El dilema de mirar un cielo estrellado 6
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Esta vez no es la novena melodía la que pesa sobre mis hombros, sino tres: la tercera, la octava y la duodécima.

La razón se esconde todavía en un rincón.

Lo único que puedo hacer es dejar que la alegría me burbujee desde el pecho, esa misma que me sacude cada vez que escribo, compongo o interpreto.

Las notas me rozan la piel como si fueran pétalos de luz que me besan las mejillas.

Hellen desliza su mano bajo la mesa y la calidez de su gesto se mezcla con la música que palpita en mi interior. Su sonrisa, amplia y luminosa, eleva sus pómulos.

Es oficial, Ritmos de ruina tendrá segunda temporada.

Parte del reparto se renueva, personajes desaparecen, nuevos llegan.

Se abrirán audiciones dentro del año que viene para algunos personajes imprescindibles, como un interés romántico para Leonel Salvatore y un miembro inédito de la familia de Julien Bec.

Con la mención de su interés romántico, Seren abandona su habitual caparazón de indiferencia.

Me rio bajito por la forma en que bate las pestañas y busca una respuesta en el rostro imperturbable de Ivanka.

Ella asiente con firmeza, como una directora de escena que no tolera improvisaciones, y le recuerda que se concentre.

Para ser honesto, no entiendo cómo la soporta.

Yo apenas puedo con Josh, y no es ni un cuarto tan exigente como Ivanka.

Pero supongo que hace su trabajo a la perfección; no por nada Seren escala cada vez más rápido hacia la cima.

El resto de la reunión es administrativa.

Nos felicitan por nuestras nominaciones y me duele un poco el estómago por la ira contenida.

No puedo creer la hipocresía que habita esta mesa, sobre todo por la importancia que fingen dar a mis nominaciones.

Como si no tuviera idea de todo lo que cocinan a mis espaldas.

Latorre es la primera en abandonar la sala, con el argumento de que es hora de trabajar.

De paso, me toca el hombro para recordarme que la tercera melodía debería estar lista para la semana que viene.

También que me enviará el resto para que ensayemos juntos, como la ocasión anterior, en caso de que desee hacer cambios.

Podrá ser insoportable con sus ideas descabelladas e inflexibles, pero sí es a la única a quien —además de Hellen y Josh— le creo su interés en mí como artista.

Seren: qué haces después de la reunión?

Baja su celular sin mirarme, con su inexpresividad y calma. Dios, tengo tanto que aprender de él. A mí me tiemblan las manos al tomar el mío para responder.

Dedrick: componer.

Su respuesta llega poco después, justo cuando Ivanka se enfoca en su tablet .

Seren: mejor salgamos. vete a casa.

Seren: paso por ti a las nueve.

Lo escudriño con la mirada hasta que logro que se enfoque en mí.

Me atraganto cuando alza ambas cejas y me guiña antes de levantarse detrás de Ivanka.

Espero que el calor de mi rostro no se traduzca en sonrojo, porque tengo suficiente con la mirada de Hellen sobre mí. Ni siquiera quiero enfrentarla.

—Dedrick Rossel…

Respondo con un suave «¿mh?», mientras finjo revisar mi celular.

—¿Cómo te sientes?

Lejos de lo que esperaba, hay un interés genuino en su voz. Me cuesta ordenar una idea para responderle, así que primero curvo los labios y suspiro, gesto que logra que ella baje los hombros.

—Con responsabilidad —confieso—. Y puede que agobiado. Pero no te preocupes, es porque aún no asimilo la noticia. Ya ordenaré mi cerebro. Haré bien mi trabajo.

—Sé que sí. Siempre lo haces bien.

Por petición suya, vamos a su oficina. Ella se deja caer en el sofá y me pide que me siente a su lado. De algún modo, sé qué es lo que quiere; sin embargo, me cuesta abrir la boca cuando me siento acorralado, así que me quedo en silencio hasta que ella decide romperlo:

—Sabes que me puedes contar lo que sea, ¿no? —Posa su mano sobre una de las mías y solo la quita cuando le doy mi atención.

—Claro.

Hellen suspira.

—Te lo preguntaré una sola vez y… espero que seas honesto, Dedrick. —Hace una pausa—. ¿Qué pasa entre tú y Seren? Desde hace un tiempo los veo y… no me malinterpretes, me parece bien, pero… es raro. De pronto hay demasiada confianza.

—Nada del otro mundo. —Es lo único que puedo decir.

—¿Están juntos? —insiste sin elevar la voz—. No soy la única que nota el cambio, ¿sabes? Josh los observaba el otro día, me dijo que se nota que las cosas van bien entre ustedes.

Bajo la mirada, un poco ahogado. Podría mentirle o inventar una excusa, pero, si soy honesto, no tengo del todo claro qué hay entre nosotros, así que no puedo darle una respuesta.

Pensarlo me genera presión y no sé si quiero escapar o sonreír ante la idea de darle un nombre, de decir que sí, estamos juntos.

Es una conversación breve que he ido dejando pasar.

—Prepararé un contrato. Por si acaso.

—¿C-cómo? —Me giro de golpe.

—Es lo que se tiene que hacer. —Se encoge de hombros, se dirige a su escritorio y desbloquea su tablet —.

Estos asuntos se toman con seriedad. No quiero que les vaya mal.

Si quieren estar juntos, bien por ustedes, pero tienen que escudarse, por si acaso.

—Acaba sonriendo, lo que me abriga las mejillas aún más—.

Pueden contar conmigo, pero, cuidado, disimulen un poco.

Y que Ivanka no sea la última en enterarse. Dile que hable con ella.

Tras esta pequeña gran revelación, le digo a Hellen que saldremos juntos en la noche, algo que la enloquece mucho más con respecto al tema legal.

Le pido con calma que prescinda de ello, por ahora me parece innecesario.

Lo de Seren y yo apenas es algo. No tenemos cómo saber qué pasará mañana, mucho menos nos pondremos a aceptar y firmar cláusulas que controlen lo que sea que seamos. Necesitamos tiempo. Yo necesito tiempo.

La última vez que tengo una cita ese a los diecisiete años.

Me tiemblan las manos y se me aprieta el estómago.

Antes de salir, Callan me persigue por la casa para obligarme a usar un poco más de ese perfume dulce que a ella tanto le gusta.

Mientras, mi madre ríe por nuestra desesperación.

Todo es distinto ahora. Aunque el temblor en mis manos y la presión en el estómago son igual de intensas.

La presencia de Callan también se siente, pero es menos divertido que me pida que me ponga perfume cuando no me persigue con el envase.

— ¡ Suerte ! —chilla con una sonrisa, antes de cortar la llamada.

Unos minutos más tarde, Seren anuncia su llegada.

Es la primera vez que lo veo detrás del volante, y juro que nunca había visto a alguien conducir de manera tan atractiva.

Cuando me siento a su lado, me regala una media sonrisa y roza mi mejilla con los dedos.

Es un gesto tan íntimo que un escalofrío me recorre la columna.

Cada uno de mis poros despierta ante su toque.

Me dice que rentó el auto porque que nos movamos en taxi no es digno de mí.

Quiero decirle que se calle, pero mi voz se disuelve en un río de vergüenza y admiración.

Le llevo casi diez años y, aun así, me siento como un personaje de película romántica atrapado en una escena demasiado perfecta para ser real.

Me hace sentir expuesto y vivo al mismo tiempo.

—¿Cuál es el plan?

Lleva su mano hacia los asientos traseros y, luego, me extiende un ramo enorme de gerberas rojas y blancas envueltas en un papel decorado con notas musicales.

—Para ti.

Bato las pestañas y busco su rostro. Está escondido detrás del ramo. Necesito ver esos ojos mientras me lo entrega, sentir la certeza de que está aquí, de que esto es real, y que no me quedé dormido en mi apartamento.

—Es la primera vez que alguien me regala flores fuera del trabajo —confieso. Eso logra que me mire. Gracias, ahora se me va a escapar el corazón—. De verdad.

Entonces, lo tomo. Claro que rozo su mano mientras lo hago y claro que vuelvo a agradecerle por ello, esta vez con una enorme sonrisa cargada de ilusión. Estoy al borde de retorcerme en mi asiento como un adolescente. Me siento un idiota.

—¿A dónde vamos?

—No eres bueno con las sorpresas, ¿no?

—Seren, me desestabilizo por cualquier cosa que está fuera de mi control. No me hagas esto.

La sonrisa se dibuja amplia en su rostro mientras exhala una pequeña risa. Niega con la cabeza y toma su celular, la pantalla muestra unas entradas al Teatro Central para ver la obra musical «Puertas en la escalera», de Renzo Montalbán.

—¿Montalbán? —murmuro.

—¿Lo conoces?

Asiento. Aunque de inmediato vuelvo a la realidad y alzo la mirada hacia él para mostrarle mi expresión más plena de sorpresa e ilusión.

—Como dijiste que hace años no pisas un teatro, creí que sería una buena idea.

—La mejor idea que pudiste tener.

El Teatro Central es mi favorito. Tiene un estilo clásico, imponente y ornamentado, con una arquitectura que remite a la tradición operística europea.

El techo está coronado por una gran lámpara de araña de cristal.

Nuestros asientos están en el nivel bajo de los palcos.

Aunque la distancia no es un problema, porque se disponen en curva, como si abrazaran el escenario, y hay buena vista desde cualquier lugar.

Seren está elevando la vara a su manera, con una facilidad que no le he visto antes. Quiero quedarme aquí, en lo que armó para nosotros, pero no puedo evitar preguntarme desde cuándo puede permitirse algo así y por qué decide hacerlo conmigo.

—Mira… —Seren se sienta a mi lado—. No soy un experto en teatro, pero ¿no es raro que no haya escenografía? ¿O la construyen en lo que llegan las personas?

—Montalbán siempre ha tenido propuestas interesantes. —Señalo el escenario—. Hay solo una escalera llena de puertas. ¿Cómo se llama la obra?