El dilema de mirar un cielo estrellado 11
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La primera reunión para revisar el guion final de la segunda temporada no es algo que me haga mucha ilusión.

Hellen me golpea en más de una ocasión por debajo de la mesa mientras Latorre habla.

Supongo que mi mirada de desagrado es demasiado obvia para todos.

Pero sucede que, más allá de lo que ya he leído junto a Seren en nuestro último ensayo, la historia no tiene mucho más que enseñar.

Queda tal cual como lo hemos leído, con correcciones mínimas.

Solo ha sumado unas incómodas escenas íntimas para Leonel y su nueva pareja sentimental.

—¿Alguna pregunta? —dice Latorre antes de finalizar—. Dedrick.

—¿Cuándo son las audiciones?

—En una semana. Estamos reuniendo a las chicas con el perfil físico que queremos para Alma. —Desvía la mirada hacia Seren y alzas las cejas de una forma sugerente que me provoca náuseas—. ¿Algo más?

—Nada más —dice Ivanka mientras cierra su libreta y toma su bolso—. Si nos disculpan. Seren tiene una reunión importante.

Es el nuevo rostro de Calvin Klein, me lo dijo esta mañana.

Estará fuera toda la semana, saltando entre sets de grabación y destellos insomnes.

Lo he escuchado hablar de spots y campañas como si fueran simples recados y he asentido con la compostura que he aprendido a dominar…

Por dentro, la idea me incendia. No puedo evitar que me tiemblen las piernas al imaginarlo, tan él, convertido en la encarnación de esas fotografías de ropa interior que suelen detener el mundo.

Una mezcla absurda de orgullo y vértigo me atraviesa, cada vez que suceden cosas así.

Por mi parte, Hellen y yo nos sentamos frente a un pequeño ejército de diseñadores, todos con el brillo ansioso en la mirada, empeñados en dar vida a una línea de mercancía coleccionable inspirada en Ritmos de ruina .

La tarea recayó sobre mí, como una carta deslizada bajo la puerta.

Imagino que es un intento de rellenar una agenda vacía con sobras.

Cuando la agenda de la estrella está copada, le toca a quien vive a la deriva cumplir con las obligaciones más absurdas, las menos relevantes.

Contra mis bajas expectativas, apoyar en el diseño de los productos resulta ser un trabajo decente.

Me dejo llevar por la imaginación, propongo cajas musicales en forma de piano, figuras coleccionables de Leonel y Julien, incluso se abren a la posibilidad de vender un mini proyector de estrellas.

Es parte de mi trabajo, al fin y al cabo, así que contengo cualquier queja y asumo mi parte.

Hellen me sonríe la mayor parte del tiempo, me felicita por mi desempeño y, al finalizar, me lleva a casa.

—Puedes tomarte la tarde —me dice antes de partir.

He mantenido la mirada fija en la ventanilla durante todo el trayecto, para esquivar cualquier conversación sobre trabajo y no tener que escuchar cómo disfraza con palabras este tiempo muerto que se me acumula.

Me siento dentro de una película mal hecha, desordenada, llena de escenas incoherentes.

Sobre todo cuando Seren me escribe para pedirme que me cuide en su ausencia y lo único que me nace responder es un corazón.

En mi apartamento, Callan oye las novedades sobre mi trabajo.

Nuestras agendas han reducido las llamadas diarias, así que ella prefiere resúmenes telefónicos ocasionales, lejos de la frialdad de los mensajes.

Me habla sobre lo maravilloso que es su trabajo y lo bien que le ha ido.

No hay nada que me haga más feliz que verla sonreír.

— ¡ El otro día confundí una estrella binaria con un binario digital ! Estuvieron a punto de echarme del equipo por eso.

No entiendo ni la mitad de lo que me cuenta, pero me burlo de ella porque fue su primera entrevista con los medios. Tal como ella lo hizo conmigo durante mi primera conferencia de prensa.

—Y dije: «es como cuando tu computadora se reinicia por error». —Finge que llora de manera exagerada—. Los científicos del observatorio aún no me lo perdonan. Me transformé en «la binaria».

Escuchar sus historias y reírme a carcajadas es una de mis actividades favoritas.

Callan tiene la habilidad de hacerme sentir menos solitario, incluso cuando estamos tan lejos.

Aunque desearía que estuviera aquí para poder confirmar si mueve la pierna por la incomodidad que le provoca lo que le cuento sobre mi trabajo, la tensión se le marca en el rostro.

No es solo el asunto del guion de la segunda temporada lo que la lleva a alzar una ceja; también lo hace cuando menciono la mercancía.

—¿Qué pasa? —suspiro.

—Nada. Bueno, a ver, me gusta que tomen en cuenta tu opinión para esas cosas. A los fans les va a hacer ilusión que hayas participado. Pero… ¿no deberías estar audicionando para otros proyectos?

—Estoy ocupado con la serie. —Me encojo de hombros—. Josh quiere que me concentre en esto.

—Sí, pero antes no eras así. No parabas. Grababas y al mismo tiempo audicionabas para todo lo que salía.

—Eran papeles pequeños. Ritmos de ruina es diferente.

Callan entrecierra sus ojos.

—Tú no eres conformista. Y, por lo que me cuentas, Josh tampoco. Siempre ha sido el que te empuja. ¿Entonces qué está pasando?

El nudo que en algún momento había dejado de sentir en el estómago reaparece.

Los golpes de realidad siempre me dejan revuelto.

He perdido el ciclo que me mantenía en marcha —audiciones, rodajes, promociones— y ahora avanzo hacia un lugar donde no sé qué me espera, donde quizá no haya nada.

Ha tenido que ser mi mejor amiga, a kilómetros de distancia, quien me lo estampe en la cara.

—El otro día me encontré con Montalbán.

—¿El del teatro? ¿Y qué esperas para llamarlo?

No estoy seguro. Me he sentido tan bloqueado que lo último que se me habría ocurrido es llamar a un viejo amigo para pedirle trabajo.

—Supongo que puedo hacer eso. —No sueno muy convencido.

Callan me obliga a hacerlo, más bien, insiste tanto que termino por colgarle para hacerlo de una vez. Nos despedimos con la misma promesa de cada llamada: volver a hacerlo pronto.

Montalbán contesta mi llamada al tercer pitido.

Puedo sentir su sonrisa cuando dice que me estaba esperando y que nos reunamos en un café en el centro de Saras a las siete de la tarde, lugar al que llego con media hora de antelación y tan ansioso que me bebo tres tazas de té antes de que él aparezca.

Es extraño tener conversaciones con una persona que en su momento fue tan cercana a ti. La vida a veces nos separa y, sin aviso, nos vuelve a poner frente a frente, en ocasiones porque supone que estás listo para retomar algo que pudo haber quedado a medias.

—No te traje un currículo, pero te puedo hacer un resumen —digo.

Eso lo hace reír. Resumirle mi carrera es sencillo y complejo a la vez.

Omito lo que me conviene y subrayo mis habilidades, aunque él ya las conoce.

Han sido años intensos, de idas y venidas en una industria que no siempre ha sido amable conmigo.

Aun así, lo he llevado con cierta dignidad; cargo un portafolio decente de películas en las que aparezco entre cinco y treinta minutos en pantalla. Pudo ser mejor. También pudo ser peor.

—Solo te has vuelto mejor con los años —comenta. Luego abre el bolso y me entrega tres carpetas distintas—. Tengo tres proyectos musicales para estos meses. Me interesa que estés en los tres, pero sé que no tienes tanto tiempo, así que prefiero que elijas. Dos protagónicos y un coprotagónico.

Silencio. Mi corazón comienza a golpearme los tímpanos y las sienes.

—Voy a estar una temporada larga en Saras —añade—. Necesito a alguien en quien pueda confiar para los papeles importantes. ¿Qué dices?

Ni siquiera lo pienso, mi respuesta es sí. Tomo los guiones y tengo que hacer un esfuerzo por no arrugarlos al apretar los dedos contra el papel, la emoción se me acumula en las manos. Todos lucen interesantes.

La primera es una historia del viejo oeste, donde un vaquero vuelve al pueblo que dejó atrás para ajustar cuentas con su pasado.

La segunda sigue a un veterinario de provincia que lucha por mantener en pie la clínica de su familia mientras cuida a su padre enfermo.

La tercera narra la historia de una bailarina decidida a entrar a una compañía importante, en ella yo sería el hermano mayor que intenta impedirlo para protegerla del fracaso.

Montalbán me da una semana para leerlos y decidir con claridad.

—Solo una cosa: tienes que hablar con mi representante. —Busco la tarjeta con el contacto de Josh y se la paso—. Sigo al mando de la agencia, así que tienes que enviarle la propuesta. No te preocupes, es solo una formalidad. Hablaré con él apenas llegue a casa.

Montalbán mira la tarjeta y asiente.

—En unas semanas abro las audiciones, te llamaré cuando haya seleccionado al resto del reparto. No quiero presionarte, pero necesito compromiso. Confío en que puedas organizarte.

—Cuenta con eso —digo—. Gracias por la confianza.

La mañana del lunes es caótica en sí misma. El ajetreo dentro de la agencia nos arrastra de un lado a otro, pero aprovecho cada respiro para hablar con Josh sobre las obras. Hellen se mantiene a nuestro lado, enfocada en su tablet .

—Me llegaron las propuestas, Dedrick. Son buenas. —Me da una palmada en el hombro—. Pero podrías haber hablado conmigo antes de reunirte con él, ¿no te parece?

—Lo siento.

—La próxima vez, hazlo así. —Clava en mí sus ojos entornados—. Hellen responderá. Solo puedes aceptar uno, así que elige bien. Si quieres mi opinión, el de los vaqueros me convence.

—A mí me gusta más el del veterinario.

—Somos dos con los vaqueros —dice Hellen con una sonrisa—. Pero el que sea, mientras seas protagonista.

—Te vendrá bien mantenerte activo después de las grabaciones. —Otra palmada en mi hombro—. Vuelvo en una hora.

Me paso la mañana entre pruebas de vestuario, maquillaje, accesorios, peinados.

Un desfile de manos ajenas que tocan, ajustan, sugieren.

Me dejo hacer. Respiro hondo, asiento, sonrío.

Estoy acostumbrado a este tipo de jornadas donde todos fingen que todo está bajo control, mientras por dentro reina una ansiedad de alto voltaje disfrazada de profesionalismo.

Es nuestra primera sesión de fotos publicitarias para la segunda temporada.

Me prueban tres trajes distintos. Todos lindos, ninguno mío, todo es para el nuevo Julien Bec.

El que finalmente eligen me queda bien, pero no se siente como parte del personaje que yo construí.

Supongo que así es como debe ser, de todos modos, Julien ya no es el mismo de la primera temporada. Pero lo odio.

Odio cómo todo parece girar alrededor de Seren. Lo maquillan con una delicadeza casi reverencial. Le dan más opciones de vestuario. Su nombre resuena más veces. Es como si lo estuvieran preparando para cargar con algo que antes estaba en mis hombros.

No me molesta su brillo. Me duele la sombra que me toca por reflejo.

Me observo en el espejo mientras un asistente me retoca el cabello. Me veo prolijo, convincente pero extraño, lejano. Ni siquiera me percato de que estoy perdido, que me observo desde un rincón. El tipo del reflejo podría ser yo o no.

En las pausas, Seren y yo hablamos poco. No se trata de la distancia sutil que he decidido mantener con él, de cierto modo, es como si estuviéramos fingiendo estar bien para no incomodar a los demás. En ocasiones lo miro de reojo, un tipo de cautela que no existía entre nosotros.

La cautela se mantiene por la tarde. Tenemos un extenso ensayo de líneas junto a Latorre y un asistente de actuación cuyo nombre todavía no memorizo.

Es una secuencia extensa de emociones densas, silencios milimétricos, miradas que tienen que doler.

Latorre nos mira con los ojos entornados, como si pudiera adivinar nuestras grietas desde afuera.

El asistente interviene con sugerencias técnicas, movimientos más precisos, intenciones más marcadas.

A veces se acerca a Seren, le habla en voz baja.

Él asiente. Cuando se acerca a mí, me cuesta más asentir.

El enfoque ha cambiado. Julien ha dejado de ser el centro.

Ya no orbita la historia alrededor de su dolor o su transformación, sino que ahora parece un satélite que espera a que otro se apague.

No lo dicen explícitamente, claro. Latorre lo maquilla como «reestructuración narrativa».

Y aunque intento convencerme de que no me importa —que soy un profesional, que sé trabajar en equipo, que puedo adaptarme a cualquier enfoque—, hay una parte de mí que no deja de doler.

Sumo a ello la incómoda distancia de Seren.

Apenas me sostiene la mirada. Me responde en monosílabos, se mantiene cabizbajo, retraído.

Ni siquiera durante las pausas vuelve a ser él.

No escucho esa risa tonta que siempre suelta cuando olvida una línea, ni ese impulso de palmearme el hombro como si compartiéramos un secreto que el resto del mundo no merece entender.

Me incomoda más de lo que debería. Me está evitando.

Al final del ensayo, ni siquiera cruzamos palabras. Recoge sus cosas; yo hago lo mismo. No sé si el cansancio es mental o físico. Pero yo no voy a ceder ante este tipo de estrés, ya he tenido demasiado con todo lo demás.

Le escribo a Hellen que no regresaré a casa con ella hoy.