16
Tras mi última toma en Vespra, soy trasladado de regreso a Saras de inmediato.
Josh argumenta que debo enfocarme en los ensayos para la obra; es la única forma de controlar un poco este «asunto» y resguardar la imagen pública de Ded Rossel.
Si las personas me ven concentrado en el trabajo, dejarán de especular acerca de mi necesidad de colgarme de la fama de Seren Montiel.
Josh nunca ha sido estricto conmigo. Ni siquiera se molestó tanto cuando me escapé hace unos años.
Sin embargo, ahora se muestra controlador; se encarga de llevarnos a Hellen y a mí a cada lugar donde debemos asistir.
Me deja en casa y no se marcha hasta que le envío una foto que asegura que estoy dentro de mi apartamento.
Recuerdo la forma en que Seren me miró aquella noche en las escaleras del hotel; sé que ahora estaría más preocupado.
Pero no me veo capaz de cuestionar estas decisiones.
Cada vez que doy un paso hacia el debate —sobre todo cuando me resisto a que Josh monitoree mis movimientos—, algo se me cierra por dentro.
Termino repitiéndome que tiene sentido. Sé que le preocupa que haya una mancha en mi expediente ahora que la atención pública sobre mí es mayor.
Tengo una entrevista un par de días después, algo pequeño que salvaguarda mi privacidad. No toca nada relacionado al suceso de las fotografías. Se enfoca en mi trabajo, algo que desde hace bastante tiempo no sucedía. Aprovecho la instancia para anunciar mi regreso al teatro.
Reprograman mis ensayos, así que el fin de semana estoy libre y Callan aprovecha para visitarme.
Agradezco encontrar a mi mejor amiga paseándose en pijama por la sala de mi apartamento al final de mi jornada.
Ella me prepara la cena y tararea esa música insoportable que, irónicamente, extrañaba más de lo que puedo admitir.
Al verme, su expresión se transforma en una de preocupación y se acerca para abrazarme por la cintura.
—¿Cómo estás?
—Regular. —Acaricio su cabello—. Gracias por venir.
—Pedí una semana libre, así que me quedaré contigo. ¿Qué te parece que sea tu asistente personal número dos?
Arrugo el entrecejo. No me incomoda la idea, incluso me parece divertida. Sin embargo…
—Josh me lo pidió —dice antes de que pueda cuestionarla. No me suelta, solo toma distancia para mirarme. Sus ojos brillan con culpa—. Está preocupado por ti.
—No entiendo la estrategia, pero, ya qué, está bien.
—Sonrío. No pretendo estar en desacuerdo.
La despeino solo para que me crea y también para que me suelte—.
Me gusta que estés aquí. Aunque si quieres controlarme, vamos a tener problemas.
—¿Bromeo? Tal vez—. ¿Qué hay para cenar? Me muero de hambre.
Escucharla reír es un alivio gigantesco. Al menos, ella sí está de mi lado con respecto a lo de Seren. Aunque está preocupada por nosotros.
—Su primer drama público. —Lo dice como si fuese nostálgico—. Cuando vi esas fotos, te juro que estallé. ¡ Son demasiado obvios ! Deberían bajar su intensidad cuando estén en público.
—Claro que no se nota —alego. Tomo mi celular y le hago zoom a nuestras caras—. Seren estaba borracho, todo el mundo se pone raro cuando está borracho.
Callan cambia la foto.
— ¡ Por supuesto ! Todos los hombres se ven así, a punto de besar a su compañero de trabajo. Cosas del alcohol, ¿no? Cosas de bro.
Pongo los ojos en blanco. A final de cuentas, el rumor de la potencial relación romántica entre Seren y yo nunca ha sido el problema principal.
Eso solo es un problema para Ivanka. Su control de daños se centró en mantener una imagen neutral para Seren en cuanto a sus preferencias sexuales y, luego, hacer promesas para los fanáticos.
—Ivanka es severamente controladora —asegura Callan—. Y creo que homofóbica también.
La estrategia de Josh fue quitarme de su lado y demostrar lo enfocado que estoy en mi carrera.
Está preocupado por la imagen que quieren darme los fanáticos de Seren.
Todos llevan el discurso de que soy un aprovechado y necesito colgarme de su fama antes de quedar en el olvido.
Nuestros nueve años de diferencia hacen que, para ellos, todo sea aún más difícil de entender.
Supongo que ser amigo de un treintañero resulta impensado.
Sobre todo, si consideran que soy un Rossel, y que la noticia de Jillian ha vuelto a circular.
—Lamento que tengas que revivir lo que pasó con Jillian. —Me acaricia el hombro—. Solo espero que entiendas que no es tu culpa que…
—No hablemos sobre eso. —Desvío mi camino hacia la cocina. Callan me observa desconcertada, pero me mantengo firme—. Cuéntame, ¿qué planes tienes para tu pasantía como asistente personal?
A la mañana siguiente, agradezco la presencia de Callan.
Su compañía durante la jornada de grabación matutina resulta tan agradable como lo esperaba.
Todo el tiempo le pide a Hellen que descanse y corre de un sitio a otro para socorrerme, darme instrucciones —enviadas por Hellen— y pedirme también que descanse.
Me acompaña en grabaciones, reuniones, a los ensayos para el musical y alguna que otra entrevista.
También me pide disculpas cada vez que debe arrastrarme lejos de Seren.
«Josh te llama», añade; «Josh me lo pidió»; «Josh dice que…
». Para el miércoles, ya estoy harto de escuchar su nombre en cada oración.
Tener a Callan como asistente personal es como abrir la ventana y dejar que entre aire fresco. Sus torpezas no son fallos, sino pequeñas grietas por donde se filtraba la luz; movimientos inseguros que terminan, de algún modo, sosteniendo el día.
El viernes por la mañana nos trasladamos los cuatro al Teatro Central. Es el primer ensayo general de Tres disparos y un bis. Tener a mi mejor amiga a mi lado me llena de una calma distinta, nostálgica.
—¿Cómo está mi estrella? —Montalbán me saluda a su manera: con una pregunta bochornosa y una palmada en la espalda.
—Un poco nostálgico —admito.
Un poco perdido en mis primeros pasos sobre los escenarios de Puerto Dara.
Un poco decaído porque sé que faltará una persona especial en las butacas cuando salga a escena.
Aun así, aquí estoy, ajustándome el vestuario provisorio.
El chaleco me ciñe demasiado el torso y la tela rígida de los jeans limita un poco mis movimientos.
—Pero feliz —añado con una sonrisa—. Más que listo.
Las cosas fluyen mejor de lo que esperaba.
Entro a escena con el cuerpo adormecido, pero tras la primera canción, me responde sin titubeos y la voz no se me quiebra.
Rowan se acomoda en mis hombros con una naturalidad que me sorprende.
Aunque se me escapan un par de líneas, reencuentro el camino de regreso y continúo sin esa sensación abrupta de quedarme fuera de mí.
Es tan leve que nada se rompe. Al final, quedo en una leve niebla que me hace sentir a medio paso de distancia de mi propio cuerpo.
No es una desconexión áspera, porque cuando baja el telón, volver es más fácil.
—No has perdido tu esencia —dice Montalbán en el vestuario.
—¿Y cuál se supone que es mi esencia ?
—En el escenario te conviertes en quien quieres ser. Si te equivocas, lo resuelves en el momento. —Se apoya en los casilleros—. La cámara no te da espacio para eso. Pensé que podías haberla perdido.
—Supongo que eso no se pierde tan fácil.
Montalbán solo asiente, satisfecho. Hay un breve silencio y aprovecho para acomodarme el cuello de la chaqueta frente al espejo. Es un gesto mínimo que me da el valor suficiente para tomar aire antes de volver a hablar.
—Creo que no me había dado la oportunidad de darte las gracias. —No es tan difícil decirlo como imaginaba—. Volver al teatro no estaba en mis planes, pero aquí me doy cuenta de cuánto lo extrañaba. Gracias por pensar en mí y traerme de vuelta.
—Nunca debiste bajarte del escenario, Dedrick. Espero que no vuelvas a hacerlo.
El cine y el teatro se pueden combinar, aunque implique más trabajo.
Grabar y luego subirme a un escenario suena ambicioso pero posible.
Aunque no se lo digo a Montalbán, cada día considero aceptar alguno de los otros papeles que me ofreció —o cualquiera que aparezca más adelante—.
No es solo algo que me hace feliz a mí; cuando regresamos a la agencia mi equipo y mi mejor amiga están igual de satisfechos. Ha sido una semana ganada para todos.
Por eso, el lunes, frente al espejo de maquillaje, la ausencia de Callan pesa.
Todo está ordenado y en silencio. El aire huele solo a polvo fino y maquillaje, no a ella.
Echo de menos el ruido de su respiración nerviosa detrás de mí, los pasos erráticos, incluso sus órdenes —dictadas por Josh o Hellen— tenían una falsa seguridad que ahora me falta.
Lo único capaz de quitarme cierto pesar se asoma por la puerta.
Fuerzo una sonrisa cuando desliza sus manos por mis hombros y me abraza con fuerza.
Apoya su mejilla a contra la mía, un encuentro clandestino.
Nuestros camarines están separados desde que Seren regresó a Saras.
Sé que ha tenido que convencer a Velandia para que lo dejase venir siquiera por un momento.
—Te extraño —le digo—. ¿Haces algo el jueves? Tengo el día libre.
Suspira y sonríe con tristeza. Jugueteo con mis dedos, listo para lo que viene.
—Debo viajar a Vespra con Sabina para grabar.
—Oh.
Sí, es todo lo que digo. Una y otra vez.
Cada vez que sumo un día libre a mi semana, él suma un viaje a Vespra, una entrevista, una sesión de fotos, una nueva revista.
Todo junto a Sabina Weber. No es que Ella me preocupe, solo tiendo a extrañar a Seren cada vez con más intensidad.
Está demasiado ocupado para pasar tiempo conmigo lejos de la agencia y eso me estresa aún más.
—Lo siento —susurra—. Te lo compensaré.
—No te preocupes. —Intento sonreír—. Lo entiendo.
Detesto entender, pero lo hago de forma honesta. Es la vida que hemos elegido: horarios fragmentados, vuelos de madrugada, entrevistas que devoran días enteros. Nos toca acostumbrarnos, aunque la costumbre tenga filo. Nos toca superarlo, aunque cada intento deje un pequeño vacío en el pecho.
Extrañarnos es parte de esto. Me lo repito como un mantra mientras apago la televisión, donde Seren sonríe a desconocidos.
Él es una estrella ficticia, un satélite artificial que desaparece cuando las cámaras se apagan y se transforma en la persona que quiero.
Seren vive entre reflectores, pero nunca me deja a la deriva.
Cada noche, sin fallar, hay una videollamada.
A veces corta, a veces larga, pero siempre presente.
Un «ya llegué al hotel» o un «cuéntame de tu día» que actúa como puente, como una mano invisible que me acaricia desde lejos.
—¿Estás seguro de que no quieres ir a dormir? —pregunto con suavidad.
Seren siempre ha tenido esas ligeras marcas de color violeta debajo de sus ojos, pero la inflamación evidente alrededor de ambos es una señal de absoluto agotamiento.
Por más que no quiera admitirlo, por más que sonría tan hermoso que siento ganas de besarle las mejillas.
Ojalá pudiera acariciarle el cabello para que se relaje y descanse.
Quisiera oler el aroma de su perfume para prolongar mi propio descanso.
—En un rato más —bosteza—. Cuéntame sobre tu día.
Evito, a toda costa, mencionar siquiera una mínima parte de lo triste que es el hecho de que nos toca grabar por separado los últimos detalles de la serie.
Y que eso me mantiene flotante y perdido con algo más de frecuencia.
En su lugar, mi relato se basa en algo que denominamos «anécdotas de filmación», aún si de anecdótico no tienen nada.
Solo es un relato de mi día. Disfruto más hablarle de los ensayos del musical; son vibrantes, siempre hay discusiones encendidas y no pasa un solo segundo sin que sonría al bajar del escenario.
—Ivanka ya tiene todo en orden para el día del estreno —dice de forma pausada—. No quiero faltar.
—Gracias —murmuro.
Él se acomoda en su almohada y cierra los ojos de manera involuntaria. Y me veo incapaz de decir algo más, necesita descansar. Me gusta observar sus facciones relajadas, su semblante tranquilo me devuelve algo de paz. Lo miro dormir y su respiración aquí no compite con nada.
Lo quiero. Lo quiero de una forma que me asusta. Y, aun así, hay días en que siento que corro detrás de él, en los que intento alcanzarlo en un lugar donde ya está instalado. No sé cómo dejar de sentir esto. ¿Qué clase de amor compite en silencio? ¿Cómo puedo explicárselo sin que me mire distinto?
Se me llenan los ojos de lágrimas antes de poder contenerlas. Es la frustración de querer ser suficiente a su lado sin compararme, de admirarlo sin convertirme en su sombra, solo porque todavía no he logrado lo mismo.
—Te quiero —balbuceo. Son dos palabras que casi nunca le digo. Me saben agrias cuando veo la ilusión en sus ojos, cuando recuerdo lo mucho que me cuesta pronunciarlas—. Te quiero… Cómo te quiero.