18
Millones. Son millones las especulaciones acerca de una posible relación entre Seren y Sabina, estoy más que seguro de ello. Es divertido de leer, sobre todo cuando Seren, dormido, desliza su brazo por mi cintura y se acomoda sobre mi pecho.
Me gusta saborear estos fines de semana.
Son un respiro que siempre llega demasiado lento y se va demasiado rápido.
Tenemos tan poco tiempo para estar juntos que hablar de trabajo ni siquiera cruza nuestra mente.
Aquí, en este espacio reducido y suspendido, todo parece tan simple.
Somos él y yo; té y café; risas que se escapan sin esfuerzo, caricias que se deslizan como un secreto, y un silencio tan cómodo que duele dejarlo.
—Deja de mirar eso —su voz siempre está ronca al despertar.
Tira su brazo sobre los míos para que baje el celular. En medio de una pequeña risa, cedo a su petición.
—Lo siento. Me divierte leerlos.
—A mí no.
—Es gracioso. Las personas especulan, pero no tienen idea de nada, eso es divertido.
Seren gruñe. Su actitud no cambia, solo se aferra a mi cintura esta vez y se mantiene con los ojos cerrados.
Vuelvo a soltar una pulla sobre «la química obvia» que existe entre él y Sabina, mientras le pico las costillas.
Lo admito, me gusta provocarlo. Es una costumbre, un juego… hasta que ya no lo es.
Se da media vuelta, se acomoda en la orilla de la cama y se cubre hasta las orejas.
Una pequeña alarma se levanta en mí. Siempre hace eso, pero suele ser una broma que acompaña de comentarios sarcásticos para que busque su atención.
Esta vez no es así. Le pico el hombro, le toco el cabello, le lanzo una broma inocente sobre nosotros.
Nada funciona. No es hasta que decido acercarme de verdad que escucho cómo sorbe por la nariz.
El vuelco en mi estómago encuentra su lugar.
—Oye —murmuro. Él se esconde en la almohada—. Seren…, ¿qué pasa?
—Estoy cansado. —Su voz suena rota—. De todo esto.
No alcanzo a abrir la boca cuando toma su celular y me lo tiende.
En la pantalla se despliega una publicación interminable que ha reunido, con paciencia obsesiva, teorías, fotos de rodajes, capturas de entrevistas y fragmentos de detrás de cámara, todo meticulosamente dispuesto para sostener una historia que jamás ocurrió entre él y Sabina.
Me impresiona esa capacidad que tienen las personas para inventar certezas.
Construyen un edificio entero sobre cimientos invisibles.
—No me importa que inventen cosas… —añade—, pero es que hablan como si me conocieran.
Como si supieran lo que pienso… lo que siento.
Me encantaría decirles a todos que estoy contigo, que Sabina es solo una compañera de trabajo y que me harta su necesidad de poner entre nosotros cosas que no existen.
Le quito el celular y lo dejo boca abajo en la cama. Me inclino sobre él para abrazarlo con fuerza y acariciarle el cabello. De esa forma, poco a poco, logro que gire y me abrace de la misma forma. Sus sollozos y temblores me destrozan el corazón.
—No le debes explicaciones sobre tu vida privada a nadie, Seren.
—No se trata de eso.
Lo tengo claro, pero no sé qué más decir para que se calme, no sé si algo pueda ayudarlo a entender esto.
Comprendo a la perfección lo que siente, lo he vivido en más de una ocasión.
Pero, para lamento de todos, esto es lo que conlleva la fama, en la medida que sea.
Mantener una imagen pública es una enorme responsabilidad.
Se vive bajo la mirada ajena de forma constante y se debe sobrellevar esto como lo que es: el sustento de tu vida.
Esto implica más que solo ejercer como producto de entretenimiento, también tu vida privada, sexual y romántica quedan bajo juicio constante.
Siempre hay alguien que intenta entrometerse, sin importar lo que hagas.
¿Qué puedo decirle que ya no sepa? En nuestro mundo, cada gesto se observa bajo un microscopio.
Vivir en pareja aquí es como caminar sobre cristales.
Un roce, una sonrisa, un instante capturado puede convertirse en noticia.
Paparazzi al acecho, tabloides que siembran historias, rumores que corren más rápido que la verdad.
Todo está expuesto y el ojo público no perdona.
Un simple beso en la calle puede transformarse en titular.
Siempre he sentido esa presión demasiado cerca. Por eso decidimos mantener privada nuestra relación, para proteger lo más frágil que tenemos: nuestra intimidad y nuestro equilibrio.
Además, seamos honestos, los fanáticos de la imagen que Seren proyecta son también la base de su carrera.
Su ideal romántico, el que todos imaginan junto a Sabina Weber, resulta mucho más atractivo y comercial.
Exponer nuestra relación podría alterar la mirada de productores y directores, sembrar dudas sobre favoritismos, conflictos de interés o incluso eclipsar su química en pantalla.
La falsedad entre Sabina y él es un riesgo latente.
Mantener nuestra historia en privado no es una renuncia. Es, en realidad, la única forma que tenemos de amar con libertad, de existir sin que nadie decida nuestros límites o transforme una simple mirada en un espectáculo. Es la manera de sostenernos sin que el mundo nos arrebate lo más nuestro.
Claro que Seren no tenía idea de lo que realmente significaría formar parte de esta industria como un producto.
Se ha conocido a sí mismo en esa tensión entre deseo y obligación.
Es un joven que sonríe en las entrevistas, pero que observa y registra cada gesto, cada sombra e instante con la precisión de un perfeccionista en silencio absoluto cuando la cámara se apaga.
Seren Montiel apenas entiende la fama. Le llegó de forma abrupta, y ya no sabe cómo detenerla.
—Desde que firmé ese contrato, decidí que mi vida personal quedaría cerrada con llave —dice tomando un pequeño respiro—. Ivanka estuvo de acuerdo. Pero yo no tenía la intención de enamorarme de ti… y eso para mí lo cambia todo, Dedrick.
Le asusta que las teorías lo alejen de mí.
Que los edits sean demasiado, que los noticieros y los rumores maliciosos calen hondo en mis inseguridades y me empujen a tomar distancia.
Seren Montiel siempre puede regresar a su familia, para él eso es incondicional, pero si yo me voy, perderá lo único bueno que ha ganado con todo esto.
Mi corazón se acelera, casi duele, ante la idea de que sus temores puedan ser una realidad.
No puedo decirle que temo por él, que me lastima imaginar lo que otros podrían inventar o malinterpretar sobre su vida.
Entonces lo abrazo con más fuerza. No es para consolarlo ni para calmarme a mí mismo; es un gesto que nos ancla para recordarnos que, al menos aquí, lejos de todos y con los celulares apagados, nuestras vidas pueden ser perfectas.
Anhelo no estar equivocado.