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La urgencia desarma la mente. En mí, se convierte en esa desconexión que me roba el cuerpo sin pedirme permiso.
Sé que mis pies duelen, que golpean el suelo con violencia, pero no los siento míos.
Camino dentro de un sueño, aun así, avanzo con determinación.
Hellen me acompaña, insiste en llamarme, aunque apenas logro oírla entre el estrépito que martillea dentro de mi cabeza.
Hellen se pone de cuclillas frente a mí y me toma las manos.
Sin preámbulos, lanza una petición tan incómoda que desearía cubrirme los oídos.
Recuerdo todo lo que pasó anoche y sé que necesito buscar ayuda.
Lo único que hago es evitar el contacto visual.
Incluso si Hellen dice que no hay presión, su solicitud se carga de una urgencia que me lleva a luchar contra mi mente durante horas en las cuales el llanto y los recuerdos son mi única compañía.
Cuando Seren me visita por la noche, su expresión afligida me avergüenza.
Lo abrazo e inhalo profundo para que mi cerebro se recargue con su aroma amaderado.
Pese a estar cerca, lo siento distante, ni siquiera me mira cuando nos sentamos uno al lado del otro.
Boomie encuentra su lugar en medio, impone distancia, como si quisiera protegernos el uno del otro.
No sé en qué momento he empezado a temblar, solo sé que está pasando cuando Seren apoya su mano sobre la mía.
Me odio por esto. Me enferma esta absurda manera de convertir cada instante en una confesión, porque ante todo prefiero morir en silencio.
Quisiera ser su refugio, ser quien mantiene esta relación en la calma, pero lo único que logro hacer es convertirme en un ruido insoportable.
Ahora ni siquiera puedo mirarlo, solo digo que me muero de vergüenza.
—Seren, sé que se ve mal, pero yo solo intentaba ayudarla.
—¿Ayudarla con qué?
—No me crees.
Seren frunce el ceño, desconcertado.
—Estoy tratando de entenderte, Dedrick, pero tengo la impresión de que me ocultas algo.
—Lo que sucede es que… —Resoplo—. Promete que no vas a odiarme después de esto.
Soy arrastrado hacia el rincón de la sala.
Con el pulso atorado en las sienes y la voz temblorosa, le cuento todo lo que mi amada Jillian busca y pierde en Saras.
La forma en que su carrera parece encarrilarse antes de que todo comience a salir mal.
Le hablo de sus problemas, hasta llegar a la noche que debía ser la más feliz de mi vida. La noche que aún me persigue.
Tras el estreno de Luna de acero , invito a Jillian a celebrar conmigo.
Tengo claro que ella tiene una relación destructiva con las sustancias, pero en lugar de cuidarla, le sigo la corriente para evitar discutir.
Mi ingenuidad se mezcla con la euforia de la celebración y los dos terminamos encerrados en el baño con unos desconocidos, con líneas blancas sobre la baldosa de los lavamanos.
Claro que nos divertimos, pero también nos perdemos.
Yo me pierdo. Conozco a una chica, Jillian me anima a irme con ella y me asegura que todo estará bien.
Las líneas blancas tienen la particular consecuencia de generar una euforia en la que sabes cuál es la decisión correcta y, aun así, eliges hacer lo contrario.
—Ay, Dedrick…
Boomie escapa cuando los brazos de Seren me rodean con tanta fuerza que acabo sollozando en su pecho durante largo rato. Todo es silencio y caricias en mi espalda. La palabra suave que reconforta un alma rota hasta el más pequeño de sus trozos. Una lluvia incansable que llevo años conteniendo.
Es tan fácil que te borren cuando dejas de ser conveniente. Es tan fácil para todos fingir que nunca sucedió.
La noticia de Jillian se pierde en internet con los años y mi nombre es arrancado del suyo para desvincularme de su manchado recuerdo.
Pierdo a quien más amo, a quien me trajo hasta acá para cumplir mis sueños, y, sin darme cuenta, sus sueños ahora dependen de mí.
Me pierdo en el temor de no ser capaz de cumplirlos por ambos, llegar a ser la estrella más brillante en el cielo para que su pérdida no sea en vano.
—La dejé sola. Y al otro día ya no estaba. —Una pausa—. Murió de sobredosis, y fue por mi culpa.
—Tú no tenías cómo saberlo.
—Pude quedarme para evitarlo, pero lo hice todo mal y ahora me estoy volviendo loco. No sé cómo soltarla, no sé qué hacer conmigo.
—Tal vez… Tal vez deberías…
—Lo sé.
Quizá merezco que me encierren entre paredes acolchadas por un par de años. Siempre he sabido que el mayor peligro para mi carrera soy yo mismo.
—Puedes hacerlo —susurra—. Estoy contigo. Estaré contigo. No tienes que asustarte por lo que pueda pasar, quizá sea mejor que sentirte como te sientes ahora.
Es una noche lluviosa que se extiende hasta la mañana siguiente. Seren se toma el día, incluso si Ivanka se molesta con él, y lo pasa junto a mí. No vuelve a tocar el tema, pero sé que sigue pensando al respecto.
El zumbido suave que emite el ascensor desafía mi paciencia y mi decisión en cada décima de segundo.
Cada planta golpea mi costado como un pequeño tambor.
Llego al cuarto piso. Oficina 405. La recepcionista me mira con la indiferencia de alguien que ha visto demasiadas obras humanas pasar por delante.
Eso me calma, sé que aquí nadie me conoce.
Aquí puedo ser una escena en blanco por un rato.
Soy consciente de que camino directo hacia una versión de mí mismo que todavía no sé cómo enfrentar.
—¿Puedo arrepentirme?
—Aceptaré la decisión que tomes —responde Hellen.
No tengo idea alguna de con quién voy a encontrarme. Dejé que Hellen decidiera y le pedí que pasara a buscarme, porque estaba seguro de que no lograría salir de casa por mi cuenta. Este es un breve intento que amenaza con desvanecerse en la espera.
Entonces, se asoma una mujer:
—¿Dedrick?
Voz suave, tal como su expresión. Tiene el cabello oscuro recogido en una coleta baja, unos mechones sueltos le enmarcan el rostro. No ha pasado los cuarenta. ¿Tal vez tenemos la misma edad?
—Adelante —pide con calma.
No estoy seguro de qué estoy haciendo aquí. Pero le doy una rápida mirada a Hellen y, antes de arrepentirme, me levanto. Atravieso esa puerta y permito que la mujer la cierre detrás de mí. Esto es un antes y un después. Será superar el temor a enfrentarme o encontrar uno más grande.
La habitación es pequeña, una luz cálida entra por la ventana y acaricia las estanterías llenas de libros y plantas. Hay una silla frente a una pequeña mesa de centro, donde descansa un envase de pañuelos, y un sillón ancho donde me siento con la manta de la vergüenza enrollada sobre los hombros.
La mujer se presenta como Renata. Su naturalidad logra que el aire se sienta más ligero, pero incluso si intento hablar, las palabras no abandonan mi boca. En medio del desasosiego, apenas consigo mantenerme quieto. No tolero la suavidad en medio de toda la aspereza que me llena.
Es demasiado para mí. Todo se siente tan bien y tan mal a la vez, que el mundo se inclina. Era de esperarse. Desde el rincón es un poco más cómodo. Que patético me veo allí, sentado con la mandíbula temblorosa y las manos inquietas.
—No sé qué hago aquí. —Acabo de pensar en voz alta.
—Está bien —responde de inmediato. Alzo la mirada hacia ella—. Tómate tu tiempo. No tienes que encontrar una respuesta justo ahora.
—Vine a encontrar una respuesta.
—¿Para qué necesitas una respuesta?
—Para… —Me ahogo—. No lo sé. Estoy cansado.
Mis pensamientos llegan en oleadas. Hablo sobre lo voraz que ha sido el mundo desde que llegué a Saras.
De cómo he luchado por conseguir lo que quiero.
De los comentarios que me arañan incluso cuando no los leo.
De la sensación de no ser suficiente. De cómo me convertí en mi peor enemigo, porque cada vez que algo está bien, me inquieta lo que ha salido mal y lo que puede salir peor.
De que la persona a la que quiero es una de mis mayores angustias.
De cómo se acelera mi corazón cuando lo veo.
De cómo me ahogo con solo dar un paso adelante, y que es tan intenso que termino por abandonar mi cuerpo.
Renata toma su tiempo para anotar todo lo que he dicho, o tal vez nada. Tal vez solo garabatea en su libreta mientras escucha. Su ritmo es el de una directora de escena que no acelera al actor cuando falla la entrada.
—¿Recuerdas cuándo fue la primera vez lo sentiste?
Al inicio, leve, cuando actuaba. Ahora, cada maldito segundo en que recuerdo que no tengo el control de nada de lo que me sucede.
Acepto trabajos. Grabo. Compongo. Sonrío.
Asiento. Esa es mi vida. Actuar es un plano de paz que se disuelve cuando la exigencia interna me gana.
Entonces, también me pierdo cuando recuerdo la fuerza que me impulsó a continuar con mis sueños: honrar la memoria de Jillian.
—No quiero hablar de eso.
—Vamos paso a paso. —Baja su libreta y se acomoda en su asiento—. Dedrick, la terapia puede despertar tristeza, enfado o confusión, emociones fuertes que siempre queremos evitar. Pero esas emociones te ayudarán a procesar y liberar lo que llevas dentro.
Siento el peso de mis hombros, el latido acelerado en la garganta. No tengo la urgencia de ofrecer una sonrisa impostada, solo la verdad de mí mismo, compleja y quebradiza, entrecortada con recuerdos borrosos.
Renata se toma su tiempo para explicarme cómo funciona la terapia.
No usa tecnicismos fríos, lo traduce como hablar, entender y luego entrenar herramientas para que yo pueda manejar lo que siento cuando el mundo se vuelve inestable.
Durante las semanas siguientes, ella me guía.
Me empuja a encontrar argumentos claros para enfrentar mis miedos y entiendo que es mejor poner en palabras este caos que llamo pensamientos, porque al sacarlas de mí, mi cuerpo pesa distinto. Sesión tras sesión.