El dilema de mirar un cielo estrellado 13
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—¿Qué tienes ahí? —cuestiona Hellen, mientras me mueve el cuello del jersey.

Me aparto con un gesto rápido y bajo la mirada, como si así pudiera apagar el calor que me sube a las mejillas.

Ya es suficiente con el hecho de que viniese a buscarme a casa de Seren, ¿ahora también debo darle explicaciones sobre las marcas que deja en mi piel?

Los recuerdos, esos fragmentos de la noche que chisporrotean en mi memoria, no hacen sino agravar el vértigo de este momento.

Fue una noche distinta, de esas que se deslizan fuera del calendario.

No es habitual que nos veamos después del trabajo.

Él siempre está atrapado en sus propios pendientes y Hellen me arrastra de un sitio a otro en cuanto cierro la última tarea del día.

En los últimos meses apenas hemos coincidido en fines de semana y, cuando lo hacemos, el reloj nos encierra entre el rigor de los ensayos o las sesiones fotográficas.

Lo de anoche fue una fuga del guion. No negaré que, si el azar o la voluntad quisieran repetirse, yo estaría más que dispuesto a dejarme llevar otra vez.

—Creo que es obvio.

Tengo la mirada fija en la ventanilla, enfocada en las flores algo marchitas que bailan al son del viento en el antejardín de la casa de Seren. Ella no quiere darme tregua:

—Tienen otra sesión de fotos hoy, Dedrick Rossel. ¿No pueden ser un poquito más responsables? Los maquilladores comenzarán a hablar. Tú sabes bien cómo se difunden los rumores.

Resoplo. Solo tengo una marca visible. Es apenas una mancha rojiza en el cuello.

Seren tiene la costumbre de buscar siempre ese punto, dice que allí late un secreto que solo él puede descifrar.

Más de una vez he tenido que apartarlo, justo cuando su insistencia amenaza con dejarme marcado más de la cuenta.

—No es para tanto —murmuro con falsa calma. Pero basta con mirarla para entender que me conviene ceder. A veces la paz es más valiosa que la razón—. Lo siento, seré más cuidadoso la próxima vez.

—Gracias, Dedrick. Mira, no me gusta ser aprehensiva, pero ya tenemos suficiente con su relación.

No empeoren las cosas, por el bien de sus carreras.

—Hace una pausa, digiere cada palabra como si fueran pastillas amargas—.

Si Seren está igual, Ivanka va a poner el grito en el cielo.

Le ha salido una nueva campaña de Calvin Klein para su línea de ropa interior.

¿Por qué permito que mi asistente personal convierta en un asunto grave la cartografía secreta de mi vida íntima?

Comprendo, hasta cierto punto, que necesite hablar de ello, que incluso sienta que le importa, aunque sea apenas una fracción.

Pero ¿cómo explicarle que si alguien aquí es un devoto de las mordidas y los besos intensos, ese soy yo?

Seren no está, ni por asomo, en condiciones de posar en ropa interior hasta dentro de una semana o más.

El auto de Velandia se detiene detrás de nosotros. Un breve toque de bocina marca su llegada. Hellen exhala un suspiro denso, saluda con la mano y arranca el vehículo.

Dentro de la agencia, Seren y yo nos lanzamos miradas de reojo, cómplices de un diálogo silencioso que nadie más comprende. Hasta ayer, sentía un zumbido constante bajo la piel; hoy, se ha disuelto. Una sonrisa distraída me traiciona cada vez que nuestros ojos se encuentran.

Mi maquilladora cubre la marca de mi cuello con cuidado. Me pide que no me mueva con una sonrisa burlona en los labios. Seren, mientras tanto, no le da problemas a la suya. Sus prendas están en su sitio y al menos en su piel expuesta no hay nada que maquillar.

La sesión avanza con la fluidez habitual y con la misma precisión transcurre la breve entrevista que la producción nos pide grabar para anunciar la segunda temporada.

Cada vez que tengo un espacio libre me refugio en aprender mis líneas para el musical.

Al final, Josh y Hellen lograron convencerme de elegir Tres disparos y un bis, la de los vaqueros.

Interpreto a Rowan, un hombre que regresa a su pueblo natal para desenmascarar al comisario que, años atrás, encubrió el crimen que lo condenó.

Tiene una carga musical importante; es una comedia con tintes dramáticos que contrasta bien con la intensidad de Ritmos de ruina .

Me gusta poder llevar ambas, de alguna forma una me limpia de la otra.

El martes por la tarde, Josh me confirma que los ensayos formales del musical comenzarán una vez que regresemos de grabar las primeras escenas de la segunda temporada de Ritmos de ruina en Vespra.

Serán dos veces por semana, miércoles en la tarde y sábados completos.

Cuando comiencen las funciones tendremos que reorganizar todo, pero por ahora el panorama se siente equilibrado.

Aunque el estreno se postergó más de lo que Montalbán esperaba, volver al teatro me tiene ilusionado. Y no es solo por el proyecto en sí, sino porque decidieron ajustarse a mis tiempos. No quieren a nadie más en el papel principal. Eso me hace sentir que todavía soy imprescindible en algún lugar.

—¿Podré ir a verte? —pregunta Seren. Sus manos, siempre en mi cabello, llevan minutos jugueteando con algunos mechones.

Como también necesito componer, la mayor parte del tiempo termino en el estudio B, el único lugar donde el ruido de mi cabeza encuentra orden.

Me irrita que me interrumpan —sobre todo cuando estoy concentrado en lo esencial—, pero aun así agradezco que Seren busque estar conmigo.

A menudo cedo, le regalo una sonrisa y acabamos como hoy, en el suelo; yo entre sus piernas, recostado en su pecho.

No siempre logro sostener el ceño fruncido y enviarlo de vuelta sin que algo se me encoja por dentro.

—Si quieres… —murmuro—. Me gustaría que fueras al estreno. Si logras hacerte un espacio, claro. Falta bastante, será casi para cuando terminemos de grabar la serie, pero a ti siempre te salen cosas.

Quizá mi voz carga un filo que no advierto hasta que Seren se queda en silencio y el aire se espesa entre los dos. La culpa me roza por haber sacado el tema. Decido quedarme quieto, habitando el hueco que acabo de abrir.

Él solo responde:

—Claro, le diré a Ivanka.

Una semana más tarde, conocemos a la nueva pareja de Leonel Salvatore.

Sabina Weber. Actriz reconocida, rostro perfilado y cabello cobrizo natural, imposible de confundir.

Nunca imaginé que la vería fuera de una pantalla, mucho menos a unos pasos de distancia.

Saltó a la fama tras protagonizar el live action de Brave.

Ahora me impresiona la curva improbable de su carrera: de la dulzura medida de Disney a una producción como esta, áspera y exigente, que requiere de ella una entrega radical.

Sin embargo, encaja bien junto a Seren. Tienen una sesión de fotos personalizada e interesante.

Seren, quien me explica el concepto de su personaje, consciente de lo íntimo e incómodo que resulta para él.

Lo dice despacio, aunque sabe que ya conozco el guion de principio a fin; lo hace como un ritual de claridad, para que comprenda que habrá situaciones comprometedoras.

Curiosamente, parece más ansioso que yo.

No puedo negar que una punzada de celos recorre mi pecho al imaginar que, aunque sea actuado, otras manos estarán sobre él.

Sin embargo, me quema la curiosidad de verlo en pantalla, atrapado en ese estado de excitación que domina con naturalidad.

Es bueno en lo que hace, así que no puedo evitar pedirle que se entregue aún más.

Después, silencio. El resto ocurre con lentitud hipnótica.

Primero, su ceño fruncido; luego, su cuerpo sobre el mío, los muslos contra mis caderas, ambas manos firmes sobre mis muñecas, su rostro tan cerca que su respiración se mezcla con la mía. Su cabello roza mis mejillas.

—Me ofendes.

—¿Por? —Alzo una ceja para desafiarlo. Es divertido.

—Quieres verme con otra persona. ¿Por qué? Yo ni siquiera puedo ver tu primera película. No soporto que Sandoval te haya tocado.

Presiono mis labios para evitar una sonrisa.

Me cuestiono mi propia cordura. Es inevitable, hay algo en todo esto que me resulta irresistible y cautivador.

No logro identificar con exactitud qué es lo que despierta esas cosquillas en mi vientre, pero no puedo negar que mi imaginación lo ha tejido con hilos precisos.

—No quiero verte con otra persona —aclaro—. Pero conoceré otra faceta de ti como actor… y eso me gusta.

—Es más de una. Y son explícitas.

Se me revuelve el estómago.

—Ya lo sé.

Sus comisuras se inclinan todavía más, rendidas ante la evidente decepción que le provocan mis palabras. Le pido con suavidad que me suelte y, de inmediato, mis manos toman sus mejillas. No soporto cuando esos ojos de cachorro pierden el brillo.

—Tengo a Seren Montiel conmigo justo aquí y ahora, preocupado de que no sienta celos por él. No podría importarme menos lo que Leonel Salvatore haga con su vida.

Separar a su personaje de él es algo que puedo hacer. Eso le arranca una sonrisa, la cual se ensancha avergonzada cuando añado:

—Estamos juntos, tú y yo, en esta vida, en este momento. Lejos de las cámaras somos nosotros, Seren. Te quiero como no tienes idea.

Sé que estoy ignorando muchas cosas, pero si me detengo a darle vueltas a cada detalle de la realidad, lo más probable es que pierda la cabeza.