17 #2
Las palabras quedan flotando y, en ese instante diminuto, entiendo que el silencio mismo espera que yo haga algo con lo que acabo de admitir. La garganta se me cierra, las manos me tiemblan. Quisiera poder observarme desde un rincón y tomar distancia de este cuerpo que ahora me incomoda.
Me concentro en una arruga invisible de la manta, en el borde del cojín, en cualquier cosa que no sean sus ojos. Siento una presión detrás de los párpados; no alcanza a volverse llanto, pero anuncia que podría hacerlo.
—Te quiero —mi voz pierde su firmeza—. No es algo de lo que dude. Pero no sé cómo dejar de compararme contigo y me odio demasiado por eso.
El roce de la yema de sus dedos en mi mentón me hace temblar.
Niego con la cabeza cuando insiste con la clara intención de pedirme que lo mire.
Sé que necesita encontrar la verdad en mis ojos, eso le da seguridad.
Pero no puedo. Sin embargo, cuando dice mi nombre con la voz entrecortada, se me desarma la resistencia y ya no soy capaz de seguir rompiéndole el corazón. Sus ojos brillan con tristeza.
—No estoy en una posición que tú tengas que alcanzar —dice con calma—. No estoy compitiendo contigo. Nunca lo he hecho.
Su mano se desliza despacio hacia mi nuca y se inclina un poco más hacia mí.
El calor sube a mi rostro porque sé que, durante meses, he construido una narrativa donde siempre estoy un paso detrás, contando logros ajenos como si fueran pérdidas propias.
Mientras sostiene mi mirada, no me queda más que aceptar que esa contabilidad la llevo solo yo, que la carrera que me agota ni siquiera tiene una línea de salida compartida.
—Desde que te conozco no hago otra cosa que admirarte y aprender de ti.
—Intenta acercarse, pero se detiene cuando apoyo la mano en su pecho—.
No sé bien cómo he llegado hasta donde estoy.
Solo sé que me quedo, que aguanto… porque quiero ser como tú.
Quiero amar lo que hago así, sin dudar. Y pelear por eso, pase lo que pase.
Me rindo. Aflojo la mano y dejo de resistirme, permito que me acerque contra su pecho, que su palma trace caricias lentas en mi nuca.
—Debiste decírmelo antes —murmura.
—¿Cómo iba a decirte que me muero de envidia por todo lo que tienes? Es patético.
—Debiste decirme que necesitabas que te repitiera todos los días que eres el mejor, para que nunca lo olvides. No me cansaría de hacerlo.
—Ahora también me muero de vergüenza.
Eso le arranca una carcajada, y me alivia.
—Perdóname. —Exhalo todo el aire que llevo conteniendo desde que comencé a hablar—. Si en algún momento te hice daño, porque sé que he actuado más de una vez como un imbécil, lo siento. No sé lidiar bien con lo que siento.
No prometo que dejaré de sentirlo, desprenderse de un mal sentimiento es difícil. Pero sí me prometo a mí mismo seguir enfrentando ese hueco en el estómago que aparece cuando me siento desplazado, que mi carrera como actor avanza por un rumbo inestable, atravesado por la incertidumbre.
—Podemos ver algo si quieres —dice Seren—. Para que te distraigas un poco.
Su boca permanece apoyada en mi cabeza, lleva un par de minutos besándome ahí. Todavía avergonzado, hago una pequeña mueca antes de responder:
—En realidad, sí me gustaría revisar el guion… Me entregaron solo una parte, pero debo aprenderlo en tres días. ¿Lo quieres leer?
Asiente con efusividad. Eso ayuda a que nos enfoquemos en algo más y mi cabeza deje de darle vueltas a lo patético que he sido hace menos de media hora.
Es la primera vez que nos enfocamos en el trabajo juntos por demasiado tiempo, pero resulta más divertido aprender y practicar mis líneas junto a él.
Debí haber revisado antes el guion. Sombras de neón no es precisamente lo que pensaba. Es un filme cargado de intensidad, con escenas que se adentran en territorios más sensuales de lo que me resulta cómodo admitir en voz alta. No es un poco subido de tono, lo es a secas.
La protagonista, Lía, acostumbrada al brillo dorado de una vida de privilegios, escapa cada noche hacia el lado más oscuro de la ciudad: bares de mala muerte donde las batallas de baile urbano le permiten soltar lo que el día le exige contener.
La trama inicia una noche en la cual detiene un taxi cualquiera; Damián, su chofer, se convierte sin saberlo en el umbral de una aventura que trastocará su rutina.
El azar, o quizá la astucia del destino, dibuja un camino incierto: ¿será amor, simple deseo o algo que aún no tiene nombre?
Nadie lo sabe. Ni siquiera yo, que debería obtener las respuestas en este guion.
Casi puedo oler el alcohol y el humo. Es un ambiente que no me resulta ajeno, que activa recuerdos indeseados y me desordena por dentro.
No puedo evitar que la vida de Lía me lleve a Jillian.
Escucho su risa demasiado afinada al regresar de algún evento nocturno, el brillo en sus ojos que nunca he sabido distinguir del todo si son signo de felicidad o algo más vertiginoso.
La veo moverse entre desconocidos con seguridad; también el cansancio que intenta disimular al día siguiente.
No termino de comprender ese mundo en el que parece respirar mejor que en cualquier otro, pero sí aprendo que la noche tiene una forma particular de absorber a quienes la necesitan demasiado.
Mientras leo, la línea entre la ficción y su recuerdo se vuelve incómodamente fina.
La primera escena que me corresponde ensayar, es ya la antesala de un encuentro sexual.
Algo me raspa por dentro, es incómodo, pero no quiero dramatizarlo.
Seren está aquí, el departamento permanece en calma y nuestro mundo, al menos por ahora, ha dejado de sentirse hostil.
No quiero convertir esto en otro conflicto, ya hemos acumulado suficiente tensión entre nosotros.
Así que me lo guardo. No menciono el recuerdo ni la resistencia que me atraviesa al imaginar las luces bajas, las respiraciones cercanas, la intensidad que tendré que encarnar.
—Estoy celoso —alega Seren—. Pero es tu trabajo. Así que… en marcha.
“Sombras de Neón”
ESCENA 12 – INTERIOR. APARTAMENTO DE DAMIÁN – NOCHE
La lluvia cae fuera.
El apartamento es pequeño. La luz es tenue. Hay discos viejos apilados.
LÍA está apoyada contra la pared, con las zapatillas sucias de barro. DAMIÁN deja las llaves sobre la mesa.
Se miran en silencio. LÍA se quita la chaqueta mojada. DAMIÁN se acerca.
DAMIÁN
(Susurrando)
¿Segura de que quieres estar aquí?
LÍA asiente. No sonríe.
Se quedan a pocos centímetros.
Se acercan. Se besan. Al principio con timidez, luego con intensidad. La cámara se mueve alrededor: manos que se buscan, respiraciones entrecortadas, ropa que se desliza fuera de plano.
Respiro hondo y resoplo. Me entrego al compás de la escena, guiado por los sutiles movimientos que Seren improvisa a mi alrededor.
Alejo el desagrado que me provocan los recuerdos y me convenzo, por esta vez, de que solo se trata de un juego.
La presencia de Seren es un faro que dibuja la atmósfera, que envuelve mis gestos y les da vida.
Al principio, todo fluye con naturalidad, cada paso, cada mirada, cada pausa.
Al menos, las tres primeras veces. Para cuando intentamos iniciar la cuarta, el roce previo nos tiene con las mejillas sonrojadas.
—Pero qué taxista más sexi.
—Seren… Enfócate.
—¿Quién es Seren? —Se acerca a mí despacio y desliza su índice por mi mentón—. Me llamo Lía. Dime, guapo, ¿estás soltero?
Ladeo una comisura, apenas un gesto, mitad sonrisa coqueta, mitad rendición embobada.
Seren deja caer el guion sobre el sofá. Luego, sus manos buscan mi rostro con delicadeza.
Cuando apoya sus dedos en mis mejillas, siento que hasta mis ansiedades se detienen por un instante.
El roce de sus labios contra los míos es leve, pero no tarda en hacer temblar el interior de mis muslos.
—Para ti sí —susurro.
—Eso me alegra.
Su boca encuentra la mía, y una claqueta imaginaria anuncia el final de la escena para darle paso a nuestra propia vida. A nuestra propia piel que vuelve a encontrarse.