El dilema de mirar un cielo estrellado 6 #2
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Conozco a Renzo Montalbán desde mi llegada a Saras.

Cuando ingreso a Lunaris eso me parece más probable.

—Pensé que estaba soñando —dice alguien detrás de nosotros—. ¡ El mismísimo Ded Rossel !

Tuve el deseo de buscarlo, pero no parecía buena idea hacerlo hoy.

Supongo que así funciona el destino. Montalbán y yo nos abrazamos con la fuerza de quien se reencuentra con un viejo amigo, entre risas y palmadas en la espalda.

Sigue exactamente igual, la única diferencia son sus rizos, que antes eran dorados y brillantes y hoy relucen blanquecinos, desgastados por el tiempo.

—¿Cómo has estado? —Se acomoda las gafas—. Te vi en la serie… con este chico, ¿no? —Señala a Seren y luego le tiende la mano—. Renzo Montalbán.

—Seren Montiel. —Asiente con expresión impasible.

—La obra estuvo increíble —intervengo—. Nunca fallas. —Me froto la nuca—. Me alegra verte. —Le paso mi celular—. Oye, anótame tu número. Podemos, no sé, tomar algo después.

—Es el mismo de siempre, Dedrick. Llámame. Voy a estar en Saras un tiempo con el musical… y creo que me quedo. Después te cuento. —Alza la mano—. No les quito más tiempo. Un gusto, Seren.

—Qué suerte, ¿no? —me dice Seren.

—Gracias a ti. —Le doy un leve empujón con el hombro—. Gracias por invitarme. Fue increíble. Se me olvida lo que se siente estar ahí adentro.

—¿No te dan ganas de volver?

—A veces. —Curvo mis labios—. Quizá debería empezar por venir más seguido.

—Podemos hacerlo.

Caída la madrugada, dejamos el vehículo en el estacionamiento de mi edificio y volvemos a salir juntos.

Todo en la calle habla de orden, de rutinas discretas, de cenas tempranas y luces apagadas antes de la medianoche.

No hay muchos carteles luminosos ni música que se escapen por ventanas entreabiertas.

Apenas un par de faroles altos alumbran con una luz dorada que parece no querer molestar.

No vivo en un vecindario donde la vida nocturna sea habitual, por lo que avanzamos entre carcajadas que no encajan con el silencio que nos rodea.

Un par de calles más abajo, donde el tránsito de miradas se desvanece entre edificios enormes y cafeterías, Seren decide tomarme la mano.

Yo alzo la mirada y evito que se aleje, incluso tiro de él y comienzo a correr.

¡ Qué subidón de energía me provoca esa mirada brillante y el reflejo magnífico de su sonrisa !

No se hace una idea de lo mucho que me gusta.

Comienzo a cantar, torpe y desafinado, pero con la entrega de quien se juega todo por una sonrisa.

Mi voz vibra en el aire como un viejo vinilo rayado y no puedo evitar reírme de mí mismo.

Para mi sorpresa, es él quien se acerca y toma mis manos con fuerza para guiarme suavemente al centro de un invisible salón de baile.

El mundo entero se disuelve a nuestro alrededor.

Una calle vacía llama mi atención y me encamino hacia allá, aún tomado de su mano. Hay una pared de un amarillo cálido, como el sol de la tarde atrapado en una pintura, en una casa que no comparte el estilo arquitectónico de las que la rodean.

—¿Me estás secuestrando?

—Puede ser.

Y esta vez quien canta es él, de espaldas a las paredes amarillas. Es solo una pared, casi escondida, con una pequeña ventana junto a un balcón lleno de macetas con flores frescas. El amarillo le queda impecable a Seren Montiel.

—Siempre que veo la luna —Mira hacia el cielo— pienso en nuestra conversación en el jardín.

Algunas nubes van de un lado a otro, la luna hoy no nos acompaña llena, se muestra dividida entre la luz y la sombra. Media oscuridad que anuncia renovación.

—¿Y eso? ¿Sigues pensando en lo mismo?

—Sí.

—Lo siento.

—Todos tenemos sueños rotos, Dedrick. Está bien. Vivo muy bien ahora. No puedo quejarme.

Tomo una larga bocanada de aire para hablar, pero mi corazón se espanta cuando Seren me obliga a dar un nuevo paso hacia adelante. Lo acorralo de manera involuntaria.

—Además, te tengo a ti —añade.

Su sonrisa reaparece, quizá provocada por mi desconcierto, que no disimulo tan bien como quisiera.

Me sorprende reconocer en mí ese temblor sutil, esa torpeza que me visita rara vez.

Estoy nervioso. Más de lo que debería. Más de lo que suelo permitirme.

Pero su sonrisa, esa curva delicada y luminosa, quiebra mi seriedad y me arranca una propia.

Todo lo demás se desvanece, solo queda él para mí.

Y en mi mente, la imagen insistente de que, si besara una de sus mejillas, tal vez, esta se transformaría en poesía.

Una poesía suave que no dudaría en hacer rimar con la otra; pondría el punto final en su boca.

Es él quien se sorprende cuando lo hago; lo percibo en el modo en que su mandíbula se tensa.

Me toma por la cintura con firmeza como si su intención fuera dibujarme otra vez, desde cero, contra su cuerpo.

La tensión me sacude desde dentro, en un estremecimiento que se instala en la parte más vulnerable de mis muslos.

Mis manos, casi por reflejo, se aventuran por su pecho.

El calor de su cuerpo es tan real, tan inmediato, que tengo que inhalar profundo.

El aire se vuelve más cálido entre nosotros.

Alzo la mirada. Ni siquiera el cielo casi encapotado logra opacar la intensidad de sus ojos.

Son un universo cerrado en sí mismo, inmune al clima, al ruido, al tiempo.

Son todo lo que necesito para rendirme, para permitir que me acompañe de regreso a mi edificio.

No permito que se marche. Entre suspiros, nos escabullimos hasta mi habitación.