El dilema de mirar un cielo estrellado 5
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Hay etapas en la vida de un artista en las que jamás se detiene, en que los momentos de paz y silencio son escasos. El descanso siempre es a medias. La alimentación algo precaria. El sueño constante. Las ojeras se ven más oscuras. Las sonrisas solo existen para las cámaras.

En los momentos en que las luces y las cámaras se apagan, vuelven a ser ellos, una persona corriente y agotada.

Vuelven a sentir que todo puede dañarles —en especial el dolor en las lumbares—, pero también son libres de las expectativas.

La vida vuelve a sentirse real, como una vida, aunque sea efímero.

En cuanto a mí, antes lo que más me importaba era que mis pies regresaran a la tierra y que fuera difícil volver a soltarlos. Últimamente, sin embargo, he aprendido a moverme antes de que algo me ancle. A no quedarme demasiado tiempo en ningún lugar. Mucho menos cerca de Seren.

No soy un adolescente. Lo sé. Un beso puede no significar nada.

Un roce puede ser solo un roce. La intimidad, a veces, es apenas una coincidencia emocional.

Pero tampoco soy ingenuo, entiendo cuando una mirada se sostiene más de la cuenta.

Cuando alguien te busca incluso cuando no lo dice.

Y Seren me ha estado buscando. Lo noto en los pasillos, cuando desacelera el paso para coincidir conmigo.

En los ensayos, cuando su mano encuentra la mía al pasar una hoja.

Y lo he estado evitando. No de forma evidente, solo lo suficiente como para poder respirar.

Como cada día, Hellen me deja en la entrada de mi edificio y se va sin mirar atrás.

Me quedo quieto unos segundos hasta que veo que su auto dobla en la esquina.

Solo entonces cruzo las puertas del edificio.

El eco de mis pasos se desliza sobre el mármol del vestíbulo.

Apenas llego a la mitad del camino, una mano se cierra sobre mi brazo con delicadeza.

Seren.

Lo he invitado porque es el único lugar donde podremos hablar sin testigos.

O eso me digo. En realidad, también lo he hecho porque evitarlo está empezando a sentirse peor que enfrentar lo que sea que se haya instalado entre nosotros.

He pasado días convenciéndome de que esto es cansancio, proyección y una confusión pasajera nacida del encierro y la competencia.

Que no significa nada. Que no debería significar nada.

Pero tampoco puedo actuar como si ignorarlo no me importara.

Como si alejarlo no fuera una decisión activa.

Como si no hubiese culpa en cada paso que doy hacia atrás.

Así que lo invité. Solo para dejar de huir, sin saber exactamente de qué. Le envíe mi ubicación hace una hora, pero no creí que vendría tan pronto.

Se ha escondido tras una columna, justo donde la sombra comienza a tragarse la pared. Su figura surge como si la luz lo retuviera para mí. En sus ojos habita ese brillo apenas contenido de quien desafía una regla sin decirlo en voz alta.

Inspecciona el interior de mi apartamento tal como la primera vez que estuvo aquí. Esta vez ni siquiera se sienta, se queda de pie en el centro de la sala, como si no supiera dónde acomodarse. Idiota. O quizás el idiota soy yo. Es peligrosa la forma en que guarda silencio hasta tensar el aire.

Aparece la culpa. No por haberlo invitado, sino por haberle hecho creer —aunque fuera por un momento— que sé lo que estoy haciendo. El pecho se me aprieta. Lo miro y pienso, con una claridad cruel, que traerlo aquí fue una concesión innecesaria.

Somos dos personas que huyen de los focos, que se encuentran en la periferia de lo público. Y se siente igual de peligroso. No planeé nada de esto. Lo odio. Actuar sin premeditación y por impulso no es digno de un Rossel. Mucho menos de mí.

—Si quieres que me vaya… —empieza.

—No. —La palabra se me escapa. Me arrepiento, pero no la retiro.

Le pido que se siente junto a mí en el sofá. Apoyo los codos en las rodillas y me froto el rostro. Estoy cansado de calcular. Cansado de sostener versiones de mí que no resisten el contacto.

Su mano se posa en mi espalda y el estremecimiento es tan intenso que me dejo caer hacia atrás. El respaldo cede. Seren se acomoda también, un poco más cerca, lo justo para que nuestros hombros se rocen. Qué miserable me siento por apreciar su insistencia.

No me aparto.

Ahí es donde fallo.

A diferencia de hace un año, hoy la sala huele a polvo cálido y al toque amaderado de su perfume, incluso con las ventanas abiertas, que hacen flotar las cortinas.

Gira su cabeza hacia mí, aunque no demasiado, solo me obliga a alejar un poco la mía para que no choquemos.

Haberlo ignorado estos días debió ser suficiente para que decidiera pasar la página, pero, en cambio, lo tengo aquí con la mirada fija en la mía, insistiendo por una respuesta que no estoy seguro de querer darle.

Me acerco despacio a él. Espero una reacción, pero como no toma distancia, apoyo la frente contra la suya.

La suavidad de su piel me hace dudar y el calor de su aliento me enreda aún más.

Seren suspira. Noto ese pequeño nudo en la garganta que se forma cuando uno obtiene algo que quiere y no está seguro de si lo merece.

—Odio cómo me haces sentir —digo.

—Creo que me doy cuenta. —La sonrisa se nota en sus palabras—. ¿Tengo que disculparme por eso?

—Deberías. No sé qué estoy haciendo y eso es un problema. Todo es tu culpa.

—No tiene por qué serlo.

—Es fácil para ti, ¿no? Todo en tu vida va en orden.

Seren toma distancia. El calor en mis mejillas es tan doloroso que bajo la mirada tratando de ordenar lo que siento. Mi corazón late demasiado rápido y cada gesto suyo es un recordatorio de que no sé dónde termina su paciencia y empieza la mía.

—¿Te refieres a eso de cuando no sientes nada?

Me muerdo la lengua. Nunca imaginé que llegaría el día en que me preguntaría sobre eso. Siempre supuse que tendría algo que decir, pero que lo dejase pasar desde aquella ocasión, durante tanto tiempo, me hizo bajar la guardia.

—¿Desde hace cuánto tiempo te pasa?

Creo que lleva meses esperando a hacer esa pregunta. Así que se lo concedo.

No sabría decir cuándo comienza. Uno no se da cuenta del momento en que deja de habitarse. No hay una alarma ni un corte limpio. Solo el recuerdo difuso de haber estado más presente alguna vez.

Quizá es en la adolescencia, cuando empiezo a actuar con cierta seriedad.

El primer papel que me exige algo real, algo visceral, es en una obra escolar.

Interpreto a un chico que confronta a su madre por haberlo abandonado.

Nada que ver con mi vida y, sin embargo, algo dentro de mí se abre en el escenario.

Siento que una energía poderosa y ajena recorre mi cuerpo.

Cuando termino la escena, los aplausos me parecen lejanos.

No siento las piernas. No sé muy bien qué he hecho.

Sé que he estado increíble, porque me lo dicen, mas no recuerdo haberlo estado.

Con el tiempo, esa sensación se vuelve más frecuente.

En el teatro, los ejercicios de improvisación me dejan exhausto, como si hubiese vivido una vida entera en diez minutos.

Comienzo a tener lagunas. Fragmentos de escenas de los que no recuerdo las palabras exactas, pero sí el temblor en los dedos.

Nadie lo nota. O si lo hacen, lo denominan «entrega», «compromiso», «conexión total».

Aprendo a llamarlo así también, aunque por dentro sienta que me estoy diluyendo.

Mi primer papel importante en cine es junto a Ebba Sandoval.

Creo que le tengo un lugar especial en lo más recóndito de mi cerebro, porque todo lo que sucede en el tiempo en que actúo junto a ella es un punto de no retorno.

Durante el rodaje, sueño en tercera persona.

No me veo desde afuera, pero sí a veces hablo con una voz que no suena como la mía.

Aunque al principio es algo ligero, todo estalla después.

—Es como estar atrapado dentro de tu mente, viendo la vida pasar sin poder tocarla —le explico. Seren asiente.

—Despersonalización.

—Y desrealización —aclaro.

Sufro ambas. Callan es quien me obliga a buscar respuestas.

Gracias al psiquiatra le damos un nombre.

Me receta unas pastillas y me deriva a terapia psicológica, pero nunca me hago cargo de ninguna de las dos.

Lo he leído, lo he buscado. Lo he comprendido sin querer del todo aceptarlo.

Si lo nombro, si le doy el peso clínico que posee, ¿qué significa eso para mi carrera? ¿Y para mi cordura?

—Aprendí a vivir con ello.

Estoy avergonzado por haber hablado de esto con él.

Pero creo que se lo debía. Desde el día en que intentó ayudarme, sin tener idea de lo que me estaba pasando, me dio espacio y tiempo; se mantuvo en silencio y evitó intervenir cuando no se lo permití.

Ni siquiera me buscó después para hablar del tema, supongo que en un intento de mostrar respeto.

Explicarle qué es lo que me pasa, es lo mínimo que puedo hacer por él.

—¿Te sientes así cuando estoy cerca de ti?

—¿Qué? —incredulidad marcada en mi voz.

—Intento entenderte. Quiero estar cerca de ti, pero si eso te hace mal…

—Seren —lo interrumpo—. Esto no tiene nada que ver contigo.

Deberían cortarme la lengua y dejarme desangrar por la falsedad que acabo de expresar. Seren no es el origen, pero sí ha contribuido en gran parte de la mierda que he estado cargando este último tiempo.

—¿Por qué te alejas entonces?

—Yo… solo… —Silencio—. Hace mucho tiempo no siento atracción por nadie. Es raro. Es todo.

Seren se desliza un poco más y apoya su mano sobre la mía. Espero que no note cómo trago saliva.

—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?

—No —suspiro—. Pero puedes quedarte.

Me aferro a su mano, entrelazo nuestros dedos y permanecemos así un largo rato, mientras analizo cuál será mi próximo movimiento. Una vez más, me quedo estancado en las ideas que se agolpan en mi cabeza, sin saber cuál de todas es la correcta.

Dejo caer mi cabeza en su hombro y cierro los ojos. La tensión en los músculos de Seren tarda solo unos segundos en desaparecer, lo que me hace sonreír y, a la vez, querer abofetearme. Un gesto tan simple que de repente se siente irreal. Presiono mis uñas en el dorso de su mano.

—Auch —se queja en un susurro.

—Perdóname —digo apartando la mano de golpe y alejándome de él—. Lo siento, yo… No te rías —alego entre risas.

Estoy por decir algo más, pero Seren me toma de la nuca y se acerca tan rápido que soy consciente de que nuestros labios se encuentran cuando jadeo.

No sé si es alivio o ternura, solo sé que me dejo llevar hasta que él me suelta.

Ha sido su manera de aligerar el ambiente, pero a mí me deja sin aliento por más tiempo del que esperaba.

El leve mareo cede tras un largo rato. Termino acostado en el regazo de Seren, es más cómodo que estar recto y tenso contra el respaldo del sofá. Juega con mi cabello y más de una vez roza mi entrecejo con la yema de sus dedos.

—¿Qué pasa? —pregunta—. Piensas mucho.

—Solo nací así. Mi madre tiene las líneas marcadas igual.

—Nunca he conocido a alguien que deje de fruncir el ceño solo cuando tiene que actuar.

—Me tocó aprender a fuerza de gritos. —Me muerdo el interior de las mejillas por unos segundos y exhalo un suspiro cargado de nostalgia—. Hace tiempo que no piso un teatro, pero cuando actué en Cabaret , el director me regañaba demasiado.

—¿ Cabaret ? —Esta vez es Seren quien frunce el ceño.

—El musical. —Alzo una ceja—. No me digas que…

Me levanto de golpe. Él se encoge de hombros.

—Dios, tengo que enseñarte la buena vida, Seren Montiel.

—Me vuelvo a recostar en el mismo lugar—.

Pero, bueno, una versión que montamos en el Teatro Central con un amigo y colega que no veo hace años.

Yo no sabía cómo relajar la cara porque Cabaret no es algo muy de mi estilo y mi colega siempre decía que parecía enfadado incluso cuando cantaba.

—Suena interesante —murmura Seren con una pequeña sonrisa.

—¿Qué?

—Verte actuar en un teatro. ¿Tienes videos?

—No, pero tengo la película. Es momento de que aprendas lo que es bueno.

Ni siquiera le pregunto si quiere verla, me parece una obligación que lo haga.

Como no se niega, durante el resto de las últimas dos horas me la paso echándole vistazos para asegurarme de que le presta a la película la atención que se merece.

Instantes como estos me hacen pensar que tal vez así se siente la libertad después de mucho tiempo.

Ser Dedrick Rossel se siente menos pesado justo hoy, porque he dejado que Seren vea lo que me duele y no ha huido, incluso si no puede hacer nada por mí más que existir.