El dilema de mirar un cielo estrellado 9
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Uno de mis pasos favoritos para enfrentar cualquier complejidad en mi vida siempre será contarle a Callan.

No solo sobre lo que ha sucedido esta semana, también acerca de cómo me he sentido respecto a la premiación.

Aunque esta vez, en lugar de ponerse en mi lugar —como de costumbre—, se pone en mi contra y humilla cada uno de mis argumentos.

No es solo el haber perdido el control lo que me hace arder las mejillas, también la necesidad de que Callan entienda lo que me pasa, de que deje de reducirlo a algo incorrecto. Me queda esa sensación adherida incluso en la piel, porque me he expuesto y ahora no encajo bien dentro de mí.

Lo que más detesto de esta situación es entender que sin importar cuánto me esfuerce por sobresalir, sigo siendo poco recibido.

Seré por siempre el nominado a Actor del año que no lo logró.

Me resulta humillante a niveles estratosféricos, sobre todo cuando reviso las conversaciones que se mantienen acerca de mí en los comentarios de cualquier red social.

Ellos se creen en la potestad de decir qué es lo que merezco y lo que no.

Ellos deciden cuál es el camino que yo debería seguir.

Ellos se otorgan el poder de determinar que mi carrera ha finalizado y que debería entregarme al olvido de una vez por todas.

Que Seren Montiel es el camino que Lunaris todo lo ofrezco con esmero casi patológico.

Como un perro agradecido por una caricia fugaz.

Observo, analizo, proyecto. Nunca estoy satisfecho.

—Déjale tus redes a Hellen y vive libre —dice mi amiga—. Eres más feliz cuando haces tu trabajo y continúas con tu vida.

Antes era difícil. Ella no imagina que ahora es peor.

Ritmos de ruina se vende como pan caliente —sí, lo sé, la expresión chirría, pero no hay metáfora más popular ni más fiel a esta extraña sensación de éxito efervescente—, está dentro de lo más visto en la plataforma de AquilaTV.

Las calles están plagadas de nuestras caras.

Clips. Canciones. Fragmentos descontextualizados que otros interpretan a su antojo. Todos hablan. De esto. De Seren. De mí.

¿Quién sería yo si no mirara hacia afuera, aunque sea de reojo?

Ser artista es entregarse y, al mismo tiempo, empacarse con un lazo.

Es arte y mercancía en una misma piel. No, no dejo de ser quien soy si no me aplauden, pero también es cierto que sin esa resonancia uno comienza a cuestionarse si la voz sigue ahí, si es que vale lo mismo.

Porque, nos guste o no, parte del oficio es saberse bienvenido.

Aunque sea doloroso y agotador, ser un artista no solo se trata de tener talento y demostrarlo al mundo, también se trata de saber llegar a las personas, de ser bien recibido.

El público debe ser un refugio en el cual acomodarnos, no un agobio constante.

Soy consciente de que las opiniones son como un espejo roto, cada fragmento refleja algo distinto, a veces contradictorio.

Lo sé. Lo entiendo. Lo acepto… la mayoría del tiempo.

Sin embargo, no puedes culpar a un artista por anhelar el éxito en lo que ama.

En buscar esa chispa silenciosa que se enciende cuando el trabajo amado es reconocido, cuando lo que hacemos con el alma se cruza con el corazón de los otros.

Hay algo profundamente humano, casi infantil, en ese deseo de ver tu nombre como un eco junto a lo que te apasiona, como si el mundo por un momento te dijera «te veo, te entiendo, esto que haces importa».

Es un hambre que no nace del ego, sino de ese rincón vulnerable donde uno decide, contra toda lógica, hacer de su vocación una forma de sobrevivir a este mundo que tantas veces solo sabe morder.

Eso no quiere decir que no esté de acuerdo con lo que Callan me dice. Sé que debería soltar el celular, pero es casi adictivo revisar.

—Dedrick, las cosas ya no son como cuando empezaste. Las personas ahora te conocen, tienes trayectoria.

—Pero yo sigo siendo el mismo de siempre.

Callan niega. Su expresión se vuelve difusa entre la ternura y la nostalgia.

—No lo eres —remarca—. Dejaste de ser ese Ded Rossel hace mucho tiempo.

No tengo claro de que sea algo que le agrade decir. Pero estoy más que seguro de que es algo que yo no quería escuchar. Debo tocarme el cabello para asegurarme de que mis manos siguen siendo mías.

—Sé que la extrañas, Dedrick, pero…

—Esto no tiene que ver con ella.

—Dedrick.

—Te llamo otro día.

En la última entrevista en vivo que tenemos Seren y yo, nos preguntan sobre la premiación.

Mi compañero se lleva las ovaciones y yo la frase de consolación.

Apenas salimos del set, me adelanto unos pasos y finjo revisar correos para no cruzarme con su mirada.

Soy tan débil que reviso mi celular todo el camino de regreso a la agencia, elimino sus notificaciones apenas llegan, pero al segundo vuelvo a buscar sus mensajes para contestarlos. No soporto la presión en el estómago.

—Dedrick. —Hellen chasquea los dedos frente a mi cara—. ¿Me escuchas?

Le presto atención de verdad. Lo ha hecho otra vez, no sé cómo lo logra —quizás es su manera de hablar con los productores, o su talento innato para encontrar grietas de oportunidad en paredes que parecen de concreto armado—, pero me consiguió otro spot.

Otra vuelta en la rueda interminable de las redes, la exposición, el algoritmo voraz.

Me explica sobre fechas, formatos e instrucciones.

Todo cronometrado, medido al milímetro. Cómo me gusta y cómo me asfixia.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunto asombrado.

— ¡ Te envié un correo ayer !

—Deberías llamarme.

—Me pediste que no te llamara, porque podría tomarte por sorpresa en situaciones cotidianas y que si no contestabas, me preocuparía —repite casi de memoria—. Así que evitaríamos eso y nos comunicaríamos por correo a menos que fuese estrictamente necesaria una llamada.

Me hundo en mi asiento por el resto del camino.

En la oficina, no sé si tengo frío o solo estoy cansado.

Tal vez las dos cosas. Mi mente ya está en el siguiente paso: en el guion de la segunda temporada.

Nos entregan el primer borrador envuelto.

Lo leo con cautela. Este es un territorio que me pertenece, aunque todavía no me haya permitido habitarlo.

En esas páginas se dibujan personajes que conozco y no reconozco al mismo tiempo, diálogos que suenan a promesas y silencios que quieren decir mucho más.

Me fijo en cada detalle, en cada giro, porque sé que de eso dependerá no solo la historia, sino también lo que vendrá después para todos nosotros.

A veces, siento que escribir es como hacer equilibrio en un cable fino entre dos rascacielos.

Cada palabra mal colocada es una ráfaga de viento, cada idea que no encaja es un tambaleo que lo pone en juego todo.

Admiro a quien se atreve a intentar poner en palabras claras una idea que luego debe interpretarse frente a una cámara.

Un buen guion y un buen director son la clave de una producción audiovisual.

Seren no se presenta en esta reunión, solo el rostro adusto de Ivanka.

Él está en lo que más se ocupa en el último tiempo, publicidad, entrevistas, colaboraciones.

Su agenda crece; la mía se reorganiza en función de la suya.

Cuando no estoy revisando lo que dicen de mí, reviso cada rincón de las redes donde él se encuentra.

Esa sonrisa encantadora que tiene, esa que logra que uno olvide, por un momento, que detrás hay un ser humano.

Ya no hay forma de que retroceda en esto, es innegable.

Como diría mi abuelo: «con el alma en la garganta y las botas llenas de barro». Dándolo todo.

Desde mi rincón, me atrevo a admirarlo, mientras compongo en soledad.

Latorre ha aprobado las melodías, por lo que ahora trabajo con un objetivo claro.

Sin Seren es un poco difícil, estoy acostumbrado a su presencia en la sala instrumental.

Lo imagino frente al teclado, las luces bajas, la mirada clavada en alguna parte del aire, la sonrisa apacible que aparece en su rostro cuando nota que estoy complacido.

A veces, cuando me encierro a componer, me exprime la tristeza. Me arrepiento cuando comienza a doler. No entiendo en qué momento he pasado de preferir mi soledad a añorar tanto a otra persona.

Seren toca el timbre de mi apartamento un fin de semana. Lo abrazo antes de cualquier palabra e inhalo profundo para que mi cerebro se distraiga con el aroma increíble que desprende. Quiero convencerme de que, aunque todo se derrumbe allá afuera, este momento puede quedar intacto.

Cerramos las cortinas, apagamos los celulares, nos preparamos una bebida caliente y nos recostamos en el sofá, justo como a él le gusta.

A veces, reposo entre sus piernas y me recuesto sobre su torso, mientras juguetea con mi cabello, o solo me abraza y me besa la cabeza de forma reiterada, otras ocasiones, solo me huele.

Boomie duerme en el respaldo y, por momentos, nos pide caricias.

Durante la noche llueve. Una lluvia suave, persistente.

Como un telón que baja despacio sobre una escena intensa.

Cocinamos juntos, reímos por tonterías, hablamos de lo que no está bien pero lo va a estar.

Dormimos abrazados, con los pies entrelazados.

El silencio es una tregua de los días intensos que se avecinan.

No hablamos nunca sobre el trabajo cuando estamos juntos en mi apartamento.

Es una regla implícita que impusimos. Desde hace casi dos años que vivimos entre listas de pendientes, cronogramas y estrategias.

Sentir —por unas horas, al menos— que todo puede esperar, es gratificante.

Es posible vivir entre instantes que valen más que una temporada entera.

Cuando se levanta por la mañana con el aroma del café recién hecho, me mira con esa sonrisa que siempre logra calmarme.

Nos despedimos con un abrazo largo, y cuando él sale, el clic de la puerta transforma el ambiente.

Me recuesto durante horas en el sofá, los pies todavía entrelazados con la manta que usamos.

La calma que trajo Seren se escapa por cada fisura.

La paz que lo acompañaba se disuelve y arrastra de vuelta los comentarios, los premios que no gané, la sensación constante de estar siempre un paso detrás, de no ser suficiente.

El sonido de la lluvia al golpear los cristales es ahora un recordatorio ruidoso de mi propia vulnerabilidad.

No es tristeza pasajera, es un peso que he cargado durante demasiado tiempo y que no desaparece con abrazos ni palabras amables.

No se desvanece con el silencio cálido de Seren.

No se desvanece con las palabras de aliento de mi mejor amiga.

Ni con el recuerdo de la persona que más he amado en la vida.

Ese peso es una presión constante, como si llevara años respirando a medias y solo ahora me diera cuenta.

Y no se siente noble. Me vulnera reconocerlo, con los pies en la tierra duele el doble.

Sé que tal vez no puedo sostener esta sensación por mi cuenta por mucho más tiempo. Sin embargo, me niego a aceptarlo.

Limpio mis lágrimas y decido ordenarme. Puedo ver este problema de una forma distinta.

Si mi relación con Seren se siente mejor lejos de la mirada de otros, podemos fingir que no hablamos demasiado en público.

Puedo quererlo fuera del foco, al margen de los demás; así será más sencillo. Interacciones simples y breves.

Sé que Seren entenderá. Y si algo lo inquieta, tendré un argumento razonable para explicárselo.

Me veo incapaz de confesarle que me irrita estar siempre un paso detrás, tampoco tiene por qué saberlo.

No será difícil desviar su atención si llega a sospecharlo.

Puedo quererlo bien. Lo haremos bien. Sé que puedo lograrlo.