6
Las semanas pasan con la rapidez engañosa de una tormenta.
Septiembre es estruendo, luces, titulares.
Sin embargo, en la calma de mi apartamento, entre las sábanas de mi cama, el tiempo se comporta como un reloj detenido.
Seren junto a mí, entre estas cuatro paredes, es un secreto hermoso que respira a mi lado.
Ha terminado sus grabaciones hace dos días y ha llegado aquí medio ebrio, acompañado por Velandia, en la madrugada.
—¿Ya te vas? —Se ve adorable medio dormido y amurrado con la mejilla aplastada en la almohada.
A veces no me creo que incluso despeinado y con los ojos inflamados se vea tan guapo. Hasta la resaca le queda bien.
—Tengo una entrevista antes de ensayar —murmuro. Aprovecho nuestra cercanía para besarle la frente y la mejilla.
—Hueles bien —dice lo mismo cada mañana que despertamos juntos—. ¿Volverás tarde?
—Creo que sí.
—Te odio. —Se esconde debajo de las sábanas.
Sonrío y le doy una palmada en el trasero.
—Te quiero.
Me acerco a la puerta a paso lento. Él sabe que lo estoy esperando, por lo que, cuando la abro, asoma el rostro y dice:
—Yo más. —Y vuelve a esconderse.
Hellen es la única compañía que tengo en lo que Josh trabaja para reorganizar mi agenda y me busca audiciones ahora que Sombras de neón comienza a levantar expectativas.
Yo mismo lo noto cada vez que salgo de mi edificio y veo mi rostro iluminando la parada que está justo enfrente.
La postproducción de Sombras de neón avanza a paso frenético, todo corre hacia adelante y de un lado a otro.
Romy y yo tenemos un calendario que se consume entre entrevistas, programas, juegos absurdos que se graban una y otra vez bajo luces demasiado brillantes.
La prensa, insaciable, ha preferido bordar también su propia historia paralela: la de un romance entre nosotros.
Era de esperarse. Romy, con esa sonrisa diseñada para resistir el escrutinio, suele tomarme del brazo frente a las cámaras.
A mí no me molesta. Tal vez porque, en medio de tanto ruido, hay un extraño alivio en permitir que el mundo se invente la versión que desea.
Ella interpreta el papel con gracia; yo me dejo arrastrar.
Ninguno de los dos busca verdad en esta representación, lo nuestro es estrategia.
Un espectáculo más, coreografiado para asegurar que Sombras de neón estalle en taquilla.
Aunque, yo me salto más de una entrevista, sobre todo los días previos a la premiere , y los utilizo para perderme en el Teatro Central. La misma tormenta es mi próximo proyecto, así que debo darle la atención que se merece.
Conozco a Adrián Valcázar, un veinteañero de rizos dorados y ojos que brillan en ámbar.
El elenco es más adulto que el de Tres disparos y un bis , por lo que resulta un entorno cálido de personas que en su mayoría han pasado los cuarenta años y de algún modo alcanzan a entender mis temores.
Como Monic, una actriz que incursionó en el cine durante algunos años, entre papeles minúsculos que nadie ha de recordar, y terminó tan perdida que no tuvo mejor opción que regresar al teatro.
—Fue mi resurrección —dice—. Nunca debí irme.
O Estefano, un hombre que, tal como yo, casi llega a la mitad de la década de los treinta. Decidió jamás aceptar una audición para la gran pantalla por el temor a no obtener la satisfacción que los escenarios le entregan.
—Qué bueno que regresaste —me dice.
—Estoy en ambos.
—¿Y lo llevas bien? —Parece demasiado sorprendido.
Antes de que pueda responder, Montalbán nos interrumpe para el ensayo, lo que me da una salida fácil. Tal vez, no estoy seguro de si lo llevo tan bien como aparento. O quizá ni siquiera me había hecho esa pregunta y es tan chocante que prefiero callar.
Le doy vueltas en la noche, ansioso porque al día siguiente debo prepararme para la premiere de Sombras de neón desde la madrugada. No llego a una respuesta clara, aun cuando el equipo de estilistas se encarga de dejarme impecable para las cámaras.
Me recortan un poco más el cabello para que coincida con el de Damián al final de la historia: un flequillo fragmentado en mechones delgados con un efecto húmedo.
Me visten con un traje rojo vino, que combina con los detalles del vestido plateado de Romy y su maquillaje.
De alguna forma, volvemos a personificarnos y, al mismo tiempo, ser nosotros mismos, es una mezcla extraña que funciona bien para las cámaras.
Tras bambalinas, luego de que también tuviera su momento en la alfombra, me encuentro con Seren Montiel. Lleva un traje blanco que hubiese combinado increíble con su cabello azul. Qué ironía la de extrañar algo que en su momento me generó tanto odio.
—Guapo —susurra en mi oído al abrazarme para despedirse, justo cuando Ivanka lo llama para que entre al salón principal de la agencia, donde se proyectará la premiere .
Es una noche mágica. Los aplausos y felicitaciones me tienen con una sonrisa de oreja a oreja y con los pies en la tierra, incluso cuando llegamos al centro de eventos donde será la fiesta.
Dado que la película tiene una temática distinta a la de Ritmos de ruina, el espacio fue decorado con una estética más urbana.
Luces rojizas que rozan lo infrarrojo, trazos de neón que se encienden entre la penumbra y superficies que reflejan destellos fragmentados.
Todo está pensado para envolver. Y a mí me basta cruzar la entrada para sentir el corazón desbocado y buscar un rincón donde recuperar el aire.
—¿Dedrick? —La voz de Josh me sobresalta—. ¿Todo bien?
Tardo un segundo en darme cuenta de que me he detenido. La gente pasa a mi lado, algunos intentan saludarme. Murmuro que estoy bien y me recompongo lo suficiente para moverme entre la multitud fingiendo naturalidad.
Nunca pensé que terminaría codeándome con Ebba Sandoval después de tantos años, pero aquí está, tan elegante como siempre.
Me felicita por el estreno y dice que cada año soy mejor actor.
Sonrío, asiento, respondo lo que corresponde, mientras una parte de mí sigue tratando de alcanzar a la otra, la que se quedó clavada en la entrada.
—Escuché que estás trabajando en el teatro de nuevo —añade.
—Sí, voy por mi segundo estreno.
—¿Y cómo lo llevas? —La pregunta late en mis sienes de nuevo y los labios se me sellan.
Le regalo una sonrisa, finjo que no escuché para que repita la pregunta, pero ella se distrae cuando Romy entra al salón. Tomo la oportunidad para escapar y arrinconarme junto a Hellen.
—¿Todo bien? —pregunta—. Te vi nervioso.
—No hablo con ella desde que salimos de la premiere de Luna de acero —me excuso. Espero que no se note que me tiemblan las manos con solo recordar esa noche.
—Pero ya no eres ese Ded Rossel —aclara con orgullo y alza su copa hacia mí—. Ahora ella se te acercó. Así que levanta el mentón y saluda a tus invitados. Estaré aquí por si necesitas algo.
Sirve para despistarme, para hacerme más merecedor de la paz.
Romy y yo casi no hablamos durante la fiesta, solo cuando nos topamos de pasada y alguno de los invitados nos pide una fotografía o nos llama para hacernos preguntas y decirnos lo bien que nos vemos juntos.
La noche transcurre así. Chillidos, borrachos, gente que se acumula en la pista.
Una fiesta cualquiera que esta vez tiene artistas invitados y una banda en vivo.
Me estreso entre el anhelo de querer disfrutar este momento y el de querer tomar a Seren por la muñeca y llevármelo a casa. Pero él brilla en su sitio mientras habla con Landon. Pocas veces cruzamos palabra, y cuando lo hacemos, es dentro de un grupo de personas.
Lo tolero el tiempo que puedo, incluso acepto bailar.
En más de una ocasión debo ir al baño para mojarme la nuca.
En el espejo no estoy, me veo un poco más lejano.
Cierro los ojos, respiro hondo, fuerzo una sonrisa y vuelvo a mirarme.
Bien, sigo lejos, pero puedo con esto, solo unos minutos más y me iré a casa.
A unos metros, alcanzo a ver el cabello rizado de Romy, pero niego con mi cabeza antes de seguir mi camino. Hasta que veo que un hombre entra al mismo baño poco después.
Podría fingir que no he visto nada, atravesar este pasillo y salir al patio para respirar un momento.
Pero al escuchar unas risas, me quedo estancado en la puerta.
Escucho. Espero una señal. Las risas se apagan unos segundos, luego regresan, y con ellas, los tacones erráticos.
No alcanzo a moverme antes de que Romy choque conmigo.
—Perdona —dice entre risas. Sus manos en mis hombros, su rostro lo suficientemente cerca del mío para que vea el resto de polvo blanco en su nariz. Parpadea rápido cuando se da cuenta de quién soy—. Ded. —Toma distancia y se limpia la nariz viendo hacia otro lado—. Perdona, perdona.
Hay personas a nuestro alrededor, pero mi cerebro no obedece advertencias.
—¿Qué haces? —cuestiono con molestia.
—¿Qué?
—Apenas estás empezando tu carrera, Romy. ¿De verdad vas a caer tan fácil en toda esta mierda?
—¿Perdona? —Frunce el ceño—. Tú y yo no somos amigos, así que no te metas en mi vida, ¿bueno?
—No significa que vaya a permitir que hagas esto —mascullo.
—¿Qué haces? Suéltame.
La arrastro hacia la salida de emergencia para que podamos salir sin llamar la atención. Estoy desesperado, necesito que me escuche. Desde la zona de fumadores más de una mirada cae sobre nosotros cuando Romy vuelve a chillar.
— ¡ Déjame !
Sus ojos se abren con temor cuando la atraigo hacia a mí y le pido que se calme. Sé que estoy presionando su muñeca con demasiada fuerza, pero no puedo permitir que regrese a ese baño con un montón de idiotas que no saben en lo que se están metiendo. Jillian no merece esto.
—Ded —lloriquea—. Me estás lastimando.
—Te llamaré un taxi y te irás a casa, ¿me oíste?
Saco el celular con la mano libre, apurado. Ella se resiste, se retuerce, intenta zafarse, y en ese forcejeo empuja mi brazo justo cuando intento desbloquear la pantalla. El golpe seco contra la baranda resuena en mis oídos.
El teléfono se me escapa. Lo veo caer, rebotar una vez, dos, hasta que desaparece en la fuente del patio, a apenas un metro de nosotros.
—Mierda —suspiro y me rasco la nuca—. Estás demasiado perdida.
—¿Puedes soltarme? —Ya no es un lloriqueo, es un sollozo verdadero—. Por favor.
Dejo de presionar su muñeca, pero soy incapaz de soltarla todavía.
—Tienes cinco minutos para irte a casa antes de que hable con tu representante y le cuente lo que estás haciendo.
—¿Te crees mi padre? —Se aleja de mí sobándose la muñeca apenas la libero—. ¿Quién te dio el permiso para entrometerte en mi vida?
— ¡ No tienes idea ! Esa mierda te consumirá hasta matarte, ¿no lo entiendes?
— ¡ Dedrick !
Hellen, Josh e Iliana corren hacia nosotros.
Es mi asistente quien me toma por las mejillas y busca mi mirada repitiendo mi nombre sin cesar.
Josh, que está a mi lado, pregunta con ira qué es lo que estoy haciendo.
Pero apenas los escucho, me tiemblan los labios y sé que balbuceo explicaciones sin coherencia alguna, pues ambos me piden que cierre la boca antes de sacarme de ahí.
Lo único que está bajo mi nublada visión es el rostro empapado de Jillian, quien me pide que no vuelva a abandonarla.