El dilema de mirar un cielo estrellado 4
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Me he quedado solo en la sala de espera de la planta ejecutiva de la agencia, hundido en un sillón que parece más ornamental que funcional, como si el mueble me quisiera tragar. Me siento como últimamente: suspendido.

Hay una presión familiar en mi pecho, como si alguien hubiese dejado una mano apoyada ahí hace años.

No duele pero incomoda. Una presencia muda que se intensifica cuando Ivanka me saluda al pasar y, cuando alzo la vista, Seren mueve la mano con una sonrisa contenida.

No nos detenemos. No lo hacemos desde hace días.

El episodio de «El ensayo eterno» se emitió hace dos noches.

Y sí, claro que ha salido perfecto. Nos reímos en los momentos justos, Seren, Donovan, Liora y yo hicimos un juego improvisado que el público amó.

Valverde nos felicitó tras bambalinas y la producción nos despidió con abrazos como si fuéramos parte del elenco permanente.

Incluso me atreví a decir algo más íntimo frente a cámara, algo sobre lo difícil que ha sido crecer queriendo actuar en medio de las complejidades de la vida.

Sobre dejar a mi familia en Puerto Dara para venir solo a Saras. Incluso le dediqué halagos a Hellen.

El público aplaudió. Yo sonreí. Eso es lo que debe pasar cuando todo sale bien. Aun así, me preparo para una posible caída. El orden natural de las cosas suele exigir un precio.

Sin importar cuánto me esfuerce por ganarme la cámara, cada clip viral, cada posteo en X, cada maldita publicación que circula en redes tiene a Seren Montiel como foco.

Seren riendo. Seren cubriéndome los ojos con las manos como una broma.

Seren hablando de lo mucho que ama actuar como si cada frase suya mereciera ser bordada.

Yo estoy ahí, claro. Pero como un eco. Como el que sostiene la cámara mientras Seren brilla.

Y lo peor no es que el foco esté sobre él. Lo peor es que no consigo separar esa incomodidad de lo que Seren me provoca.

Sé que Seren Montiel es más atractivo que yo.

Destaca por sus facciones suaves y su distintivo color de cabello.

Ni hablar de su personalidad despampanante y extrovertida frente a las cámaras.

Es perfecto. Las fanáticas lo adoran. Yo sigo sin comprender qué es lo que Ded Rossel necesita para ganar siquiera una cuarta parte de lo que él tiene.

Vuelve a pasar frente a mí, esta vez junto a Velandia. Se detienen al mismo tiempo, pero es Seren quien me obliga a alzar la mirada. Su expresión es abierta, como si estuviera midiendo la distancia que dejé estos días.

—¿Tienes un minuto? —susurra.

—Ahora no —respondo demasiado rápido—. Tengo una reunión.

No es mentira. Tampoco es verdad.

Él asiente, no insiste. Hay un leve cambio en su expresión. Claro que siente vergüenza, Velandia no nos quita la mirada de encima.

—Entonces después. ¿Qué haces más tarde?

Trago saliva.

—Trabajo. —La palabra cae seca, definitiva, no deja espacio para nada más.

Seren sonríe con una sonrisa breve, educada. Da un paso atrás antes de que yo pueda arrepentirme.

—Claro. Nos vemos.

Lo observo alejarse cabizbajo y con las manos en los bolsillos. Recién entonces noto la tensión en mis hombros, el pulso acelerado, la sensación de haber escapado de algo que yo mismo provoqué.

—Pasa. —Escucho a Hellen a mi espalda. No sé cuánto tiempo lleva esperando en la puerta.

Su oficina huele a mandarina y papel nuevo.

Me ofrece una de sus deliciosas tazas de té, yo acepto.

Lo necesito. Ambos entendemos que todo esto —ser llamado después de un éxito— también puede sentirse como una antesala a malas noticias.

Sobre todo, porque no solemos tener reuniones en su despacho, nuestras conversaciones siempre se dan en su vehículo cuando me lleva a casa.

—Todo salió excelente. —Se acomoda en su asiento, sin alzar la mirada de la pantalla—. De verdad. Lo he visto como tres veces. El público te percibe cálido, auténtico. Estás consolidando una imagen muy fuerte, Ded.

Ded, Ded, Ded. Realmente debe estar contenta con esto, jamás se permite llamarme por mi nombre artístico. Y quisiera relajarme, pero no puedo. Mi intuición jamás falla y sé lo que está por decir, incluso antes de que abra la boca.

—Sabes que esto ya no se trata de lo que yo quiera, o del cariño que te tengo. Es algo que debo decirte, porque se trata de trabajo. —Deja su tablet y sus anteojos sobre el escritorio para inclinarse sobre este—. Me entiendes, ¿verdad?

—¿Qué sucede? —Presiono las uñas en mis palmas.

—Sé que eres consciente de lo que está pasando con Seren.

—Exhala un jadeo pesado—. Están apostando fuerte por él.

Desde su nominación como «Estrella en ascenso», las marcas están interesadas.

Y en la agencia…, bueno, llevan semanas trabajando en potenciar su visibilidad ahora que el público lo reconoce bien.

Mi garganta se cierra un poco. Dentro quieren formarse palabras, pero no sé qué decir.

Él tiene una nominación a Estrella en ascenso, sí, pero yo tengo tres.

Fui nominado en la misma entrega como «Mejor actor de serie dramática», «Mejor protagonista» y, la más importante de todas, «Actor del año».

Mi interpretación en Ritmos de Ruina no solo se quedó en trending topic , encendió un debate feroz entre críticos de festivales y columnistas de premios.

Un protagónico con peso de clásico —de esos que marcan temporadas y definen carreras— y, aun así, en mi agencia lo tratan como si fuera un cameo de relleno.

—¿Y qué hay de mí?

—Sé que tus nominaciones son mucho más grandes y tienen más peso para los críticos. Pero… —suspira— tienes demasiada competencia. Eso lo vuelve más difícil para ti que para Seren. —Hace una pausa—. No me mires así.

Bajo la mirada. La luz del mediodía entra por los ventanales y golpea el escritorio con formas redondeadas.

Todo parece brillar, como si el mundo fuera más limpio para los que tienen certezas.

Mientras yo me hundo en mi asiento, el sol me derrite, me quema los pensamientos.

Por más que intento buscar otras palabras que describan la sensación de insuficiencia que me invade, es imposible.

Nunca basta. Nunca alcanza. Ded Rossel lleva una década en busca de una oportunidad para escalar.

Una década sobreviviendo en base a papeles donde su cara aparece cinco minutos en pantalla, donde nadie aprende su nombre.

Una década de pasos descalzos detrás de zapatos de diseñador.

Una década de romperse para lograr alcanzar cada meta.

Haga lo que haga, siempre hay otro foco más fuerte al cual apuntar.

Estoy compitiendo en una carrera donde no sé si ya me quedé atrás o si simplemente corro por una pista distinta y jamás tuve oportunidad.

Supongo que es así. Es innato. Seren Montiel se convierte sin esfuerzo. Deslumbra sin destruirse. Todo en mí se traduce como traición o promesas sin cumplir.

Hellen me observa. Sus ojos nunca se deslizan de ti cuando más los necesitas. Aunque desearía que la lástima no brillara en ellos cuando me ven.

—Así es esto —habla despacio—. Y lo odio.

No es justo. No sigue una lógica. O sea, entiendo que Seren es…

Seren. —Se encoge de hombros. Asiento, la entiendo—.

Pero tú eres increíble. No lo digo solo porque te quiero, es que te conozco desde hace años y siempre has sido el mejor.

—Me extiende su pequeña mano. Le entrego la mía—.

No vas a rendirte —afirma—. Estoy aquí contigo, lo sabes, ¿verdad?

Vuelvo a mover la cabeza. Esta vez he hecho todo como corresponde. Lo de las escaleras de emergencia no cuenta. No he cruzado ninguna línea.

—Esto no significa que no tengas la oportunidad, esta sigue intacta. Josh negociará y te conseguirá lo mejor. Ya verás que para la segunda temporada todo va a girar más a tu favor. Todo se equilibra, a veces sin que uno lo empuje.

Alzo una ceja, en silencio. Ella suelta mi mano, vuelve a tomar su taza de té y me observa sobre el borde de esta. Apenas un parpadeo tarde parece darse cuenta de lo que ha dicho.

—¿Sí habrá segunda temporada?

—Ups. —Sonríe, con esa comisura ladeada que usa cuando no puede desmentir lo dicho—. Bueno, sí. No le digas a nadie. Lo anunciarán la próxima semana. Pero al menos ya puedes empezar a preparar el corazón.

Algo se afloja dentro de mí. Es como una hebra interna que se suelta después de estar demasiado tensa.

Supongo que, al salir a la luz una noticia esperanzadora, el cuerpo tiende a relajarse sin querer.

Tengo una nueva promesa, aunque todavía nadie la ha dicho en voz alta.

Las promesas siempre suenan limpias al inicio.

Después se vuelven otra cosa. No sé si es una segunda oportunidad, pero sí un segundo acto.

Será distinto, sin importar que una parte de mí ya haya visto cómo terminan las celebraciones.