El dilema de mirar un cielo estrellado 14
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La segunda temporada de Ritmos de ruina inicia en los sets de Vespra. Regresamos al bosque encantado, al mirador panorámico de Andrómeda. Conocemos un hostal viejo y perdido en el bosque, lugar que se transforma en el nuevo hogar de mi querido y abandonado Julien Bec.

Debo ser sincero, aprenderme este guion ha sido una tortura.

No soporto el decaimiento que implica aceptar esta derrota.

Me la paso la mayor parte del tiempo perdido en las emociones de Julien, con los pies en el aire; apenas siento que doy pasos, cuando me desplazo de un lugar a otro.

Como siempre, dejo que suceda, porque es usual para mí, es mi costumbre, mi manera de atrapar el papel a fondo.

Sin embargo, hasta ahora apenas puedo sonreír para responder a las instrucciones, preguntas y consejos de Latorre durante la grabación.

O a la curiosidad de los maquilladores, cuando me atrapan en soledad dentro del camarín, en uno más de mis fallidos intentos por regresar a mi cuerpo.

Apoyados sobre la mesa, los dedos tiemblan. Un peso sordo se instala en mi pecho, el que me recuerda a esas escenas en blanco y negro donde el mundo parece detenerse antes de que algo irreversible suceda, como en Lost in Translation.

Mi ansiedad es un murmullo interno y constante que me adelanta los peligros antes de que pueda siquiera pensarlos. Me hace sentir que vivo en un perpetuo tráiler de película de suspenso, donde cada decisión parece anunciar la próxima escena de caos.

Cada segundo de descanso lo utilizo para intentar regresar a mi propio cuerpo.

Es tan difícil que me desespera más de una vez.

Lo único que me da algo de alegría es la facilidad con la que logro finalizar mis escenas en solitario, siempre entre aplausos y felicitaciones.

Y claro, ¿cómo no? Si esta forma de actuar me hace sobresalir.

—¿Todo bien? —pregunta Seren en un murmullo, cuando finalizamos la última toma del día—. Estás…

—Lejos —afirmo—. Lo sé.

—Iba a decir perdido, pero sí, lo estás. —Coloca su mano en mi hombro. No funciona del todo como ancla, pero logro sentirlo—. ¿Puedo hacer algo por ti?

—Tranquilo. Solo necesito descansar.

Abre la boca para decir algo con el ceño fruncido, pero no se lo permiten. Sam se nos acerca, con su voz chillona y entusiasta, junto a una cámara que apunta directo hacia nosotros dos.

—Para el detrás de escena.

No es necesario que actúe, pero termino haciéndolo de todas formas.

Ded Rossel necesita mostrarse ameno en este momento.

Como Dedrick, lo único que deseo es escapar y encerrarme en soledad en la habitación del hotel.

Ahí es donde me lo paso el resto de la tarde libre que nos regalan.

Como Seren tiene una entrevista junto a Sabina, no tengo con quién pasar el tiempo.

Mi tarde se derrite con el guion de Tres disparos y un bis en las manos.

Practicar mis líneas y expresiones es mucho más fácil.

No puedo cantar en voz alta, pero hago lo posible por mantener la voz firme mientras marco el ritmo de mis pasos.

Rowan me da comodidad. Es más centrado, incluso en su sed de venganza.

Solo después de unas horas, tomo un descanso. Me lanzo a la cama con audífonos, alternando entre música y videos, al menos, hasta que cae la noche. Casi me infarto cuando el celular vibra sobre mi pecho. No sé en qué momento he caído dormido.

—¿Sí? —Mi voz suena tan ronca que apenas me reconozco.

—¿Me abres, por favor?

Me levanto de golpe. Un tanto mareado, corro hacia el baño para limpiarme aunque sea las comisuras de los labios. Abro con el corazón acelerado hasta las sienes.

Seren se balancea mientras me sonríe, esa curva que siempre trata de ocultar.

Tiene las manos ocupadas por un ramo de flores muy pequeño y medio aplastado; puede que lo haya ocultado todo el trayecto hasta aquí.

Le permito pasar, antes de cualquier cosa.

Al menos, nos dejan entrar a la habitación del otro siempre y cuando seamos cautelosos.

Apenas la puerta se cierra detrás de él, rodeo su cuello para besarlo despacio.

Me desarmo por la forma en que aferra una de sus manos a mi espalda.

—Salgamos —murmura en mi boca.

—¿Qué? ¿A dónde?

—Es una sorpresa.

Esta vez la curva en su rostro es genuina y amplia. Adoro cómo se elevan sus pómulos y sus ojos de cachorro lo hacen ver como si estuviera al borde de comenzar a mover la cola.

Él no es de tener este tipo de ideas. O, al menos, no conmigo. Eso me intriga, pero me deja sin espacio para pensar demasiado. Termino pidiendo unos minutos para cambiarme, agarro una chaqueta y lo sigo.

El pasillo del hotel está silencioso, iluminado solo por luces tenues y ocupado por el guardia que siempre custodia mi pasillo.

Aunque esta vez Seren tiene un plan que implica dinero a cambio de silencio, lo que es tan sencillo que acabo desconfiado de la calidad de ese servicio.

Caminamos entre sombras, bajamos escaleras que nadie más usa, pasamos por las puertas de servicio, hasta que nos encontramos en la calle.

El frío me despierta. Seren respira profundo y actúa como si todo esto fuera normal para él.

—A la entrada de Neo 15 —le dice al taxista, quien nos ha esperado desde que Seren ha llegado a mi habitación.

El nombre del lugar aprieta mi estómago antes de que logre fingir una sonrisa. Esto transforma nuestra salida en algo más irresponsable de lo que ya es.

Neo 15 es uno de los barrios nocturnos más conocidos de Vespra. Un rincón incrustado entre avenidas atestadas de personas hasta la madrugada, horario en que sus calles son las únicas con vitalidad.

Me siento algo pequeño, en lo que observo mi alrededor.

Cada local tiene su propio pulso. Se alza como una grieta luminosa entre los bloques más apagados de la ciudad.

Hay cafeterías que nunca cierran y galerías que solo abren después de las once.

El aire huele a fritura, perfume, tabaco y marihuana.

La música flota desde distintos puntos, una mezcla imposible de jazz callejero, electrónica y boleros pasados de moda, que solo es opacada por una ambulancia que cruza a lo lejos, un sonido que me atraviesa el pecho como una advertencia.

—¿Dedrick?

Bato mis pestañas en un intento por despejarme. Clavo las uñas en la palma de mi mano y muevo mi cabeza para asentir apenas pregunta:

—¿Todo bien?

—Todo bien —añado para asegurarme de que me crea y, solo para que deje de mirarme, explico—: Solo me parece interesante cómo estos lugares llegan a ser tan populares.

Eso logra arrancarle una sonrisa y, por fin, desvía la mirada. Puedo volver a mi lucha con la respiración, sin volver a llamar su atención.

Me encantaría decir que siento la libertad, pero sumado a que por obligación hemos tenido que cubrirnos, mi cabeza no se calla, insiste en que no deberíamos estar aquí, que ha sido un error.

Seren, cuyo inconfundible cabello azul resalta con las luces fluorescentes, es quien más oculto permanece y, aun así, puedo asegurar que las personas nos reconocen… lo reconocen a él. No se acercan de manera directa, pero más de uno nos toma fotografías o graba. Ambas opciones me mantienen alerta.

La penumbra nos envuelve cuando entramos a un bar. La música suave y las paredes de ladrillo a la vista vuelven el lugar acogedor. Seren nos pide «algo simple», aunque no lo parece. Me dejo llevar por su inesperado atrevimiento.

Nuestras manos se rozan al recibir las bebidas y me sorprende la electricidad que me recorre por un contacto tan mínimo. Supongo que los nervios de ocultar lo que siento en público tienen su encanto.

—No les prestes atención —dice, justo cuando percibo el leve destello de un teléfono que alguien levanta a lo lejos—. Si los ignoramos, al menos podremos estar algo tranquilos.

Obedezco. Intento concentrarme en él, en la curva de sus labios, en la manera en que su silencio suele resultarme cómodo.

Finjo que no me importa si alguien nos graba, aunque un destello, un clic, rompe mi burbuja en más de una ocasión.

Seren aprieta mi mano con fuerza cada vez y me repite que lo ignore.

—¿No vas a beber? —murmura. Su voz siempre dulce.

—Prefiero mantenerme sobrio por los dos…, por si acaso.

Él alza una ceja, divertido. Yo no lo estoy.

El hielo golpea el vidrio y el olor dulzón del alcohol sube antes de que pueda evitarlo, se mezcla con algo metálico en mi boca cuando me acerca el vaso.

Siempre empieza así. Alguien acerca algo, insiste, se ríe para que no parezca serio.

Y uno cede, porque no quiere ser el único que se niega; porque es más fácil dejarse llevar.

—Solo un poco —insiste—. Vamos.

No estoy aquí. Mis manos alejan el vaso, pero no parecen mías.

El vidrio se desliza bajo mis dedos con más fuerza de la que pretendía y choca con la mesa.

Seren alza las manos en señal de rendición y se disculpa al mismo tiempo que yo.

Después se ríe, pero su voz llega amortiguada, como si estuviera bajo el agua.

Trago saliva. El sabor no desaparece. Me obligo a mirarlo, necesito ignorar lo que acaba de pasar y anclarme en él.

En sus pómulos, en sus ojos que brillan cuando sonríe.

Y duele. Anhelo disfrutar de esto, de cuando hablamos de cualquier cosa, de recuerdos, de pequeños sueños absurdos, de futuros inciertos.

Duele, porque quiero esto. Porque lo quiero a él.

Porque mientras más cerca estoy de su rostro, más siento que me traiciono.

Duele, porque el recuerdo muchas veces se superpone sin mi permiso, porque de pronto el suelo es blanco y frío, una puerta se cierra, y mi celular pierde una llamada.

Debo obligarme a regresar. A fingir, al menos, que sigo aquí.

Si me levanto y me encierro en el baño con cualquier excusa, sé que estaré perdido.

Bato rápido las pestañas cuando nuestras manos se rozan sobre la mesa y la descarga es inmediata.

El contacto es breve y eléctrico. Cada toque me devuelve al cuerpo por un segundo, lo suficiente para no desaparecer del todo.

Seren inclina la cabeza hacia mí y yo me acerco un poco más, hasta sentir su aliento cerca, mezclándose con el aroma del bar y el de su perfume.

Nos alejamos entre risas cada vez que nos damos cuenta de lo que hacemos.

Es evidente que un trago tras otro lo ha desinhibido.

El mundo alrededor se vuelve borroso. La música, la luz, los murmullos. Todo se desvanece hasta que solo quedamos él y yo. Reímos, susurramos, nos rozamos con una familiaridad tan peligrosa como perfecta.

Me pregunto qué pensaría Seren si tuviese el valor de contarle lo mucho que me cuesta estar aquí, lo que me desgasta fingir normalidad mientras el olor, la luz y el ruido me empujan hacia una noche que no logro dejar atrás.

Que cada detalle dentro de estas cuatro paredes me recuerda que he perdido a una de las personas más importantes de mi vida.

Que la culpa para mí no es un pensamiento pasajero, sino una presencia constante que se pega a mi piel y me recuerda que sin importar cuánto me ría ahora o cuánto lo desee a él, mañana todo volverá a sentirse igual.

Volverá el peso en el pecho, la comparación, el miedo a que descubra lo peor de mí.

No dejo que pase un minuto más, le pido a Seren que nos vayamos.

La vereda iluminada solo por los faroles hace que la vida se ralentice y Neo 15 se vuelva un eco húmedo sobre el asfalto.

El olor cambia según la cuadra; en una huele a humo, en otra, a aceite viejo.

El sonido constante ha disminuido. Menos motores, menos música, menos gritos, menos risas.

—Creo que esta es su verdadera cara —digo. Camino despacio a su lado y evito mirarlo a los ojos—. A las cuatro de la madrugada la máscara cae.

Una suave risa escapa de sus labios. Está demasiado borracho como para seguir mi conversación. Cuando se emborracha se vuelve más ligero, me recuerda a aquella vez en que me pidió que me quedase junto a él en mi habitación.

Mi corazón da un vuelco y miro a cada lado, cuando se acerca demasiado y se inclina sobre mí.

No hay muchas personas cerca, nos hemos alejado del lado comercial sin darnos cuenta, pero mantengo la guardia en alto.

Incluso si me gustaría desarmarme entre sus brazos y pedirle que me lo haga en el callejón húmedo por el que pasamos.

Nos miramos; acepto mirarlo, acepto su sonrisa.

La cita terminó, pero queda esa sensación de electricidad que es tan humana que es innecesario pronunciarla.

Me tiemblan los muslos cuando me besa, luego cuando miramos hacia cada lado antes de llamar un taxi.

De regreso, el guardia nos recibe con la mano extendida, debido a la hora y nuestro estado.

Seren ni siquiera titubea antes de meterse la mano en el bolsillo.

Cierro la puerta de mi habitación y es suficiente para que me bese con fuerza.

Para que me presione las manos en los lugares correctos.

Para que me pida más y más cada vez que una prenda del otro toca el suelo.

Seren me sujeta, me guía, me lleva a cada lugar en el que disfruta ser acariciado, y yo me aferro a ese anhelo como si el placer pudiera ser mi absolución.

Es el vértigo perfecto para volverme loco, para dejar de pensar.

Lo encuentro justo aquí, en el abismo dulce que conocí entre sus piernas.