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La alfombra roja se despliega desde la acera hasta las puertas del teatro como un río escarlata.
Camino entre cámaras y luces cálidas que enmarcan el recorrido.
Voy vestido con un traje de terciopelo azul y zapatos de charol negro.
Los periodistas, soldados de la atención, siguen cada uno de mis pasos con sus lentes.
El destello de una cámara me atraviesa la sien y el cuerpo por poco se me va hacia atrás.
Aprieto los dientes. Hoy no puedo permitir que nada me desarme.
Seren Montiel va vestido con un traje negro que me tiene hipnotizado desde que se quitó el abrigo dentro de la van.
Lleva un blazer satinado, corto a las caderas, con encaje en los puños, sin nada debajo que cubra su pecho.
Los reflectores giran a su alrededor como lunas artificiales.
Camina a mi lado, pero es quien más deslumbra.
Soy una figura de relleno en su encuadre, una verdad que se me cuela por las costillas y me aprieta donde más duele.
Nos hacen pasar frente a todas las cámaras.
Yo primero, él después. Detrás, pasan los demás: Donovan, Liora, Landon.
Ritmos de ruina ha sido la serie del año, según los rankings de las plataformas, por lo que todo nuestro reparto principal y secundario ha sido invitado a la ceremonia.
En el teatro, nos sentamos en una mesa redonda.
Me siento ansioso la mayor parte de la ceremonia. El momento más esperado de la noche me involucra. La expectativa de ganar una premiación por primera vez en mi carrera es altísima. Me tiemblan los muslos cada vez que recuerdo que se acerca.
Muevo la pierna en un intento mecánico de contener el estrés, lo único que me impide ceder al impulso de tomar la mano de Seren bajo la mesa.
Me resigno a buscar calma en las pequeñas curvas que se dibujan en su rostro cada vez que me mira.
Es Donovan quien toma mi mano en su lugar y, aunque aparto la mirada de inmediato, acepto ese gesto de apoyo.
Al menos alguien intenta sostener mi inquietud.
—Y el premio a Mejor Protagonista es para… ¡ Ded Rossel, por su trabajo en Ritmos de Ruina ! —anuncia el presentador, y el aplauso me envuelve como un rugido que no esperaba.
La expectativa era alta. Y se cumple. Subo al escenario como si caminara por un barro invisible; mis pies se hunden y amenazan con deslizarse, se sienten ajenos, torpes y reacios a obedecer.
Ded Rossel, el correcto, el que no falla, sigue adelante.
Yo solo me estanco en las marcas del suelo.
El auditorio está lleno, las luces me ciegan y el murmullo se mezcla con los latidos de mi corazón.
El galardón está en mis manos. Al principio frío y metálico, pero empieza a vibrar con algo que reconozco: mi historia.
Mi nombre, grabado con letras brillantes, se siente como una inscripción tallada a pulso donde late cada ensayo solitario, cada duda nocturna, cada risa compartida, cada corazón que latió al compás de la pasión que me trajo hasta aquí.
En medio de la luminosidad y la expectación, sonrío con ligereza y autenticidad.
El galardón palpita en mis manos al ritmo de mis propias emociones.
—Quiero… quiero agradecer… —mi voz tiembla, las palabras se me escapan, como si el premio tuviera vida propia y no me dejara hablar con calma— a todos los que han creído en mí.
—Respiro hondo, pero las lágrimas quieren escapar.
No sé si me siento feliz o idiota por temblar así.
Lanzo un suspiro que hace reír al público—.
A los productores, al equipo de Ritmos de Ruina .
Gracias… gracias a todos los que me han permitido contar esta historia.
Me siguen temblando los muslos cuando tengo que aplaudir y aceptar que el galardón de «Mejor actor de serie dramática» no estará a un lado del primer premio. Pero no es gran cosa, cuando la verdadera expectativa está en mi nominación más importante.
Claro que Seren Montiel se lleva el galardón a «Estrella en ascenso», porque precisamente es lo que es.
Aplaudo mientras que él se acerca al escenario a recibir su premio, cada uno de sus pasos me empuja al fondo.
Su discurso es típico, guionizado, ensayado y perfecto, lleno de una gracia que solo él sabe interpretar.
Es el magnífico Seren Montiel que todo el mundo ha comenzado a amar.
Quienes no lo conocían ya deben estar buscando su nombre en internet para averiguar de dónde ha salido.
Lo miro y me detesto por pensar que ahora ocupa el lugar exacto que no pude alcanzar al comienzo de mi carrera, por seguir convencido de que lo merezco más que él.
Regresa a mi lado y solo entonces me percato de que le tiembla la mandíbula.
Deja el premio sobre la mesa y toma un respiro profundo antes de extender el cuello y mirar hacia adelante.
Sé que no debería, más de una cámara debe estar apuntando directo hacia nosotros en este momento, pero golpeo su zapato por debajo de la mesa para llamar su atención.
—¿Estás bien?
Seren asiente y, lejos de todo lo que pensé que podría hacer, me acaricia la mejilla con el pulgar por un segundo.
Como me aparto de inmediato, se aclara la garganta, supongo que cae en cuenta de lo que ha hecho y vuelve a mirar hacia enfrente con una sonrisa cargada de burla.
Quedo descolocado, pero lo disimulo bien cuando Donovan me mira con una ceja alzada.
Me encojo de hombros para responder que no tengo la menor idea de lo que ha pasado, me da igual si lo cree o no.
Tras una presentación musical que parece extenderse hasta el infinito, la tensión de la noche se concentra en que el mayor galardón está por ser entregado.
Seren acerca su rodilla a la mía, un roce ligero, un gesto de complicidad que me ancla al presente.
Sus dedos descansan cruzados sobre la mesa, quietos, firmes.
Yo me sorprendo al notar un nudo en mi garganta. Quiero llorar por culpa de esa sensación de pérdida que se arrastra como una sombra detrás de cada aplauso. El premio no es para mí.
Aplaudo casi en cámara lenta, como en esas películas en las que la música se desvanece mientras la realidad golpea más fuerte que cualquier efecto especial.
Mi corazón desarmado late con una frustración que no se disimula.
La tensión en mi equipo, la mandíbula apretada y los hombros rígidos, multiplica el dolor, como si cada palpitar fuera un fotograma más de una escena que deseo editar, borrar, rehacer.
La ceremonia finaliza y todos pasan la página para trasladarse a la fiesta. Para mí se siente como un nuevo sueño roto. Es otro quiebre. Otro fracaso que no se puede reparar y que aleja mis pies de la tierra.
Callan: ¡ Felicidades ! Estabas guapísimo. No te sientas mal, para la próxima será tuyo. Te quiero mucho.
Hellen: Te felicito, Ded, estoy muy orgullosa de ti. ¡ Vamos por ese premio el próximo año !
Puede ser mi propia autocompasión haciendo de las suyas, pero ni siquiera logro sonreír con unos mensajes que, en otras ocasiones, me habrían hecho muy feliz.
Tal como los abrazos que he recibido por parte del equipo presente, los que pierden todo su valor emocional cuando añaden una palmada en la espalda, en el hombro y un: «ya verás que para la próxima sí».
¿Próxima? He ganado el galardón como el mejor protagonista del año, ¿no es suficiente? Debería serlo. Al menos, me encantaría que lo fuera para mí, pero sin el apoyo del resto, lo que sí conseguí se desdibuja y mis otros dos fracasos se agrandan hasta volverse lo único que me define.
Se me revuelve el estómago, pues para Seren todo es más fácil. Solo era un premio para el que tenía todas las posibilidades de ganar. Es que es imposible siquiera imaginar a otra persona que supere la imagen de Seren Montiel en el mundo del espectáculo actual.
Él es la estrella que nace.
Yo soy la estrella que está a punto de dejar de recibir la luz del sol.
Una sensación agridulce que me acompaña el resto de la noche.
Josh me ha obligado a asistir a la fiesta de celebración; quisiera que todos se dieran cuenta de eso, pero no puedo hacer más que sostener una copa de champán rosado, alzarla cada vez que alguien me saluda y sonreír a los intentos de conversación.
La imagen de Ded Rossel impoluto, brillante y orgulloso no puede desmoronarse aún.
Seren no ha salido de mi campo de visión, creo que el mismo espacio se ha organizado para que no pueda dejar de mirarlo.
Me la paso gran parte de la noche pendiente de sus movimientos.
Me digo que es absurdo, que roza lo obsesivo, pero no quiero detenerme.
Algo en su imagen me arrastra y me retuerce.
Hasta que se vuelve demasiado. Desvío mi camino hacia el jardín del salón, más para escapar de él que para encontrar aire.
La zona de fumadores es siempre la más agradable.
Todos conversan en calma, mientras se aniquilan los pulmones con alquitrán como si no hubiese ningún tipo de consecuencia.
Doy un paseo por los rincones del jardín hasta que me siento en un banco que se encuentra justo bajo un foco.
Cuando alzo la mirada, me encuentro con Seren Montiel, quien me llama desde un balcón del segundo piso.
La respiración se me corta por un segundo.
Con el cuello rígido, miro hacia los costados y hacia atrás, en caso de que alguien lo haya visto, antes de escabullirme hacia las escaleras de caracol.
Seren tiene la nariz y las mejillas enrojecidas, una chaqueta enorme sobre sus hombros y una pequeña sonrisa.
Apenas llego arriba, se acerca sin dudar y me coloca la chaqueta encima.
Me quedo rígido, pues el peso de la tela y el calor atrapado en ella se me pega a la piel, invade un espacio que no he cedido. Me quedo rígido, incómodo.
—Hola. —Me besa la frente. Frunzo el ceño—. El salón es una locura. Creo que he visto al menos a veinte personas vomitar en menos de una hora.
Arrugo la nariz con desagrado. Las personas miran con indulgencia el beber hasta perder el control, pero basta con que sean expuestos en la prensa para que lo que antes era tolerado sea criticado.
—¿Estás bien? Te veo triste desde que te entregaron tu premio.
Asiento. Pero sus ojos de cachorro, que me piden una explicación, sus manos en mis mejillas y el acto de obligarme a mantener mi mirada en él, me destruyen.
Guardaba mis lágrimas para cuando llegase a casa.
No tengo ganas de demostrarle lo que siento y aun así no puedo apartarme.
Una presión sucia se expande y me rompe por dentro, capa por capa; su cercanía me sostiene y eso me enfurece.
Me avergüenza querer empujarlo lejos y no poder moverme.
—Seren —balbuceo.
Y lo odio. Odio que mi voz salga así. Odio que él esté viendo esto.
—Estoy aquí —me dice.
Parpadeo y, de pronto, el lugar donde estamos se siente demasiado alto. Mis manos no parecen mías. Alguien más ocupa mi lugar y no tardo en verme desde un rincón. Me rompo.
Seren me rodea los hombros y me aferra para que pueda llorar en paz.
No pregunta qué sucede, no añade una palabra de aliento al respecto.
Supongo que es lo que necesitaba, compañía silenciosa, una caricia en la nuca, un simple «está bien, estoy contigo».
No más palabras innecesarias de consuelo.
Aun así, su voz llega amortiguada, como si estuviera detrás de un vidrio grueso.
Todos saben lo que duele no alcanzar ni siquiera las propias expectativas.
Perder esos premios no es solo una muestra de que sigo siendo insuficiente como artista, es una derrota que va más allá.
Se trata de sentirme arrebatado, cansado, adolorido cada día.
He entregado mi vida a esto, he puesto cada pizca de mi cordura para crear personajes inolvidables y lo único que obtengo al final de todo son mensajes que repiten una y otra vez que vuelva a intentarlo.
Seren me limpia las mejillas, me acomoda el cabello, me besa los párpados y los labios.
No me dice nada, solo sonríe a medias cada vez que me mira directo a los ojos.
¿Hay algo mejor que una compañía sincera?
Creo que no, y aún así soy incapaz de sentir gratitud por ella.
Sus dedos están sobre mi piel, pero es como si tocaran a otro.
Me siento ridículo por molestarme con su éxito
Quisiera que esto no estuviera pasando. Sigo atrapado en el segundo de silencio antes de que su nombre sea pronunciado en el podio, ese instante exacto en el que entiendo que para él esto suma, se acumula y permanece.
Su galardón brillará en un rincón de su horrible casa mientras él mío se borrará.
El mundo gira implacable, la historia sigue su cauce sin miramientos, y nosotros, simples viajeros que recogen las consecuencias de sus pasos.
Es la vida, supongo, inevitable y justa en su propia lógica, donde cada uno recibe lo que merece.
—¿Quieres irte a casa? —murmura Seren.
Intento sostenerle la mirada, pero no puedo. Bajo la vista, asiento y me desprendo de él. No solo de sus brazos, también de su calor. Retrocedo dos pasos, lo justo para que haya algo de distancia entre nosotros. Si percibe el cambio, no lo demuestra, pues vuelve a alzar las comisuras y pregunta:
—¿Le aviso a Josh?
Él es así. Es tan intacto, tan él mismo.
El contraste me duele. Seren puede sumergirse en lo que hace y volver a la superficie sin toser.
Todos le aplauden por solamente ser. Yo, en cambio, cada vez que me entrego, salgo jadeando, preguntándome si alguna parte de mí se quedó en el fondo.
Ambos recibimos un abrazo de felicitaciones, pero yo recibo un pésame.
Y se debe a que mi carrera pende de un hilo.
Cada trozo de mí llega más y más al fondo.
La incertidumbre me devora. No como un monstruo, sino como una bruma lenta que se ha ido colando por las grietas que yo mismo he abierto.
—No —contesto tajante, más de lo que he querido sonar—. Puedo irme solo.
—¿Estás seguro?
—Buenas noches —murmuro—. Y felicidades, por cierto.
Necesito estar lejos de él. Lejos de quien me recuerda que el éxito no pesa cuando llega. Pesa cuando no alcanza. Y yo llevo años intentando compensar una noche que no se puede reescribir.