12
No me deja más alternativa que acorralarlo en el estacionamiento.
Se me ha escapado de las manos durante todo el día.
Ahora está de pie fuera del vehículo de Velandia.
Mira su celular con los labios abultados, aunque parece más relajado de lo que estuvo durante la sesión de fotos.
Al menos, hasta que me ve acercarme. Guarda su celular de inmediato y casi se encoge cuando esconde las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta.
Me mira unos segundos y, luego, baja la mirada.
El silencio es tal como lo esperaba: incómodo hasta la médula. Me cuesta un poco encontrar palabras. De hecho, ni siquiera alcanzo. Velandia se nos acerca, con su usual caminata rápida, casi tropezando sobre sus talones. Mira su reloj y, luego, me mira a mí.
—Dedrick —dice con asombro. Asiento en forma de saludo—. ¿Vas… con nosotros?
Me señala y luego señala el vehículo. Parece buscar una respuesta de parte de Seren, quien abre la puerta y me pide que suba.
El viaje se arrastra lento, como si la carretera quisiera estirarse solo para torturarnos un poco más.
Seren se pega a la ventanilla, y yo lo observo hasta que algo en mí se cansa de esperar.
Le tomo la mano. No sé si Velandia lo nota, y no me importa.
Seren no la retira, nos quedamos así, con las manos entrelazadas.
Es mi primera vez en su casa. Cada paso se siente como la invasión a un territorio sagrado, pero, al mismo tiempo, me da igual. Él me deja entrar y eso basta. Huele a madera cálida, a barniz, a café recién hecho; un aroma que es solo suyo, que parece susurrar su nombre con cada respiración.
No sé quién decoró este lugar, pero es evidente que él no tuvo intervención alguna.
Las paredes están pintadas de un amarillo apagado; los muebles son robustos, anticuados, con demasiados detalles tallados que parecen gritar «polvo», aunque estén limpios.
Hay alfombras de colores chillones, como si alguien hubiera querido darle vida al lugar a la fuerza, pero lo único que consiguen es chocar con todo lo demás.
Dios, ¿qué es ese reloj con péndulo que está en el rincón?
Es como si incluso él fuese un invitado en la casa de un extraño. A pesar de que se mueve con calma, porque reconoce cada rincón, no hay rastro de Seren en nada, salvo la cámara que descansa sobre la mesa del comedor, único objeto que parece suyo de verdad.
Se sienta en el sofá marrón sin decir nada, pero me mira como un cachorro regañado. Yo me quedo de pie, no sé qué es lo que espero. ¿Alguna explicación? Pero ¿qué explicación? No tengo la menor idea. Solo necesito algo que ordene el caos de estos días.
—¿No crees que necesitamos hablar? —pregunto al fin—. Espero que no digas que no tienes idea de lo que hablo, porque lo sabes bien.
Cierro la boca. No quiero reprenderlo demasiado. Me cuesta mantenerme en silencio, tengo tanto que decirle, sobre todo tras el tiempo que lleva evitándome. Quisiera darle un discurso sobre lo difícil que ha sido esta situación para mí. No tiene idea de lo mucho que me agota.
Seren suspira. Se toma un momento. Luego me mira, con los ojos llenos de esa mezcla suya entre ternura y culpa. Sus ojos preciosos que solo brillan, a pesar de ser completamente negros. Me dan ganas de besarle las mejillas.
—Después de lo del otro día… —inicia con suavidad— te vi tan mal que… No lo sé. Estabas tan ido. Nunca te había visto así. No quise molestarte, sobre todo por lo que me dijiste. —Hace una pausa—. Además, últimamente estás raro, más distante. Pensé que de verdad necesitabas espacio.
Claro que es mi culpa. Le pedí que se replanteara lo nuestro, que pensara si en serio está dispuesto a pasar la vergüenza de tener a alguien como yo en su vida.
Y después decidí, por mi cuenta, que lo mejor era mantener nuestra relación cien por ciento privada.
¿Qué esperaba? ¿Que lo pasara por alto y siguiera con lo nuestro como si nada?
—O sea que de verdad te has replanteado lo nuestro —afirmo.
—¿Qué? —Bate sus largas pestañas mientras se levanta del sofá e invade mi espacio personal. Permito que me tome las mejillas, porque estuve esperando esta cercanía durante todos estos días—. No, no. No digas eso. Ni siquiera lo pienses. No me he replanteado nada acerca de nosotros.
Guardo silencio y me muerdo la lengua con fuerza.
Si digo algo, sé que saldré de aquí llorando y sin Seren pisando mis talones.
Sé que él me dejará ir si yo decido mantener mi postura.
No quiero mantenerla. No sé qué es lo que quiero de él, además de simplemente quererlo…
y que él me quiera como lo ha estado haciendo.
—Sé que no lo hice bien —dice—. Debí hablar contigo y preguntártelo otra vez, pero es que no sabía cómo te lo ibas a tomar. Me asustaba que dijeras que sigues pensando en eso, que es mejor que nos separemos.
No he dejado de mirarlo directo a los ojos, incluso si él desvía la mirada en algunas ocasiones.
Pero esa confesión es más que suficiente para que algo se ablande en mi pecho.
Me siento tan correspondido que la paz se abulta en mi vientre y estalla en mariposas.
Es inevitable que sonría, baje la mirada y pegue una de mis mejillas a su palma.
—Creí que me odiabas —murmuro.
—¿Cuántas veces debo repetir que quiero estar contigo? Porque quiero estar contigo, Dedrick. No me importa nada de lo que suceda, siempre y cuando me quieras a tu lado, yo me quedo.
Las afirmaciones reiteradas son un remedio para personas que, como yo, piensan en exceso. Replantearse pensamientos en silencio, cuando el autosabotaje es el lenguaje interno para todo lo que hago, es difícil. Lo es aún más si quien se encuentra conmigo no sabe lo que dice, o no cuida sus palabras.
—No vuelvas a hacer esto —pido—. No soporto tu silencio.
Sé que le cuesta confrontar a las personas y decir lo que siente. Así que en ocasiones me toca presionarlo sin que lo sospeche. Y claro que hoy lo logro.
—Dedrick —suspira. Aunque no me libera en ningún momento—. Si yo te hubiese dicho que te replantearas nuestra relación y después te ignorara, ¿qué habrías hecho?
Bien, estoy satisfecho.
—Lo sé. Lo entiendo. De verdad, lo entiendo. —Deslizo mis manos por su pecho para acercarme y apegarme a él—. Y lo siento. Estaba enojado y estresado… aún lo estoy. Pero no quiero que te replantees nada, no hablaba en serio, yo…
Me cierra la boca con la suya. Sí, estaba hablando demasiado y sin mucha coherencia. Seren es tan tranquilo, que escucharme desbordado debe agotarlo, pero me alegra que no lo suficiente. Prefiere besarme a sacarme a patadas de su casa.
—Te quiero —susurra en mi boca.
Y me estalla el corazón. La vida entera. Soy un remolino interno con dos palabras que suelen ser tan fáciles de escuchar. Pero en mi interior se siente como un recorrido de cuerdas graves que generan vibraciones que no se golpean entre sí de forma simple, estallan, arremeten contra todo lo que soy.