación—. Debí hacerlo todos los días. Lo pude hacer, pero no lo hice.
Sus palabras tienen un eco familiar. Las conozco, las he pensado de mil formas distintas durante años. Ese tipo de pensamiento se expande en cada rincón de la memoria hasta que terminas viviendo dentro de él.
—No empieces con eso —digo.
Seren levanta la mirada, sorprendido.
—¿Qué?
—La idea de que pudiste haber hecho algo diferente es un pensamiento que no termina nunca. No lo dejes entrar.
Respira hondo varias veces e intenta recomponerse, pero cada intento parece más frágil que el anterior.
Durante meses lo he visto como tantas cosas al mismo tiempo, pero siempre olvido que solo es un hombre.
La industria me ha arrinconado a competir por todo, a la vez que me ha hecho ignorar que el dolor no compite con nadie, que nos araña por dentro hasta sangrar sin importar quiénes seamos o dónde estemos.
La mañana siguiente nos enfrenta con la realidad de que Seren Montiel ya no es un hombre cualquiera de Daven que ha perdido a su abuela, ahora es un actor estrella.
Los fotógrafos y periodistas se estacionan fuera de su casa, esperan la salida de cualquier persona para preguntarle acerca de lo que está pasando.
Persiguen a Ivanka y Velandia hasta que atraviesan el enrejado de la entrada.
Persiguen a Josh y Hellen unas horas más tarde.
Y alcanzan a perseguirnos un instante a nosotros cuando nos trasladamos a la iglesia y luego al cementerio, donde Ivanka exige algo de privacidad para Seren.
Ahora me quedo aquí de pie, acariciando la espalda de Seren como la única forma de darle algo de alivio. Deseo que no se quede con la sensación de que algo se quedó guardado en su interior. De regreso en casa, lo acompaño a su habitación y espero a que se duerma antes de dejarlo descansar.
Con un vaso de café en la mano, Josh se detiene a mi lado.
—¿Cómo te sientes? —pregunta.
—No lo sé. —Y soy sincero—. Estoy cansado.
Creo que mi alma se ha quedado sentada a un lado de la tumba de la abuela de Seren.
—Escucha, no quiero ser inoportuno, pero…
—Lo sé —interrumpo—. Pero dame un día más, por favor. Prometo que volveré el sábado.
Sé que es fácil entenderlo, porque me da una palmada en la espalda y acepta. Ni siquiera se lo piensa. A veces, Josh es así, tan frío como cálido.
—Gracias —murmuro.
Verifico si mis pies han vuelto a la tierra y, en efecto, continúo flotando. Finjo lo contrario hasta la mañana siguiente, cuando Seren despierta y curva sus labios al verme. Solo entonces me siento de regreso.
La casa de los Montiel respira de forma distinta a cualquier lugar en el que Seren y yo hayamos estado juntos. No hay teléfonos vibrando sobre las mesas, ni agendas apretadas, ni el ruido constante de un mundo que siempre parece querer algo de nosotros. Aquí el tiempo se mueve despacio.
Seren conversa con su familia en la cocina mientras yo escucho historias que seguro ya han sido contadas mil veces.
Me abrigan el pecho las anécdotas pequeñas sobre su infancia, sobre la forma en que se escondía detrás de la mesa para evitar ayudar a ponerla, o cómo su abuela fingía no notar que se llevaba pan caliente antes de la cena.
Pese a que sus ojos no brillan como en otros días, ríe con una soltura que rara vez le veo.
Más tarde me lleva por un pasillo estrecho hasta una habitación donde guarda varias cajas viejas.
Las abre como si temiera despertar algo frágil; dentro hay fotografías amarillentas, algunas enmarcadas y otras en álbumes.
Me enseña una donde aparece sentado en las piernas de su padre, con los hombros encogidos y una sonrisa tímida.
—Sigues igual —comento.
—Me faltaba un diente.
El instante en que nos reímos es tan efímero que lo capturo tan rápido como puedo.
Seren encuentra una fotografía de su abuela, en la que aparece de pie frente a la casa, sosteniéndolo por los hombros mientras él intenta escapar de la cámara.
Le tiemblan los dedos al pasarlos por el borde de la fotografía, y pese a que las lágrimas le empapan las mejillas, me cuenta que su abuela solía llevarlo a todas partes para que tomase fotografías, pero que él jamás quiso tomarse una con ella.
Solo lo hizo de forma voluntaria cuando estaba por tomar sus maletas para irse a Saras.
Miramos fotografías durante horas. Seren no deja de balbucear entre lágrimas hasta que su voz se agota. En un momento, se gira hacia mí y su expresión cambia apenas, se vuelve más seria cuando suspira.
—Quizá tenga que quedarme aquí un poco más —dice en voz baja—. Ayudar con algunas cosas. Ordenar, limpiar.
Asiento antes de que termine la frase, porque no necesito explicaciones. Hay lugares que no se abandonan tan rápido, este es uno de ellos. Seren apoya su frente contra la mía durante un segundo.
Verlo aquí, entre estas paredes donde inició su vida antes de que el mundo lo reclamara, tiene algo profundamente correcto. Como si, por un instante, Seren hubiese vuelto a ocupar el lugar que siempre ha sido suyo y yo solo estuviese aquí para presenciarlo.